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Memoria Política de México

Se rebelan los batallones polkos en lugar de luchar a favor de México

Se sublevan contra el gobierno al grito de ¡ Muera Gómez Farías ¡ y ¡Mueran los Puros¡, comandados por Salas y de la Peña Barragán. Habían ido a Veracruz a detener el desembarco inminente de los invasores norteamericanos. 17 Feb 1847 Leer mas

Gambetta, León. 1870 Elogio del sufragio universal. PDF Imprimir E-Mail

Mis queridos contemporáneos:

Hoy tengo necesidad de pediros toda vuestra indulgencia y atención. En el estado de fatiga en que hoy me veo, no podría dominar el tumulto. Quiero, ante todo, responder a las palabras con que acabo de ser saludado. Esas palabras han llevado a mi alma una emoción tat, que apenas podré manifestaros como quisiera, de manera vibrante y sentida, la gran alegría, exenta de vanidad y orgullo, que yo experimento viéndome rodeado de la generación estudiosa que ha tenido la gentileza de procla­mar que yo soy y habré de seguir siendo su verbo y órgano de acción. (Aplausos.)

Si me fuera dado ser un hombre ambicioso, sería mi ambi­ción mayor la de resumir y expresar con fidelidad perfecta las obligaciones de una conciencia que ha tomado posesión de sí misma y desea interpretar vuestras aspiraciones, vuestros dere­chos y la voluntad de proseguir infatigablemente la realización definitiva de la libertad en su forma republicana. (Bravos.) No seré yo, señores, quien maldiga nunca la memoria de nuestros gloriosos antecesores. No seré yo quien, culpable de impiedad filial, ose acusar, no ya sus desfallecimientos, sino aun siquiera sus más ligeros extravíos. ¡No! ¡No! Ese pasado es cosa sagrada. Su heroísmo es lo que nos ha permitido alcanzar la tie­rra prometida de la libertad por la ciencia.

Porque confío que no encontraré aquí contradictores si digo que al lado de aspiraciones, ideales y sentimientos tenemos también en nuestro activo la demostración racional de lo que defendemos: la posesión de la verdad. (Vivos aplausos.)

Muchos ciertamente –yo soy uno más– son republicanos por tradición, por familia y hasta por raza. Es un título de nobleza. (Si, sí; aplausos.) Pero el sentimiento carece por sí solo de fuerza suficiente sobre los demás hombres para conquistar su adhe­sión, para reducirlos a silencio, para imponerles nuestra misma fe. Si queremos atraer a los demás, es preciso algo más que la expresión de nuestras naturales aspiraciones; y será necesario que figure a nuestro lado esta luminosa y decisiva fuerza que se llama la evidencia. Pues bien: yo tengo una convicción que se puede oponer a todas las seducciones, a todas las injurias, al reto de todos los partidos..., y es que solamente nosotros, en me-dio de la confusión de los partidos rivales, solamente nosotros tenemos razón frente a todos... (Bravos prolongados.)

Tener razón, señores, tener razón es dejar de ser un partido: es tomar dentro de la humanidad este puesto eminente e inata­cable: el puesto de la nación. No es jactancia el poder decir a la nación: ¡T me perteneces! Me perteneces, porque yo puedo conseguir tu emancipación moral y asegurarla sobre bases de justicia, de un orden verdadero y de un general bienestar... (Estruendosos aplausos.)

Yo afirmo, señores, que los tiempos heroicos del partido re-publicano se han cerrado ya. Pero entendedlo bien: si en una hora de vértigo, de provocación, de menosprecio a los princi­pios del derecho eterno, por segunda vez osara un hombre lan­zarse a las aventuras de la violencia, entonces nadie nos negará que se puede oponer la fuerza de la nación a la fuerza de los usurpadores... (Salvas reiteradas de aplausos.)

Pero, amigos míos, este supremo recurso no debe ser sino la revancha suprema del derecho amenazado. Hasta ese instante, mientras el campo permanezca abierto a la discusión, a la con­troversia, al proselitismo, a la propaganda; en tanto que pueda el hombre dialogar con el hombre, y el ciudadano con el ciuda­dano; mientras las almas, mientras los espíritus puedan enten­derse y penetrarse; mientras no ponga su torpe mano la policía en la boca de los ciudadanos libres; hasta entonces preciso es proclamar a voz en grito que menospreciamos la fuerza nuestra lo mismo que nos repugna la fuerza de los dictadores. (Estruendosos aplausos.)

Hasta entonces nuestra consigna se reduce a esto: el trabajo. Al decir trabajo me sirvo de la palabra en su acepción más com­pleja, a fin de que cualquiera de los reunidos en este recinto, sea cual fuere la clase social a que pertenece, sepa bien que todo trabajo, el trabajo de toda índole, es para mí un objeto de igual veneración.

Y puesto que nos hemos reunido, nosotros, la generación que bajo pena de deshonor, asume la carga de no dejar que llegue el centenario de 1789 sin haber hecho algo para el adveni­miento de la justicia social... (Aplausos); si, como creo, esta ge­neración está realmente señalada por el destino para completar, en la paz civil, la obra de la Revolución Francesa... (Aplausos), si tal es su misión, preciso es cumplirla honrosamente, disponién­dose a vencer toda resistencia.

Nuestra generación penetra en la vida bajo los signos precur­sores de su grandeza moral, cuando la leyenda del despotismo que había gangrenado a dos generaciones anteriores, se disipó al contacto de la crítica y de la investigación histórica. Sí, seño­res: la generación que nos ha precedido, la que no viera en el 18 de Brumario sino una especie de sindicato protector de la segu­ridad pública contra yo no sé qué aventura y qué conspiración del Directorio..., esa generación tenida en tutela, educada a toque de tambor en el catecismo imperial, corrompida por la co­dicia y excitación de los apetitos materiales..., esa generación había hecho una leyenda que le permitió adorar sus propios vi­cios en la persona imperial... (Aplausos.)

Así fue inculcando esa generación en las venas de Francia un virus de corrupción y de muerte, que pudiéramos llamar «el cul­to a Napoleón 1». (Aplausos.)

He ahí el origen de todos nuestros males... (Nuevos aplausos.)

Gracias a un deslumbramiento ficticio, a esta especie de coo­peración fraudulenta entre todos los vencidos desde 1814 a 1848, hubimos de asistir al más odioso contubernio, a una firme alianza entre los que se presentaban como herederos de la Revolución Francesa y los que se arrogaban el papel de guardia­nes de una tradición simbolizada por quien se glorió de ser un Robespierre a caballo, y no era en realidad sino la parodia san­grienta y siniestra del cesarismo bizantino. (Bravos prolongados.)

Esta vil alianza engendró una verdadera depravación del sentido político nacional: los obreros, los campesinos, burgue­ses tenidos poco antes por belicosos, entregáronse, cual plañide­ras, a lamentar y llorar la triste suerte del «mártir de Santa Elena». (Risas.)

¡Ah!, señores, cuánto bien me hacen vuestras risas, que son una prueba más de los beneficios traídos por la crítica reducien­do a nada el Memorial de Santa Elena y esas «amargas afliccio­nes» del cautivo... «que merecía mejor suerte...». (Aplausos.)

No fue tan sólo el pueblo quien así pudo ser engañado y desviado. Fueron también los hombres pertenecientes a las más altas clases, quienes tal vez por haber tenido sus representantes en las viejas antecámaras —chambelanes por acá, domésticos por allá— sentían la necesidad de excusar su servilismo decorándolo con un pomposo nombre. También ellos cultivaron la leyenda imperial. Pero hay algo más: después de la Revolución de julio viose a un gobierno entero vanagloriarse ante toda Europa de esta especie de epopeya militar, atribuyéndose las glorias de las victorias imperiales. Obedientes a estas consignas, dicho gobier­no iba dando dinero, favores y puestos eminentes a cuantos ostentaban un apellido sonoro, hasta que un buen día ocurrió que al pie de la columna que ha llegado a ser imagen de crueles ex­piaciones, un hombre, un rey desenvainaba su sable de guardia nacional, gritando ante un pueblo enloquecido y ebrio de re-cuerdos: ¡Viva el emperador! Y si el emperador hubiera podido salir de su tumba y entrar en París, ciertamente que, según ha dicho Littré, hubiera dormido en las Tullerías esa misma noche. (Risas y aplausos.)

Ésa es la estampa donde a lo vivo se nos retrata la creación, la construcción, el uso hecho de la leyenda imperial. Y ahora, juzgando de las cosas con espíritu crítico, podréis explicaros có­mo en una crisis de abandono, bajo el fuego de los cañones, ba­jo la presión de la policía y la ofensiva de abominables calum­nias, pudo aplicar todo un pueblo la leyenda que se le había enseñado. (Aplausos.)

Por fortuna, esta leyenda ha sido destruida gracias a los tra­bajos de historiadores concienzudos y de implacables eruditos. Descubierta día por día la verdad histórica, ya nadie ignora su fallo. En lo sucesivo, se puede aplicar a este hombre lo que dijo de un rey el abate Gregoire: «Es un monstruo en lo moral, como los monstruos lo son en el mundo físico».

Ésta es la primera fábula que se ha desvanecido para nuestra generación...

Pero hay otra conquista, otra victoria que figura en el activo de nuestra generación: esa victoria magnífica es la comprensión, el conocimiento mayor cada día que tenemos de la democracia francesa y de las fuerzas que laten en su íntima constitución.

Hace treinta y cinco años la palabra «democracia» era casi desconocida. Aplicábase a los nuevos estados republicanos constituidos más allá del Atlántico, en América. Entre nosotros se consideraba una excentricidad el pretender que un país se gobernase por sí mismo. Y a excepción de algunos pensadores y publicistas esclarecidos, ésa era la opinión general. Todos recordaréis con qué desdén, con qué insolente menosprecio eran tratados aquellos insignes precursores que desde 1830 a 1848 reclamaban el advenimiento de la democracia y anunciaron el fu­turo gobierno del pueblo por el pueblo.

Ya nuestra mentalidad general ha cambiado, gracias a una revolución que me parece admirable, no sólo por los hombres que la dirigieron, sino porque habiendo brotado de las entrañas del pueblo, se hizo contra todo el mundo, sin la participación de esos conductores profesionales que regulan por anticipado las ceremonias revolucionarias.

Entonces hubimos de presenciar algo así como una explo­sión volcánica, espontánea, de la conciencia francesa, y quedó constituida, de la noche al día, la nueva base del edificio políti­co y social de Francia. El país que hasta entonces había estado en manos de una sola clase, pasó a las manos de todos, con per­fecta igualdad entre los diversos estamentos sociales.

Si aun partiendo de tales premisas se ha malogrado este glo­rioso movimiento, preciso es averiguar quién es el culpable, y si la responsabilidad se debe a las habilidades de nuestros adversa­rios o a nuestras culpas personales, estudiando de cerca si fui­mos o no lo bastante decididos; si hemos pecado por excesiva-mente desdeñosos con intereses dignos de consideración; si no tuvimos el acierto de aportar al nuevo régimen este amor, esta voluntad de bien obrar, esta abnegación republicana y democrá­tica sin la cual nunca se funda nada vigoroso y duradero en el orden social. (Aplausos.)

Nuestra República hubo de perecer bajo la conjuración de dos fuerzas. Una, el compromiso azaroso e inmoral que se man-tuvo durante cuarenta y cinco años, a base de una falsa idea inoculada en la conciencia francesa. Otra, los odios, las calum­nias de que se alimentaron los partidarios del orden caído: cam­paña sostenida con una tenacidad abominable contra esos hombres y contra las nuevas instituciones.

Y ¿por qué triunfaron estas dos fuerzas? Pues porque los adalides de la reacción supieron comprender desde el primer momento el valor extraordinario del sufragio universal. Se diri­gieron a él para perturbarlo sistemáticamente; les complacía sembrar temores y alarmas; inquietaron al campesino haciéndo­le ver el incierto porvenir de sus tierras; han llevado gérmenes de anarquía incluso a los hogares, obrando en todo con perfidia sólo comparable a la perseverancia con que desprestigiaban a la República y destilando mil venenos sobre la conciencia del país.

(Bravos.)

Nuestros amigos no han tenido el arte de oponer a esta tác­tica otra táctica análoga, eficaz, alentadora, en defensa de la República.

Contaban con manipular a su gusto el sufragio universal, pero ni lo comprendían, ni tuvieron fe en él, y así ocurrió lo que ocurre siempre: que el sufragio universal desconfió de los que no tenían confianza en sus virtudes. Pues «el mejor hechizo para ser amado es amar». (Aplausos.)

Ahora sabemos lo que es el sufragio universal; sabemos que el sufragio somos nosotros mismos; que no puede tener dere­chos, intereses, aspiraciones, pasiones, cóleras o entusiasmos que no se confundan con nuestros propios derechos e intereses, con nuestras pasiones y deseos; porque nosotros somos el pue­blo y el sufragio universal es la soberanía del pueblo. (Aplausos.)

Preciso es, por lo tanto, dirigirse al sufragio, guiarlo, esclare­cerlo, y que cada uno de nosotros, en la medida de sus fuerzas, se consagre al apostolado incesante del sufragio universal, de un sufragio incorruptible y fiel.

Esta misión corresponde sobre todo a la generación nueva, en cuyas manos están las palancas de la educación y de la ins­trucción civil... Hemos contraído ante nosotros mismos y con la nación el sagrado compromiso de consagrarnos a la emancipa­ción de los que no gozan iguales beneficios de la fortuna, de trabajar incesantemente para extender la cultura y el bienestar. Lo que me trae a la política, lo que os arrastra también a voso­tros es un afán de orden y estabilidad, columnas invisibles del progreso y de la forma republicana, que se asienta en la con-ciencia del país, en el respeto de los gobiernos todos a la sobera­nía nacional... (Ovación y vivas.)

 
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