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Salmerón, Nicolás. 1854 La libertad de cultos PDF Imprimir E-Mail

Señores:

Después de algunos días de silencio sobre las graves cuestio­nes que han sido objeto de las deliberaciones de esta asamblea, silencio que algunos periódicos han interpretado a su manera, y sobre cuya interpretación no me permitiré emitir ni una idea, ni una queja, porque como soldado de la prensa respeto cual el que más sus fueros; después de este silencio, vengo a tomar parte en una cuestión de suyo interesante y trascendental, pues está ligada con la conciencia del hombre, enlazada con la vida te­rrenal y eterna de los pueblos y llamada a resolver el gran problema del libre examen. Sí, señores diputados, no es una cuestión efímera la que se ventila; es una cuestión que agita las conciencias, que inflama las discusiones políticas, que puede servir de motivo para las convulsiones sociales; es, por decirlo así, el arsenal donde los partidos opuestos a las reformas vienen a tomar armas para ha­cer la guerra a las instituciones y a los amantes de la libertad; a la vez que el arca de alianza en que los partidarios del progreso, de la paz universal, de la civilización, de la riqueza de las nacio­nes y de la fraternidad social ponen la ofrenda de sus creencias, el holocausto de su conciencia.

Permitid, pues, señores diputados, al humilde parlamentario que tiene el honor de dirigiros la palabra, que venga a poner el de su criterio en aras de la cuestión religiosa.

Bajo sólo un aspecto puedo yo considerar este asunto. La cuestión, decía el señor ministro de Estado con esa autoridad patriarcal que todos le reconocemos, está todavía en punto muy bajo; es menester levantarla a su verdadera altura, y considerar que discurrimos sobre la principal de las bases como filósofos y católicos. Pues bien; a este terreno, tan difícil por lo abstracto, vamos a llevarla los autores de la enmienda que se halla someti­ da a la deliberación de las Cortes; al terreno de las teorías filosó ­fico religiosas, de la filosofía de la historia y del derecho. En él, haciendo el heroico esfuerzo de nuestros humildes conocimien­tos, esperamos probar, de una manera inconcusa, que nuestra enmienda está en armonía con los instintos políticos de esta asamblea y con la civilización del siglo XIX.

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¿Hay algún poder que pueda ahogar la voz de la conciencia? ¿Está en la mano del hombre borrar lo que respecto a su Dios lleva cada uno escrito en su corazón? Ese código de origen y tendencias eternales, ¿puede derogarlo, romperlo, la obra del le­gislador, perecedera, imperfecta y contradictoria? No: la conciencia es, señores, tan libre como el pensamiento, tan espontá­nea como la voluntad, tan inquebrantable como el alma. Si de ella nos transportamos al culto, vemos, señores, que la una es a la otra lo que la palabra a la razón, la luz a los ojos, la gratitud a la beneficencia. Y ¿quién es el que corta el vuelo de la imagina­ción religiosa, cuando habla, admira y bendice a Dios, sobre el ara de la religión? ¿Quién es la mano impía que cierra al culto su templo, sus manifestaciones, y no tiembla al ver que Dios lo dejó abierto y al abrigo de las tormentas sociales?

¿No veis, señores diputados, que el tolerar la libertad de conciencia, y no admitir la libertad de cultos, es consignar el dualis­mo del hombre, divorciando el alma religiosa del cuerpo reve­rencioso? ¡Ah! Desconocer que la conciencia y el culto deben ser libres, equivale a la más cruenta mutilación del hombre y de las sociedades.

La libertad en cuestiones religiosas significa mucho más que en los ámbitos de la política. El culto privilegiado con perjuicio de otras distintas liturgias es repulsivo, porque combate; intole­rante, porque dispersa; antievangélico, porque enemista; y nada grato a los ojos de Dios, porque impone la hipocresía. La intole­rancia en filosofía exagera el principio de autoridad, en política multiplica las revoluciones y en religión niega asilo a los pros­critos que en una sola despedida dan el adiós al culto y a la pa­tria. ¡Ah, señores! La intolerancia es la escoria de la hipocresía que el torrente fanático arrastró hacia el océano religioso, y que éste, en su flujo y reflujo, arroja a las playas del libre examen.

La historia moderna nos lo dice. Permitidme si no una ex­cursión a las principales constituciones y a la historia represen­tativa de nuestro país.

En Portugal, en ese país eminentemente religioso, porción desgarrada de nuestro mapa, se profesa el catolicismo; y, sin embargo, se permite a los extranjeros el culto doméstico de sus religiones en casas destinadas al efecto. Bélgica, esa nación mo­delo de constitucionalismo y de progreso económico, deja en li­bertad el culto público y la manifestación de opiniones, y pro­hibe que nadie sea compelido a observar otros cultos.

La Francia , que tan cara pagó la intolerancia, parece que recuerda con orgullo los triunfos del libre examen y deja que cada uno profese libremente su opinión y reciba del Estado igual pro­tección para su culto. Los Estados Unidos, tan poderosos por su apego a la libertad en todo y para todo, creyendo que entre el hombre y su Dios nadie puede interponerse, a no ser un tirano o un estúpido, declara incompetente a su Congreso para legislar en materia religiosa.

La Inglaterra , mimada por el parlamentarismo, no cambiaría su tolerancia religiosa por el mejor florón de su corona política; y ávida por llevar a sus mercados circulación, capitales y adelan­to, vería abrirse la tumba de su prosperidad el día en que la intolerancia levantase su ensangrentada cabeza. La Alemania, esa Grecia moderna, ese foco de ideas grandiosas, esa Palestina filo­sófica en que la razón sublime tiene fijos sus absortos ojos, ven­dería hoy tan cara la tolerancia religiosa, como caro le costó su triunfo. ¿Qué más, señores diputados? El centro del catolicismo, el suelo en que descansa la piedra fundamental de la Iglesia, Roma, tiene la sinagoga frente de la basílica; y orgullosa de su tolerancia creería llegada la hora de su perdición si renunciara a práctica tan fraternal. ¡España, sólo España es el norte de la intolerancia en un mundo regido por leyes atractivas!

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En materias religiosas, el eclecticismo es insostenible, porque entre la libertad y la intolerancia no hay término medio po­sible; pues la conciencia y el culto, para ser una verdad a los ojos del fanático, no pueden estar libres; y para ser aceptables a la escuela liberal, no deben hallarse encadenados. Y si a esto se une que del fanatismo y de la libertad se ha elegido la transac­ción peor; si a esto añadís que se ha querido contentar a la sim­ple rebelde intolerancia, rechazando la libertad hasta el culto privado, y se ha pretendido acallar el liberalismo siempre dócil, concediéndole la innegable libertad de opiniones religiosas, ¿os extrañará el descontento general? Señores: la comisión ha dicho: «Fanáticos, vuestro imperio declina; liberales, vuestra épo­ca no llegó aún en el cuadrante de las religiones». ¿Concebís se­mejante neutralidad en una contienda de creencias vivas? Es más; la base deja libre a la conciencia que no puede menos de serlo; y somete al yugo de la autoridad humana el culto que pertenece sólo a Dios. ¿Cabe contradicción más fatal en un asunto donde el método exige tanto estudio y tanta lógica? ¡Se pone el dogal de la intolerancia a cuanto puede llevar ese dogal: al ser físico, a las manifestaciones externas de la conciencia; y, en cambio, se afecta emancipar a lo que es libre por esencia: a las creencias, al pensamiento! Pero hay otro error, señores, de procedimiento y de método, más trascendental e insuperable, y que cometió el ilustrado señor Olózaga. S. S., que por su carác­ter es altamente hombre de abstracciones, que se remonta siem­pre al ideal de las polémicas y que hace alarde de tener fino cri­terio, decía en la última sesión, contestando al elocuente discurso del señor Corradi: «No hay para qué abstraerse; la abs­tracción es inútil en estas cuestiones; ya se consulte a la escuela filosófica, a la escuela histórica o a la utilitaria». ¿Decía tan emi­nente publicista semejante idea con profunda convicción? Imposible. La escuela utilitaria, que desde Carneades hasta Bentham viene sosteniendo que las leyes reales y positivas dan origen al derecho real y positivo y que no hay noticia cierta de lo justo y de lo injusto fuera del derecho constituido sobre la base de la utilidad, del bien material; esa escuela, señores, que para ser absurda le faltaba sólo negar la existencia del derecho natural, y lo negó; esa escuela, repito, al resolver la libertad de cultos, opta por ella, a trueque de aumentar la riqueza, la po­blación y el saber. Y ¿qué sucede con la escuela filosófica, inau­gurada por Grocio e idealizada por Kant? Lo mismo, señores diputados. Su máxima fundamental de que el principio del de­recho es la sociabilidad dirigida por la razón y de que el dere­cho es una serie de verdades absolutas, no puede transigir con la intolerancia, enemiga irreconciliable de la sociabilidad e incompatible con la verdad del libre examen. Y si de aquí pasa­mos a la escuela histórica que principia en Vico y acaba en Savigny, ¿veremos mejor parada la base segunda? No, seguramente. Los que, como doctores de dicha escuela, sostienen que el legislador debe hacer lo que el pretor romano, dar vida jurí­dica a las costumbres racionalmente arraigadas y suprimir las muertas, no pueden consentir que la intolerancia de cultos, que tan irracional y parásita es, ocupe un lugar distinguido en la constitución de los pueblos libres.

De este modo, señores, responden a nuestro favor la abstrac­ción filosófica y las escuelas del derecho. ¿Qué mucho que el hábil señor Olózaga temiera que os remontarais a tan elevadas regiones, donde su opinión no encuentra apoyo, y donde la ra­zón pura se levanta a protestar contra la base en cuestión?

Otra no menos grave equivocación padeció el señor minis­tro de Estado, al ocuparse de esta cuestión. S. S., con un tono al­tamente filosófico, con una elocuencia casi persuasiva, con una voz paternal, nos decía: «Mirad que si marcháis por la senda de la libertad de cultos, cuando volváis la vista atrás os encontra­réis solos, sin vuestras familias, sin vuestras mujeres, sin vues­tros hijos, y los pueblos en masa os abandonarán». Este terreno, señores, no es el terreno de la cuestión; nuestro terreno es el de la razón, el de la filosofía. S. S., mucho más ilustrado que yo, sa­be bien que cuando se ha consultado a los pueblos sobre refor­mas trascendentales de religión o de ciencias, o no han podido protestar directamente contra el error, o han sido víctimas de las preocupaciones en que la tiranía se gozaba de verles sumi­dos. ¿Recordáis, señores diputados, la condenación de la doctri­na favorable a la existencia de los antípodas? Pues la causa fue el que san Agustín negó su existencia. ¿Recordáis que Copér­nico murió sin publicar sus famosas ideas sobre revoluciones as­tronómicas, que robaron a la inmensidad del espacio el secreto de la armonía celeste? Pues fueron su causa las preocupaciones del vulgo y las hogueras de la Inquisición, que resolvía los pro­blemas de la astronomía esgrimiendo la persecución y el ajeno dolor. Siempre, señores diputados, siempre la preocupación y las tendencias del fanático hacia el oscurantismo han cerrado el paso a las grandes reformas. ¿Qué otra cosa hemos de ver al tocar a la religión? Yo pregunto, ¿en las reformas religiosas se ha consultado siempre a la opinión pública? ¿El hecho se ha convertido en derecho? ¿El legislador ha sido siempre un eco de las preocupaciones populares? Ha habido muchas reformas: diré aún más, todas las reformas trascendentales en materia religiosa se realizaron en virtud de una razón suprema, y luego, la razón se ha convertido en derecho.

He aquí, señores diputados, lo que voy a probar al contestar a esa idea emitida por mi dignísimo maestro.

Cuando Constantino marcha contra Majencio y viendo en los aires ondear el lábaro en que leyó In hoc signo vinces, sepulta en el Tíber a su contrario y declara religión del Estado al catoli­cismo, ¿convirtió el hecho en derecho o llevó él su personal conversión al corazón de su imperio?

Recaredo abjura el arrianismo en el Concilio de Toledo, y el cristianismo pasa desde los jefes de la milicia hasta el humilde combatiente: ¿veis en esto otra cosa que el triunfo de nuestra religión, derramando su luz desde las gradas de un trono sobre la arriana muchedumbre?

Cuando Enrique VIII de Inglaterra cambió la disciplina, creó la Iglesia anglicana y por vengarse del papa se hace jefe de la nueva iglesia e hizo la reforma del Estado, ¿veis algo más que el deseo de casarse con Ana Bolena, en aquel gran cambio que tanta sangre costó a su nación?

Más tarde, en Francia, Carlos IX decreta la matanza de Saint Barthelemy; Enrique IV abjuró el calvinismo y en Nantes otorgó la libertad religiosa a los protestantes. Luís XIV, aquel monarca que creía ser el Estado, revocó este famoso edicto, provocó las dragonadas y ahuyentó el protestantismo de su reino. Y ¿no ve­mos en estos cambios al hecho convertirse en derecho, o al le­gislador y soberano iniciar las reformas, con más o menos pure­za, con mayor o menor templanza?

Por lo demás, nosotros aceptamos la teoría de que el hecho deba producir el derecho; y, aun en este caso nuestro, el triunfo es seguro, porque el cristianismo es el hecho más culminante y el cristianismo condena la intolerancia. Nosotros no debemos perturbar ninguna institución social; debemos ir labrando las reformas sin herir la familia, sin hacer que retrograden los pue­blos, sin lastimar la religión, sin conmover los estados, ni hun­dir la riqueza nacional. Ahora, señores diputados, si probásemos que, lejos de ofender tan sagrados intereses, los desarrolla y em­bellece la libertad de cultos; si demostráramos que la intoleran­cia religiosa los degrada y estaciona, ¿podríamos dudar de que nuestra enmienda habrá de merecer la aprobación de la Cámara? Vuestra ilustración suplirá mi pobre razonamiento.

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Señores: si la familia, la sociedad y la religión nada pierden y pueden obtener grandes triunfos con la libertad de cultos, ¿será

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posible que peligre la riqueza nacional o que se altere la paz del mundo? Ni lo uno ni lo otro. ¿Concebís que la riqueza disminu­ya, siendo así que sólo a la intolerancia le es dado el triste privi­legio de ahuyentar la población, los capitales, la industria y el saber? ¿Responderéis a esto que el catolicismo es simpático para el comercio, hospitalario para los extranjeros y restaurador de las letras? ¿Decís esto, no es verdad? Pues oíd: como católicos reconocemos la fuerza de la idea, pero ¿ignoráis que es natural la réplica? ¿Olvidáis que lo que combatimos es la intolerancia religiosa? ¿No recordáis que venimos del seno del catolicismo a pedir todo lo contrario de lo que en 1492 dejó yermos nues­tros campos, desiertas nuestras poblaciones, en quiebra nuestros mercados, y nuestras ciencias en orfandad? ¿No creéis que al de fender la libertad religiosa, nos guía el nobilísimo deseo de ha­ cer odiosas las teorías que provocaron la expulsión de los moris ­cos y la revocación del edicto de Nantes, dejando a España y Francia dos manchas de sangre que nuestra generación lava con el sudor de su trabajo?

Por lo que hace a las guerras de religión, ya no tornarán a ensangrentar nuestros campos ni a hundir la riqueza en el fon­do de los combates ni a absorber en el espíritu de matanza al genio de la Libertad. Pasaron los aciagos días en que Alemania se estremeció en sus cimientos al embate de Lutero; ya no vol verán para Suiza y para Ginebra aquellos tiempos en que recibió el bautismo de sangre la reforma de Zuinglio y de Calvino; ya las calles de París y Londres no volverán a ser un vasto palen­que de gladiadores fanáticos; ya, en fin, no aparecerá, por fortu­na nuestra, el destructor corneta de la intolerancia. ¿Sabéis por qué? Porque al fanatismo lo ha reemplazado la tolerancia. Al despotismo, la libertad; el becerro de oro a las piras del Santo Oficio.

Hemos acabado ya de consignar en nuestras leyes la sobera­ nía de los pueblos, y ahora, ¿qué vamos a hacer? ¿Qué? ¿Que el pueblo, soberano en todo, venga a ser tirano de sí mismo?

¿A quién se le ocurre contradicción semejante? El legislador halla la posibilidad de reformar, si con ella vienen la oportuni­dad y la razón; si no innova, entonces no merece tan sagrada investidura. ¿Hay posibilidad y competencia? Somos legislado res supremos. ¿Ha llegado la ocasión? Somas representantes del espíritu reformador de julio. ¿Hay razón suficiente? Hasta el ca­tolicismo nos la ha dado. Y si esto es en cuanto a la libertad ab­soluta y general de cultos, ¿faltarán tan decisivas circunstancias a la enmienda que proponemos?

Venimos a pedir la libertad de cultos, sin prácticas externas, para los puertos habilitados y capitales de provincia. ¿Hay nada más fácil, nada más natural, nada más oportuno, conveniente y necesario, ni más en armonía con la época?

Y, señores, esto no es nuevo entre nosotros; en los puertos habilitados tenemos esta misma tolerancia establecida; en Alicante, Valencia y Málaga tienen los protestantes casas esta­blecidas, donde se reúnen a celebrar su culto, sin prácticas externas; y las autoridades lo toleran, como no pueden menos de tolerarlo, porque de lo contrario irían contra un hecho ya esta­blecido. Tenemos, pues, ese ejemplo de tolerancia de cultos, que unido al de los cementerios para protestantes, son una prueba inequívoca de que el país está preparado para la enmienda que propugnamos. Y los intereses materiales, ¿no ganarán también con la libertad religiosa? ¡Qué duda tiene, señores! Los artistas, los fabricantes, los obreros, podrán hasta cierto punto pasar sin ejercer su culto; pero las mujeres y los niños tienen absoluta ne­cesidad de 61; y es por lo tanto humanitario que puedan practi­carlo aquí...

Yo ruego a la comisión que admita el pensamiento esencial de la enmienda, aunque modifique su texto en las ideas acceso­rias. No tratamos los autores de la enmienda de perjudicar en lo más mínimo el culto ni la religión; porque si bien somos parti­ darios del liberalismo del siglo XVIII, somos también amantes de la creencia de nuestros padres, que no se opone a la libertad de cultos, sin prácticas externas. He dicho.

 
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