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Chirac,Jacques. 2003 Discurso relativo al principio de laicicidad. PDF Imprimir E-Mail

Señor Primer Ministro, Señores Presidentes de las Asambleas, Señores y Señoras Ministros, Señores y Señoras parlamentarios, Señores y Señoras.

El debate sobre el principio de laicicidad resuena en lo más profundo de nuestras conciencias. Nos lleva a nuestra cohesión nacional, a nuestra aptitud para vivir juntos, a nuestra capacidad para reunirnos sobre lo esencial. La laicicidad está inscrita en nuestras tradiciones. Está en el corazón de nuestra identidad republicana. No se trata hoy, de refundarla ni de modificar sus fronteras. Se trata de hacerla vivir siendo fieles a los equilibrios que hemos sabido inventar y a los valores de la República.

Ya son más de doscientos años que se construyó la República y que se renueva, fundándose sobre la libertad, garantía primordial de la ley, sobre los intereses particulares, sobre la igualdad de las mujeres y de los hombres, sobre la igualdad de las oportunidades y de los deberes, sobre la fraternidad entre todos los franceses, cualesquiera que sea su condición o su origen.

En nuestra República, cada uno es respetado en sus diferencias porque cada uno respeta la ley común. En todo el mundo, Francia es reconocida como la patria de los derechos del hombre.

Pero el mundo cambia, las fronteras disminuyen, los intercambios se multiplican. Al mismo tiempo las reivindicaciones de identidad o comunitarias se afirman o se exacerban, con riesgo, seguido algunas veces de repliegues sobre sí mismo, de egoísmo y a veces de intolerancia.

¿Cómo la sociedad francesa sabrá responder a estas evoluciones?

Nosotros llegaremos escogiendo la sabiduría de los franceses de todos los orígenes y de todas las convicciones. Nosotros llegaremos, como en los momentos importantes de nuestra historia, buscando en la fidelidad de nuestros valores y de nuestros principios, la fuerza de un nuevo impulso.

Impulso de las conciencias, para volver a descubrir con fiereza la originalidad y la grandeza de nuestra cultura y de nuestro modelo francés. Impulso de acción para inscribir en nuestro pacto republicano la igualdad de oportunidades y los derechos de integración de todos en el respeto de las diferencias. Impulso colectivo para que juntos, fuertes de esta diversidad que hace nuestra riqueza, llevemos nuestra voluntad a nuestro compromiso, nuestro deseo de vivir juntos hacia un porvenir de confianza, de justicia y de progreso.

Es en la fidelidad al principio de laicicidad, piedra angular de la República, haz de nuestros valores comunes de respeto, de tolerancia, de diálogo, que yo llamo a reunirse, a todas las francesas y todos los franceses.

Nuestro pueblo, nuestra Nación, nuestra República están unidos por valores comunes. Estos valores no se han impuesto cómodamente. Algunas veces, han dividido a los franceses antes de contribuir a reunirlos. Se han forjado dentro de pruebas dolorosas de estas luchas que han atravesado nuestra historia y que han marcado nuestra memoria.

Desde los orígenes de la monarquía hasta las tragedias del siglo pasado, la larga marcha hacia la unidad ha diseñado nuestro territorio y ha forjado nuestro Estado. Del Edicto de Nantes hasta las leves de separación de las iglesias y el Estado, la libertad religiosa y la tolerancia se han abierto un camino a través de las guerras de religión y de las persecuciones. Los derechos del hombre y del ciudadano se han conquistado, consolidado y profundizado progresivamente, desde la Declaración de 1789 hasta el Preámbulo de 1946. Ellos lo han sido por la consagración del sufragio universal y el derecho de voto de las mujeres, la libertad de prensa, la libertad de asociación y seguramente el combate para hacer reconocer la inocencia del capitán Dreyfus.

De la abolición de los privilegios, la noche del 4 de agosto, a la abolición de la esclavitud el 27 de abril de 1848, la República ha proclamado con fuerza su fe en la igualdad y ha batallado sin fatiga por la justicia social; con estas conquistas históricas, que son la educación gratuita y obligatoria, el derecho a la huelga, la libertad sindical, la seguridad social, ha sabido dar la mano, hacer vivir la igualdad de oportunidades, reconocer el mérito y permitir así la promoción de las mujeres y de los hombres originarios de los ambientes más modestos hasta las más alias funciones. Hoy, nosotros continuamos avanzando con resolución para consolidar los derechos de las mujeres.

Estos valores fundan la singularidad de nuestra nación . Estos valores llevan nuestra voz en lo alto y lejos en el mundo. Estos valores son los que hacen a Francia.

Tierra de ideas y de principios, Francia es una tierra abierta, acogedora y generosa. Unida en torno de una herencia singular que hace su fuerza y su orgullo, el pueblo francés es rico en su diversidad. Una diversidad asumida que está en el corazón de nuestra identidad.

Diversidad de creencias, en esta antigua tierra de cristiandad, en donde también se arraigó una tradición judía que se remonta a cerca de dos mil años. Tierra del catolicismo que ha sabido sobrepasar los desgarramientos de las guerras de religión y reconocer finalmente el lugar de los protestantes en la víspera de la Revolución. En fin, tierra de apertura para los franceses de tradición musulmana que forman parte integrante de nuestra Nación.

Diversidad de regiones que progresivamente han diseñado la imagen de nuestro país, desde Isla de Francia, hasta los Ducados de Bretaña, de Aquitania, de Borgoña, de Alsacia y de Lorena, hasta el condado de Niza , al Caribe , el Océano Índico o al Pacífico Sur.

Y seguramente, la diversidad de estas mujeres y de estos hombres que, de generación en generación, han venido sumándose a la comunidad nacional y para quien Francia ha sido. antes que todo, un ideal y luego una patria.

Emigrantes italianos, llegados masivamente con la primera revolución industrial, para aportar a nuestro país su talento y su energía; españoles arrojados por las terribles desgarraduras de los años treinta y venidos a encontrar un refugio en Francia; portugueses llegados en los años sesenta, llenos de ardor y de valor. Pero también polacos, armenios, asiáticos, residentes del Magreb y de Africa negra que han venido con toda su fuerza a contribuir al crecimiento de los "Treinta Gloriosas "~ antes de hacer raíces en nuestro suelo. Todos han contribuido a forjar nuestro país, a hacerlo más fuerte, más prospero, a engrandecer su esplendor en Europa y en el mundo.

Nuestra bandera, nuestra lengua, nuestra historia, todo nos habla de los valores de tolerancia y de respeto del otro, y de sus combates, de esa diversidad que hacen la grandeza de Francia. Esta Francia, es la que lucha por la paz, por la justicia , por los derechos del hombre, estamos orgullosos de ella. Nosotros debemos defenderla. Más que cuestionarla, cada uno debe medir lo que ella le aporta, le da y preguntarse lo que cada quién puede hacer por ella.

Para que Francia sea ella misma es que hoy nosotros debemos contestar las preguntas y desenmarañar las tensiones por las que atraviesa nuestra sociedad.

Cada uno conoce estos factores de tensión

Aunque portadora de nuevas oportunidades, la mundalización inquieta, desestabiliza a los individuos y, a veces, los empuja a replegarse.

En el momento en que se hunden las grandes ideologías, el oscurantismo y el fanatismo ganan terreno en el mundo.

Se hace alusión al periodo 1945 — 1973. Nota del traductor.

Entre la Nación francesa y esta Europa de ciudadanos que nosotros desearnos, cada uno de nosotros debe redefinir sus referencias.

Al mismo tiempo la persistencia y el crecimiento de la desigualdad social ha abierto una zanja que se profundiza entre los barrios con problemas y el resto del país, hace mentir el principio de igualdad de oportunidades y amenaza desgarrar nuestro pacto republicano.

Una cosa es segura: la respuesta a estas interrogaciones no está en el mezquino repliegue sobre sí mismo o en el comunitarismo. Está, al contrario, en la afirmación de nuestro deseo de vivir juntos en la consolidación del esfuerzo común, en la fidelidad de nuestra historia y de nuestros valores.

Frente a las incertidumbres del tiempo y del mundo, frente al sentimiento de impotencia, cada uno busca referencias más personales, más inmediatas: la familia, la solidaridad del prójimo, el compromiso asociativo. Esta aspiración es natural. Es una ventaja . Ella atestigua de la capacidad de los franceses para movilizarse, reaccionar y a dar libre curso a su energía y a sus iniciativas.

Por tanto, este movimiento debe encontrar sus límites en el respeto de los valores comunes. El peligro es la liberación de fuerzas centrífugas, la exaltación de los particularismos que dividen. El peligro es el de querer hacer prevalecer las leyes particulares sobre la ley común. El peligro es la división, es la discriminación, es la confrontación.

Veamos lo que pasa en otra parte. Las sociedades estructuradas en torno a comunidades se encuentran muchas veces expuestas a injusticias inaceptables.

El comunitarismo no puede ser la alternativa de Francia. Sería contrario a nuestra historia, a nuestras tradiciones, a nuestra cultura. Sería contrario a nuestros principios humanistas, a nuestra fe en la promoción social por la fuerza del talento y del mérito, a nuestra adhesión a los valores de igualdad y de fraternidad entre todos los franceses.

Es por esto que yo rechazo comprometer a Francia en esta dirección. Ella sacrificaría ahí su herencia. Ella comprometería ahí su futuro. Ella perdería ahí su alma.

Es por esto también que nosotros tenemos la obligación ardiente de reaccionar. No es en la parálisis ni en la nostalgia, que nosotros encontraremos una nueva comunidad de destino. Es en la lucidez, en la imaginación y en la fidelidad a lo que nosotros pertenecemos .

Francia ha sabido llevar este año, en todos los géneros de tensiones y de crisis, su palabra de paz y de tolerancia para exhortar a los pueblos que se destruyen, a respetarse .

¡En el interior de nuestras fronteras, en el corazón de nuestra sociedad, sepamos vivir juntos, llevando la misma exigencia, la misma ambición de respeto y de justicia.!

La igualdad de oportunidades ha sido siempre el combate de la República. La línea del frente de este combate pasa, de hoy en adelante, en los barrios marginados. ¿Cómo pedir a sus habitantes identificarse con la Nación y con sus valores cuando viven en los guetos del urbanismo inhumano en donde la negación al derecho y la ley del más fuerte pretenden imponerse?

Con el refuerzo de la seguridad, con el programa de renovación urbana para destruir Ios enclaves de las zonas francas destinadas a promover el empleo y la actividad de las ciudades, nosotros frenamos la fatalidad y volvemos a encontrar la esperanza. Es para el Gobierno y para mí mismo, un reto y una exigencia mayor .

Hacer vivir la igualdad de oportunidades, es volver a dar toda la fuerza a nuestra tradición de integración apoyándose en los éxitos ya adquiridos, pero también rechazando lo inaceptable.

Muchos jóvenes provenientes de la inmigración, de quienes el francés es la lengua materna y que son, la mayor parte del tiempo, de nacionalidad francesa, tienen éxito y se sienten satisfechos en una sociedad que es la suya. Ellos deben ser reconocidos por lo que son, por su capacidad, por su trayectoria, por su mérito: ellos quieren expresar sus éxitos su sed de reacción, su inserción, su completa pertenencia a la comunidad nacional .

Estos resultados , hay que prepararlos con los extranjeros que se incorporan legalmente, pidiéndoles adherirse a nuestros valores y a nuestras leyes. Es el objeto del contrato de hospitalidad y de integración ajustado, a mi petición, por el Gobierno y que les es propuesto individualmente. Este les da acceso a cursos de francés, a una formación a la ciudadanía francesa y a un seguimiento social, a cambio de su compromiso para respetar escrupulosamente las leyes de la República.

Estos éxitos, hay que hacerlos posibles rompiendo el muro del silencio y de la indiferencia que rodea hoy la realidad de las discriminaciones. Yo conozco el sentimiento de incomprensión, de desamparo y también de revuelta de estos jóvenes franceses provenientes de la emigración, cuyas demandas de empleo van al cesto de la basura en razón de la consonancia de su apellido y que muy seguido deben enfrentarse a las discriminaciones para tener acceso a una vivienda o simplemente para acceder a un lugar de diversión.

Es necesario tomar conciencia y actuar enérgicamente . Esto será la misión de la autoridad encargada de luchar contra todas las formas de discriminación; ésta será instalada al inicio del año próximo.

Todos Ios hijos de Francia, cualquiera que sea su historia, cualquiera que sea su origen, cualquiera que sean sus creencias , son hijas e hijos de la República . Ellos deben ser reconocidos como tales, en el derecho pero sobre todo en los hechos. Es cuidando el respeto de esta exigencia, es por la reafirmación de nuestra política de integración, es por nuestra capacidad para hacer vivir la igualdad de oportunidades que nosotros volveremos a dar vitalidad a nuestra cohesión nacional.

Nosotros lo haremos también haciendo vivir el principio de laicicidad que es un pilar de nuestra Constitución. Expresa nuestra voluntad para vivir juntos en el respeto , el diálogo y la tolerancia.

La laicicidad garantiza la libertad de conciencia. Protege la libertad de creer o de no creer. Asegura a cada uno la posibilidad para expresar y para practicar su fe, tranquilamente, libremente, sin la amenaza de verse dominado por otras convicciones u otras creencias. Permite a los hombres y las mujeres venidos de todos los horizontes y de todas las culturas , ser protegidos en sus creencias por la República y sus Instituciones. Abierta y generosa, ella es el lugar privilegiado del encuentro y del intercambio en donde cada uno se reencuentra para aportar lo mejor a la comunidad nacional. Es la neutralidad del espacio público lo que permite la coexistencia armoniosa de diferentes religiones.

Como todas las libertades, la libertad de expresión, de creencias no puede encontrar límites más que en la libertad del otro y en la observación de reglas de la vida en sociedad. La libertad religiosa, que nuestro país respeta y protege, no puede ser desviada . No puede poner a discusión la regla común. Ella no puede atentar a la libertad de convicción de los otros. Es este un equilibrio sutil, preciado y frágil, construido pacientemente desde hace decenios, que asegura el respeto del principio de laicicidad . Y este principio es una oportunidad para Francia . Por ello está inscrito en el artículo primero de nuestra Constitución. Por esta razón, no es negociable!

Después de haber desgarrado a Francia en el momento de la adopción de la gran ley republicana de separación de las iglesias y el Estado en 1905; surgió una laicicidad tranquila que ha permitido reunir a todos los franceses. A la luz de hace casi un siglo de existencia, ha mostrado sabiduría y recoge la adhesión de todas las confesiones y de todas las corrientes de pensamiento.

Por tanto, a pesar de la fuerza del conocimiento republicano, y como lo han demostrado puntualmente los trabajos de la Comisión presidida por el señor Bernard Stasi, Comisión a la cual yo quiero nuevamente rendir un particular homenaje, la aplicación del principio de laicicidad en nuestra sociedad está hoy en debate. Ciertamente, este principio es raramente impugnado. Muchos están de acuerdo. Pero esta disposición concreta se enfrenta a nuevas y grandes dificultades, en el mundo del trabajo, en los servicios públicos y en particular en escuelas o en hospitales.

No se puede tolerar que, bajo el principio de la libertad religiosa, se enjuicien las leyes y los principios. La laicicidad es una de las grandes conquistas de la República. Es un elemento crucial de la paz social y de la cohesión nacional. Nosotros no podemos dejarla debilitarse. Nosotros debemos trabajar para consolidarla.

Por esto, debemos asegurar efectivamente el mismo respeto, la misma consideración para todas las grandes familias espirituales. A este respecto, el Islam, religión muy reciente en nuestro territorio, tiene su lugar entre las grandes religiones presentes en nuestro suelo. La creación del Consejo Francés del Culto Musulmán permite ahora organizar las relaciones entre el Estado y el Islam de Francia. Los musulmanes deben tener en Francia la posibilidad de disponer de lugares para el culto que les permitan practicar su religión con dignidad y con tranquilidad. A pesar de los recientes progresos, es necesario reconocer que queda todavía mucho por hacer en este dominio. Un nuevo paso será igualmente superado cuando la formación de Imanes franceses será asegurada y permitirá afirmar la personalidad de un Islam de cultura francesa.

El respeto, la tolerancia, el espíritu de diálogo se arraigan también con el conocimiento y la comprensión del otro, valores a los cuales cada uno de nosotros debe atribuir la más grande importancia . Es por esto que hoy me parece primordial desarrollar la enseñanza del hecho religioso en la escuela.

Es necesario conducir con atención y firmeza un combate sin misericordia contra la hostilidad hacia los extranjeros, el racismo y en particular contra el antisemitismo. ¡No toleremos la costumbre del insulto! ¡No minimicemos ningún gesto, ninguna actitud, ninguna murmuración! ¡ No dejemos pasar nada! Es una cuestión de dignidad.

Nosotros debemos reafirmar con firmeza la neutralidad y la laicicidad del servicio público. La de cada empleado público, al servicio y para el interés de todos, al que se impone la prohibición de hacer valer sus propias creencias y opiniones. Esta es una regla de nuestro derecho, porque ningún francés debe sospechar de un representante de la autoridad pública de privilegiarlo o de favorecerlo en función de sus convicciones personales. De la misma forma, las convicciones del ciudadano no le dan derecho a negar la autoridad de un empleado público.

Es necesario también reafirmar la laicicidad en la escuela porque la escuela debe absolutamente ser protegida .

La escuela es ante todo el lugar para la adquisición y la transmisión de valores que poseernos para compartir el instrumento por excelencia, para arraigar la idea republicana El espacio en donde se forman los ciudadanos del mañana para la crítica, para el diálogo, para la libertad en donde se les dan las llaves para desarrollarse y dominar su destino en donde cada uno va abrirse un horizonte más amplio.

La escuela es un santuario republicano que debemos defender para proteger la igualdad frente a la adquisición de los valores y del saber, la igualdad entre niñas y niños, la mezcla de todos las enseñanzas y especialmente la del deporte, para proteger nuestros niños. Para que nuestra juventud no sea expuesta a vientos enemigos que dividen o separan , que dirigen unos contra otros.

Seguramente no se trata hacer de la escuela un lugar uniforme, de anonimato, en donde serían proscritos tanto el hecho como la apariencia religiosa. Se trata de permitir a los profesores y directores de los establecimientos, enfrentados hoy, y en primera línea, a verdaderas dificultades, para ejercer serenamente su misión con la afirmación de una regla clara.

Hasta hace poco, en virtud de los usos razonables y espontáneamente respetados, nunca nadie había dudado de que los alumnos, naturalmente libres de vivir su fe, pudieran acudir a la escuela o al colegio (secundaria) o al liceo(preparatoria) con vestidos religiosos.

No se trata de inventar nuevas reglas ni establecer fronteras a la laicicidad. Se trata de enunciar con respeto, con claridad y con firmeza una regla que está en nuestros usos y en nuestras prácticas desde hace muchísimo tiempo.

He consultado, he estudiado el reporte de la Comisión Stasi y he examinado los argumentos de la Misión de la Asamblea nacional, de los partidos políticos, de las autoridades religiosas , de los principales representantes, de las grandes corrientes de pensamiento.

Estimo, en conciencia, que el portar vestimentas o signos que manifiestan ostensiblemente la pertenencia religiosa, debe ser proscrita en las escuelas, colegios, y liceos públicos.

Los signos discretos, por ejemplo una cruz, una estrella de David, una mano de Fátima, naturalmente serán posibles. Por lo contrario, no serán admitidos los signos ostensibles, es decir, aquellos que al llevarlos conduzcan a hacerse notar a través de Ios mismos, dando a conocer inmediatamente su pertenencia religiosa. No tienen su lugar en el recinto de la escuela pública el velo islámico, cualquiera que sea el nombre que se le dé, la Kippa o una cruz de dimensión excesiva. La escuela pública permanecerá laica.

Por lo tanto se hace evidentemente necesaria una ley. Deseo que esta ley sea adoptada por el Parlamento y que sea plenamente puesta en vigor en el momento del próximo inicio de las clases. Desde ahora pido al Gobierno proseguir su diálogo principalmente con las autoridades religiosas y comprometerse a entablar gestiones de mediación y de pedagogía.

Nuestro objetivo es el abrir los espíritus y los corazones . Es hacer que los jóvenes comprometidos comprendan los riesgos de la situación y protegerlos contra las pasiones, que lejos de liberarlos o permitirles afirmarse a su libre arbitrio, los obligan o los amenazan.

En la aplicación de esta ley, el diálogo y la concertación deberán ser sistemáticamente buscados, antes de cualquier decisión.

No creo que se necesite agregar nuevos días feriados al calendario escolar que ya cuenta con muchos. Además esto crearía muchas dificultades a los padres de familia que trabajan en esos días . Por lo tanto y como ya es una antigua costumbre, deseo que ningún alumno tenga que excusarse por una ausencia pretextando una gran fiesta religiosa como el Kippour o el Ait-El-Kebir, a menos que el establecimiento haya sido informado con oportunidad. Esto está en relación con la pruebas importantes o los exámenes que no deben ser programados en estos días. Las instrucciones en este sentido serán dadas a los rectores por el ministro de la educación nacional.

Así mismo, es necesario recordar las reglas elementales de convivencia . Pienso en el hospital en donde nada podrá justificar que un paciente rechace, por principio, curarse por un médico de otro sexo. Es necesario que la ley acredite esta regla para todos los enfermos que se dirigen al servicio público.

En la misma forma, el ministro del trabajo deberá comprometer las concertaciones necesarias y, si es necesario, someter al Parlamento una disposición autorizando al jefe de la empresa reglamentar el portar signos religiosos por motivos de seguridad o por los contactos con la clientela.

En general creo deseable que un "Código de laicicidad" reúna todos los principios y las reglas relativas a la laicicidad. Este código será entregado principalmente a todos los funcionarios y empleados públicos el día de su asignación de funciones.

Por lo demás, el Primer Ministro instalará a su alcance un Observatorio de la laicicidad encargado de alertar a los franceses y a los poderes públicos sobre los riesgos de fracaso o de ataque a este principio esencial.

En fin, nuestro combate por los valores de la República, debe conducirnos a comprometernos con firmeza a favor de los derechos de las mujeres y de su verdadera igualdad con los hombres. Este combate es de aquellos de los que van a diseñar la fisonomía de la Francia del mañana. El grado de civilización de una sociedad se mediante todo, con el lugar que ocupan en ella las mujeres.

Es necesario estar alerta y ser intransigente frente a las amenazas que existen para retroceder.

Nosotros no podemos aceptar que algunos, se refugien detrás de una concepción tendenciosa del principio de laicicidad, buscando socavar las conquistas de nuestra República que son la igualdad de sexos y la dignidad de las mujeres. Yo lo proclamo muy solemnemente: ¡La República se opondrá a todo aquello que separa, a todo aquello que desgarra, a todo aquello que excluye! La regla es el justo medio, porque ella reúne, porque ella coloca a todos los individuos sobre el pie de igualdad, porque ella se opone a distinguir según el sexo, el origen, el color, la religión.

En materia de los derechos de las mujeres, nuestra sociedad tiene todavía que progresar mucho. La nueva frontera de la paridad es, desde ahora, la igualdad profesional entre las mujeres y los hombres. Cada uno debe concientizarse y actuar en este sentido. Y yo me comprometo para actuar personalmente en este aspecto, en las próximas semanas.

Señoras y señores

Los debates sobre la laicicidad , la integración, la igualdad de oportunidades, el derecho de las mujeres, nos hacen la misma pregunta: ¿Cuál es la Francia que queremos para nosotros y para nuestros hijos?

Nosotros hemos recibido como herencia un país rico en historia, por su lengua, por su cultura, o sea una nación fuerte por sus valores y por sus ideales.

En la misma forma, el ministro del trabajo deberá comprometer las concertaciones necesarias y, si es necesario, someter al Parlamento una disposición autorizando al jefe de la empresa reglamentar el portar signos religiosos por motivos de seguridad o por los contactos con la clientela.

En general creo deseable que un "Código de laicicidad" reúna todos los principios y las reglas relativas a la laicicidad. Este código será entregado principalmente a todos los funcionarios y empleados públicos el día de su asignación de funciones.

Por lo demás, el Primer Ministro instalará a su alcance un Observatorio de la laicicidad encargado de alertar a los franceses y a los poderes públicos sobre los riesgos de fracaso o de ataque a este principio esencial.

En fin, nuestro combate por los valores de la República, debe conducirnos a comprometernos con firmeza a favor de los derechos de las mujeres y de su verdadera igualdad con los hombres. Este combate es de aquellos de los que van a diseñar la fisonomía de la Francia del mañana. El grado de civilización de una sociedad se mediante todo, con el lugar que ocupan en ella las mujeres.

Es necesario estar alerta y ser intransigente frente a las amenazas que existen para retroceder.

Nosotros no podemos aceptar que algunos, se refugien detrás de una concepción tendenciosa del principio de laicicidad, buscando socavar las conquistas de nuestra República que son la igualdad de sexos y la dignidad de las mujeres. Yo lo proclamo muy solemnemente: ¡La República se opondrá a todo aquello que separa, a todo aquello que desgarra, a todo aquello que excluye! La regla es el justo medio, porque ella reúne, porque ella coloca a todos los individuos sobre el pie de igualdad, porque ella se opone a distinguir según el sexo, el origen, el color, la religión.

En materia de los derechos de las mujeres, nuestra sociedad tiene todavía que progresar mucho. La nueva frontera de la paridad es, desde ahora, la igualdad profesional entre las mujeres y los hombres. Cada uno debe concientizarse y actuar en este sentido. Y yo me comprometo para actuar personalmente en este aspecto, en las próximas semanas.

Señoras y señores

Los debates sobre la laicicidad , la integración, la igualdad de oportunidades, el derecho de las mujeres, nos hacen la misma pregunta: ¿Cuál es la Francia que queremos para nosotros y para nuestros hijos?

Nosotros hemos recibido como herencia un país rico en historia, por su lengua, por su cultura, o sea una nación fuerte por sus valores y por sus ideales.

De nuestro país, Francia, cada uno debe estar orgulloso. Cada uno debe sentirse depositario de su herencia. Cada uno debe sentirse responsable de su futuro.

Sepamos transformar las interrogantes de hoy en triunfos para el mañana, buscando con decisión la unidad de los franceses, confirmando nuestro apego a una laicicidad abierta y generosa tal como hemos sabido inventarla año tras año, haciendo vivir mejor la igualdad de oportunidades, de espíritu de tolerancia, de solidaridad, llevando con decisión el combate por los derechos de las mujeres y congregándonos en torno a los valores que han hecho y siguen haciendo a Francia.

Es así que seremos una Nación sólida, segura, fuerte por su cohesión. Es así que podremos reafirmar la esperanza que nos reúne para construir un país para nuestros hijos, con un futuro de progreso y de justicia.

Este es uno de los grandes retos lanzado a nuestras generaciones. Este reto nosotros podemos, nosotros debernos y nosotros vamos a realizarlo juntos.

Todos juntos.

Yo les agradezco.

 
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