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Página 2 de 2 Esos deberes se resumen en uno solo: la neutralidad, una neutralidad que ha de ser a la vez firme y previsora. El Gobierno debe respetar absolutamente el derecho de huelga, y para esto importa sobre manera que los gobernantes no cedan a ciertas solicitaciones apresuradas, ni recurran a grandes desplazamientos de fuerzas y de tropas cuando nada permita creer que el orden público esté amenazado. (Aplausos.) La segunda obligación del Gobierno es hacer que sea respetada la libertad del trabajo, tanto en la persona de los obreros como en cuanto a los fabricantes, e impedir todo ataque a la propiedad industrial. Para lograr esto, el Gobierno deberá estar al corriente de los acontecimientos y de las probabilidades, y prevenir, sin exageraciones ni excesos, las fuerzas que puedan ser necesarias en un momento determinado, pero con la intención bien firme de no hacerlas actuar sino cuando lo reclame alguna imperiosa, inexcusable y justificada necesidad. (Muy bien, muy bien.) ...Tampoco sería inútil explicar lo que debe hacer un gobierno previsor, ajeno a temerarias impulsividades con respecto a los cortejos y aglomeraciones en la vía pública durante el desarrollo de la huelga. Estas aglomeraciones son acaso el mayor peligro de las huelgas, lo que quita el sueño a todo gobernante. En ellas, sin embargo, hay que discernir entre los disturbios que originan y ciertos hechos punto menos que inexorables. Cuando salen de la fábrica 20.000 obreros, cuando se apagan los hornos, ¿adónde se dirigen esas enormes masas? Tienen que salir a la calle y a las plazas, formando espontáneos hormigueros humanos, cuya necesidad es preciso admitir y comprender. (Muy bien, muy bien, a la izquierda.) Entonces no se habrá de optar precisamente por alguna de estas dos tácticas: tolerar todo, o prohibir todo, cosas ambas que darían lugar a incidentes enojosos o a medidas excesivas. Si, señor Gay, tenemos una ley de 1848 que prohibe la formación de grupos y autoriza conminar a quienes los forman para que inmediatamente se disuelvan. Pero yo afirmo, señores, que ningún gobierno respetuoso de la libertad dejará de advertir lo peligroso que resulta el poner en movimiento esta ley, sabiendo de antemano que no es posible aplicarla con rigor hasta el fin. (iMuy bien, muy bien!, en los bancos de la izquierda.) Yo quisiera saber quiénes son entre mis predecesores y entre los que me sucedan quienes puedan decir: «Cuando se formen aglomeraciones, serán dispersadas por la fuerza». No son lícitas. Esto nadie lo niega. Pero el hecho mismo de la huelga, ¿no es una causa de fuerza mayor, un caso fortuito con el cual es preciso contar? (Muy bien, muy bien, en los mismos bancos.) Es, por consiguiente, necesario proceder en esto con mucha prudencia y tolerancia, y no apelar a medios extremos, siempre detestables en sus efectos, a no ser sino cuando se originan, contra el orden material o contra los particulares, atentados que no pueden ser tolerados. A derecha. – Entonces, ya es demasiado tarde. El presidente del Consejo. – Pero entonces lo que se reprimirá no es la inevitable aglomeración inofensiva, sino el ataque a la propiedad, el crimen de derecho común. (iMuy bien, muy bien!) En la práctica, cuando se busca la exacta medida para obrar con discreción, yo reconozco que los ministros se exponen a críticas hechas desde planos diferentes... Nosotros hemos procurado conciliar el respeto a las leyes y el supremo interés de la paz pública. Nuestra obra en la región afectada por la huelga se ha visto favorecida por existir en ella un movimiento intelectual y de organización gracias al cual ha llegado a reconocer la clase obrera que la huelga, entregada a sí misma, es un arma indispensable a veces, pero siempre cruel y con frecuencia estéril. En vez de plantarse amenazadores ante los patronos, ¿qué han hecho los obreros textiles y de las minas? Pues han pedido un arbitraje. Y lo piden incluso respecto a cuestiones que hubieran querido dejar fuera de todo laudo arbitral... No quiero tratar aquí del problema de los salarios... Pero al mencionar estos temperamentos de conciliación, séame permitido recordar que los obreros tejedores de Saint-Etienne reciben hoy de 1,25 a 2 francos por piezas que antes se pagaban hasta 6 y 7 francos. El Sr. Krauss. — Exacto. El presidente del Consejo. — Yo creo que cuando los trabajadores dan tantas pruebas de templanza frente a esta situación, es preciso responderles depositando en ellos mucha confianza. (Aplausos en la izquierda y en la extrema izquierda.) Y ahora, he de decir algo más. El honorable señor Gay hace responsable al Gobierno no solamente de que la libertad del trabajo haya sido quebrantada: también le imputa la responsabilidad por lo sucedido en la jornada del 4 de enero. Voy a exponer brevemente los hechos por el orden mismo en que se realizaron, adelantándome a consignar una observación. El 4 de enero es una fecha histórica en la huelga de los mineros. Ese día la calma es completa. Aceptado en principio el arbitraje por ambas partes, unos y otros esperan el acuerdo mientras los árbitros trabajan sobre los puntos concretos sometidos a su apreciación. Es una calma impresionante, sostenida por la esperanza de un feliz desenlace. E inopinadamente se producen extrañas agitaciones, y aumenta la efervescencia cuando todo parecía presagiar la solución amistosa. Sean cuales fueren sus causas, he aquí lo sucedido. A mediodía se formaron improvisadamente unos cortejos... Estaba prohibido que penetrasen en la gran calle de Saint-Etienne que, bajo nombres diversos, atraviesa la ciudad del este al oeste, por ser esta gran arteria indispensable a la circulación y hallarse sur cada por tranvías a vapor. Yo afirmo —y no me desmentirá el señor Gay— que cuando algunos obreros del cortejo, más audaces que los restantes, entraron en esa calle, bastó el consejo de un guardia para que, haciéndose cargo de los inconvenientes, retrocedieran de sus pasos. Otro desfile análogo apareció ese mismo 4 de enero, a las dos de la tarde, en la entrada de la calle de París, donde se halla emplazada la Prefectura y Casa Municipal. Los guardias de servi cio en estos dos edificios se opusieron a la entrada en dicha calle. Y fueron inmediatamente obedecidos. Pero a retaguardia del cortejo, detrás del primer pelotón genuinamente obrero, viose un tropel de gentes menos homogéneas, entre las que la policía no pudo reconocer con igual facilidad a los mineros y tejedores. En esta segunda muchedumbre predominaban no ya la gente joven, sino verdaderos niños de trece, catorce y quince años. Los guardias que se dirigen a ellos indicándoles que se retiren, ya no son obedecidos: y roto el cordón formado por los guardias, pugna el gentío por seguir adelante y ocupar la plaza, siendo entonces cuando interviene la gendarmería para restablecer el orden. A raíz de este primer incidente recibe un aviso la Prefectura previniéndola de que se prepara otra manifestación para horas de la noche, cuyos objetivos eran invadir la calle de París, la Prefectura y la Casa Municipal. El prefecto, siguiendo las instrucciones recibidas, requiere a todas las fuerzas policíacas y de gendarmería, apostándolas en las inmediaciones de los sitios presuntamente amenazados. Pide además un regimiento de dragones, que puso a su disposición el comandante de la gendarmería, que es el encargado de mantener el orden y apreciar si eran necesarios estos refuerzos. Los acontecimientos del 4 de enero se producen al momento mismo de ser tomadas estas precauciones. Entonces fue cuando se vio llegar una multitud bulliciosa, absolutamente distinta de la que había figurado en las manifestaciones de que habla el señor Gay. Disponemos de una prueba concluyente. En el curso de los disturbios que se suceden, hiciéronse 34 detenciones. Pues bien: de los 34 detenidos, solamente tres pertenecen a la categoría de mineros y tejedores... (Aplausos en los escaños de izquierda y extrema izquierda.) Mientras otra cosa diga la justicia, estoy, pues, en condiciones de afirmar, ateniéndome a las informaciones oficiales recibidas, que los sucesos del 4 de enero no son obra de los mineros ni de la población sana de Saint-Etienne. (Aplausos en los mismos bancos.) Así lo afirma el alcalde de dicha ciudad. Los comités de huelga publicaron también una protesta análoga, concebida en los siguientes términos: «En nombre de los tejedores y de los mineros, a quienes representamos, pedimos a toda la población y a nuestros camaradas que permanezcan en calma. Importa mucho impedir el retorno de las violencias que han afligido ayer a la ciudad y que comprometen el éxito de nuestra causa. Ninguna relación existe entre nuestro gran y hermoso movimiento de emancipación y los excesos destructivos que sólo sirven para sembrar el pánico y favorecer a nuestros enemigos.» (Aplausos en la izquierda.) Grave sin duda este incidente, ha sido magnificado en ciertos sectores, con notoria complacencia y un íntimo deseo de agravar la situación... (Waldeck-Rousseau lee a continuación varios despachos telegráficos y recortes de prensa en corroboración de lo que dice.) Para terminar, yo quisiera retener de este debate una comprobación más útil y de interés superior a las especulaciones de los partidos. Y es que a despecho de alarmas infundadas, se observa un innegable progreso en la lenta evolución de las relaciones entre el capital y el trabajo. Cuando estalla una huelga, vemos ya la mediación de algún sindicato, y no falta quien diga: «He ahí la obra de los sindicatos: los sindicatos sólo sirven para organizar huelgas». ¿Es que no había huelgas antes de existir los sindicatos? ¿Es que no hubo muchas huelgas con anterioridad a la ley de los sindicatos? (Aplausos en la izquierda.) El fenómeno nuevo, señores, la comprobación preciosa y consoladora, es que los sindicatos no se limitan a organizar huelgas: las regularizan y las disciplinan. (Nuevos aplausos en los mismos bancos.) Y éste es uno de los beneficios que nos ha traído la legislación de 1884. ¿Os parece baladí que el primer afán de estos obreros encuadrados, disciplinados, dirigidos por sus jefes consista en abrir la discusión en público debate? Sus propuestas no siempre han podido ser aceptadas por los patronos. A veces los obreros mismos desean que la controversia con los patronos la sostengan sus sindicatos y no los trabajadores. ¿Por qué no abrir cauces a esta nueva modalidad, inspirada en el deseo de negociar amistosamente? Así se afirma poco a poco la voluntad de seguir por vías pacíficas la organización del trabajo, de darle instituciones adecuadas y obrar de modo tal que los problemas no degeneren en conflictos. Lograr esto es el honor de nuestra época, el honor de nuestra legislación, el honor de la República...» (Vivos aplau sos en la izquierda y en muchos sectores del centro.)
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