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Chatham,Lord. 1775 En favor de los colonos sublevados en América. PDF Imprimir E-Mail

Primer discurso: Milores: La historia fue siempre mi estudio predilecto, y aunque orgulloso de ser inglés, con placer y atención he nutri­do mi espíritu con los grandes ejemplos de Grecia y Roma. Ahora bien; en estas dos tierras clásicas de la libertad, no he visto un pueblo ni un senado que se hayan conducido más noble y libremente que el Congreso de Filadelfia.

Meditando sobre los actos y los discursos de aquellos sabios diputados, pensaba yo que la arrogancia y los manejos de nues­tros ministros son tan impotentes para degradar a semejantes hombres como también lo serían las fuerzas de nuestra isla y al­gunos millares de esclavos armados. No es posible subyugar a un país en cuyo inmenso espacio se respiran la pasión de la li­bertad y todas las virtudes que la cimentan. ¡Ciegos ministros! ¿No veis que América tiene sus Hampden y sus Sidney?

El espí­ritu de oposición que hoy les anima es el mismo que alentaba a nuestros abuelos cuando resistían a las contribuciones arbitra­rias, o cuando en tiempos remotos acordaban que a ningún súbdito de Inglaterra se le pudiesen imponer tributos sin su consentimiento.

Congratulémonos de que la voz de los whigs, fieles custo­dios de nuestra Constitución, haya tenido eco en la otra parte del Atlántico. A nosotros, fieles whigs hoy más que nunca, nos toca reconocer a los angloamericanos como hermanos nuestros. Tienen nuestros sentimientos, nuestro lenguaje; su fuego pa­triótico se ha inflamado en el nuestro, y el nuestro quizá necesi­te enardecerse con su energía. A nosotros nos toca solicitar su reconciliación con la madre patria.

No hay un momento que perder; la concordia puede todavía ser el terror de Francia y España; no se ofenderá por ello la gloria nacional, ya que nuestro ejército no ha sufrido aún en América ninguna derrota. ¡Qué! ¿Asombra esta palabra? Los mi­nistros afectan creer que nada debe temerse de milicias inexpertas; yo, por el contrario, lo temo todo de las milicias formadas por hombres libres.

¿Cuáles son los medios de reconciliación? ¿Revocar primero un acto y luego otro? No; revocad de una vez todo lo que humi­lla, todo lo que exaspera a nuestros hermanos; empezad por retirar de Boston un ejército que sólo parece estar allí para recibir afrentas. Yo no perderé de vista un momento este grave nego­cio, y llamaré sin cesar a la puerta del ministerio para despertarle al sentimiento del peligro que nos amenaza.

Segundo discurso:

Milores: El estado de sufrimiento en que me hallo no ha po­dido impedirme que comparezca hoy para someteros mi pensa­miento sobre los asuntos de América con ocasión del bill que se discute. Si hacemos un rápido balance de los motivos que im­pulsaron a los antepasados de nuestros compatriotas de América para abandonar su país natal y correr los peligros innumerables con que tropezarían en las lejanas e inexploradas tierras donde se instalaron, nuestra irritación por la conducta que ahora ob­servan sus descendientes deberá, naturalmente, desaparecer. Recordad que ese rincón del mundo es aquel al que hubieron de huir muchos hombres de ánimo libre y emprendedor, con tal de no someterse a los principios serviles y tiránicos que dominaban en nuestra entonces desdichada Inglaterra. Recordadlo bien; y así no deberéis extrañaros, señores míos, de que los descendien­tes de aquellos generosos hombres se indignen cuando se ven hoy en peligro de perder los beneficios que tan costosamente lo­graron. Si esas tierras del Nuevo Mundo hubieran sido colonizadas por hijos de algún país distinto de Inglaterra, tal vez habrían llevado allí las cadenas de la esclavitud y hábitos de servidum­bre. Pero los hombres que salieron de Inglaterra, porque aquí no eran libres, tenían que defender la libertad en el mundo donde buscaron asilo.

Milores: yo soy ya viejo; y debo aconsejar al noble lord que nos gobierna la conveniencia de que adopte un método más suave para regir las colonias de América; porque no está lejano el día en que América podrá rivalizar con nosotros, no solamen­te con las armas, sino en el comercio y en todas las artes. Las principales ciudades de América gozan ya de una cultura y un florecimiento que las capacita para entender la Constitución in­glesa tan bien como el noble lord que nos gobierna.

Debo, milores, confesaros una doctrina que llevaré conmigo hasta la tumba: este país nuestro no tiene de ningún modo el derecho de tasar a los colonos de América. Ello es contrario a todos nuestros tradicionales principios de justicia y de política, e innecesario me parece tratar de justificarlo ahora.

En lugar de las medidas ásperas y bárbaras que habéis tomado, yo pido que concedáis amnistía para todos los errores de ju­ventud en que han incurrido nuestros hermanos de América. Recibidlos en vuestros brazos, y yo no vacilo en afirmar que en­contraréis en ellos hijos dignos de vosotros. Si luego se prolon­gase la rebeldía, yo espero que esta Cámara fijaría las medidas convenientes a fin de hacerles comprender el error de irritar a una madre indulgente y generosa, a una madre, señores, cuya dicha siempre ha sido mi más dulce consuelo. Esto parece que sea inútil decirlo; pero debo declarar que no está lejano el tiem­po en que Inglaterra necesitará de sus más distanciados amigos. ¡Permita la mano todopoderosa de la Providencia que no sea necesario mi pobre concurso, ya reducido a elevar mis plegarias por la felicidad de Inglaterra!

Hago fervientes votos para que se prolonguen los buenos auspicios de mi patria. Deseo para ella largos y felices días, abundantes riquezas y honores; pero ambiciono sobre todo que Inglaterra camine siempre por los senderos de la justicia y de la paz.

 
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