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Azorín, (Martínez Ruiz, José.). El Político. PDF Imprimir E-Mail
X. CONOZCA A LAS GENTES QUE LE RODEAN

Rodean a todo hombre de influencias gentes de toda suerte y catadura; unos son buenos, discretos y leales; otros son galopines, truchimanes y trapisondistas. Éstos se introducen en la privanza y valimiento de los políticos por medio de la asiduidad y la lisonja. Conózcalos a todos el político; sepa cómo vive éste y el otro; qué negocios lleva entre manos; de qué se sostiene; qué es lo que ha hecho y qué es lo que hace; cuáles son sus secretas idas y venidas. El político lo sabrá todo punto por punto; si la gente murmura de alguno de los que le rodean, él sabrá cuáles son los motivos que tiene para murmurar. DESCARGAR Libro

 Pero no dé a entender a nadie el político, y menos a los interesados, que conoce sus malos pasos; él hará como que no sabe nada. Sólo que cuando llegue una ocasión en que el galopín espere hacer la suya; cuando crea que él debe ocupar tal o cual cargo, el político obre con discreción: pase con buenas palabras al malsín; no le dé el cargo ni le otorgue comisión de confianza; alegue un compromiso inevitable; y de este modo, sin ruido, sin escándalo, podrá ir haciendo poco a poco la labor de selección y determinando que el truchimán se canse y le abandone.

A veces, el político se ve cara a cara en una conversación con un parcial suyo de vida sospechosa; el parcial le apretará con palabras a que le dé un cargo o merced; el político se verá en un trance apurado: él no querrá ser descortés ni que la conversación tome un giro desagradable. En este caso crítico no abandone el político su cortesía y su impasibilidad; pero con una frase, con un inciso, con una palabra delicada, dé a entender que conoce los hechos sospechosos del solicitante y su mala vida. Puede decir esto mientras se levanta de pronto del asiento o acercándose a la puerta, o echando mano del sombrero: gestos todos bien elocuentes. Y si el pretendiente tuviese seso —todos los malsines le tienen— esto bastará para darse cuenta de que la partida está perdida y de que es peor insistir.

XI. ACEPTE CON SENCILLEZ LAS DISTINCIONES

No se haga de rogar en las cortesías. Si le elogian, acepte sin protesta el elogio. Se ha dicho que protestar del elogio es deseo de ser dos veces loados; porque ante nuestra protesta, ante nuestra frases de modestia, el que elogia insiste en sus loanzas.

El político habrá de trafagar y andar mucho; asistirá a banquetes y comidas, concurrirá a recepciones, se hospedará cuando salga a provincias en casas de sus amigos y admiradores. Acepte siempre sin porfías las distinciones que se le otorguen. Son muy desagradables esas luchas de cortesía que se entablan a veces entre el que otorga la distinción y el que la recibe. Haya un poco de sencillez en este cambio y recambio de cortesía. Se cuenta que, siendo el conde de España en Roma, fue convidado un día a comer por el duque de Florencia; llegaron el conde, el duque y los demás invitados a la cámara que servía de comedor; en ella había un sitio más elevado y honorífico que los demás; el duque, que era el anfitrión, indicó al conde de Tendilla que ocupase este sitio; negóse el conde a ello, y manifestó que quien debía ocupar el sitio de honor era el duque; insistió el duque en su cortesía, porfió otra vez el conde, y entonces el duque de Florencia, entre sonriente y amoscado, se volvió hacia el maestresala y le dijo: "Corre, di que le traigan al conde las llaves de la casa, porque quiere mandar en ella más que yo".

Aceptar los elogios sin regatos, conformarse con las condiciones sin protestas, es muestra de ánimos que no piden ni rehusan nada, que no dan un valor excesivo a lo que no lo tiene, y que dejan que la vida se deslice sin alborotos ni gritos, tranquilamente, con dulzura, con suavidad.

II. LAS CONTRADICCIONES

Ha escrito un filósofo que ni la contradicción es señal de falsedad ni lo es de verdad la incontradicción Todo cambia en la vida; nada hay más contradictoria que la vida. A los veinte años, en plena ardosa mocedad, pensamos de una manera; pensamos de otra cuando la edad ha ido transcurriendo y los entusiasmos se han enfriado. La experiencia del mundo enseña mucho, una ilusión que se realiza es un cambio que se opera en nuestra manera de ser. La ingenuidad no resiste al tiempo; la experiencia se va formando lentamente de desengaños. ¿Y cómo pudiera pensar lo mismo un hombre experimentado, que conoce a los hombres y que ha sufrido, que un mozo que se lanza a la vida llena de fe, inexperta y candorosa? Si cambia la sensibilidad, ¿cómo no ha de cambiar el pensamiento?

No pasa día sin que traiga una rectificación a nuestros juicios. Sólo los insensibles permanecen iguales. Lo que por nuestros ojos pasa va dejando un sedimento de ideas, de juicios y de sentimientos, que se renuevan a lo largo del tiempo. La naturaleza, en cuyo seno nos movemos, va renovándose, cambiando. ¿Y pretendemos nosotros ser los mismos en todos los momentos, a lo largo de treinta, de cuarenta, de sesenta, o de ochenta años? ¿Y pretendemos que en medio de esta renovación universal, formidable, sea siempre una y la misma esta cosa tan sutil, tan delicada, tan etérea, que se llama pensamiento?

No reprochemos a nadie ni sus contradicciones ni sus inconsecuencias. No nos atemoricemos cuando se nos reprocha a nosotros. Obremos en cada momento según lo que estimemos oportuno, benéfico y justo. Un eminente hombre de Estado —don Antonio Maura— ha dicho en un discurso: "Las contradicciones, cuando son desvergonzadas mudanzas de significación por interés, por ambición, por una sordidez cualquiera, son tan infamantes como los motivos del cambio; pero yo os digo que si alguna vez oyese la voz de mi deber en contra de lo que hubiera con más calor toda mi vida sustentando, me consideraría indigno de vuestra estimación, y en mi conciencia me tendría por prevaricador, si no pisoteaba mis palabras anteriores y ajustaba mis actos a mis deberes."

No se puede expresar con más energía y exactitud una alta norma de vida

XIII. NO PRESTARSE A LA EXHIBICIÓN

Sea entendido con los entendidos, opaco y vulgar con los opacos y vulgares. No es de entendimiento sutil el ingenio, el hacerse admirar, el exhibirse brillantemente en un concurso de hombres modestos y sencillos. Déjense las galas del ingenio para cuando con perfecta paridad, de igual a igual, se puede competir en las reuniones y asambleas de los doctos. El político tendrá que viajar muchas veces por su país, tendrá que ir a los pueblos. No pretenda en estas ocasiones ganar admiraciones y simpatías deslumbrando. Hable como todos; si acaso, de tarde en tarde, tenga en estas conversaciones vulgares una reflexión oportuna, ingeniosa, sutil: estas reflexiones sabias y agudas que se realizan sin ruido, sin pretensiones, entre las palabras vulgares, es lo que Fernando de Rojas llama en el prólogo de La Celestina "deleitables fontecicas de filosofía”.

El político, el artista, el poeta, el cantante, serán invitados muchas veces a las fiestas y ágapes, más bien que por su persona, para que tal fiesta o comida tenga un aliciente con su ingenio o habilidad. Conozca el artista o político cuándo sucede esto; en tal caso sea cauto, y ya que le han hecho ir de la misma manera que se llevan plantas o tapices, sea tan vulgar como todos, es decir, no dé muestras de su ingenio, ni use de su estro, ni, si es posible, cante o taña, como esperaba el que le invitó.

XIV. ESTÉ IMPASIBLE ANTE EL ATAQUE

El político no debe nunca perder la sangre fría; permanecerá siempre impasible ante el ataque. En el parlamento, en las reuniones públicas, muchas veces se verá blanco de la invectiva, de la cólera o de la insidia; él permanezca en todo momento sin mover un músculo de la cara, sin dar la más leve señal de irritación, de impaciencia, de enojo. Habando Hernando de Pulgar, en sus Claros varones, de Don Juan Pacheco, marqués de Villena, hombre eminentísimo en el arte político, dice de él que tenía tan gran sufriento, que ni palabra áspera que la que dijesen le movía, ni novedad de nogicio que oyese le alteraba; y en el mayor discrimen de las cosas tenía mejor arbitrio para las entender o remediar".

No se pierda nunca la ecuanimidad y buena ponderación del carácter. Muchos logran escuchar el ataque sin que su cara muestre la más ligera alteración; pero un movimiento instintivo e irrebitable de la mano, o la manera violenta de abrir una carta que acaban de traerle, o la contestación rápida y seca que da a un compañero que tiene al lado y que le pregunta algo, un pequeño ademán, en fin, viene a demostrar al observador que la impasibilidad de que alardea el atacado es ficticia, violenta, y que puede acabarse en un instante. Estos movimientos instintivos pueden revelar lo que la faz o las palabras no revelan; las manos hablan tan elocuentemente como las lenguas. Se dice que para evitar el ser traicionados por ellas, algunos grandes diplomáticos y negociantes las ocultaban al tiempo de conferir o negociar; tal grande conquistador tenía hábito de llevarlas a la espalda; tal consumado diplomático las metía en los bolsillos.

El Politico. Jose Martínez Ruiz. Azorín (99.46 Kbytes)

 
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