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O'Gorman Edmundo 1974 Del Amor del Historiador a su Patria. PDF Imprimir E-Mail

SEÑOR PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA :

Estas palabras tienen por primordial finalidad — no podía ser de otro modo — la de servir de público testimonio de mi gratitud por la distinción tan señalada con que hoy se me honra.

MI agradecimiento, pues, a usted señor presidente, por el honor que me confiere al hacerme entrega personal del diploma que acredita mi ingreso a esa hermandad de mexicanos que, año tras año, promueve el gobierno de la República en premio de desvelos y empeños en pro de la cultura patria. Y puesto que se trata, sin duda, del más codiciado reconocimiento público a que pueda aspirar la labor de un intelectual mexicano, no debo ocultar que la emoción al recibirlo, sólo tiene el dique que aconseja la prudencia de un fatigado corazón en vísperas de septuagenario.

MI agradecimiento, también, por los elogiosos conceptos que en su gentileza tuvo a bien expresar el señor secretario de Educación Pública en la parte que, en su presentación, dedicó a mi persona y a mi obra; y lo mismo, por supuesto, a los distinguidos integrantes de la honorable comisión que decidió elegirme, entre tantos otros posibles beneméritos compañeros de armas, para recibir, en fraternal unión de mi admirado amigo el doctor Bonifaz Nuño, el premio que destina la ley a quienes se hubieren consagrado al cultivo de alguna de las nobles disciplinas de las humanidades.

SERIA omisión inexcusable, en este inventario de mi adeudo, no incluir a la Universidad Nacional Autónoma de México, porque si algunos méritos se me hallaron como motivos de idoneidad para recibir el premio que ahora recibo, está fuera de duda que jamás los habría reunido sin la protección, enseñanzas y estímulo de que he sido el afortunado beneficiario por parte de los rectores, directores, profesores y estudiantes con quienes, a lo largo de los más y mejores años de mi vida, he tenido el privilegio de colaborar.

PERO si he dirigido las seguridades de mi reconocimiento a las personas que era de mi deber significar de un modo particular y expreso, me complace infinitamente tener clara conciencia de que, en última instancia, México es el verdadero y más calificado acreedor a mi gratitud. A México, pues, mi agradecimiento filial y emocionado.

EL ritual aprobado para el desarrollo de la ceremonia que nos ha congregado esta mañana, me concede la gracia de ser el último en el uso de la palabra. Para aprovechar tan singular oportunidad me ha parecido pertinente someter a la ponderada consideración de todos ustedes un asunto que me parece de primera importancia y que a ninguno de nosotros puede resultarnos indiferente. Pero antes de abordarlo de lleno, la claridad pide una previa y breve reflexión sobre el tema que puede enunciarse con el título:

Del amor del historiador a su patria *
I

ESTOY seguro de que tan sugestivo título no dejará de despertar de inmediato en alguno de ustedes un obvio reparo.

¿Qué no, acaso, el amor es siempre el mismo? Pero ¿cómo, entonces, y por cuál motivo ha de reclamar el historiador un modo que le sea privativo de amor a la patria?

VEAMOS de cerca esta plausible objeción y para disipar-la, el camino más expedito será recurrir a unos ejemplos indiscutibles. Nadie, supongo, dejará de convenir en las diferencias que separan el casto amor de don Quijote por Dulcinea, el más bello síntoma de su genial locura; la inflamada pasión que -según lo ha mostrado admirablemente Bonifaz Nuño- desoló el alma sensible de Propercio , y el incendio místico que padeció por su Dios el tierno corazón de San Juan de la Cruz. Ya se ve: en los tres casos hablamos de amor, pero en cada caso se trata de un amor de cuño diferente, y la cuestión que plantea esa diversidad consiste en inquirir por su razón de ser.

PUES bien, a poco que meditemos no será difícil advertir que si esos amores son diferentes entre sí, no es por nada intrínseco al sentimiento en cuanto tal, sino a las diferencias que hay entre los sujetos que lo experimentan o quizá fuera mejor decir, que lo padecen. Tenemos, en efecto, un hidalgo loco que se siente llamado a reparar agravios para instaurar el reino de la justicia en este mundo. Tenemos, por otra parte, un hombre antiguo, un excelso poeta de la Roma imperial que entrega su vida y su genio a los llamados que significan para él los atractivos fatales de una cortesana. Tenemos, por último, a un cristiano, también sublime poeta, que con desdén hacia las múltiples voces que tientan al común de los hombres, sólo presta atención a las señales de una divinidad cuya contemplación es el eje y razón de ser de su existencia. He aquí, entonces, la respuesta al pequeño enigma que tan intempestivamente nos salió al paso, porque se discierne con claridad — y esto es lo decisivo — que la diferencia entre los respectivos amores de esos hombres brota de la disparidad en el llamado al que cada uno ha acudido para convertirlo en la estrella polar de su destino. Es, pues, la vocación y la fidelidad a ella el troquel que individualiza como distintos el amor de cada uno de esos tres hombres, pero, entonces ¿qué de extraño tiene admitir que al historiador o mucho mejor dicho, a la vocación de historiador corresponda una manera de amor que les sea peculiar y privativa?

II

VISTA esa posibilidad, demos un paso más en la dirección a la que apunta el hilo de estas reflexiones y preguntemos por aquello en que consistirá la peculiaridad propia al amor correspondiente a la vocación histórica.

LA respuesta a esa pregunta nos remite a recordar la índole creadora, llamémosle así, del vínculo que se establece entre el amante y el objeto de su pasión, y respecto a la cual me basta atenerme al testimonio de todo aquel que haya experimentado, más en espíritu que en carne propia, los efectos subyugantes de semejante vínculo. Aludo, ya se habrá adivinado, a la transfiguración que opera el amor en el ser de su objeto y que lo hace aparecer como algo enteramente distinto de como lo ve quien no lo ame. Y en efecto, todos sabemos que a los ojos del amante, el objeto de su pasión se le ofrece -adviértase bien- no necesariamente como lo perfecto, sino como algo mucho más compulsivo y arrollador, es a saber: como un ente absolutamente único e incanjeable que se des-taca como una torre señera en medio del chaparro y romo caserío. Y el propulsor de semejante transfiguración es el amor mismo que por su naturaleza, digámoslo así, requiere que su objeto represente una necesidad cuya hambre sólo puede satisfacer y calmar la presencia y posesión de ese objeto y de ninguno otro.

ES, por consiguiente, la absoluta singularidad y no la perfección, como suele pensarse de ordinario, la esencia de que dota el amor a su objeto y, víctima de la osadía — iba a decir del sacrilegio — en haber inventado un ente tan único, es eso lo que le presta su terrible fuerza a la, por tantos otros motivos, frágil atadura del vínculo amoroso. Y así podemos comprobar esa ley en la transfiguración de una ruda campesina en la sin par Dulcinea, y de una cortesana, cuyos favores estaban al mejor postor, en la insustituible Cintia de las desoladoras elegías de Propercio .

III

VOLVAMOS ahora sobre el caso del amor correspondiente a la vocación histórica, y a la luz de las anteriores reflexiones, podremos columbrar que el pasado, objeto de ese amor, no se sustrae a aquella ley de la transfiguración que hemos explicado y sin cuya magia no puede hablarse de amor verdadero. Atento el historiador al paisaje de vida humana que le revelan los testimonios -lo equivalente a las sonrisas o a los desaires en el caso del amor por una persona- también él lo va dotando, en la medida en que se enamora, de una realidad única e inconfundible, por más que el sociólogo le asegure, con todo el peso de su ciencia, que, en definitiva, se trata de una instancia más que puede y debe reducirse a otras de igual especie. Es el caso de quien, con la autoridad de Aristóteles, pretenda convencer a un su amigo enamorado, de que la mujer que lo ilusiona no es sino un ejemplar más, entre millones, del género femenino del homo sapiens . Y cuando aquel proceso (que Stendhal llamó "cristalización") alcanza su cúspide, y aquella realidad, ahora tan única, le entrega al historiador el secreto de la singularidad con que él mismo la ha dotado, es cuando se ilumina su contemplación con lo que él llama la verdad de sus investigaciones. Una ver-dad preconizada, quizá, como válida para todos y así acepta-da, quizá, por sus contemporáneos, pero siempre y primaria-mente, una verdad personal en el mismo sentido entrañable en que Dulcinea le pertenece a don Quijote, y Don Quijote, a don Miguel Cervantes y Saavedra.

HE aquí al descubierto en su resorte medular el mecanismo de la interpretación histórica y la clave para dirimir la vieja y falsa contienda acerca de si el conocimiento que ella es capaz de ofrecer es o no conocimiento verdadero. Pero he aquí, además, la objeción fundamental a esa seudohistoriografía , tan ajena a nuestra idiosincracia , pero hoy tan en boga y tan aplaudida entre nosotros, a esa seudohistoriografía , digo, que, por una vana esperanza de objetividad, sólo quiere atenerse a estadísticas y generalizaciones con desdén por lo particular e irrepetible. Es, pues, una manera de historia que permuta la primogenitura de lo cualitativo por el plato de lentejas de lo cuantitativo, para acabar ofreciendo, en mono-grafías ilegibles, un cadáver de verdad incapaz de entusiasmar al más frenético devoto de la necrofilia. Es historia de computadora y puesto que, cualquiera que sean las excelencias de esos artefactos admirables, no se ha logrado todavía insuflarles una vocación, se trata, en suma, de una historia aterida, de una historia hecha sin amor.

HE procurado, dentro de lo permitido por la penuria de tiempo a mi disposición, arrojar alguna luz sobre la índole creadora de la relación que se establece entre el impulso amoroso y el saber histórico, y sólo falta aclarar que cuanto he explicado respecto al pasado humano en general se aplica al propio, es decir, al amor del historiador por su patria. No voy, pues, a repetir lo ya dicho, salvo que tengo especial interés en insistir en que la transfiguración que opera la visión amorosa en el ser de su objeto no supone necesariamente dotarlo de perfección, pero sí, necesariamente, de una singularidad que lo convierte en algo único e incanjeable . La distinción es crucial, porque de esa manera se le reconoce al amor la suprema libertad de su imperio que, de otro modo, quedaría condicionada a las exigencias de lo perfecto. La famosa ceguera del amor se atiene a aquella singularidad y no a los defectos o vicios en el objeto amado que, por lo contrario, son tanto más visibles cuanto que o alimentan la ternura o acarrean el desconsuelo y la desesperanza. Más, entonces — y sea ésta la conclusión principal de nuestras reflexiones — si lo crucial es la singularidad que, para volver al caso, provoca el amor al pasado patrio, y no las excelencias o perfecciones que éste pueda tener, ese amor implica o mejor dicho, exige la comunión indiscriminada con ese pasado en su cabal y rotunda totalidad

IV

PERO no bien hemos alcanzado esa conclusión cuando advertimos, no sin alarma, que la manera ya secular de exteriorizar el amor a la patria implica, paradójica e inconscientemente, un agravio a lo que es la patria.

HE aludido a la supervivencia de la tradición historiográfica que surgió con el nacionalismo moderno. Es la tradición que provocó el chauvinismo e inventó los agresivos slogans que proclamaron la superioridad de un pueblo determinado sobre todos los demás y aún invocaban la especial predilección de que gozaba en el plan providencial de la voluntad divina. La eficacia de semejantes y desaforadas pretensiones requirió la elaboración de historias nacionales a modo de títulos justificativos, y fue así como se incurrió en el pecado original contra el verdadero amor a la patria, al introducirse el soslayamiento sistemático de cuanto, en el pasado nacional, era o podía parecer mancha de la imagen inmaculada que se venía enarbolando como la beata expresión de una verdad histórica inobjetable.

NOSOTROS, como difícilmente podía ser de otro modo, nos sumamos al cauce de tan poderosa corriente y, en competencia optimista con otras naciones, proclamamos ad urbe et orbem nuestra ejemplaridad y nos entregamos con entusiasmo a una hermenéutica de escamoteo que, como leve caña al viento, se inclinaba dócil al soplo de la exigencia oficial en turno. Tal, con excepciones, el tono dominante de lo más de nuestra historiografía nacional, y cuyos dañinos y deformadores efectos denunciaron, a su modo, las ilustres voces de don Vicente Riva Palacio, que le levantó el destierro al pasado colonial, y del maestro Justo Sierra, quien insistió sobre la saludable necesidad de reconocer la culpa propia, en vez de recurrir al fácil expediente de descargarla en la maldad ajena.

TODO aquel programa de autoglorificación tuvo, por supuesto, su razón de ser y su sentido, pero es innegable que el mundo paga ahora el precio con el egoísmo que envenena los sentimientos de justicia y de humanidad que, sueño glorioso de la Ilustración, deberían imperar en las relaciones entre los pueblos.

PERO ahora pregunto ¿debe, acaso, mantenerse tan equivocada manera de concebir y expresar el amor a la patria? Porque además de todo lo dicho y además de las vanas esperanzas que alimenta y de la falaz idea que suscita respecto al alcance de las propias fuerzas, aquella trasnochada actitud implica una vergonzante vergüenza de, ni más ni menos, lo que se és , y acaba convirtiendo a nuestro pasado en campo siempre fértil en la cosecha de malos mexicanos. Desconocer las flaquezas de los héroes para hacer de ellos figurones acartonados que ya nada pueden comunicar al corazón; no conceder, en cambio, ni un ápice de buenas intenciones, de abnegación y patriotismo a hombres y mujeres eminentes que abrazaron causas históricamente equivocadas o perdidas; predicar, en suma, como evangelio patrio, un desarrollo histórico fatalmente predestinado al triunfo de una sucesión de hombres buenos buenos sobre otra sucesión de hombres malos malos , no es sino claro eco de un tipo de nacionalismo superado y dañino y cuya supervivencia revela una lamentable falta de madurez histórica. ¿Qué, también en este renglón de la inteligencia hemos de ser subdesarrollados?

QUE júbilo y qué descanso! si en la prensa, el radio, la televisión y el cine; en la escuela y en los gabinetes oficiales; en las celebraciones patrias y en los recordatorios de aniversarios, se dejara escuchar el idioma conciliador de una conciencia histórica en paz consigo misma, o si se prefiere, de la ,convicción madura y generosa de que la patria es lo que és , por lo que ha sido, y que si, tal como ella és , no es indigna de nuestro amor, ese amor tiene que incluir de alguna manera la suma total de nuestro pasado.

NO sé si me equivoco, pero si sé decir que así entiendo el amor del historiador por su patria y que así, en la medida de mis fuerzas y de mis luces, la he amado.

Ciudad de México, a los 28 días del mes de noviembre de 1974.

Edmundo O'Gorman

PALABRAS pronunciadas al recibir el Premio Nacional de Letras, 1974 Centro de Estudios de Historia de México
Condumex, S. A.México, 1974


* * Al llegar a este punto de su alocución, el doctor O'Gorman dedicó estas reflexiones — que calificó de conferencia — al doctor Rubén Bonifaz Nuño para corresponderle el elogio que éste le hizo a aquel en su discurso.

 
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