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Una gran esperanza nos ha dado cita en este recinto: la de afirmar, la cooperación mundial por medio de la cultura.
Con mayor o menor cercanía en lo material, todos los pueblos que representamos han sufrido la angustia de la guerra. Unos en sus ciudades, bajo el cielo ultrajado por la metralla; otros en sus campos, profanados por el fuego de los cañones; otros en sus fábricas, transformadas durante la emergencia en talleres científicos de exterminio; otros en el comercio de sus mercados, desprovistos súbitamente de los elementos más necesarios para la vida; otros en sus escuelas, convertidas, por un capricho del adversario, en cárceles o en cuarteles, cuando no, por piedad de las fuerzas libertadoras, en albergue provisional para los heridos o en refugio para los millares de seres que el despotismo dejó sin casa, sin familia, sin profesión, sin sitio siquiera en la sociedad.
Muchos de los delegados aquí presentes vienen de urbes que están en ruinas, de países en que son pocas las puertas cuyos umbrales no cruza ahora el deudo de un combatiente: una madre pobre, una viuda enferma, un huérfano desvalido. Pero si la guerra no impuso a todos, con la misma severidad, esa prueba horrenda, si en la distribución de los sacrificios ciertas naciones pudieron juzgarse menos directamente afectadas por la desgracia, ninguna hubo que se creyese ajena al dolor del mundo; ninguna que no sintiera comprometida su esencia íntima en la contienda; ninguna que no entendiese que aquellas ruinas eran las ruinas de una época de su civilización y aquellos lutos constituían el testimonio de que habían muerto, en su propia conciencia, muchos egoísmos, muchos prejuicios y muchas maneras erróneas de estimar la vida, la independencia, el deber, la fortuna y la libertad.
Es así como todos nos encontramos ante la misma tarea: empezar una era distinta en la historia humana. La paz, que buscamos durante años, ha sido establecida por los ejércitos. A organizar esa paz, en la esfera de lo político y lo económico, se aprestan los gobernantes, los diplomáticos, los obreros, los industriales, los militares; todos los hombres que a sí mismos se llaman —y por razones que respetamos— hombres de acción.
Acontece, no obstante, que el mundo aguarda algo más que un arreglo de límites y de zonas de influencia; algo más que una red de convenios para la explotación y el comercio de sus productos; algo más que un sistema de transitoria seguridad. Y eso, que el mundo aguarda es un nuevo trato entre las naciones y entre los hombres; un nuevo modo de apreciar los valores de la conducta; un nuevo significado de la alegría, del trabajo, de la esperanza; una nueva meta que proponer al esfuerzo de todos juntos. Sí: una meta que justifique, por su excelencia, el anhelo de marchar hasta ella sin flaquezas y sin reservas. La amplitud de esta expectativa da una solemnidad innegable a nuestra asamblea.
En gran parte, la guerra es siempre el producto extremo de una insuficiencia o de una deformación lamentable de los sistemas educativos de las naciones. Y menciono así esos dos orígenes —primero, la insuficiencia y, después, la deformación— porque advierto que muchas voces se han elevado para indicar como causa de los delitos nazi fascistas el extraviado criterio que definió sus regímenes de enseñanza. La observación me parece exacta, aunque incompleta. Es cierto: los postulados totalitarios, que guiaron a los falsos educadores del despotismo, produjeron un daño intenso en la tierra entera. Mas ¿hubiese sido posible implantar y desarrollar esa instrucción para el odio y para la muerte si, en la totalidad de los otros pueblos, hubiese habido un entusiasmo cordial por la democracia, un amor activo de la cultura y, para decirlo cruel pero brevemente, un concepto eficaz de la educación?
¿Qué veían, alrededor de su empeño, los dictadores? Un conjunto de pueblos adelantados en que existían técnicas progresivas, industrias prósperas y tenaces, universidades doctas y prestigiadas; pero en cuyas aulas las opiniones más discrepantes se criticaban unas a otras, se devoraban unas a otras y, en nombre de la máxima libertad, destruían la fuerza interna en que debe apoyarse la libertad.
Y, a la sombra de aquellos pueblos —en cuyo seno la cultura a menudo se presentaba como flor imprevista de invernadero— ¡cuántos otros sin libros y sin escuelas, cuántas comunidades en la ignorancia, cuántas víctimas en potencia para los teorizantes del espacio vital y los doctrinarios del señorío de las razas privilegiadas!
Jamás apreciaremos mejor lo que puede en el hombre la devoción a la libertad que pensando ahora en la enorme desproporción que, durante siglos, dejaron prevalecer los países civilizados entre el proceso cultural de unos cuantos de ellos y el abandono doliente de los demás. Grande, en efecto, ha de ser esa devoción a la libertad cuando ha logrado sobreponerse, aun en las colectividades menos preparadas para la lucha, a la seducción del automatismo y a las tentaciones de la barbarie.
La euforia del triunfo sería demencia si no buscáramos, desde luego, una garantía para evitar que semejante peligro se reproduzca. A buscar esa garantía, hemos venido de todos los continentes, con el deseo de fundar una institución democrática al servicio de la educación y de la cultura.
Permitidme, señores, que os congratule de estar aquí, porque vuestra sola presencia indica una restauración de la fe en los poderes del espíritu. Esa fe nos ofrece un indicio claro de la victoria. Indicio más claro aún que el hecho de ver izadas las banderas de los ejércitos aliados sobre los teatros y los palacios en que declamaban su odio los dictadores. Y signo más venturoso porque demuestra que, habiendo sabido derrotar por la fuerza a sus adversarios, los pueblos libres se disponen a ganar igualmente, por la razón, la batalla interior sobre sus conciencias.
Nunca ha debido más lo mejor de nuestra existencia a las mayorías; porque fue en ellas, en sus filas inmensas de hombres, de mujeres (y hasta de niños) en las que la fe en el progreso y la libertad despertó el heroísmo anónimo que salvó —una vez más— al género humano. Y, al mismo tiempo, sin paradoja, nunca debieron más el progreso y la libertad a la selección y al rigor de las minorías.
Sin los estados mayores de la técnica, de la ciencia y de la estrategia ¿qué hubieran hecho los pueblos para afirmar sus ideales? Esta doble deuda que tiene el mundo —la deuda para las masas sacrificadas y la deuda para los investigadores que concibieron los instrumentos definidos de la victoria— precisa el centro de todos nuestros problemas: encontrar una forma de convivencia en que la creación de las grandes personalidades no suponga olvido para las masas y en que la expansión de las masas no implique la asfixia del individuo.
Todo gira en torno al eje que acabo de mencionar. Y, acaso la solución que ya anuncian los acontecimientos entre los cuales nos agitamos, consista sólo en acercar los extremos de la antinomia tradicional, recordando, como lo dijo hace siglos un espíritu insigne, que "lo que no es útil al enjambre, tampoco lo es a la abeja" y que, por tanto, a la antigua oposición entre los derechos del individuo y los derechos de la colectividad, debe sustituirse una organización de la vida en que el mejor ciudadano sea también el hombre mejor.
Sé lo ambicioso de este programa, que seguirá tropezando —como hasta ahora— con incontables obstáculos económicos, políticos, jurídicos, sentimentales y culturales. Cierta manera exclusiva de definir el nacionalismo y el patriotismo, la soberanía y la independencia, la historia y la geografía, el deber y la libertad, ha impedido que el ser actúe, como individuo, con el mismo fervor con que suele actuar como parte de la sociedad a que pertenece. De ahí la urgencia de deparar un denominador común a su desarrollo. Y ese denominador común sólo podrá brindárnoslo la solidaridad moral de la humanidad por la acción del conocimiento y en virtud de la educación.
Esto, es el plano de su responsabilidad inmediata, lo ha comprendido el pueblo de mi país. Así, en plena guerra, México emprendió, como un servicio de defensa civil de carácter obligatorio, una lucha vital contra la ignorancia, señalando, por Ley del 21 de agosto de 1944, a todo el que supiese leer y escribir, la misión de enseñar a un analfabeto.
Para algunos de los delegados aquí presentes, venidos de naciones en que el analfabetismo prácticamente ha desaparecido, podrá parecer anacrónico que haya pueblos en los que, al lado de una élite universitaria, y sobre los restos de culturas de gran linaje, millones de jóvenes y de adultos no posean siquiera el dominio del alfabeto. Es posible que hasta germine en su pensamiento esa opinión cultivada, antes de la guerra, por no pocos ingenios occidentales: ¿A qué preocuparnos tanto de la instrucción primaria? ¿No hay lugares en que los analfabetas "son tipos más satisfactorios que los que han pasado por las escuelas"?
Debajo de esta argumentación, se oculta un sofisma amargo. Cuanto más convencidos estemos de la importancia de la alta cultura, más habremos de interesarnos por hacerla llegar a extensiones cada día mayores de toda la población. Lo contrario seria tan absurdo como construir presas en un sistema de riego, sin abrir los canales por cuyo cauce habrían de circular las aguas de aquellas presas para fertilizar los terrenos que las aguardan.
En materia de educación toda parcialidad es de consecuencias desoladoras: lo mismo la mística de la instrucción primaria como panacea universal, que la mística de la instrucción superior, como base de predominio. Y este es el punto álgido del problema: necesitamos, a la vez, perfeccionar nuestra educación superior y combatir la incultura de los humildes: preparar guías, que interpreten al pueblo con honradez, y pueblos aptos para discutir las fórmulas de esos guías, distinguiendo entre la persuasión de los maestros y el hipnotismo de los tiranos.
Creemos que al intelectualismo del siglo XVIII y al materialismo del siglo XIX, el siglo XX debe oponer el concepto de una integración equilibrada y cabal del hombre, y que, si la educación de la inteligencia fue la ocupación primordial de los sistemas caducos en nuestros días y si la educación de la voluntad llegó a los extremos imperialistas que reprobamos, los horizontes actuales van a exigirnos una enseñanza para la cooperación internacional por la verdad, por la democracia y por la virtud.
Nuestra Campaña contra el Analfabetismo es ya un intento de realizar ese nuevo concepto de educación, porque —dentro de sus limitaciones— trata de educar, para la democracia, en la más democrática de las formas: por el esfuerzo de todos en bien de todos y porque educa tanto al que aprende como al que enseña: al que aprende, por lo que aprende, y al que enseña, por lo que avanza en el conocimiento de las deficiencias y los dolores de la nación.
Veis aquí las razones que me asistían al declararos, hace un momento, que no sólo debían inquietarnos las deformaciones de la educación, sino también, y en muy alto grado, su insuficiencia. Esto me induce a añadir ahora: Está bien que constituyamos un organismo de cooperación intelectual, como el que se propone a nuestro consenso. Pero ¿vamos a limitarnos a cambiar opiniones sobre generalidades teóricas discutibles? ¿O vamos a llamar la atención de nuestros gobiernos sobre la necesidad de que se cree y se robustezca un verdadero espíritu de colaboración internacional en favor de la educación?
Entendemos que la organización que se proyecta en un primer paso y, como tal, lo apreciamos y lo aplaudimos. Pero sentimos que deberán seguir, a ese primer paso, una reunión que afronte valientemente estas tres cuestiones: ¿Qué están dispuestos a hacer los países más ricos y técnicamente más preparados para ayudar a que eleven los otros el nivel de instrucción de sus habitantes? ¿Cómo conciliaremos tal ayuda con el deber de respetar la libertad de cada nación en la elección de sus métodos internos para organizar la enseñanza en su territorio? ¿Y de qué modo coordinaremos esa libertad —que juzgamos inalienable— con la urgencia de decidir acerca de los fines generales de la educación del hombre?
Cuando suscito la primera de estas tres preguntas, no lo hago con el deseo de orientar nuestra conferencia hacia compromisos de sentido unilateral. Creo firmemente, por el contrario, que obligaciones de semejante naturaleza, no serían las más propicias para fomentar —entre naciones libres y soberanas— el espíritu de cooperación por el que pugnamos. Pero existen recursos que, sin desdoro para los pueblos, pueden utilizarse merced a un principio de acción multilateral o, por lo menos, bilateral. Pienso, por ejemplo, en la organización de sistemas de becas concertados en proporción de la magnitud de la renta de los países que las otorguen. Si el monopolio de determinadas industrias y de ciertos procedimientos comerciales ha sido el origen de continuas discordias entre los hombres, ¿cómo habríamos de aceptar que se monopolizasen también, por el solo privilegio de la fortuna, los perfeccionamientos de la técnica, los medios de la investigación científica y las conquistas del saber?
Igual proporción debería regir en la distribución de los gastos que demanden otras modalidades, que nuestros gobiernos acepten, para intensificar el intercambio de profesores y de estudiantes, el canje de publicaciones, de películas y de datos informativos, sin que nadie pueda negarse a abrir las fuentes de su conocimiento a quienes las busquen para mejorar los ensayos de su progreso.
La obligación que aquí invoco ha de ser entendida en términos de alcance mucho más amplio por lo que concierne a la educación de los pueblos sujetos a protectorado, a mandato o a régimen colonial. La ignorancia en que muchos de ellos han subsistido es un peligro latente para la paz. Y, aunque así no lo fuese, un postulado de elemental justicia nos impulsaría a reclamar para ellos, por parte del organismo que aquí se cree, una atención preferente, limpia de pasiones políticas, pero vigilante, leal, lúcida y generosa.
Esto me lleva directamente a la segunda de las preguntas que formulé en párrafos anteriores. La educación representa el baluarte más consistente y durable de toda comunidad.
Ninguna ayuda internacional en esta materia —que es el alma misma de un pueblo lo que se toca— puede autorizar al que da esa ayuda al vulnerar el derecho de las naciones para elegir los cauces y las normas legales de la enseñanza que se imparta entre sus fronteras. El texto de la Carta de San Francisco es, sobre este punto, de una claridad absoluta e irrebatible. En su artículo segundo, párrafo séptimo, dice efectivamente: "Ninguna disposición de esta carta autorizará a las Naciones Unidas a intervenir en los asuntos que son esencialmente de la jurisdicción interna de los Estados."
Sin embargo —y entro, ahora, en el terreno de mi tercera interrogación— el respeto de esos derechos no me parece incompatible, en manera alguna, con la necesidad de fijar, de común acuerdo, las finalidades generales de la educación que asegurará la paz. Tales finalidades son, a juicio de mi gobierno, las de suprimir los recelos y los rencores, dominar el odio, estimular la solidaridad humana, compensar el ejercicio de la inteligencia pura con la práctica y la estimación del trabajo manual, ahondar, en la formación del ciudadano, el sentido de que ninguna ciudadanía ha de exaltarse por encima de las obligaciones sociales de la equidad universal y hacer, en suma, de toda educación nacional, respetuosa de las aspiraciones, de las costumbres y de la autenticidad de la patria, una base de apoyo para la cooperación internacional en la independencia y en la justicia.
Ahora bien, salta a la vista que una educación así no sería aconsejable en un mundo en el que siguieran privando los abusos imperialistas, la ley del más fuerte y, bajo formas disimuladas, el orgullo arbitrario de las potencias y los prejuicios de las razas que se creen o se dicen superiores.
Sólo tendremos derecho a hablar de libertad, de igualdad y de fraternidad universales, a condición de que nos hallemos dispuestos todos a cumplir esos postulados; es decir: a condición de que la acción internacional y el pensamiento que surja de estas reuniones no estén en abierta pugna. ¿Cuál será el ideal que inspire la verdadera educación? ¿Un ideal de resignación ante el mal? ¿Un ideal de lucha permanente entre los componentes de la sociedad y de las naciones? ¿O un ideal de unión, fundado en realidades tangibles y en medidas que tiendan, leal y sinceramente, al bienestar de los pueblos? No es posible que una educación sustentada en principios inobjetables dé sus mejores frutos dentro de un sistema económico y político que menosprecie la trascendencia de esos principios. La cuestión ",cómo debemos educar?" está íntimamente enlazada con estas otras: ¿Cómo debemos vivir? ¿Cuál será el régimen del mundo futuro? Y esto es lo que se preguntan millones de seres de todas las razas, de todos los colores y de todas las lenguas; millones de hombres y de mujeres que han sentido, en su carne y en su espíritu, el horror de la guerra y no desean que vuelva a repetirse; millones de hombres y de mujeres que esperan que todos nosotros, los que aceptamos la responsabilidad de pensar y de hablar por ellos, fundemos algo más que una lista de normas y de ideales. Por esa razón, me permitio insistir sobre este punto: hay algo más en la cooperación intelectual que un simple intercambio de conocimientos y de ideas, de profesores y de revistas, de laboratorios y de colecciones de museos. Hay algo más importante que todo eso en la base misma de la cooperación intelectual. Es la cooperación de los intelectuales; la fuerza organizada del mundo de las ideas, para impedir que ocurran de nuevo las monstruosas desviaciones que llevaron a los pueblos a resolver su crisis por la violencia.
Cuando se revisa la educación y se la acusa —a ella sola—de no haber sabido contener a tiempo las pasiones que originaron la última guerra, se revela, en parte, un error profundo. La escuela y el libro pueden hacer mucho, seguramente; pero no pueden hacerlo todo. Si cuanto quieren los pueblos que sus maestros enseñen en las escuelas, lo contradicen después, con sus actos, en el comercio, en la banca, en la diplomacia, en los tribunales y en todas partes ¿qué valor de transformación moral podría jamás poseer la escuela? Si no estuviéramos dispuestos a que la ley de la educación fuese la ley de la convivencia, mejor sería no engañarnos con palabras y con promesas sin contenido. Y, por último, si la organización que proyectamos no contara con elementos para hacerse escuchar en las horas graves, si en sus planes reina
sen la paz, la bondad y el amor para todos los seres sobre la tierra, en tanto que en las resoluciones políticas y económicas imperaran el egoísmo de las facciones, la voracidad de los poderosos y las injusticias y cóleras del pasado, la historia, mañana, podría acusarnos de algo más que de ingenuidad: de una vasta y sórdida hipocresía. Y, debilitadas por un sistema de educación que no hubiese tomado en cuenta la realidad, toda la realidad, las generaciones del porvenir maldecirían, tarde o temprano, nuestra inocencia.
Ningún maestro, ninguna escuela educan más que la vida misma. Y si la escuela educara para la paz, mientras la vida educase para la guerra, no hartamos hombres, sino víctimas de la vida.
No desconozco que estas consideraciones rebasan el marco de las actividades de nuestra asamblea. Pero dichas actividades valdrán lo que valga nuestra determinación para conseguir que cada uno de nuestros gobiernos y nuestros pueblos sienta que todo aquello que acepte en el plano de la cultura lo ha de comprometer, simultáneamente, en los demás planos de su existencia y, más que en otro, en el plano político de los hechos.
Dentro del espíritu de las reflexiones que acabo de formular, México se asocia, señores, a la noble intención que os anima en estos instantes. Y se felicita de que esta ciudad, que en los días más tenebrosos dio una clara lección de heroísmo, inflexible y sobrio, haya sido elegida por las Naciones Unidas a fin de deliberar acerca de los deberes más elevados que nos incumben: los de contribuir, por la educación y por la cultura, a que se estructure una paz sincera, a que se consolide una paz heroica.
Discurso en la Conferencia constitutiva de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Londres, Inglaterra, 2 de noviembre de 1945. |