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Cicerón. año 63 a de J.C. Segunda Catilinaria. PDF Imprimir E-Mail

Catilina salió, partió, huyó, escapó...Ya no es un enemigo oculto, sino un enemigo declarado... Le haremos justísima guerra.

Por fin, ciudadanos romanos, hemos arrojado de la ciudad o hecho salir de ella, o acompañado hasta despedirle cuando se iba, a Lucio Catilina, desatada furia anhelosa de maldades, infame conspirador contra la salud de la patria, que a vosotros y a esta ciudad amenazaba con el hierro y el fuego. Ya no fraguará aquel monstruo, prodigio de perversidad, dentro de estos muros ninguna desolación para Roma. Expulsado Catilina, no es un peligro oculto sino un enemigo declarado, al cual, sin que nadie lo impida, haremos justísima guerra, mientras Roma creo que se regocija de haber vomitado y arrojado de sí tanta pestilencia. Mas, si alguno de vosotros, por ser tan celoso patriota como todos debieran serlo, me censura con vehemencia a causa de lo que yo considero un triunfo de mi discurso, acusándome de haber dejado escapar tan temible enemigo a quien debí prender, contestaré que no es mía la culpa, ciudadanos romanos, sino de las circunstancias.

 Ha tiempo debió ser castigado Catilina con gravísimo suplicio; así me lo pedían las costumbres de nuestros antepasados, la severidad de sus leyes y el interés de la República. Pero ¿cuántos pensáis que no daban crédito a lo que yo denunciaba? ¿Cuántos, por insensatez, lo consideraban quimera? ¿Cuántos procuraban defender al malvado? ¿Cuántos, por perversidad, le favorecían? Y aun si juzgara que, muerto Catilina, quedabais libres de todo peligro, ha tiempo le hubiese hecho matar, no sólo exponiéndome al odio de sus parciales, sino hasta con peligro de mi vida. Pero, al ver que no para todos vosotros resultaba probada la conspiración, si le hubiese dado la merecida muerte, la animadversión que suscitase contra mí este hecho me impidiera perseguir a sus cómplices. Por ello he puesto las cosas en términos de que, al verle enemigo declarado, le hagáis públicamente la guerra. Juzgad, ciudadanos, cuánto temeré a este enemigo fuera de la ciudad, al deciros que mi único pesar es que haya salido de ella tan poco acompañado. ¡Ojalá hubiese llevado consigo a todos sus parciales!

Por mi parte, contando con nuestras veteranas legiones de la Galia , las que Metelo tiene en los campos Piceno y Galicano, con las fuerzas que día por día voy yo reuniendo, desprecio profundamente un ejército compuesto de viejos desesperados, de rústicos disolutos, de aldeanos malgastadores, de hombres que han preferido faltar a su obligación de comparecer en juicio a faltar a la rebelión; de gentes, en fin, a quienes podría anonadar, no digo presentándoles nuestro ejército, sino un edicto del pretor. A estos que veo revolotear por el foro, estacionarse a las puertas del Senado y aun penetrar en esta asamblea, perfumados con olorosos ungüentos, fulgurando con sus trajes de púrpura, a estos parciales suyos hubiese yo preferido que llevara consigo Catilina, porque es anuncio que la permanencia aquí de tales desertores del ejército rebelde es más temible que el mismo ejército. Y aun son más de temer, porque saben que conozco sus designios y no se asustan. Viendo estoy a quien, en la distribución hecha, le ha correspondido la Apulia ; a quien la Etruria ; a quien el territorio de Piceno; a quien el Galicano; quien pidió se le encargase de los conjurados en Roma para la matanza y el incendio de esta ciudad. Saben que estoy informado de todos sus acuerdos de anteanoche, acuerdos que ayer declaré en el Senado. El mismo Catilina tembló y huyó. ¿Qué aguardan éstos? ¡Ah, cuánto se equivocan si esperan que haya de ser perpetua mi anterior indulgencia!

Logré, al fin, lo que me proponía: poner de manifiesto a todos vosotros la existencia de una conjuración contra la República ; porque no habrá quién suponga que los parecidos a Catilina dejan de obrar como él. Ya no cabe la indulgencia. los mismos hechos reclaman el castigo. Concedo, sin embargo, a los cómplices que salgan de esta ciudad, que se ausenten; no hagan que al mísero Catilina impaciente el deseo de verles. Les diré el camino: se fue por la vía Aurelia y, si van de prisa, le alcanzarán al anochecer. ¡Oh, afortunada República si Roma logra arrojar de sí esta canalla! En verdad con sólo haber expulsado a Catilina, paréceme ya libertada y restablecida; porque, ¿cuál maldad o infamia podrá imaginarse que él no concibiera? ¿Qué envenenador, qué gladiador, qué ladrón, qué asesino, qué parricida, qué falsificador de testamentos, qué autor de fraudes, qué disoluto, qué perdido, qué adúltero, qué mujer infame, qué corruptor de la juventud, qué depravado y deshonrado puede encontrarse en toda Italia que no confiese haber tenido familiarísimo trato con Catilina? ¿Qué homicidio se ha cometido en estos últimos años sin que él intervenga? ¿Qué abominable estupro sin su mediación? Nadie tuvo como él la habilidad de seducir a los jóvenes, amando a unos con amor torpísimo; prestándose a los impúdicos deseos de otros; prometiendo a unos el goce de sus liviandades, a otros la muerte de sus padres y no sólo induciéndoles sino ayudándoles a realizarla. Así ha reclutado con tanta rapidez, no sólo en la ciudad, sino en los campos, tan numerosa turba de perdidos. Ni en Roma, ni hasta en el último rincón de Italia, hay ningún acribillado de deudas a quien no haya hecho entrar en la asociación para esta increíble maldad.

Y a fin de que podáis conocer sus varias aficiones en los más diversos asuntos, diré que cuantos en la escuela de los gladiadores se distinguen algo por la audacia de sus hechos, confiesan ser íntimos amigos de Catilina y no hay en el teatro ninguno que sobresalga por liviano y tunante que no se precie de haber sido su asiduo compañero. Y este mismo hombre, habituado en el ejercicio de estupros y maldades, a pasar frío, hambre, sed y falta de sueño, tenía entre tales hombres fama de bravo, malgastando en liviandades y atropellos los recursos de su ingenio y sus condiciones de valeroso y esforzado. Si tras de él se fueran todos sus parciales, si saliera de la ciudad esa turba de hombres desesperados y perversos, ¡oh, dichosos de nosotros! ¡Oh afortunada República! ¡Oh glorioso consulado el mío! No piensan sino en muertes, incendios y robos; malgastaron su patrimonio,

Y

a faltarles el crédito, pero permanecen en ellos los gustos dispendiosos de la opulencia. Si en el vino y en el juego sólo buscaran el placer de francachelas y liviandades aun desesperando de ellos, podrían ser tolerados. Pero ¿quién ha de sufrir las asechanzas de los cobardes contra los esforzados, de los necios contra los sensatos, de los borrachos contra los sobrios, de los perezosos contra los activos? Paréceme estarles viendo en sus orgías recostados lánguidamente, abrazando mujeres impúdicas, debilitados por la embriaguez, hartos de manjares, coronados de guirnaldas, inundados de perfumes, enervados por los placeres, eructando amenazas de matar a los buenos y de incendiar a Roma.

Contra el vicio, la demencia y la maldad, hemos de combatir. En esta guerra, ciudadanos, yo prometo ser vuestro jefe y echar sobre mí la malevolencia de todos los perdidos. Cuanto pueda curarse, a cualquier costa lo curaré; pero lo que sea preciso extirpar, no permitiré que continúe para daño de Roma. Así, pues, o váyanse o esténse quietos, y si continúan en Roma y persisten en sus intentos, esperen lo que merecen.

Pero hay quienes aseguran, ciudadanos, que yo he lanzado al destierro a Catilina. Si pudiera hacer esto con mis palabras, también desterraría a los que tal dicen. Como el hombre es tan tímido y pusilánime, no pudo resistir las frases del cónsul, y cuando le dijo que se fuera al destierro, obedeció y se fue. Ayer, después de estar en riesgo de ser asesinado en mi propia casa, convoqué al Senado en el templo de Júpiter Stator y descubrí a los senadores cuanto se tramaba. Cuando llegó Catilina, ¿qué senador le dirigió la palabra? ¿Quién le saludó? ¿Quién, finalmente, dejó de mirarle no como tal ciudadano, sino como mortal enemigo? Los principales senadores abandonaron los asientos del lado a que él se acercó. Entonces fue cuando yo, el cónsul, cuyas frases se supone que bastan para desterrar a los ciudadanos, pregunté a Catilina si había estado o no en la reunión habida la noche anterior en casa de Leca. Convencido por el testimonio de su conciencia, aquel hombre audaz empezó por callar, y entonces hice patente todo lo demás, explicando lo que había tratado dicha noche, dónde estuvo, lo que dispuso para la noche inmediata y el plan de guerra que había adoptado. Viéndole vacilante y sin saber qué decir, le pregunté por qué titubeaba en ir a donde desde tiempo antes tenía dispuesto, sabiendo yo que ya había prevenido las armas, las segures, las fasces, las trompetas, las banderas y hasta aquella águila de plata a la que tributaba en su casa culto criminal e infame. ¿Echaba yo al destierro al que veía ya metido en la guerra? ¿Será preciso creer que el centurión Malio, acampado en el territorio fesulano, ha declarado por sí y ante sí la guerra al pueblo romano, que esas tropas no esperan como general a Catilina y que, desterrado éste, irá a Marsella, según se dice, y no al campamento de Malio?

Pero cuando yéndose voluntariamente Catilina, algunos hombres dicen que fue desterrado, ¿qué dirían si le hubiesen visto muerto? Verdad es que al asegurar que va a Marsella, más bien lo temen que lo lamentan. Ninguno de ellos es tan compasivo que no desee verle dirigirse al campamento de Malio en vez de ir a Marsella; y seguramente él, aun cuando antes no hubiera meditado lo que hace, preferiría vivir en sus criminales empeños a morir desterrado. Pero como hasta ahora todo le ha salido a medida de sus deseos, excepto el dejarme con vida al irse de Roma, mejor será desearle el destierro que lamentarlo.

Mas, ¿por qué hablamos tanto de un solo enemigo, de un enemigo que ya se ha declarado por tal, y a quien no temo desde que, como deseé siempre, hay un muro entre él y nosotros, y nada decimos de los que disimulan y permanecen dentro de Roma y viven a nuestro lado?

A éstos quisiera, en verdad, si fuera posible, en vez de castigarles, convencerles y reconciliarles con la República y entiendo que esto podrá ser si quieren escucharme. Porque os voy a decir, ciudadanos, de qué clase de hombres se compone ese partido, y después aplicaré a cada uno de ellos, si puedo, la medicina de mi consejo y amonestación. Forman una clase los que teniendo grandes deudas, poseen, sin embargo, bienes de más valía, pero no queriendo desprenderse de ellos, tampoco pueden pagar las deudas. Las riquezas hacen a éstos aparecer respetables, pero su conducta es indecorosa.

¿Tú has de ser rico en tierras, en casas, en plata, en esclavos y en las demás cosas y dudas en perder algo de tu riqueza para ganarlo en crédito? ¿Qué aguardas? ¿La guerra? ¿Acaso piensas que de la general devastación se librarán tus bienes? ¿La abolición de las deudas? ¡Cómo se equivocan los que tal cosa aguardan de Catilina! Yo seré quien acabe con las deudas, pero obligando a los deudores a vender sus bienes; pues no hay otro camino para que éstos dejen a salvo su responsabilidad.

Finalmente, los dioses inmortales protegerán contra tan violenta maldad a este invicto pueblo, a este preclaro imperio, a esta hermosa ciudad. Y aunque lograran realizar sus furiosos deseos, ¿esperan ser cónsules, dictadores, o reyes en una ciudad reducida a cenizas e inundada de sangre de ciudadanos, que es lo que su mente malvada y criminal imagina? ¿No ven que el poder que desean, tendrían que darlo, si lo obtuvieran, a algún esclavo fugitivo o a algún gladiador?

Viene después otra clase de hombres de avanzada edad, pero robustecidos por el ejercicio. A dicha clase pertenece Malio, a quien Catilina sucede ahora en el mando. Son éstos de las colonias que Sila estableció en Fiésole, las cuales, consideradas en conjunto, parécenme compuestas de excelentes y fortísimos ciudadanos, pero hay entre ellos muchos que malgastaron en vanidades y locuras las riquezas con que de repente e inesperadamente se vieron. Por construir casas como los grandes señores, tener tierras, muchos esclavos y dar suntuosos banquetes, contrajeron tantas deudas que, para salvarles, sería preciso resucitar a Sila. Han asociado a sus criminales intentos algunas gentes del campo, impulsadas por la esperanza de la repetición de las antiguas rapiñas. A unos y otros les pongo, ciudadanos, en la misma clase de ladrones y salteadores. Adviértoles, sin embargo, que se dejen de locuras y no piensen en proscripciones y dictaduras. Tan a lo vivo le Llegó a la ciudad el dolor de lo que pasó entonces, que creo no hayan de sufrirlo nuevamente, no ya los hombres, ni siquiera los brutos.

En otra clase hay una mezcla, confusa y turbulenta de hombres que desde hace tiempo se ven abrumados de deudas, que nunca levantarán la cabeza, que parte por holgazanería, parte por hacer malos negocios, parte por derrochadores, hace ya tiempo que andan de pie quebrado en punto a deudas; los cuales dicen que aburridos por tantas citaciones, juicios y venta de bienes, se van, lo mismo de la ciudad que del campo, al ejército enemigo. Éstos me parecen más a propósito para dilatar el pago de sus deudas que para luchar con valor. Si no pueden permanecer en pie, déjense caer, pero de tal modo, que ni la ciudad ni los vecinos más inmediatos lo sientan. Y en verdad no entiendo por qué si no pueden vivir honrados, quieren morir con deshonra, o por qué creen que es menos doloroso morir acompañados que morir solos.

Están también los parricidas, los asesinos y todos los demás criminales. No pretendo apartarlos de Catilina. Imposible sería separarlos de él, y deben perecer como malvados, porque no hay cárcel bastante capaz para encerrar a tantos como son.

La última clase de estas gentes, por su número, como por sus condiciones y costumbres, es la de los más amigos de Catilina, la de sus escogidos, mejor dicho, la de sus íntimos. Les reconoceréis en lo bien peinados, elegantes, unos sin barba; otros con la barba muy cuidada; con túnicas talares y con mangas, que gastan togas tan finas como velos, cuyas ocupaciones y asiduo trabajo son prolongar los festines hasta el amanecer. En este rebaño figuran todos los jugadores, todos los adúlteros, todos los que carecen de pudor y vergüenza. Estos mozalbetes, tan pulidos y delicados, no sólo saben enamorar y ser amados, cantar y bailar, sino también clavar un puñal y verter un veneno; y si no se van, si no perecen, tened entendido que, aun cuando se acabe con Catilina, serán para la República un semillero de Catilinas. Y, sin embargo, ¿qué desean esos desdichados? ¿Qué, querrán llevarse al campamento sus mujerzuelas? ¿Cómo han de pasar sin ellas estas largas noches de invierno? ¿Cómo han de poder sufrir las escarchas y nieves del Apenino? Acaso crean que, por saber bailar desnudos en los festines, les será más fácil soportar el frío. ¡Oh, temerosa guerra en la cual tales hombres serán la cohorte pretoriana, la escolta de Catilina!

Ordenad ahora, ciudadanos, contra las brillantes tropas de Catilina vuestras fuerzas y vuestros ejércitos, y empezad oponiendo a ese gladiador medio vencido vuestros cónsules y vuestros generales, y después llevad contra ese montón de náufragos, contra esa extenuada muchedumbre la flor y la fuerza de toda Italia. Nuestras colonias y municipios valen más que los cerros y bosques que a Catilina servirán de fortalezas, y no debo comparar las demás tropas y pertrechos y fuerzas vuestras con la escasez de recursos de aquel ladrón.

Aun prescindiendo de lo que tenemos y él carece, el Senado, los caballeros romanos, el pueblo, la ciudad, el tesoro público, los tributos, toda Italia, todas las provincias, las naciones extranjeras; aun prescindiendo, repito, de todo esto y comparando solamente las dos causas rivales, podremos comprender el abatimiento de nuestros contrarios; porque de esta parte pelea la dignidad, de aquélla la petulancia; de ésta la honestidad, de aquélla las liviandades; de ésta la buena fe, de aquélla el fraude; de ésta la piedad, de aquélla la perversión; de ésta la calma, de aquélla el furor; de ésta la virtud, de aquélla el vicio; de ésta la continencia, de aquélla la lujuria; de ésta, finalmente, la equidad, la templanza, la fortaleza, la prudencia, todas las virtudes, y de aquélla la iniquidad, la destemplanza, la pereza, la temeridad, todos los vicios. Por último, luchan aquí la abundancia con la escasez; la razón con la sinrazón; la sensatez con la locura, y la esperanza bien fundada con la total desesperación. En tal combate, aunque falte el valor de los hombres, ¿han de permitir los dioses que tan preclaras virtudes sean vencidas por tantos y tales vicios?

Siendo esto así, lo que a vosotros toca, ciudadanos, es defender vuestras casas, como antes dije, con guardas y vigilantes que en cuanto a la ciudad, ya he tomado las medidas y dado las órdenes necesarias para que, sin turbar vuestro reposo y sin alboroto alguno, esté bien guardada. Todas vuestras colonias y municipios, a quienes ya he dado cuenta de la correría de Catilina, defenderán fácilmente sus poblaciones y territorios. Los gladiadores, con quienes Catilina proyectaba formar el cuerpo más numeroso y seguro, aunque mejor intencionado que algunos patricios, serán contenidos en nuestro poder. Quinto Metelo, a quien, en previsión de lo que pasa, envié al Piceno y a la Galia , o vencerá a ese hombre o le atajará en sus movimientos y designios. Respecto a lo que falta ordenar, apresurar o precaver, daré cuenta al Senado que, como veis, acabo de convocar.

En cuanto a los que permanecen en la ciudad y dejó en ella Catilina para la ruina de Roma y de todos vosotros, que habitáis en ella, aunque son enemigos, como nacieron conciudadanos nuestros, quiero hacerles y repetirles una advertencia; mi lenidad, que acaso haya parecido excesiva, ha esperado hasta que saliera a luz lo que estaba encubierto. En lo sucesivo no puedo olvidar que ésta es mi patria; que soy cónsul de éstos, y que con ellos he de vivir o morir por ellos. Nadie guarda las puertas de la ciudad, nadie les acecha en el camino; el que quiera irse puede ponerse en salvo. Pero el que se proponga alterar el orden en Roma, el que yo sepa que ha hecho o proyecta hacer o intenta algo en daño de la patria, conocerá a costa suya que esta ciudad tiene unos cónsules vigilantes, excelentes magistrados, un Senado fuerte y valeroso, armas, y, finalmente, cárcel; que para el castigo de estos grandes y manifiestos crímenes la establecieron nuestros antepasados.

Y todo esto se realizará, ciudadanos, haciendo las más grandes cosas con el menor ruido, evitando los mayores peligros sin alboroto alguno y terminando una guerra intestina y doméstica, la mayor y más cruel de que los hombres tienen memoria, sin más general ni jefe que yo, un hombre de toga. Y me he de gobernar en esta guerra de tal modo, ciudadanos, que, si es posible, ni uno solo de los perversos sufra en esta ciudad el castigo de sus crímenes. Pero si la audacia, acudiendo públicamente a la fuerza, o el peligro inminente de la patria me impiden continuar en la vía de clemencia a que mi corazón se inclina, haré, al menos, una cosa que en tan grande y traidora guerra apenas parece que se puede desear, y es que no muera ninguno de los buenos y que con el castigo de unos pocos se logre al fin salvar a todos vosotros. Y lo que os prometo, ciudadanos, no es fiado en mi prudencia ni en los consejos de la humana sabiduría; me han hecho formar este juicio y concebir esta esperanza las muchas y claras muestras que de su favor han dado los dioses inmortales, quienes ya no sólo nos protegen, como solían hacerlo, de los enemigos exteriores y lejanos, sino también demuestran su poder defendiendo sus templos y los edificios de Roma.

A ellos debéis, ciudadanos, pedir, rogar y suplicar que esta ciudad, hecha por su voluntad, hermosísima y floreciente, y vencedora en mar y tierra de todos sus numerosos enemigos, la defiendan de la maldad de algunos perdidos y criminales ciudadanos.



En el año 66 a. C.  Catilina se presesenta a las elecciones para el consulado de Roma, pero es borrado de las listas de candidatos al ser acusado de malversación durante el período en que estuvo encargado de la administración de Africa. Catilina se presenta a sí mismo como el capeón de los pobres y los oprimidos contra los cónsules y el Senado. 

En el 65 se defiende de la acusación de concusión y es absuelto. En unas nuevas elecciones (64 a.C.), se une a Antonio para crear agitación social contra Cicerón. Asustados, senadores y caballeros se unen para elegir a Cicerón cónsul.

En el 1º de Enero del 63 a. C. Cicerón toma posesión de su cargo, combatiendo a los demócratas. En Octubre Catalina se presenta nuevamente a las elecciones, y su aliado Gayo Manlio, que había sido centurión con Sulla, recluta en Etruria un ejército de descontentos. También Craso es amenazado. Cicerón comvoca al Senado en medio de una situación de pánico general y se emite un decreto confieriendo a los cónsules poderes dictatoriales. Catilina, furioso, decide incendiar secretamente Roma mientras el ejército de Manlio está llegando a las puertas de la ciudad. Los conjurados se reúnen por la noche en casa de Porcius Laeca para acabar definitivamente con Cicerón, pero éste es advertido y logra salir indemne. 

Cicerón convoca entonces al Senado para convencerles de la necesidad de detener a Catilina ( Primera Catilinaria ). Estamos en el mes de Noviembre. En este discurso Cicerón alcanza su fin sólo en parte: Catilina abandona la ciudad, pero sin sus secuaces. 

Mientras éste llega al campamento de Manlio, Cicerón pronuncia su Segunda Catilinaria , en la que se dirige contra los partidarios de Catilina y pide que sean castigados. Este discurso es pronunciado ante el pueblo. Comienza la guerra en Roma. 

El 3 de Diciembre Cicerón arresta a los conjurados y se dirige al Senado. Por la tarde cuenta al pueblo lo que ha sucedido durante la sesión ( Tercera Catilinaria ). 

El 5 de Diciembre presiona al Senado para que los conjurados sean ejecutados ( Cuarta Catilinaria ), como finalmente se hace, y Cicerón es llamado “Padre de la Patria”. 

El 5 de Enero del 62 a. C. Catilina es derrotado y muerto con sus partidarios en Pistoya. 


 
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