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Señores:
...Si mucho interesa tonificar las costumbres sociales apartando al país de toda desviación política, necesario es también el mejoramiento de los métodos parlamentarios: empresa de innegable trascendencia, que debe orientarse a restituir su carácter de asamblea deliberante a la Cámara de Diputados. Al disipar hoy la Cámara sus mejores energías en discusiones estériles, en pugnas sin salida posible, permanece inmovilizada, con la ilusión del movimiento pero sin su efectividad, prisionera en las redes de una reglamentación defectuosa, desarmada frente a locas fantasías y víctima de mil incoherencias: abusos irritantes del derecho de interpelación, pugilatos declamatorios, alteraciones imprevistas en la orden del día, brusca interrupción de los debates...
Añadid a esto el aluvión de las iniciativas individuales, en proporción abrumadora, mediante un verdadero asalto de las más inopinadas enmiendas, y tendréis la explicación de por qué abundan el desorden y la oscuridad en tantos textos legislativos. Estos defectos de método presentan gravísimos inconvenientes de toda índole, sobre todo para el examen de los presupuestos, cuya votación retrasan, dando lugar a que se prolonguen indefinidamente las sesiones que un eufemismo parlamentario denomina «extraordinarias» y que se dedican por entero a recomenzar y embarullar los debates. Ahora bien: cuando un Parlamento adquiere así, poco a poco, el hábito de la permanencia, es muy de temer que se confine dentro de una especial atmósfera, malsana, ficticia, lejos de las realidades vivas y de los intereses generales del país; y que, ya por esa pendiente, caiga en la maligna tentación de absorber todos los poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, considerándose, bajo el anonimato de mayorías más declamatorias que combatientes, como la única e infalible personificación de la soberanía nacional. Así es como bajo las apariencias del régimen parlamentario hemos llegado insensiblemente a una espantosa confusión entre lo propio de la deliberación y lo concerniente a la ejecución, entre lo que pertenece a las Cámaras y la misión peculiar del Gobierno. En una democracia libre un gobierno no puede tener otra autoridad que la emanada de la voluntad general, debiendo ejercerla bajo su propia responsabilidad, pero estando lo suficientemente discutida. Esto no quiere decir que los gobiernos hayan de ser un instrumento pasivo de los caprichos populares y de los oleajes de la opinión. Como todo mandatario y todo administrador, el gobierno tiene sus obligaciones, sus cargas, sus deberes de gestión activa y de clarividencia. Tiene que rendir cuenta de sus actos, pero también le asiste el derecho a obrar. Y si no debe arrogarse con respecto al país y a las Cámaras una misión de altiva tutela, es preciso, sin embargo, que tenga plena conciencia de la autoridad depositada en sus manos y cuide de que no decaiga su ejercicio. ...Si no queremos derivar rápidamente hacia un estado de anarquía administrativa y social —prólogo de las revoluciones y de las dictaduras— será inexcusable defender con ardor aquellas prerrogativas gubernamentales que, lejos de ser incompatibles con las libertades cívicas, constituyen la salvaguardia indispensable de toda democracia republicana. Cumplir y hacer respetar las leyes, mantener el orden: he ahí sin duda la tarea elemental de todo gobierno; pero no es bastante que cumpla esa misión. Es necesario, además, dar al país entero la impresión de que representa una autoridad sostenida y una administración vigilante, que su acción se deje sentir en la marcha de todos los servicios públicos, que asegure un buen funcionamiento a todas las organizaciones del Estado y que mantenga con firmeza, entre sus servidores, la disciplina y la armonía. Ningún gobernante republicano debe ni soñar con inferir el menor ataque a la libertad de conciencia de los funcionarios, ni atentar contra sus derechos individuales. Pero el Estado asegura a sus servidores ventajas, remuneración y pensiones de que no gozan otros ciudadanos, y es justo que a cambio de todo ello pida la aceptación contractual de reglas jerárquicas. ...Bajo etiquetas con frecuencia engañosas, bajo denominaciones variables y equívocas, tres políticas principales rivalizan entre sí, disputándose la victoria. En un extremo del horizonte vemos la política de resistencia, política de conservación mezquina y egoísta, de reacción fría y calculada contra las reivindicaciones populares. Al otro extremo aparece la política de violencia y destrucción, que no espera la mejora sino de un trastorno total, y que desafiando a la historia de la civilización cifra la esperanza del progreso en la abolición de la propiedad individual. No es, por fortuna, en ninguna de estas posiciones extremas y contradictorias donde se polariza la opinión dominante del país. La política que responde a las aspiraciones y a las necesidades de la inmensa mayoría de nuestras laboriosas poblaciones es la política progresista que proclama el advenimiento de la democracia y el reconocimiento de las libertades cívicas: conquistas que serían ilusorias si no se cimentaran en un ideal de justicia y de solidaridad encaminado a favorecer, en el orden social, el desenvolvimiento de la personalidad humana y que busca el acceso de los más a la libre propiedad, a la cultura y a la elevación moral de los ciudadanos. El partido de la resistencia y el partido de la revolución serían, señores, partidos insignificantes en un país liberal y esclarecido como Francia si al socaire de circunstancias desgraciadas, no hiciesen accidentalmente uno y otro sus alternativas reclutas, siempre a la sombra del trastorno general. De una parte advertimos cierto extraño sentimiento, fruto a la vez del amor propio y de la cobardía, que Deschanel califica exactamente cuando lo denomina «miedo a no aparecer bastante avanzado», el cual precipita en la violencia a esos hombres de temperamento moderado que, bajo la impulsión de torpes hábitos, forman la vanguardia inconsciente del desorden y acaban siendo los furrieles de la Revolución. De otra parte, la inquietud y la irritación de los intereses amenazados hace arrojarse con frecuencia en brazos de una defensiva colérica a muchos espíritus que si se dejasen llevar por sus inclinaciones naturales aportarían quizás eficaces concursos a la evolución normal de la democracia. De una y otra deserción, señores, es necesario preservar a la Francia republicana. El partido progresista pudiera llevar esta divisa: «Ni vacilaciones, ni locas osadías; ni retroceso, ni aventuras >>. El campo abierto a las actividades del hombre progresista no es solamente inmenso: es indefinido e ilimitado, porque no hay ninguna reforma que deje de traer aparejadas otras muchas novedades, ni en los problemas humanos está permitido acariciar el sueño de la perfección estacionaria. El movimiento y la acción son leyes inexcusables de la política; pero a condición de que sea un movimiento ordenado y una acción reflexiva. ...Lo que imprime a los partidos su fuerza y su cohesión, mucho más que las fórmulas engañosas, es la comunidad de los espíritus y de los sentimientos. Esta unanimidad de las resoluciones y el acuerdo espontáneo en torno de los principios directrices no se logran sin el sacrificio de las preferencias particulares en aras de la voluntad general. Nadie debe perder de vista las ideas madres alrededor de las cuales se forja la unión. Incumbe a los jefes tomar la iniciativa y la responsabilidad de las decisiones importantes, sin incurrir en punible timidez, abordando valerosamente la política del porvenir e inspirándola en altos y generosos pensamientos. Y todo el país ha de comprender que sin organización, sin método, sin espíritu de continuidad, ningún partido, por nobles que sean sus aspiraciones, podrá librarse de caer en anomalías y errores cuyo desarrollo conduce fatalmente a la impotencia. ...Ciertos hombres políticos se conducen como esos viajeros a quienes, según la conocida expresión, el árbol les impide ver el bosque. Las ramas que tienen delante de los ojos les ocultan la visión del conjunto... La «patria», señores... Ésta es la palabra capaz de conciliar para una empresa común las más antagónicas opiniones... Ahora más que nunca, en esta agonía de un siglo que muere, la Francia toda está necesitada de concordia y de unión. Cualesquiera que sean los acontecimientos venideros, la voz generosa y pacífica de Francia no será oída más allá de las fronteras si las querellas de los partidos ahogan esa voz con sus discordantes ruidos... Discurso pronunciado en Nogent-le-Rotrou el 14 de marzo de 1897 |