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Torres Bodet, Jaime. 1949 Nadie es Bastante rico para comprar un progreso autentico. PDF Imprimir E-Mail

Os habéis reunido para estudiar uno de los problemas más inquietantes de nuestro siglo. Me refiero al analfabetismo de millones de seres a quienes llamamos solemnemente nues­tros hermanos, que lo son por naturaleza y por vocación; sobre cuyos hombros depositamos el peso de obligaciones cívicas no diversas de aquellas que aceptamos nosotros mis­mos y que, no obstante el derecho de todos a la cultura, si­guen esclavos de la ignorancia, excluidos, por la miseria, de la igualdad que las leyes Ies reconocen, víctimas de una si­tuación que no hemos sin duda favorecido, pero de la que seriamos responsables si, conociéndola como la conocemos y confesándola como la confesamos, no hiciéramos nada práctico y efectivo para aliviarla con nuestra ayuda, corre­girla con nuestro esfuerzo y procurar suprimirla con nuestra unánime voluntad.

El 10 de diciembre de 1948, los representantes de todos los países americanos adoptaron en la Asamblea de las Na­ciones Unidas el texto de una declaración que, en su artícu­lo 26, dice lo siguiente:

"Toda persona tiene derecho a la educación. La educa­ción debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la ins­trucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La instrucción técnica y profesional ha­brá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores

será igual para todos, en función de los méritos respectivos."

Nobles palabras. Pero ¿qué valor podemos atribuirles si sólo dentro de los límites de la comunidad latinoamericana millones de habitantes no saben leerlas? En el resto del mundo el problema resulta incluso más angustioso. Más de la mitad de la población del orbe es analfabeta. En la época del avión, de la radio y de la física nuclear, más de la mitad del linaje humano no ha aprendido todavía a leer y a escribir. Cuando hablemos de los derechos del hombre será prudente no olvidar estas cifras trágicas: de cada mil personas, menos de quinientas, aun en condiciones políticas favorables, po­drían reclamar por escrito el respeto de esos derechos. Ni siquiera este dato da una idea cabal de la realidad. La distri­bución del analfabetismo por áreas geográficas dista mucho de ser homogénea. Existen ciertas regiones sin iletrados, y existen otras en las que sólo una minoría limitadísima ha recibido la herencia de la lectura. En zonas que se miden por series de kilómetros cuadrados, no hay quienes sean capaces de poner, al pie de las órdenes que reciben y de los compromisos que asumen, sino el signo de un gran martirio: el símbolo de su cruz.

Creada para defender la paz en el espíritu de los hombres, la UNESCO tiene que preguntarse: ¿Qué paz es la que le in­cumbe preparar y consolidar? ¿La paz del siervo, de quien la renunciación es la sola escuela? ¿O la paz del hombre, del hombre redimible por la conciencia de su destino y por su participación inteligente y activa en la libertad común?

Sin educación para todos, el ideal de la libertad de todos tendría que diferirse como una deuda o discutirse como un engaño. El problema del analfabetismo es, sin duda, un pro­blema de educación. Pero no es solamente un problema de educación. Es un drama público. Nos afecta a todos direc­tamente, en lo económico, en lo político, en lo social. ¿Qué importa? —piensan algunos—. El nivel de la alta cultura suele no hallarse en relación muy estrecha con el número de personas que saben leer y escribir en un país y un momento dados. La Francia de Luis XIV tenía más analfabetos que la Francia de Napoleón III, y no por eso la promoción de los clásicos, como Racine, Pascal y Moliere, fue inferior a la promocion de Thiers, de Renan y de Víctor Hugo. La Espa­ña del siglo XVI leía posiblemente menos, en cantidad, que la España de Isabel II. Sin embargo, en la época de esta reina, España no pudo enorgullecerse con poetas como Lope de Vega, dramaturgos como Tirso de Molina y novelistas como Cervantes. Había más iletrados en la Inglaterra de Shakespeare que en la de Dickens. Y, ello no obstante, ni los diplomas escolares añadieron mérito nuevo a las aventuras de Mr. Pickwick, ni la escasez de escuelas menguó laure­les al autor de La tempestad.

En los términos que preceden, el asunto está mal plantea-do. De ahí las conclusiones equivocadas en que determi­nados espíritus se complacen. Lo propio ocurre cuando se afirma que, en algunos pueblos, los analfabetos son tipos más satisfactorios que aquellos que pasaron por las es-cuelas; cuando se pregunta si es útil una educación consis­tente en dar al analfabeto medios para que lea lo que no vale, acaso, la pena de ser escrito. Y cuando se dice —según lo dijo un gran sudamericano— que el hombre de América no necesita tanto el alfabeto cuanto del arado y del martillo.

Todas estas excusas y, si queréis, todas estas defensas del analfabetismo implican críticas más o menos severas acerca del género de vida que aguarda a los ignorantes cuando, sin dejar de ser iletrados, dejen de ser propiamente analfabetos. Semejantes críticas pueden considerarse plausibles. Pero ¿disminuyen realmente la trascendencia y la urgencia de la cuestión? En todas ellas advertimos una paradójica ligereza, ya que, en lugar de afrontar el problema, se gozan en elu­dirlo.

En efecto, el que haya analfabetos más laboriosos, y más amenos de trato que algunos universitarios, no significa que la universidad sea por fuerza un alambique de pereza y una cátedra de amargura; el que necesitemos de arados y de martillos tampoco implica que estén de sobra los libros o los periódicos. Y el que hayan vivido no pocos analfabetos en los años en que algunas plumas afortunadas trazaron las páginas del Quijote o los alejandrinos de Fedra, no constituyó jamás un motivo, ni mucho menos un estímulo, para que Cervantes imaginara las aventuras del Caballero de los Leones o para que Racine describiera el amor funesto de la ma­drastra de Hipólito. No os pondría yo en guardia contra sofismas tan eviden­tes si no sintiera, día tras día, hasta qué punto en los talentos que nos parecen más penetrantes y dentro de los corazo­nes que se juzgan más firmes está avanzando la errónea idea de que el progreso pueda adquirirse materialmente, como si fuera una mercancía, y que con un poco de capital y un pu­ñado de técnicos hacendosos ahorraremos siglos enteros en nuestra lucha por la civilización. Nada más peligroso que este concepto, sólo comparable en su esquemática vanidad al candor de quien supiera que, comprando un fonógrafo y una buena colección de discos, podría llegar a componer como Bach o como Beethoven.

Nadie es bastante rico —ni los más ricos— para comprar un progreso auténtico y que, en realidad y en derecho, le pertenezca. Los pueblos, como los hombres, han de escoger entre dos caminos: o copiar las fórmulas de un desarrollo económico artificial y, por artificial, transitorio y vano; o desarrollarse esforzadamente tomando cada problema desde su origen, lo que demanda ante todo humildad y tenacidad; es decir —y en todos los planos imaginables— educación.

Habréis oído ya probablemente comentar el Plan de Asis­tencia Técnica que han formulado, junto con la ONU, las di­ferentes instituciones especializadas de las Naciones Unidas. La UNESCO ha colaborado en la preparación de ese plan y, durante su reunión del próximo mes de septiembre, la Conferencia General decidirá acerca del programa y del presupuesto que convendría adoptar para impartir, desde 1950, una ayuda técnica a los países poco desarrollados.

Se trata de una vasta empresa, en la que procuraremos poner lo más encendido de nuestro entusiasmo y lo más efi­caz de nuestra labor. En caso de contar con la aprobación de la conferencia, estudiaremos —de acuerdo con los países interesados— cuáles son sus necesidades más apremiantes, a fin de enviarles misiones, maestros y consejeros, cuya fun­ción consistirá esencialmente en sentar bases prácticas para que, sin contrariar en manera alguna la personalidad cultu­ral de la colectividad, la enseñanza técnica y la investigación científica se desarrollen en condiciones mejores y más fecundas.

Soy un convencido de las ventajas que este plan ofrecerá a muchos pueblos del mundo; pero creo igualmente que nin­guna de esas ventajas será durable si no se atiende en primer lugar a la educación. De ahí la importancia que atribuyo, como Director de la UNESCO, a los trabajos en que ahora participáis. La alfabetización no es un fin en sí misma; pero es un medio. Y uno de los medios imprescindibles de todo programa de habilitación social bien concebido y equilibra-do. No habrá plan de asistencia técnica que no se apoye —y muchas veces directamente— sobre una seria campaña edu­cativa. Y, donde existan grupos cuantiosos de analfabetos, no habrá campaña educativa que no suponga una enérgica lucha contra el analfabetismo.

Los dictadores nazifascistas desencadenaron el tremendo conflicto, del que apenas está emergiendo la humanidad, en función de un principio absurdo: la unidad radical de un ré­gimen imperioso. Los pueblos libres aspiran, en cambio, a una unidad totalmente distinta: la unidad de los ideales hu­manos dentro del respeto absoluto para la originalidad y la diversidad de las culturas. Si queremos obtener esa unidad de los ideales, necesitaremos que la instrucción no se eri­ja como un fuero y un privilegio. Concluida materialmente la guerra, estamos todos comprometidos a organizar y afian­zar la paz. Pero la paz no se organizará nunca de manera durable en un mundo en el que, sin batallas, registramos ya —con angustia— comunidades enteras de hombres ven­cidos de antemano. Porque eso son los analfabetos: víctimas de un combate en el cual no han siquiera participado; testi­gos inocentes y anónimos de una historia que se hace a sus espaldas y, en ocasiones, a pesar suyo; adultos a los que exi­gimos victorias que no tienen ni las armas elementales para ganar, o niños que nutrimos para que sean, cuando crezcan, ciudadanos sólo de nombre.

Años antes de ingresar en la institución a que pertenezco, colaboré en mi país en una campaña nacional de alfabeti­zación. Al llegar el periodo de los exámenes, visité una población rural que los inspectores me habían descrito como

uno de los puntos en que el esfuerzo había sido más insis­tente y más fervoroso. En una choza, bajo un techo de paja, una improvisada maestra enseñaba a leer y a escribir a un grupo de campesinas. Unos metros de tela oscura y mal encerada le servían de pizarrón. Tras de haber hecho leer varios trozos a las discípulas, expresé el deseo de que una, la menos joven, escribiera dos o tres frases, que elegí del cuaderno escolar empleado por la instructora.. Sin vacilacio­nes, la alumna trazó las palabras del texto que le dicté. Me inquietó un poco, más que las faltas de ortografía, cierta mecánica rapidez que podía dar la impresión de un principio de automatismo. Le rogué entonces que escribiera su nom­bre en el pizarrón. En seguida me percaté de que aquélla, para su mano y para su espíritu, era en verdad una prueba nueva. Tomó el gis con recelo y, muy lentamente, letra por letra, comenzó a dibujar su nombre. Cuando hubo termina-do, lo leyó varias veces en voz muy baja. Y, de pronto, ante la sorpresa de todos, se echó a llorar. ¿Qué significaban aquellas lágrimas —que no recelaban, por cierto, ningún síntoma de amargura— sino el pasmo de encontrarse, al fin, a si misma, súbitamente, tras de años que equivalían, por la ignorancia, a una ausencia del propio ser?

En esas líneas, de caracteres toscos y primitivos, se veía ella más limpiamente que en un espejo, con su pobre pasado a cuestas, humilde y dócil. ¿Y no había en aquellas lágrimas de triunfo, para todos nosotros, una enseñanza y un gran perdón?

El tiempo apremia. No es posible dejar a millones de hombres y de mujeres aislados por la injusticia y segregados de nuestra vida por la incultura. Al acudir a este seminario, maestros de América, habéis asumido una responsabilidad ante la que me inclino con respeto y con gratitud.

Que el éxito premie vuestras labores. Pero ¿cómo no auguraros éxito, si la misión que os congrega es tan gene-rosa y si os congregáis, para realizarla, en esas tierras espléndidas del Brasil, de las que dijo Stefan Zweig en una página célebre, que en ellas "por la propia fuerza de la vida, como las plantas de la selva, florece la libertad"?

• Mensaje enviado el 27 de julio de 1949 a los miembros del Seminario de Estu­dios reunido en Quitandinha, Brasil, para examinar el problema del analfabetismo en América.

 
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