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Von Clausewitz, Karl. De la Guerra. PDF Imprimir E-Mail

La Guerra como instrumento de la Política

Hasta aquí hemos tenido que considerar, ya sea de un lado o del otro, el antagonismo en que se halla la naturaleza de la guerra con relación a los demás intereses de los hombres, consi­derados individualmente o en grupos sociales, a fin de no des­cuidar ninguno de los elementos opuestos, antagonismo que se funda en nuestra propia naturaleza y que, en consecuencia, nin­guna razón filosófica puede descifrar y aclarar. Nos ocuparemos ahora de esa unidad a la cual confluyen, en la vida práctica, es­tos elementos antagónicos, al neutralizarse en parte uno al otro. Habríamos considerado esta unidad desde el comienzo, si no hu­biera sido tan necesario subrayar estas contradicciones evidentes. DESCARGAR Libro

Habríamos considerado esta unidad desde el comienzo, si no hu­biera sido tan necesario subrayar estas contradicciones evidentes como considerar también separadamente los diferentes elemen­tos. Esta unidad es la concepción de que la guerra es sólo una parte del intercambio político y, por lo tanto, de ninguna manera constituye algo independiente en sí mismo.

Sabemos, por supuesto, que la guerra sólo se produce a través del intercambio político de los gobiernos y de las naciones. Pero en general se supone que ese intercambio queda inte­rrumpido con la guerra y que sigue un curso de las cosas total­mente diferente, no sujeto a ley alguna fuera de las suyas pro­pias.

Sostenemos, por el contrario, que la guerra no es más que la continuación del intercambio político con una combinación de otros medios. Decimos «con una combinación de otros medios» a fin de afirmar, al propio tiempo, que este intercambio político no cesa en el curso de la guerra misma, no se transforma en algo di­ferente, sino que, en su esencia, continúa existiendo, sea cual fuere el medio que utilice, y que las líneas principales a lo largo de las cuales se desarrollan los acontecimientos bélicos y a las cuales éstos están ligados son sólo las características generales de la política que se prolonga durante toda la guerra hasta que se concluye la paz. ¿Cómo podría concebirse que esto fuera de otra manera? ¿Acaso la interrupción de las notas diplomáticas pa­raliza las relaciones políticas entre los diferentes gobiernos y na­ciones? ¿No es la guerra, simplemente, otra clase de escritura y de lenguaje para sus pensamientos? Es seguro que posee su pro­pia gramática, pero no su propia lógica.

De acuerdo con esto, la guerra nunca puede separarse del intercambio político y si, al considerar la cuestión, esto sucede en alguna parte, se romperán en cierto sentido todos los hilos de las diferentes relaciones, y tendremos ante nosotros algo sin sen­tido, carente de objetivo.

Esta forma de considerar la cuestión sería de rigor incluso si la guerra fuera una guerra total, un elemento de hostilidad com­pletamente desenfrenado. Todas las circunstancias sobre las cuales descansa y que determinan sus características principales, es decir, nuestro propio poder, el poder del enemigo, los aliados de ambas partes, las características del pueblo y del gobierno res­pectivamente, etc., tal como han sido enumeradas en el libro I, capítulo I, ¿no son acaso de naturaleza política, y no están co­nectadas tan íntimamente con todo el intercambio político que es imposible separarlas de él? Pero este punto de vista es doble­mente indispensable si pensamos que la guerra real no consiste en un esfuerzo consecuente que tiende hacia el último extremo, como debería serlo de acuerdo con la teoría abstracta, sino que es algo hecho a medias, una contradicción en sí misma; que, co­mo tal, no puede seguir sus propias leyes, sino que debe ser considerada como una parte de un todo, y este todo es la políti­ca.

La política, al hacer uso de la guerra, evita todas las conclu­siones rigurosas que provienen de su naturaleza; se preocupa poco por las posibilidades finales y sólo se atiene a las probabili­dades inmediatas. Si, debido a ello, toda la transacción está en­vuelta en la incertidumbre, si la guerra se convierte con ello en una especie de juego, la política de cada gobierno alimenta la creencia segura de que en este juego superará a su adversario en habilidad y discernimiento.

De este modo, la política convierte a los elementos podero­sos y temibles de la guerra en un simple instrumento; la formidable espada de las batallas, que debería empuñarse con ambas manos y descargarse con toda la fuerza del cuerpo, para que diera un solo golpe, es convertida por ella en un arma liviana y manejable, que a veces no es nada más que un espadín que la política usa, a su vez, para las acometidas, las fintas y las para­das.

Así es como se pueden solventar las contradicciones en las que el hombre, naturalmente tímido, se ve envuelto en la guerra, si aceptamos esto como una solución.

Si la guerra pertenece a la política, adquirirá naturalmente su carácter. Si la política es grande y poderosa, igualmente lo se­rá la guerra, y esto puede ser llevado al nivel en que la guerra alcanza su forma absoluta.

Al concebir la guerra de esta manera, no debemos por tan­to perder de vista la forma de guerra absoluta, mejor dicho, su imagen debe estar siempre presente en el fondo de la cuestión.

Solamente gracias a esta forma de concebirla la guerra se convierte una vez más en una unidad, solamente así podemos considerar todas las guerras como cuestiones de una sola clase; y sólo así el juicio podrá obtener las bases y los puntos de vista reales y exactos con los cuales habrán de trazarse y juzgarse los grandes planes.

Es verdad que el elemento político no penetra profunda­mente en los detalles de la guerra. Los centinelas no son aposta­dos ni las patrullas enviadas a hacer sus rondas basándose en consideraciones políticas. Pero su influencia es muy decisiva con respecto al plan de toda la guerra, de la campaña y a menudo incluso de la batalla.

Por esta razón no nos hemos apresurado a establecer este punto de vista desde el comienzo. Mientras nos ocupábamos de detalles y circunstancias menores, nos hubiera servido de poca ayuda y más bien, en cierta medida, habría distraído nuestra atención; pero no por ello resulta menos indispensable en el plan de la guerra o de la campaña.

En general, no hay nada más importante en la vida que es­tablecer de forma exacta el punto de vista desde el cual deben juzgarse y considerarse las cosas y mantenerlo luego, porque só­lo podemos comprender el conjunto de acontecimientos en su unidad, desde un punto de vista, y sólo manteniendo estricta­mente este punto de vista podemos evitar caer en la inconse­cuencia.

Por lo tanto, si al apoyar un plan de guerra no cabe mante­ner dos o tres puntos de vista, desde los cuales las cosas podrían considerarse ––por ejemplo, en un momento determinado, adop­tar el punto de vista del soldado, en otro momento el del gobe­mante o el del político, etc.––, entonces el siguiente problema será dilucidar si la política es necesariamente lo principal y si to­do lo demás tiene que estar subordinado a ella.

Se ha supuesto que la política une y concilia dentro de sí todos los intereses de la administración interna, incluso aquellos que la humanidad y todo aquello que la razón filosófica pueda poner en evidencia, porque no es nada en sí misma, sino una mera representación de todos esos intereses en contra de otros estados. No nos interesa aquí el hecho de que la política pueda tomar una dirección errónea y prefiera fomentar un fin ambicio­so, unos intereses privados o la vanidad de los gobernantes, por­que en ninguna circunstancia el arte de la guerra puede conside­rarse como el preceptor de la política, y sólo podemos conside­rar aquí a la política como la representación de los intereses de la comunidad entera.

En consecuencia, la cuestión estriba en si, al proyectar y trazar los planes para una guerra, el punto de vista político debe­ría desaparecer o supeditarse al puramente militar (si fuera con­cebible un punto de vista como ése), o si aquél debería seguir siendo el rector y el militar someterse a él.

Que el punto de vista político debiera cesar por completo en sus funciones cuando comienza la guerra sólo sería concebi­ble si las guerras fueran luchas de vida o muerte, originadas en el odio puro. Tal como son las guerras en realidad, sólo constitu­yen, como hemos dicho antes, manifestaciones de la política misma. La subordinación del punto de vista político al militar se­ría irrazonable, porque la política ha creado la guerra; la política es la facultad inteligente, la guerra es sólo el instrumento y no a la inversa. La subordinación del punto de vista militar al político es, en consecuencia, lo único posible.

Si reflexionamos en la naturaleza de la guerra real y recor­damos lo que se ha manifestado en el capítulo III de este libro, o sea, que toda guerra deberá ser comprendida de acuerdo con la posibilidad de su carácter y de sus características principales, tal como ha de deducirse de las fuerzas y de las condiciones políti­ cas, y que a menudo, en la realidad de nuestros días, podemos afirmar con seguridad que, casi siempre, la guerra ha de conside­rarse como un todo orgánico, del cual no pueden separarse los miembros individuales, y en el cual, por consiguiente, toda acti­vidad individual fluye dentro del todo y tiene también su origen en la idea de este todo, entonces se pondrá perfectamente en claro y se afirmará con seguridad que el punto de vista más ele­vado para la conducción de la guerra, del cual provienen sus ca­racterísticas principales, no puede ser otro que el de la política.

A partir de este punto de vista, nuestros planes emergen al igual que de un molde; nuestra comprensión y nuestro juicio se hacen más fáciles y más naturales; nuestras convicciones ganan fuerza, los móviles son más satisfactorios y la historia se hace más inteligible.

A partir de él, por lo menos, no existe ya el conflicto natu­ral entre los intereses militares y los políticos, y donde este con­flicto aparece ha de considerársele meramente como producto de un conocimiento imperfecto. Que la política exigiera de la guerra lo que ésta no puede cumplir sería contrario a la presun­ción de que la política conoce el instrumento que ha de usar, contrario, por lo tanto, a una presunción que es natural e indis­pensable. Pero si la política juzga correctamente el curso de los acontecimientos militares, será de su incumbencia determinar qué acontecimientos y qué dirección de éstos es la que corres­ponde a los propósitos de la guerra.

En una palabra, bajo el punto de vista más elevado, el arte de la guerra se transforma en política, pero, por supuesto, en una política que entabla batallas en lugar de redactar notas di­plomáticas.

De acuerdo con este punto de vista, ntiene que descartarse y es incluso perjudicial admitir la distinción de que un gran acontecimiento militar o el plan para ese acontecimiento debiera llevar a la aprobación de un juicio puramente militar; en verdad, no resulta un procedimiento razonable consultar a soldados pro­fesionales acerca del plan de la guerra, de modo que puedan dar una opinión puramente militar, tal como hacen los gabinetes con frecuencia. Pero es aún más absurda la exigencia de los teó­ricos de que deba hacerse ante el comandante en jefe una decla­ración sobre los medios disponibles para la guerra, de modo que aquél pueda desarrollar, de acuerdo con esos medios, un plan puramente militar para la guerra o la campaña. La experiencia nos enseña también que, pese a la gran diversidad y el desarro­llo del sistema de guerra actual, el esquema principal de una guerra ha sido determinado siempre por el gobierno, o sea, ex­presado en lenguaje técnico, por un organismo puramente políti­co y no por uno militar.

Esto se halla completamente en la naturaleza de las cosas. Ninguno de los planes principales que son necesarios para la guerra pueden ser trazados sin tener conocimiento de las condiciones políticas, y cuando la gente se refiere, como hace a me­nudo, a la influencia perjudicial de la política en la conducción de la guerra, expresa realmente algo muy diferente de lo que se propone decir. No es esta influencia, sino la política misma, la que debería ser censurada. Si la política es justa, es decir, si logra sus fines, sólo podrá afectar a la guerra favorablemente, en el sentido de esa política. Allí donde esa influencia se desvía del fin, la causa tiene que buscarse en una política errónea.

Sólo cuando la política espera equivocadamente un deter­minado efecto de ciertos medios y medidas militares, un efecto opuesto a su naturaleza, podrá ejercer, mediante el curso que imprime a las cosas, un efecto perjudicial sobre la guerra. Así co­mo una persona que no domina por completo un idioma dice muchas veces lo que no se proponía, del mismo modo la políti­ca dará con frecuencia órdenes que no corresponden a sus pro­pias intenciones. Esto ha sucedido muy a menudo y muestra que cierto conocimiento de los asuntos militares es esencial para la administración del intercambio político.

Pero antes de seguir adelante debemos apercibirnos contra una interpretación errónea que se insinúa con prontitud. Estamos lejos de sostener la opinión de que un ministro de la guerra, en­frascado en sus papeles oficiales, o un ingeniero erudito, o hasta un militar que ha sido bien adiestrado en el campo de batalla constituirían, necesariamente, el mejor ministro de Estado en un país donde el soberano no actuara por sí mismo. En otras pala­bras, no queremos decir que esta familiaridad con los asuntos militares sea la cualidad principal que deba poseer un ministro de Estado. Las principales cualidades que tienen que caracterizar a éste son una mente extraordinaria, de índole superior, y forta­leza de carácter; ya que el conocimiento de la guerra le puede ser suministrado de una u otra forma. Francia nunca fue peor aconsejada en sus asuntos militares y políticos que cuando lo es­taba por los dos hermanos Belleisle y el duque de Choiseul, aun­que los tres eran buenos soldados.

Si la guerra tiene que concordar por entero con los propó­sitos de la política y la política ha de adaptarse a los medios dis­ponibles para la guerra, en el caso en que el estadista y el soldado no estén conjugados en una sola persona sólo quedará una alternativa satisfactoria, que es la de integrar al general en jefe en el gabinete, de suerte que pueda tomar parte en sus consejos y decisiones en ocasiones importantes. Pero esto sólo es posible si el gabinete, o sea, el mismo gobierno, se halla próximo al teatro de la guerra, de modo que las cosas puedan decidirse sin gran pérdida de tiempo.

Esto es lo que hicieron el emperador de Austria en 1809 y los soberanos aliados en 1813, 1814 y 1815, y esta disposición resultó ser completamente satisfactoria.

La influencia que sobre el gabinete ejerce cualquier militar, a excepción del general en jefe, es peligrosa en extremo; muy raras veces conduce a una acción sana y vigorosa. El ejemplo de Francia entre 1793 y 1795, cuando Carnot, mientras residía en París, asumía al propio tiempo la conducción de la guerra, es completamente censurable, porque un sistema de terror no está a disposición de nadie que no sea un gobierno revolucionario.

Terminaremos con algunas reflexiones extraídas del estudio de la historia.

En la última década del siglo pasado, cuando se produjo en Europa un cambio notable en el arte de la guerra, a raíz de lo cual los mejores ejércitos vieron que una_ parte de su manera de conducir la guerra se tornaba ineficaz y los éxitos militares se producían con una magnitud que hasta entonces nadie había podido concebir, parecía, sin duda, que todos los cálculos erró­neos debían ser atribuidos al arte de la guerra. Era evidente que, mientras se hallaba limitada por la costumbre y la práctica dentro de un círculo de ideas estrechas, Europa había sido sor­prendida por posibilidades que se hallaban fuera de este círcu­lo, pero que sin lugar a dudas no eran ajenas a la naturaleza de las cosas.

Los observadores que adoptaron un punto de vista más am­plio atribuyeron la circunstancia a la influencia general que la política había ejercido durante siglos sobre el arte de la guerra, para su gran detrimento, y como resultado de lo cual había llega­do a ser una cuestión a medias, a menudo un simple simulacro de lucha. Tenían razón en cuanto al hecho, pero se equivocaban al considerarlo como una condición evitable que surgía por ca­sualidad.

Otros pensaron que todo tenía su explicación por la influencia momentánea de la política particular desarrollada por Austria, Prusia, Inglaterra, etc.

Pero ¿era verdad que la sorpresa real experimentada se de­bía a un factor en la conducción de la guerra o más bien a algo que se hallaba dentro de la política misma? O sea, según nuestra manera de expresarnos, ¿procedía la desgracia de la influencia de la política sobre la guerra o de una política intrínsecamente errónea?

El formidable efecto producido en el exterior por la Revolu­ción francesa fue causado, evidentemente, mucho menos por los nuevos métodos y puntos de vista introducidos por los franceses en la conducción de la guerra que por el cambio en el arte de gobernar y en la administración civil, en el carácter del gobierno, en la situación del pueblo, etc. Que otros gobiernos consideraran todas estas cosas desde un punto de vista inadecuado, que se es­forzaran, con sus medios corrientes, en defenderse contra fuerzas de nuevo tipo y de poder abrumador, todo esto fue un craso error de la política.

¿Habría sido posible advertir y corregir esos errores desde el punto de vista de una concepción puramente militar de la guerra? No lo creemos. Porque aun cuando hubiera habido un estratega filosófico que hubiese previsto todas las consecuencias y captado las posibilidades remotas, partiendo simplemente de la naturaleza de los elementos hostiles, habría sido casi imposible, sin embargo, que ese argumento totalmente teórico produjera el menor resultado.

Solamente si se hubiera elevado hasta el punto de efectuar una apreciación ajustada de las fuerzas que habían despertado en Francia y de las nuevas relaciones en la situación política de Europa, la política podría haber previsto las consecuencias que habían de sobrevenir con respecto a las grandes características de la guerra, y sólo por este camino podría haber llegado a adoptar un punto de vista correcto sobre el alcance de los me­dios necesarios y el mejor uso que podía hacerse de ellos.

En consecuencia, podemos decir que los veinte largos años de victorias de la Revolución francesa pueden ser atribuidos principalmente a la política errónea de los gobiernos que se le oponían.

Es verdad que estos errores fueron puestos de manifiesto primero en la guerra, y los acontecimientos bélicos frustraron por completo las esperanzas que acariciaba la política. Pero esto no se produjo porque la política descuidara consultar a sus con­sejeros militares. El arte de la guerra en el que creían los políti­cos de esa época, es decir, el que se desprendía de la realidad de ese tiempo, el que pertenecía a la política del momento, ese instrumento familiar que había sido usado hasta ese entonces, ese arte de la guerra, estaba imbuido, por naturaleza, del mismo error en que incurría la política y, en consecuencia, no podía en­señarle a ésta nada mejor.

Es verdad que la misma guerra ha sufrido cambios impor­tantes, tanto en su naturaleza como en sus formas, que la han aproximado más a su configuración absoluta; pero estos cambios no se produjeron porque el gobierno francés se hubiera libera­do, por así decir, de las andaderas de la política, sino que surgie­ron de un cambio de política que provenía de la Revolución francesa, no sólo en Francia, sino también en el resto de Europa.

Esta política había puesto de manifiesto otros medios y otras fuerzas, mediante los cuales 'se pudo conducir la guerra con un grado de energía que nadie hubiera imaginado factible hasta entonces.

Los cambios reales en el arte de la guerra son también con­secuencia de las alteraciones en la política, y lejos de ser un ar­gumento para la posible separación de una y otras constituyen, por el contrario, una evidencia muy intensa de su íntima cone­xión.

Reiteramos, pues, una vez más: la guerra es un instrumento de la política; debe incluir en sí misma, necesariamente, el carác­ter de la política; debe medir con la medida de la política. La conducción de la guerra, en sus grandes delineaciones, es, en consecuencia, la política misma que empuña la espada en lugar de la pluma, pero que no cesa, por esa razón, de pensar de acuerdo con sus propias leyes.

De la Guerra. Karl von Clausewitz. (244.67 Kbytes)

 
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