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Torres Bodet, Jaime. 1949 La ciudadela de los hombres sin uniforme PDF Imprimir E-Mail

Vuestra amabilidad me sitúa ante una de las emociones más hondas de mi existencia: la de advertir, en la síntesis de un instante —y a la luz de la voluntad generosa que os congrega en este recinto—, la pasión con que América se define en favor de la libertad y de la cultura. No puedo atri­buir ni remotamente a los pálidos méritos de mi vida un honor tan genuino como el que me dispensa vuestro consejo. Sé demasiado bien que no soy en estos momentos, para vo­sotros, sino el depositario anónimo de una gran responsabi­lidad moral. Y, lo que más me impresiona es que celebréis que tan gran responsabilidad se haya visto depositada, por una serie compleja de circunstancias, sobre un hombre de este hemisferio: es decir, sobre uno de vosotros, sobre el más sorprendido y modesto de todos vuestros colegas. Celebrar que el peso de ese deber recaiga en un ciudadano de vuestra comunidad, entraña, por una parte, para mí, una exaltación de las obligaciones contraídas; pero, por otra parte, me hace sentir hasta qué punto no estoy aislado fren­te a tantas y tan austeras obligaciones, pues la nobleza con que las apreciáis es el mejor testimonio de la sinceridad con que estáis decididos a compartirlas.

En el fondo, ¿cómo podría no ser así? Si hay algún orga­nismo internacional en el que América puede y debe recono­cerse con todos sus entusiasmos y todas sus aspiraciones, ese organismo es, sin duda alguna, el que surgió, al término de la guerra, para defender la civilización con las armas magní­ficas del espíritu.

Otras manifestaciones interestatales se fundan en el prin­cipio de la ínter pendencia material y política de los pueblos. Para la UNESCO, un principio priva sobre aquel que acabo de mencionar, y es el postulado de la solidaridad intelectual y moral de la humanidad. Ese principio, señores, vivifica todos los trabajos de vuestra Organización y da a nuestro diá­logo de este día el indiscutible valor simbólico que me complazco en reconocer.

Los pueblos, como los hombres, no se asocian fructuosamente cuando no flota sobre sus almas la bandera de una esperanza y cuando no se halla inscrita, en la bandera de esa esperanza, la divisa de un ideal. Ahora bien, ¿qué espe­ranzas y qué ideales pueden solicitar con autoridad tan cimera el espíritu de los pueblos, como la esperanza en la emanci­pación del hombre por la cultura y el ideal de la paz por la educación?

"¡Moral y luces!", reivindicaba desde los Andes, en el amanecer de la independencia del continente, una voz que, por el destino del ser que la sustentaba, nos impone aún a nosotros, sus herederos, todo un régimen de conducta, co­mo si fuera, en sí misma, la voz de la libertad. Moral y luces es el clamor gigantesco de un mundo en crisis. Ayer, el cla­mor de la América en formación. Hoy, el clamor del género humano. Porque, si —en los años épicos de Bolívar— lo que nacía, a través de las ruinas de la Colonia, era un con­cepto nuevo de la convivencia política de los países america­nos, lo que está en gestación —en estos años crueles de la posguerra— es un nuevo concepto espiritual de la convi­vencia de todos los pueblos y del entendimiento de todas las razas.

Ese nuevo concepto no podrá ser un concepto político y económico. O, para ser más exacto, no podrá ser solamente un concepto político y económico. Si las naciones se resig­naran a una limitación de sus ambiciones políticas y a una restricción de sus intereses económicos, ayudarían tal vez a consolidar entre ellas una interdependencia estática, depri­mente para los débiles; pero no avanzarían gran cosa en el camino de la solidaridad dinámica que requiere, para el pro­greso de todos, el bien de todos.

Sin la colaboración de las almas no habrá jamás un acuerdo pacífico entre los pueblos. Una fe es lo que falta, principalmente, a los países desquiciados de nuestra era. Esa fe no podrá ser ya la fe en la riqueza o en el ímpetu de ex­terminio de los ejércitos. Los créditos sobre cuyo fondo habrá de girar el linaje humano, no hay bancos que los po­sean, por enormes que supongamos las reservas de oro de que dispongan. Y las fortalezas tras de cuyo baluarte podrán realizar su vida los hombres en lo futuro, no hay cemento armado, ni piedra, ni acero capaces de construirlas durablemente. Porque la materia vence a la materia. Y lo que se erige con la materia, la materia lo pulveriza.

No; la fe que redima al mundo no podrá ser la fe en los ins­trumentos que inventa el hombre para aumentar su fortuna o su aptitud de dominación, sino la fe en el que inventa y fabrica tales instrumentos; la fe en el hombre. Americanos o africanos, europeos u orientales, hombres somos todos cuantos vivimos, angustiados por controversias minúsculas de prejuicios y de fronteras, de apetitos y de rencores. Hombres que, a menudo, se odian sin conocerse; porque el uniforme con que se visten para pelear es de distinto color o distinta traza del uniforme que llevan, en el combate, los que llaman ingenuamente sus enemigos. Hombres que se en­galanan con uniformes; esto es, con disfraces para morir; pero que viven, cuando no luchan unos contra otros, en una misma vulnerable y patética desnudez. Hombres que la guerra transforma en cifras; pero que la paz arranca de pronto a la secuencia gregaria de los signos y de los núme­ros, para plantearles los mismos problemas individuales ante cuya incógnita esas fuerzas tremendas que los guiaron en el conflicto los dejan solos, como a Edipo frente a la Esfinge.

Contra esa soledad se alza hoy la UNESCO. Porque la UNESCO no seria nada si se contentase con ser una casa internacional para polémicas y discursos. La UNESCO es la casa del hombre sin uniforme, del que no quiere saber por qué pretextos ha de matar a sus semejantes, sino, al contrario, por qué motivos ha de vivir en la comprensión de sus semejantes.

Es cierto, en el presente estado de cosas, la UNESCO tiene forzosamente que sujetarse a todas las cortapisas oficiales que impone siempre una acción intergubernamental. He aquí su servidumbre. Pero he ahí, también, su fuerza. Porque constituye, en verdad, un homenaje supremo a la digni­dad del hombre, como persona, el hecho de que cuarenta y seis gobiernos se hayan reunido para trabajar por el bienestar del hombre, no como agente de expansión o de propa­ganda —de una doctrina o de una cultura—, sino como res­ponsable y beneficiario de un legado común: el patrimonio de la civilización.

En nombre de los valores universales que ese patrimonio concilia, saludo en vosotros, representantes de América, a un hemisferio cuya grandeza puede medirse, precisamente, por su vocación de universalidad integral. El hombre, por cuyo progreso pugna la UNESCO, se halla presente en todas las inquietudes de vuestra historia, como figura en el pórtico mismo de la Constitución que supisteis daros, hace ya un año, en la Conferencia de Bogotá. "La misión de América —dice ese texto, en la primera frase de su preámbulo— es la de ofrecer al hombre una tierra de libertad y un ámbito fa­vorable para el desarrollo de su persona y la realización de sus justas aspiraciones." Si quisiéramos definir la misión de la UNESCO, no encontraríamos —estoy convencido de ello—términos más exactos ni palabras más significativas.

Por eso, durante esa conferencia, a la que nada faltó para suscitar el interés de los analistas, ni el destello de la gloria, ni el incendio de las pasiones, ni la consagración dramática del dolor, os atrevisteis a redactar la primera declaración continental de los derechos de la persona humana, anticipa­ción y promesa de aquella que las Naciones Unidas adoptaron en Paris el 10 de diciembre de 1948.

La UNESCO sabe que mientras no exista en todos los países, como el denominador común de los derechos que esas declaraciones proclaman, una armonía cultural que, res­petando la personalidad de cada nación, dé a los conceptos esenciales en que semejantes derechos se fundan un signifi­cado asequible a todos los pensamientos, su aplicación tendrá que tropezar desgraciadamente con los mismos obstáculos materiales y espirituales que han hecho imposible, a través de la historia, la continuidad jurídica de la paz. La UNESCO sabe que esas declaraciones son, más que nada, en la actual condición del mundo, un programa que sólo podrá realizarse merced a la elevación moral de los hombres y de los pueblos por la cultura. Por eso, una de nuestras mayores actividades está orientada a la difusión educativa de las normas que ofrecen, gracias a esos documentos, una perspecti­va de redención para las generaciones del porvenir.

La paz del hombre será sólo mentira e intermitencia si no luchamos porque se erija como una paz afianzada sobre el respeto de todos los derechos de la persona humana. Hasta ahora, hemos asistido a la tregua de los soldados. Durante siglos, la civilización ha vivido entre hostilidades, con pa­réntesis lánguidos de armisticios. La UNESCO aspira a una paz mejor: la que no se firme con sangre en el campo de las batallas; la que se haga, sin duda muy lentamente —pero la lentitud es seguridad—, en los corazones y en las concien­cias, por la verdad y por la virtud.*

* NOTA. El discurso que precede fue respuesta al que, en nombre de la Organiza­ción de los Estados Americanos, pronunció el Presidente del Consejo Directivo de la misma, don Enrique V. Corominas, quien se expresó en los siguientes términos:

"Este consejo tiene el privilegio de honrarse, de tiempo en tiempo, con la visita de grandes figuras americanas. Pero no todos los días, ciertamente, se reúnen tan afortunadas circunstancias como hoy, con la suya, doctor Torres Bodet. Usted está vinculado a la Organización de los Estados Americanos de modo muy especial y destacadísimo. Su nombre no podrá ser jamás omitido en el recuento de las tareas que dieron por resultado la creación, en la Novena Conferencia Interamericana de Bogotá, de la Organización de los Estados Americanos, tal como hoy la estructura la Carta.

"Otro instrumento vital para nuestra Organización, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, contó con su cooperación decisiva, en la Conferencia de Río de Janeiro. Volviendo a Bogotá, lo mismo puede decirse del Tratado Interamerica­no de Soluciones Pacíficas, y de los demás convenios y resoluciones de la Novena Conferencia. Su paso por la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, fue de una importancia extraordinaria para el desenvolvimiento del sistema de relaciones jurídicas de los Estados del Nuevo Mundo. La tradicional política mexicana de cooperación al panamericanismo tomó en esos días un nuevo vigor y una pasión creadora que todos atribuimos al temperamento generoso del joven, entusiasta y dinámico Secretario. Usted encuentra aquí, en este consejo, no solamente un gru­po de amigos, muchos de los cuales compartieron con usted esas tareas, sino, desde luego, unanimidad en la admiración por su vida, su obra y su patria.

"El consejo honra hoy al antiguo Secretario de Educación de México que logró en breve tiempo realizar una gigantesca tarea en el campo de la educación fundamental y que abrió, con su solo ejemplo, muchas posibilidades en la lucha contra la ignorancia y el analfabetismo en la vida de los pueblos americanos. Honra al diplomático de larga carrera que sirvió con la más clara concepción democrática la política de su patria. Honra al escritor y al poeta americano. Honra al Director General de la UNESCO. Y, por sobre todo, honra al hombre puro, al estadista sin repliegues ni vacilaciones en sus nobles propósitos, al mexicano ilustre, cuya vida de trabajo y estudio ha merecido todas las consagraciones que la política de su patria unas veces, y el conjunto de los pueblos americanos otras, y las organiza­ciones mundiales, le han hecho con toda justicia...

"Las naciones americanas votaron en Beirut con el más sincero entusiasmo por usted para Director de la UNESCO. Se unieron así complacidas al justiciero home­naje que le tributaron todos los Estados afiliados a esta Organización, de la cual esperan todos sus miembros innumerables beneficios. Se daban cuenta, es cierto, de que perdían en la esfera regional un auténtico líder de sus aspiraciones. Pero comprendían que un espíritu como el suyo, que ha demostrado combinar admi­rablemente, en cuidadoso equilibrio, las virtudes de la acción con las de la inspiración, la práctica administración de los negocios públicos con el aliento revolucionario y creador, daría a la UNESCO una conformación más adecuada a la gigantesca tarea que se le ha encomendado, en el más difícil de los campos: el de pacificar al hombre en el origen mismo de la guerra, domesticando sus instintos sin amansar sus fuerzas para el bien y reduciendo, por la educación y la cultura, su capacidad individual o colectiva para desatar el mal sobre la tierra.

"Los Estados Americanos, al igual que los que forman parte de la UNESCO, espe­ran mucho de su dirección. Los grandes problemas de América son de educación, desde la fundamental hasta la universitaria: son de aprendizaje profesional y capacitación de sus masas para el trabajo más eficaz y remunerador; son de aprovechamiento de los recursos de la ciencia para la elevación constante de su nivel de vida. Si la UNESCO desenvuelve programas prácticos en esos campos, como estamos se­guros de que lo hará en esta nueva etapa, ellos serán bienvenidos por los Estados de este hemisferio, que seguirán prestando su mejor aporte y su entusiasmo más sincero a la tarea que ahora está confiada a un americano eminente...

"Usted sabe, señor doctor Torres Bodet, que el consejo, al conocer la noticia de su elección, expresó espontánea y efusivamente su aplauso por esa determinación de la Tercera Sesión de la Asamblea General de la UNESCO, y que desde entonces quiso tener una oportunidad para expresarle directamente esos sentimientos admi­rativos y amistosos.

"Tenemos motivos para manifestar estos sentimientos y consignar estas expre­siones.

"Toda la labor del doctor Torres Bodet tiene una conmovedora resonancia. Cualquiera de sus páginas o el lugar donde se haya escrito, así como cualquiera tri­buna, siempre fue la suya una acción creadora. Su palabra impresa o en verbo abierto a los oyentes, conquistó a sus lectores o a su auditorio.

"Lo mismo al hablar de la madre mexicana hecha símbolo y estatua para defi­nirla como maestra de indulgencia, o lección eterna de piedad, que cuando frente a la luz de los héroes americanos, nos dijera: el mundo sangra por todas sus heri­das, teme con todos los temores, llora con todas las lágrimas; pero la conciencia de América está despierta, como una promesa inefable de días mejores.

"Para quien ha sabido decir que es necesario reconciliar el progreso con la justi­cia, y que es imprescindible hacer de la civilización una redención, este consejo de pueblos americanos mantiene, señor doctor Torres Bodet, una inalterable solidari­dad y un firme afecto."

* Discurso pronunciado en Washington, el 4 de abril de 1949, durante el almuer­zo ofrecido al autor por la Organización de los Estados Americanos.

 
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