Inicio
Postales Políticas VirtualesGuía de AutoevaluaciónAdquiera nuestras publicaciones
Inicio arrow Biblioteca del Político arrow Documentos arrow Poincaré, Raymond. 1897 Necesidad de un buen método político.

Busqueda
Entrada al sistema





¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí
 
 
 
Poincaré, Raymond. 1897 Necesidad de un buen método político. PDF Imprimir E-Mail

Señores:

...Si mucho interesa tonificar las costumbres sociales apar­tando al país de toda desviación política, necesario es también el mejoramiento de los métodos parlamentarios: empresa de innegable trascendencia, que debe orientarse a restituir su carácter de asamblea deliberante a la Cámara de Diputados. Al disipar hoy la Cámara sus mejores energías en discusiones estériles, en pugnas sin salida posible, permanece inmovilizada, con la ilusión del movimiento pero sin su efectividad, prisione­ra en las redes de una reglamentación defectuosa, desarmada frente a locas fantasías y víctima de mil incoherencias: abusos irritantes del derecho de interpelación, pugilatos declamatorios, alteraciones imprevistas en la orden del día, brusca interrupción de los debates...

Añadid a esto el aluvión de las iniciativas indi­viduales, en proporción abrumadora, mediante un verdadero asalto de las más inopinadas enmiendas, y tendréis la explica­ción de por qué abundan el desorden y la oscuridad en tantos textos legislativos.

Estos defectos de método presentan gravísimos inconve­nientes de toda índole, sobre todo para el examen de los presupuestos, cuya votación retrasan, dando lugar a que se prolon­guen indefinidamente las sesiones que un eufemismo parla­mentario denomina «extraordinarias» y que se dedican por en­tero a recomenzar y embarullar los debates.

Ahora bien: cuando un Parlamento adquiere así, poco a po­co, el hábito de la permanencia, es muy de temer que se confi­ne dentro de una especial atmósfera, malsana, ficticia, lejos de las realidades vivas y de los intereses generales del país; y que, ya por esa pendiente, caiga en la maligna tentación de absorber todos los poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, considerán­dose, bajo el anonimato de mayorías más declamatorias que combatientes, como la única e infalible personificación de la so­beranía nacional.

Así es como bajo las apariencias del régimen parlamentario hemos llegado insensiblemente a una espantosa confusión en­tre lo propio de la deliberación y lo concerniente a la ejecución, entre lo que pertenece a las Cámaras y la misión peculiar del Gobierno.

En una democracia libre un gobierno no puede tener otra autoridad que la emanada de la voluntad general, debiendo ejercerla bajo su propia responsabilidad, pero estando lo sufi­cientemente discutida. Esto no quiere decir que los gobiernos hayan de ser un instrumento pasivo de los caprichos populares y de los oleajes de la opinión. Como todo mandatario y todo administrador, el gobierno tiene sus obligaciones, sus cargas, sus deberes de gestión activa y de clarividencia. Tiene que ren­dir cuenta de sus actos, pero también le asiste el derecho a obrar. Y si no debe arrogarse con respecto al país y a las Cámaras una misión de altiva tutela, es preciso, sin embargo, que tenga plena conciencia de la autoridad depositada en sus manos y cuide de que no decaiga su ejercicio.

...Si no queremos derivar rápidamente hacia un estado de anarquía administrativa y social —prólogo de las revoluciones y de las dictaduras— será inexcusable defender con ardor aquellas prerrogativas gubernamentales que, lejos de ser incompatibles con las libertades cívicas, constituyen la salvaguardia indispen­sable de toda democracia republicana.

Cumplir y hacer respetar las leyes, mantener el orden: he ahí sin duda la tarea elemental de todo gobierno; pero no es bastante que cumpla esa misión. Es necesario, además, dar al país en­tero la impresión de que representa una autoridad sostenida y una administración vigilante, que su acción se deje sentir en la marcha de todos los servicios públicos, que asegure un buen funcionamiento a todas las organizaciones del Estado y que mantenga con firmeza, entre sus servidores, la disciplina y la ar­monía.

Ningún gobernante republicano debe ni soñar con inferir el menor ataque a la libertad de conciencia de los funcionarios, ni atentar contra sus derechos individuales. Pero el Estado asegura a sus servidores ventajas, remuneración y pensiones de que no gozan otros ciudadanos, y es justo que a cambio de todo ello pida la aceptación contractual de reglas jerárquicas.

...Bajo etiquetas con frecuencia engañosas, bajo denomina­ciones variables y equívocas, tres políticas principales rivalizan entre sí, disputándose la victoria. En un extremo del horizonte vemos la política de resistencia, política de conservación mezqui­na y egoísta, de reacción fría y calculada contra las reivindica­ciones populares. Al otro extremo aparece la política de violencia y destrucción, que no espera la mejora sino de un trastorno total, y que desafiando a la historia de la civilización cifra la esperan­za del progreso en la abolición de la propiedad individual.

No es, por fortuna, en ninguna de estas posiciones extremas y contradictorias donde se polariza la opinión dominante del país. La política que responde a las aspiraciones y a las necesida­des de la inmensa mayoría de nuestras laboriosas poblaciones es la política progresista que proclama el advenimiento de la democracia y el reconocimiento de las libertades cívicas: conquistas que serían ilusorias si no se cimentaran en un ideal de justicia y de solidaridad encaminado a favorecer, en el orden social, el de­senvolvimiento de la personalidad humana y que busca el acce­so de los más a la libre propiedad, a la cultura y a la elevación moral de los ciudadanos.

El partido de la resistencia y el partido de la revolución serían, señores, partidos insignificantes en un país liberal y escla­recido como Francia si al socaire de circunstancias desgraciadas, no hiciesen accidentalmente uno y otro sus alternativas reclu­tas, siempre a la sombra del trastorno general.

De una parte advertimos cierto extraño sentimiento, fruto a la vez del amor propio y de la cobardía, que Deschanel califica exactamente cuando lo denomina «miedo a no aparecer bastante avanzado», el cual precipita en la violencia a esos hombres de temperamento moderado que, bajo la impulsión de torpes hábi­tos, forman la vanguardia inconsciente del desorden y acaban siendo los furrieles de la Revolución.

De otra parte, la inquietud y la irritación de los intereses amenazados hace arrojarse con frecuencia en brazos de una de­fensiva colérica a muchos espíritus que si se dejasen llevar por sus inclinaciones naturales aportarían quizás eficaces concursos a la evolución normal de la democracia.

De una y otra deserción, señores, es necesario preservar a la Francia republicana. El partido progresista pudiera llevar esta divisa: «Ni vacilaciones, ni locas osadías; ni retroceso, ni aventuras >>.

El campo abierto a las actividades del hombre progresista no es solamente inmenso: es indefinido e ilimitado, porque no hay ninguna reforma que deje de traer aparejadas otras muchas no­vedades, ni en los problemas humanos está permitido acariciar el sueño de la perfección estacionaria. El movimiento y la ac­ción son leyes inexcusables de la política; pero a condición de que sea un movimiento ordenado y una acción reflexiva.

...Lo que imprime a los partidos su fuerza y su cohesión, mucho más que las fórmulas engañosas, es la comunidad de los espíritus y de los sentimientos. Esta unanimidad de las resoluciones y el acuerdo espontáneo en torno de los principios direc­trices no se logran sin el sacrificio de las preferencias particula­res en aras de la voluntad general. Nadie debe perder de vista las ideas madres alrededor de las cuales se forja la unión. Incumbe a los jefes tomar la iniciativa y la responsabilidad de las decisio­nes importantes, sin incurrir en punible timidez, abordando va­lerosamente la política del porvenir e inspirándola en altos y generosos pensamientos. Y todo el país ha de comprender que sin organización, sin método, sin espíritu de continuidad, nin­gún partido, por nobles que sean sus aspiraciones, podrá librarse de caer en anomalías y errores cuyo desarrollo conduce fatalmente a la impotencia.

...Ciertos hombres políticos se conducen como esos viajeros a quienes, según la conocida expresión, el árbol les impide ver el bosque. Las ramas que tienen delante de los ojos les ocultan la visión del conjunto...

La «patria», señores... Ésta es la palabra capaz de conciliar para una empresa común las más antagónicas opiniones... Ahora más que nunca, en esta agonía de un siglo que muere, la Francia toda está necesitada de concordia y de unión. Cualesquiera que sean los acontecimientos venideros, la voz generosa y pacífica de Francia no será oída más allá de las fronteras si las querellas de los partidos ahogan esa voz con sus discordantes ruidos...

Discurso pronunciado en Nogent-le-Rotrou el 14 de marzo de 1897

 
< Anterior   Siguiente >
 
   
     

 
 
© 2008 INEP Internet para el profesional de la política
Joomla! es Software Libre distribuido bajo licencia GNU/GPL.