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Platón. La República. PDF Imprimir E-Mail

-¿Pues quiénes son entonces -preguntó- los que llamas filósofos verdaderos? -Los que gustan de contemplar la verdad -respondí.

-Bien está eso -dijo-; pero ¿cómo lo entiendes? -No sería fácil de explicar -respondí- si tratara con otro; pero tú creo que has de convenir conmigo en este punto. -¿Cuál es? -En que, puesto que lo hermoso es lo contrario de lo feo, se trata de dos cosas distintas.

-¿Cómo no? -¿Y puesto que son dos, cada uno es una cosa? -Igualmente cierto.  -Y lo mismo podría decirse de lo justo y lo injusto y de lo bueno y lo malo y de todas las ideas que cada cual es algo distinto, pero, por su mezcla con las acciones, con los cuerpos y entre ellas mismas, se muestra cada una con multitud de apariencias. DESCARGAR Libro

 

-Perfectamente dicho -observó.

-Por ese motivo -continué- he de distinguir de un lado los que tú ahora mencionabas, aficionados a los espectáculos y a las artes y hombres de acción, y de otro, éstos de que ahora hablábamos, únicos que rectamente podríamos llamar filósofos.

-¿Qué quieres decir con ello? -preguntó.

-Que los aficionados a audiciones y espectáculos -dije yo- gustan de las buenas voces, colores y formas y de todas las cosas elaboradas con estos elementos; pero su mente es incapaz de ver ygustar la naturaleza de lo bello en sí mismo.

-Así es, de cierto -dijo.

-Y aquellos que son capaces de dirigirse a lo bello en sí y de contemplarlo tal cual es, ¿no son en verdad escasos?

-Ciertamente.

-El que cree, pues, en las cosas bellas, pero no en la belleza misma, ni es capaz tampoco, si alguien le guía, de seguirle hasta el conocimiento de ella, ¿te parece que vive en ensueño o despierto? Fíjate bien: ¿qué otra cosa es ensoñar, sino el que uno, sea dormido o en vela, no tome lo que es semejante como tal semejanza de su semejante, sino como aquello mismo a que se asemeja[L448]?

-Yo, por lo menos -replicó-, diría que está enroñando el que eso hace.

-¿Y qué? ¿El que, al contrario que éstos, entiende que hay algo bello en sí mismo y puede llegar a percibirlo, así como también las cosas que participan de esta belleza, sin tomar a estas cosas participantes por aquello de que participan ni a esto por aquéllas, te parece que este tal vive en vela o en sueño?

-Bien en vela -contestó.

-¿Así, pues, el pensamiento de éste diremos rectamente que es saber de quien conoce, y el del otro, parecer de quien opina?

-Exacto.

-¿Y qué haremos si se enoja con nosotros ese de quien decimos que opina, pero no conoce, y nos discute la verdad de nuestro aserto? ¿Tendremos medio de exhortarle y convencerle buenamente ocultándole que no está en su juicio[L449]?

-Preciso será hacerlo así -contestó.

-¡Ea, pues! Mira lo que le hemos de decir. ¿Te parece que nos informemos de él diciéndole que, si sabe algo, no le tomaríamos envidia, antes bien, veríamos con gusto a alguien que supiera alguna cosa? «Dinos: el que conoce, ¿conoce algo o no conoce nada?» Contéstame tú por él.

-Contestaré -dijo- que conoce algo.

-¿Algo que existe o que no existe?

-Algo que existe. ¿Cómo se puede conocer lo que no existe[L450]?

-¿Mantendremos, pues, firmemente, desde cualquier punto de vista, que lo que existe absolutamente es absolutamente conocible y lo que no existe en manera alguna enteramente incognoscible?

-Perfectamente dicho.

-Bien, y si hay algo tal que exista y que no exista, ¿no estaría en la mitad entre lo puramente existente y lo absolutamente inexistente?

-Entre lo uno ylo otro.

-Así, pues, si sobre lo que existe hay conocimiento e ignorancia necesariamente sobre lo que no existe, ¿sobre eso otro intermedio que hemos visto hay que buscar algo intermedio también entre la ignorancia y el saber contando con que se dé semejante cosa?

-Bien de cierto.

-¿Sostendremos que hay algo que se llama opinión?

-¿Cómo no?

-¿Y tiene la misma potencia que el saber u otra distinta?

-Otra distinta.

-A una cosa, pues, se ordena la opinión y a otra el saber, cada uno según su propia potencia.

-Esto es.

-¿Y así, el saber se dirige por naturaleza a lo que existe para conocer lo que es el ser? Pero más bien me parece que aquí hay que hacer previamente una distinción.

-¿En qué forma?

 

XXI. -Hemos de sostener que las potencias son un género de seres por medio de los cuales nosotros podemos lo que podemos; y lo mismo que nosotros, otra cualquier cosa que pueda algo. Por ejemplo, digo que están entre las potencias la vista y el oído, si es que entiendes lo que quiero designar con este nombre específico.

-Lo entiendo -dijo.

-Oye lo que me parece acerca de ellas. En la potencia yo no distingo color alguno ni forma ni ninguno de esos accidentes semejantes, como en tantas otras cosas en las que, considerando algunos de ellos, puedo separar dentro de mí como distintas unas de otras. En la potencia sólo miro a aquello para que está y a lo que produce, y por ese medio doy nombre a cada una de ellas, y a la que está ordenada a lo mismo y produce lo mismo, la llamo con el mismo nombre, y a la que está ordenada a otra cosa y produce algo distinto, con nombre diferente. ¿Y tú qué? ¿Cómo lo haces?

-De ese mismo modo -dijo.

-Volvamos, pues, atrás, mi noble amigo -dije-. ¿Del saber dirás que es una potencia o en qué especie lo clasificas?

-En ésta -dijo-, como la más poderosa de todas las potencias.

-¿Y qué? ¿La opinión, la pondremos entre las potencias o la llevaremos a algún otro género de cosas?

-A ninguno -dijo-; porque la opinión no es sino aquello con lo que podemos opinar.

-Sin embargo, hace un momento reconocías que el saber y la opinión no eran lo mismo.

-¿Y cómo alguien que esté en su juicio -dijo- podría jamás suponer que es lo mismo lo que yerra y lo que no yerras[L451]?

-Bien está -dije-; resulta claro que reconocemos la opinión como algo distinto del saber.

-Distinto.

-¿Cada una de las dos cosas está, por tanto, ordenada para algo diferente, pues tiene diferente potencia?

-Por fuerza.

-¿Y el saber está ordenado a lo que existe para conocer cómo es el ser?

-Sí.

-¿Y la opinión, decimos, está para opinar?

-Sí.

-¿Lo mismo, acaso, que conoce el saber? ¿Y serán la misma cosa la conocible y lo opinable? ¿O es imposible que lo sean?

-Imposible -dijo-, según lo anteriormente convenido, puesto que cada potencia está por naturaleza para una cosa y ambos, saber y opinión, son potencias, pero distintas, como decíamos, una de otra; por lo cual no cabe que lo conocible ylo opinable sean lo mismo.

-¿Por tanto, si lo conocible es el ser, lo opinable no será el ser, sino otra cosa?

-Otra.

-¿Se opinará, pues, sobre lo que no existe? ¿O es imposible opinar sobre lo no existente? Pon mientes en ello: ¿el que opina no tiene su opinión sobre algo? ¿O es posible opinar sin opinar sobre nada?

-Imposible.

-¿Por tanto, el que opina opina sobre alguna cosa?

-Sí.

-¿Y lo que no existe no es «alguna cosa», sino que realmente puede llamarse «nada»?

-Exacto.

-Ahora bien, ¿a lo que no existe le atribuimos forzosamente la ignorancia y a lo que existe el conocimiento?

-Y con razón -dijo.

-¿Por tanto, no se opina sobre lo existente ni sobre lo no existente[L452]?

-No, de cierto.

-¿Ni la opinión será, por consiguiente, ignorancia, ni tampoco conocimiento?

-No parece.

-¿Acaso, pues, está al margen de estas dos cosas superando al conocimiento en perspicacia o a la ignorancia en oscuridad?

-Ni una cosa ni otra.

-¿Quizá entonces -dije yo- te parece la opinión algo más oscuro que el conocimiento, pero más luminoso que la ignorancia?

-Y en mucho -replicó.

-¿Luego está en mitad de ambas?

-Sí.

-Será, pues, un término medio entre una y otra.

-Sin duda ninguna.

-¿Y no dijimos antes que, si apareciese algo tal que al mismo tiempo existiese y no existiese, ello debería estar en mitad entre lo puramente existente y lo absolutamente inexistente, y que no habría sobre tal cosa saber ni ignorancia, sino aquello que a su vez apareciese intermedio entre la ignorancia y el saber?

-Y dijimos bien.

-¿Y no aparece entre estas dos cosas lo que llamamos opinión?

-Sí, aparece.

La Republica. Platón (376.85 Kbytes)

 
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