Señores: Os decía yo hace poco tiempo que pronto oiríais mi voz, que necesitaba ocuparme de la política interior del país, y que aprovecharía esa oportunidad para daros algunas explicaciones personales sobre los motivos de mi presencia en esta asamblea y sobre los sentimientos que me impulsaron a venir aquí. Bien sé que las grandes asambleas tienen otras muchas atenciones preferentes a los asuntos individuales; pero al solicitar que me prestéis atención algunos instantes, creo cumplir un deber para con el país, que me ha elegido sin exigirme profesión de fe, y para vosotros, mis colegas, deseoso como estoy de merecer vuestra confianza. (Muy bien.) Señores: hace 34 años que por primera vez entré en este recinto. Yo formé parte de la última Cámara, elegida durante la Restauración. Después, he tenido asiento en todas las asambleas que se sucedieron, desde 1830 a 1848; y luego, bajo la República, me senté en los bancos de la Constituyente y de la Legislativa.
Vedme hoy, por fin, en medio de vosotros, en los escaños del Cuerpo Legislativo del Imperio. En tan largo espacio de tiempo, he visto sucederse las cosas, los hombres, las opiniones e incluso los afectos. Y en medio del torrente que todo parecía destruirlo, sólo han sobrevivido los principios, los grandes principios sociales y políticos sobre los cuales descansa la sociedad moderna. En determinados momentos, esos principios estuvieron singularmente amenazados. Días hubo en que tan quebrantado estaba el orden, que nos preguntábamos cómo podría recobrarse. Más tarde fue la idea de libertad la que parecía borrada del espíritu humano, y hoy la vemos en trance de renacer. (Murmullos.) Pareciera como si estos grandes principios se asemejasen a esos astros que, destinados a derramar su luz, se cubren a veces de nubes para reaparecer luego más radiantes. Una circunstancia os habrá, sin duda, sorprendido: y es que los hombres mismos, tan pequeños junto a la magnitud de los acontecimientos, no tienen otro valor, sino el que les da la inteligencia de dichos principios y la fidelidad con que los hayan conservado a través de las vicisitudes. En mi opinión existen tres grandes principios que siempre he considerado fundamentales para regir una vida honesta y bien ordenada: el principio del orden, el principio de la soberanía nacional y el principio de la libertad. (Muy bien.) Yo he nacido y he vivido en la escuela llamada «de 1879», según la cual Francia tiene derecho a disponer de sus destinos y a elegir el gobierno que le convenga. Yo creo que la nación no debe hacer uso de su soberanía sino muy raramente, y hasta lo mejor sería que nunca hiciera uso de ella, si esto fuese posible; pero, a mis ojos, cuando la soberanía se pronuncia, el derecho, en ella está. (Aclamación.) Creo también que se infringe a un tiempo la ley y el buen sentido tratando de imponer las voluntades particulares a la voluntad nacional claramente manifestada. (Aprobación.) Ahora bien; si se ha establecido ya un orden legal en el país, dos cosas hay siempre derecho a exigirle: el orden y la libertad. (¡Muy bien!) Cuando una sociedad se ve privada del orden, vive angustia-da, inquieta, presa de agitaciones y no trabaja o trabaja poco. El hombre rico puede alguna vez no trabajar, pero la sociedad es como un obrero condenado a ganar el sustento de sus hijos des-de la salida del sol. Si se detiene algún día, se empobrece, priva-da del orden se va empobreciendo en el interior, mientras más allá de las fronteras, su buen nombre irá disminuyendo. Y lo que todavía es más triste; se inclinará más y más hacia el despotismo. Si es la libertad lo que falta, la sociedad retrocede y sufrirá de otro modo, pero sin dejar de sufrir. La veremos sordamente agitada bajo el peso de la humillación; y si, por no ser suficientemente consultada, viera que sus destinos son dirigidos contra la voluntad nacional, entonces la sociedad se irrita; quiere decirlo, y no puede; estará siempre a punto de estallar, y mientras que privada del orden tiende al despotismo, faltándole la libertad, tenderá a las revoluciones. (Muy bien, muy bien.) Cuando en Francia fue proclamada la República, yo me sometí a ella, a pesar de que su gobierno era muy distinto de aquel al cual se vinculan mis antecedentes; y hube de unirme a los hombres valerosos que aquí mismo defendían el orden ante una Cámara numerosa y apasionada, pero tan honesta e imparcial que supo escuchar incluso las verdades que no eran de su agrado. El orden, señores, fue salvado, y Francia no tardó en restaurar el principio monárquico. A él, igualmente, me sometí, por un mismo sentimiento de respeto a la voluntad nacional; pero entonces opté por retirarme, y el motivo es bien claro. Nada tenía que hacer por el principio del orden, que ya estaba salvado; y nada todavía por el principio de libertad, que estaba suspendido. En mi retiro (permitidme decirlo) todos saben lo que he hecho: me consagré a escribir con toda sinceridad la historia de mi país. A esta labor hubiera consagrado el resto de mi vida cuando alteraron su rumbo los decretos promulgados el 24 de noviembre de 1860 y en febrero y diciembre de 1861. Bien sabéis los cambios que ellos han introducido en nuestras instituciones. Antes sólo podíais reuniros en silencio para recibir los proyectos de ley de los señores consejeros de Estado, que teníais que discutir en su presencia sin poder modificarlos. (Algunas protestas.) Luego venía el presupuesto, para que lo votaseis por ministerios; y en cuanto a los créditos suplementarios, más importan-tes que aquél, sólo teníais conocimiento de ellos al momento de rendirse cuentas, es decir, cuando ya no era posible un control útil. (Nuevas protestas.) El emperador ha cambiado, por fin, esta situación; ha hecho algo más: poneros frente a frente de su gobierno, introduciendo aquí ministros sin cartera y hasta un ministro con cartera, el de Estado. También ha establecido la publicidad de las sesiones; os da el derecho de votar los presupuestos, no por ministerios, si-no por secciones; y respecto a los créditos suplementarios, si bien no los ha suprimido, adelanta el momento de la discusión a la fecha de su apertura, con lo cual crece vuestra influencia en cuanto a ellos. Señores: espero que nunca podáis tacharme de denigrador, ni de adulador. Yo no diré que tales decretos contengan todas las libertades necesarias, pero sí contienen una considerable parte y son prenda de las restantes. En cuanto a mí estoy agradecido al emperador, y no tengo reparo en declararlo, porque la ingratitud es un torcido sentimiento y un mal cálculo. (Aprobación.) Desde la promulgación de estos decretos, ya es posible colaborar en el restablecimiento de las libertades públicas, abandonando la abstención, que no sería prudente, ni digna, ni patriótica en el actual estado de cosas. (¡Muy bien!) Una última consideración me ha impulsado a venir aquí: la de que nadie me podrá tachar de ambicioso. A mi edad, luego de las posiciones que hube de ocupar en el Estado, sólo puedo tener la noble ambición de aportaros el tributo de una experiencia personal -harto caramente lograda- en la discusión de los asuntos públicos desde el punto de vista del Estado y no de los partidos, sin otro deseo que ser útil al país en estos últimos años de mi vida. (Aplausos.) Dadas ya estas explicaciones, que hubiera querido fuesen más breves, voy a tratar ahora del gran objeto para el cual estamos aquí reunidos, limitándome por el momento a considerar los problemas de nuestra política interna. ¿Cuál es el objeto esencial de las inquietudes que agitan nuestros espíritus? Lo es, sin duda, el desenvolvimiento de nuestras instituciones en el sentido de una libertad moderada y regular, objetivo inexcusable que me permitiréis analice en relación con nuestra situación constitucional. En Francia hemos vivido bajo el régimen de las constituciones rígidas. Pero actualmente nos hallamos en el de las constituciones flexibles, modificables, elaboradas poco a poco por la mano del tiempo, más sabia y hábil que la del hombre. Y, con arreglo a este sistema, se ha dicho en la Constitución: «cuando algún cambio sea reconocido conveniente o útil, el emperador tomará la iniciativa y al Senado corresponderá la sanción». No se ha limitado el régimen a enunciar este principio, sino que ha modificado varias veces la Constitución. Por tanto, nuestra situación es la siguiente: mientras el texto de la Constitución no haya sido reformado, se impone la obediencia; pero puede ser alterado por iniciativa del Emperador y la sanción del Senado... Señores: cuando se considera la historia de los tres cuartos de siglo transcurridos, nos sorprende una observación, a saber: que Francia pudo algunas veces prescindir de la libertad, incluso dando la sensación de que la tenía olvidada. Pero luego, cuando los espíritus recobran su reflexión, la nación vuelve sus ojos a la libertad, con una singularísima perseverancia y una fuerza irresistible. Tres grandes hechos prueban la veracidad de mi aserción. Si existe una época en que Francia olvidó la idea de libertad, ella fue la de 1800, tras las horribles pruebas de nuestra primera revolución. Entonces Francia tenía frente a ella un hombre maravilloso, que hizo llegar a todo su mano reparadora. Francia se abandonó a él, quedó absorbida por él y parecía no pensar sino con él... (Aplausos.) Pero pronto, señores, Francia empezó a pensar por sí misma; y empezó a pensar así cuando vio que, precipitada una parte de nuestros ejércitos en los ardientes campos de la España y otra fracción en las glaciales tierras de Rusia, ni unas ni otras fuerzas volverían al país. Francia, entonces, pensó tristemente, profundamente, sintiendo la nostalgia de aquellas libertades que abandonara con demasiada facilidad. Y el 31 de diciembre de 1813, la nación francesa elevó su voz para pedir la paz. Desoída su voz, algunos meses después el enemigo entra victorioso en París. La Francia ensangrentada cayó a los pies de los Borbones y les pedía esta paz que tanto necesitaba y la libertad de cuya pérdida ya conociera el oneroso precio pagado. Los Borbones no reinaron en calma sino algunos días. Napoleón volvió. ¿Qué le pedía Francia? Pedíale, como a los Borbones, paz y libertad. De la paz había sido árbitro Napoleón durante largos años, y ya no lo era. No podía darla ya, y dio la libertad: la libertad toda entera. Se ha dicho que no hubo entonces buena fe. Yo creo lo contrario. En sus más íntimas conversaciones, Napoleón repetía que la dictadura podrá ser la merced otorgada durante poco tiempo a un hombre de genio, pero por escaso tiempo siempre, mientras que la libertad es preciso darla del todo. Señores: se suele tomar ejemplo del Napoleón victorioso, embriagado por el éxito. Yo prefiero tomarlo del Napoleón endurecido y aleccionado por la desdicha. (¡Muy bien!) La libertad, dada sin limitaciones a un pueblo que no la había practicado todavía, ni aun por partes, cuando un millón de soldados caminaba sobre Francia, no podía ser un ensayo afortunado. ¡Waterloo! Nombre siniestro. Waterloo hizo desaparecer por segunda vez la idea de libertad. Una reacción inmensa se levantó por toda Europa, no ya sólo contra la idea de libertad, si-no contra todas las ideas de la Revolución Francesa. Nosotros éramos entonces jóvenes. Alguna vez pretendimos pronunciar el nombre de libertad, pero se nos hacía callar mostrándonos el cadalso sangriento de Luis XVI... Insistíamos, y todavía no habían transcurrido diez años cuando la idea de libertad renació en los espíritus y su nombre llenaba todas las bocas. En 1825, 1826 y 1827 ya estábamos próximos del fin tanto tiempo perseguido al aproximarnos a esos límites oscuros y peligrosos en que los poderes rivales se ven expuestos a chocar, en que las prerrogativas del gobierno y los fueros del país, puestos frente a frente, se lanzarían el uno contra el otro si una superior sabiduría no presidiera sus relaciones... Este riesgo fatal ha sido para nosotros, dos veces al menos, lo que fue para los navegantes del siglo XV el famoso cabo llamado de las Tormentas, al que aquéllos se acercaban temblando, sin atreverse a doblarlo. Un príncipe, venturosamente inspirado, quiso disipar estos vanos terrores: a este cabo de las Tormentas lo llamó cabo de Buena Esperanza, y algunos años después era franqueado el cabo tan temido... (Aplausos.) ¿Veremos también nosotros disipado todo vano temor? ¿Acertaremos a eludir los escollos en que tantas veces hubimos de tropezar? Yo no necesito recordaros la historia de nuestras agitaciones desde 1848. Hemos pasado a través de la República; tuvimos a continuación otro Imperio; y por tercera vez desapareció la libertad. Una vasta reacción militar llegó a dominar en toda Europa. Sin embargo, el espíritu vivificante del siglo que agitó a los pueblos movía también a los gobiernos, autores o jefes de la reacción militar. Y, ved, señores, cuán misteriosos y profundos son los designios de la Providencia. Los príncipes europeos estaban reunidos por entonces en París, representados por plenipotenciarios que regulaban las consecuencias de la gloriosa guerra de Crimea. Y, como jamás había ocurrido, la libertad tuvo por tribuna un Congreso, y por orador a un diplomático. El ilustre conde de Cavour fue autorizado para denunciar ante la faz de Europa a los príncipes italianos: unos, por no haber dado libertad a sus pueblos; otros, por ser hijos de príncipes que habíanla rehusado. Inmensa fue la emoción producida. Los italianos se armaron; se armaron también los austríacos; unos y otros chocaban entre sí, mientras que Francia creyó preciso mediar en la discordia. Más de 50.000 hombres y de 50 millones nos costó esa intervención; pero Italia quedó liberada. Tan rápidamente se desplegó este movimiento, que todos los príncipes italianos cayeron de sus tronos a pesar de nuestros compromisos de Villafranca; y sin la buena fe de todos los pueblos y una sabia política, el Papa mismo hubiera sucumbido. (Asentimiento general.) No fue sólo en Italia donde prendió el movimiento. La ola emancipadora extendióse a toda Europa. Pronto el Austria hubo de pedir a la libertad una reparación de los sufrimientos padecidos, y en ella la encontró. Esta idea de libertad es como un eco que por todas partes resuena y al que Francia no podía cerrar sus oídos. El decreto de 24 de noviembre llegó a su hora cual un primer efecto de aquellas causas indicadas. Luego ha continuado el mismo movimiento hasta el instante venturoso de las recientes elecciones. He ahí, señores, la historia de la libertad en nuestros días. Yo pregunto a todos los hombres de buen sentido, a todos los hombres curtidos por la experiencia, si una necesidad tres veces malograda desde los albores del siglo y tres veces reaparecida con fuerza irresistible, les pregunto si puede ser una necesidad falsa y ficticia, de la que sea posible prescindir. No. Es evidente-mente, señores, esa necesidad una exigencia de la razón humana, profundamente sentida en toda nación como la nuestra, una de las más inteligentes y valerosas del mundo entero. Ahora bien, ¿en qué medida es preciso satisfacer esa gran necesidad? Yo bien sé que la palabra libertad no es oída por nadie sin emoción. En unos excita deseos ilimitados; en otros provoca temores quiméricos. Pero, señores, sin consultar nada más que la experiencia, meditando tan sólo sobre lo incontestable, sobre lo indiscutible, ¿no será posible descubrir y determinar lo que yo denomino, en materia de libertad, lo necesario? Si, lo necesario. No importa que vayáis a Viena, a Berlín, a La Haya, a Madrid, a Turín... Por todas partes veréis que ya nadie disputa hoy esa necesidad. Existe algo absolutamente necesario en lo relativo a libertad: algo fuera de toda controversia entre las más esclarecidas gentes. Esta parte necesaria de la libertad es el problema que voy a exponer lo más brevemente posible... (A continuación diserta el orador acerca de «las cinco condiciones que constituyen otros tantos elementos indispensables para el imperio de la libertad». Esas condiciones que denomina, libertades necesarias», son: Primera. La libertad individual. Segunda. La libertad de prensa. Tercera. La libertad electoral. Cuarta. La libertad parlamentaria. Quinta. La responsabilidad ministerial, garantía y salvaguardia de todas las libertades.)
(Traducción de Mariano Gómez.) |