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¿Por qué en Estados Unidos sólo se pueden ver
muertos los otros y nunca alguien como ellos? ¿Es que ellos no mueren?
¿Es que son invencibles? ¿Es que quieren ocultar algo a su población?
¿Algo tan básico como que la guerra es destrucción? ¿Por qué nos
afectaban más las muertes de bosnios que los de los más de 60
conflictos actualmente existentes en nuestro planeta?
2003 La lucha contra el imperialismo de Sontag
Susan Sontag (Nueva York, 1933), es una de las escritoras más
influyentes en la cultura norteamericana de las últimas décadas. Su personalidad polifacética y creativa le ha llevado a cultivar el ensayo, la novela, el teatro o el cine y le
ha valido numerosos galardones, como el National Book Award, uno de los
premios más pretigiosos que se conceden en norteamérica y el Premio
Internacional Jerusalén. El nuevo galardón sumado a estos dos no viene
sino a demostrar que el calado de esta escritora no entiende de
fronteras.
La política norteamericana
La voz firme de Sontag ha hablado una y otra vez de su "desprecio" hacia George W. Bush. "Es muy estúpido, pero él no es la persona que hace la política, tiene gente que le rodea que es muy inteligente y que sabe exactamente lo que hace", declaraba Sontag en medio del conflicto de Irak, en el que mantuvo una postura activa y crítica constante.
"¿Os dais cuenta de que Estados Unidos no quiere firmar acuerdos internacionales, ni medioambientales ni de nada, para no limitar su libertad?", preguntaba en cada rueda de prensa donde era llamada. "¿Sabe alguien que sólo el 20% de la población estadounidense votó por el actual presidente?". Sin duda, Sontag no tiene miedo a destapar la verdad y, afortunadamente, la valentía también recibe premios.
Contra Bush y contra Sadam
El criticismo de esta escritora no se resume sólo a los momentos de abuso de poder de EE.UU. sino que su coherencia se mantiene aún cuando es su país el que resulta dañado, así, tras los atentados del 11-S sostuvo que debía reflexionarse sobre por qué había sucedido algo así. Apostaba por entender la agresión, por buscar las causas de la misma. Esta postura le valió durísimas críticas en su país; el precio de la honestidad.
Su compromiso con los conflictos políticos que "adornan" este mundo le llevó a "arriesgar" su vida y vivir varios años en Sarajevo apoyando la causa bosnia en la guerra. No obstante, en el caso de Irak se mantuvo fuera del terreno, pues en ningún momento dejó de criticar la crueldad y el horror de Sadam Hussein. Increible pero cierto: una americana contra Bush y contra Sadam.
Autora de ensayos como "Contra la interpretación" o "La enfermedad como metáfora", Sontag no cree que gente como ella sean las últimas voces críticas: "es tan fácil y complaciente para la gente vieja decir eso, somos los últimos. No es verdad, el trabajo ahora es asegurarse, escribir y luchar para que haya más voces críticas".
ENTREVISTA / SUSAN SONTAG, ESCRITORA (Extraído de la Jornada)
Nada impedirá a EU emprender una guerra contra Irak
Washington utilizó el 11 de septiembre como pretexto para llevar a cabo su proyecto de reconfigurar medio oriente. La nueva política exterior estadunidense no está sujeta al sistema democrático y es "peligrosa", por decir lo menos, asegura
CAROLIN EMCKE Y GERHARD SPÖRL DER SPIEGEL
Detrás de la ya irrefrenable determinación del equipo de George W. Bush de llevar adelante sus planes de ataque a Irak se encuentra la vocación de dominio mundial de una nación caótica y violenta, que favorece la pena de muerte y la posesión de armas en los hogares mientras practica gran variedad de religiones y se empeña en moralizar a otros, señala la escritora estadunidense Susan Sonntag en entrevista concedida al periódico alemán Der Spiegel. El 11 de septiembre, subraya, no hizo sino dar el pretexto para un proyecto cuyo objetivo es reconfigurar Medio Oriente.
-El gobierno de Bush al parecer está totalmente resuelto a librar una guerra contra Saddam Hussein. ¿Usted cree que se pueda impedir el ataque?
-Creo que no hay posibilidad alguna de impedir esta guerra. Incluso aunque se deponga, asesine o exilie a Saddam Hussein, los estadunidenses pretenden ocupar Irak. Están decididos a configurar Medio Oriente de nuevo.
-Hay mucha resistencia en Europa, como han probado las manifestaciones, y sentimientos encontrados en Estados Unidos, como señalan las encuestas.
-Pero véase la retórica del gobierno de Bush. Ese "nosotros" que Bush, Cheney, Rumsfeld y Powell emplean es un "nosotros" mayestático: no es el "nosotros" de la Constitución , el "nosotros el pueblo". Aunque se le pudiera demostrar a Bush y sus asesores que las mayorías rechazan la guerra, su respuesta sería: "Es nuestro cometido ejercer el mando". La política exterior no está sujeta al sistema democrático. Han adoptado una política que es, por decir lo menos, muy peligrosa.
-¿Está sugiriendo que el presidente Bush utilizó el 11 de septiembre como pretexto para ejecutar lo que ya tenían previsto hacer, es decir, invadir Irak?
-Sí. El periodista Bob Woodward refiere en su reciente libro, Bush en guerra , que ya el 12 de septiembre Rumsfeld y su equipo estaban debatiendo la opción de atacar a Irak primero y luego Afganistán. Los sucesos del 11 de septiembre fueron el portal. El personal de asuntos exteriores de Bush advirtió de inmediato que a partir de aquel momento todo era posible: una nueva política exterior, radical, en la que la expansión militar estadunidense podía justificarse como mera defensa propia.
-Ya queda poca de aquella inicial adhesión europea a Estados Unidos por haber sido víctima de atentados terroristas. De hecho, hay en la actualidad una creciente reprobación a la beligerancia estadunidense. ¿Se está abriendo un abismo entre Europa y Estados Unidos?
-Sí, hoy día, cuando Estados Unidos obra con arreglo a esos principios que lo distinguen, que lo han distinguido siempre de las sociedades de Europa occidental, la distancia parece más amplia. La cuestión bélica es sólo la punta del iceberg. Pues si bien Estados Unidos ha cambiado, también Europa ha cambiado en el último medio siglo. Cambiado de manera espectacular. Véase, por ejemplo, la cuestión de la pena capital. La amplia mayoría de los estadunidenses no puede entender siquiera las razones que se oponen a su aplicación. Para ellos, no estar dispuesto a aplicar la pena de muerte implica que no se está dispuesto a castigar a quienes cometen crímenes. Si un ciudadano de un país europeo le responde, "Sí castigamos a los criminales, pero no los matamos", les parecerá una respuesta incomprensible. Otra diferencia es que los gobiernos europeos y sus poblaciones han comprendido la necesidad y sensatez de renunciar a su soberanía en algunos aspectos...
-...como abandonar su moneda.
-Sí. En Estados Unidos el proyecto de ceder parte de la soberanía a un organismo internacional es literalmente inconcebible. Otra diferencia es que Europa es secular, profundamente secular, en cambio la inmensa mayoría de los estadunidenses cree o dice que cree en Dios, y habitualmente asiste a alguna especie de servicio religioso. Estados Unidos es un país anárquico en diversos sentidos y tolera una violencia extraordinaria en su seno. Me viene a mientes el muy preciado derecho a poseer armas y a emplearlas cuando se sospecha una amenaza. Es asimismo un país al que le gusta moralizar. El lenguaje extremado de Bush -nosotros contra ellos, la civilización contra la barbarie, América la buena contra el eje del mal - es muy bien recibido en las provincias de Estados Unidos.
-La resistencia de Estados Unidos a ceder soberanía ¿es la razón de fondo de su talante unilateral, de su rechazo a firmar los acuerdos de Kyoto o a brindar su apoyo al Tribunal Penal Internacional?
-Sí, el grupo de Bush es consecuente. Por qué habrían de integrarse a tratado alguno si eso implica que un día se les impedirá hacer algo que consideran de interés para Estados Unidos. Por principio este gobierno no tiene deseos de firmar tratado o acuerdo alguno.
-Entonces ¿cómo explica el hecho de que Estados Unidos se haya dirigido a la ONU para obtener el respaldo a la guerra contra Irak?
-Sabían que no podían comenzar la guerra al menos hasta marzo. Fue un modo de ocupar los meses necesarios para trasladar las tropas y pertrechos y preparar la invasión. Es evidente que el gobierno de Estados Unidos preferiría contar con la resolución del Consejo de Seguridad para respaldar su invasión, y es muy probable que al final la consigan. Pero la política oficial es que Estados Unidos no se detendrá si no puede obtener dicha resolución. La ausencia de una resolución sólo demostrará, en palabras de Bush, que la ONU es "irrelevante".
-¿Cuál es su postura personal frente a la guerra? ¿Se considera pacifista?
-Como casi todas las personas que conozco, participé en la enorme manifestación en Nueva York. Sin embargo, no soy pacifista. Estoy en contra de esta guerra en particular. Pero no pienso que recurrir a la fuerza armada sea injustificable siempre y en toda circunstancia.
-En Bosnia y en Kosovo, por ejemplo, ¿la guerra era lícita?
-Sí, me parece que la intervención de la OTAN -para impedir la agresión a Bosnia- estaba justificada. El propósito era poner fin a una matanza terrible, y en efecto cumplió con ese propósito. Lo lamentable es que esa mínima aplicación de fuerza habría podido terminar con aquella guerra dos años antes. Pues cuando las bombas cayeron finalmente, en agosto de 1995, no murió ni una sola persona que no combatiera. Pero ello no detuvo a Milosevic, que entonces se dirigió a Kosovo. Por desgracia muchos ciudadanos de Kosovo murieron durante los bombardeos de la OTAN.
-¿Dónde comienza su desacuerdo con la guerra contra Saddam Hussein?
-Comienza reconociendo la complejidad de la posición con- traria a la guerra. Saddam Hussein es un dictador de una perversidad sin límites que ha causado la muerte de cientos de miles de personas en su país. La invasión a la que me opongo acaso la reciba con beneplácito buena parte, si no es que casi todo, el pueblo iraquí.
-Entonces ¿por qué se opone a esta guerra ?
-Porque hay muchas otras opciones. Siempre hay otras opciones frente al bombardeo de las ciudades. Por ejemplo, los estadunidenses -por diversas razones evidentes- no van a bombardear Pyongyang, aunque Corea del Norte sea mucho más provocador que Irak en lo que se refiere a la posesión de "armas de destrucción masiva". Los estadunidenses no tienen que bombardear Bagdad o ninguna otra ciudad. Habrá una guerra porque se proponen invadir Irak. Sin duda no tienen intención de ocupar Corea del Norte.
-Desde la guerra de Vietnam los estadunidenses han estado obsesionados con el trauma de combatir en una guerra injusta o impopular. ¿Por qué no sigue obsesionándoles su fracaso en Vietnam?
-Por la carencia de una oposición política viable. En efecto, ya no hay dos partidos políticos en Estados Unidos. Sólo nos queda uno, el Republicano, una de cuyas ramas se denomina a sí misma Partido Demócrata. Hay suficientes opositores entre diversos sectores del electorado, pero esa gente no está representada en el sistema político. En los años 60 y 70 aún tenía lugar un debate abierto y vivo sobre las cuestiones fundamentales de la política nacional y extranjera entre quienes eran elegidos a los cargos públicos. Hoy día hay un acuerdo en lo esencial.
-Justo después del 11 de septiembre usted publicó un comentario que indignó a muchos estadunidenses. Se le amenazó de muerte y fue vilipendiada en la prensa. Se le llamó Osama Bin Sontag , se hicieron llamados para que se le despojara de su ciudadanía y se le deportase, entre otros. ¿Cómo explica esta reacción?
-Bien, después del 11 de septiembre el lema fue "Unidos resistimos". Por lo que a mí se refiere aquel lema significaba: No pienses, sé un buen patriota y haz lo que te ordenemos.
-La casualidad quiso que usted estuviera el 11 de septiembre en Berlín, donde tenía prevista una visita de unas semanas, y no en Nueva York, donde reside habitualmente. ¿Ese hecho cambió las cosas?
-Sí, lo que escribí. Escribir desde Berlín implicaba que, como casi todo el mundo, estaba viendo las imágenes transmitidas por televisión, y no desde el techo del edificio de apartamentos donde vivo, desde el que se podía ver el World Trade Center. El resultado -un buen resultado, me parece- fue que me concentré en cómo se estaba difundiendo el atentado y cómo se le integraba a una ideología de la superioridad y la presunta inmunidad de Estados Unidos, en lugar del patetismo y el horror propios del suceso. Si hubiese estado en casa, en Nueva York, no habría buscado que la televisión me suministrara idea alguna sobre las implicaciones del atentado.
-¿Qué aspecto de lo que escribió perturbó a algunas personas?
-Lo que parece haber perturbado casi a todos fue la afirmación de que si bien el atentado era sin duda un crimen terrible y absolutamente reprensible, no era verdad -como después se afirmó a menudo justo- que los terroristas habían sido unos cobardes. La gente infirió que yo estaba elogiando o al menos condonando a los terroristas. Eso es absurdo, claro está. La afirmación de que un criminal puede ser valiente no equivale a afirmar que sus acciones son válidas en el terreno moral. Coincido con Aristóteles en que la valentía, si bien es una virtud, no es una virtud moral. También censuré la descripción según la cual el atentado terrorista había sido contra la civilización misma.
-¿Qué piensa acerca de la opinión, frecuentemente expresada, de que el 11-S se inscribe en el choque de culturas o civilizaciones?
-Seré cautelosa en un empleo tan beato de la palabra civilización. Pero sí, sin duda hay un choque de valores que se centra en el proyecto de la modernidad. Una parte esencial de ese proyecto consiste en la emancipación de la mitad de la humanidad a la que por casualidad pertenezco: las mujeres. El radicalismo islámico atrasa el reloj para las mujeres. Vivo en la parte del mundo en la que se sostiene que éstas deberían tener idénticas oportunidades y responsabilidades que los hombres. Claro, todos los fundamentalismos religiosos son perniciosos para las mujeres en alguna medida. Pero su represión y sometimiento es mucho más grave en el fundamentalismo islámico: una corriente radical que irriga todo el Islam, afecta cada vez a más personas y se sustenta en los sentimientos encontrados respecto de la modernidad. Los hombres musulmanes están siendo movilizados en todo el mundo para protestar contra la injusticia, el fracaso económico, la ineptitud política y la corrupción de sus propios países, a fin de convertirlos en soldados en una guerra religiosa cuyo frente más importante no es el imperialismo de Estados Unidos, sino la guerra contra las mujeres.
-¿No es ése también un motivo razonable para que el gobierno de Bush restructure Medio Oriente para hacerla una región más democrática?
-Pero ¿será acaso más democrática? Claro, muchos iraquíes no quieren otra cosa que el derrocamiento de ese dictador execrable, y espero en verdad que Saddam Hussein sea depuesto y se le dé muerte. Pero no mediante una invasión estadunidense a Irak, la cual supone la muerte de muchas personas que no combaten. Los iraquíes ya han sufrido bastante.
-¿Qué consecuencias de la invasión le preocupan más?
-Una consecuencia que podría darse por hecho, si los estadunidenses prosiguen con su guerra, es que habrá más terrorismo en el extranjero. Otra es que las fuerzas seculares se debilitarán aún más. Aunque Hussein es en verdad el monstruo que todos dicen, tal vez lo único ventajoso sea que es un monstruo secular. Su remoción del poder de este modo podría conducir a un régimen fundamentalista. El radicalismo islámico como fuerza política tiene eco a lo largo y ancho del mundo. Claro, no puede "derrotar" a Estados Unidos en el sentido militar. Pero puede poner en peligro las libertades democráticas por doquier, y producir una nueva suerte de guarnición o sociedad militarizada en la que cada cual se acostumbre a vivir bajo la amenaza de lo que ahora denominamos "terror".
-Muchas gracias por esta conversación.
Entrevistadores: Carolin Emcke y Gerhard Spörl, de Der Spiegel.
Copyright Susan Sontag 2003.
Traducido del inglés por Aurelio Major
Discurso al recibir el Premio Príncipe de Asturias
"Sans un idéal inaccesible, point de vocation authentique".
Marcel Bénabou
"La índole más alta de moralidad es no sentirnos como en casa en el propio hogar".
T.W. Adorno
La concesión de un premio crea una situación inusitada. Quienes lo otorgan están obligados a creer que su decisión ha sido la óptima. Quienes lo aceptan están obligados a creer que se lo merecen. Ambos supuestos, en una circunstancia determinada, podrían ponerse en entredicho.
Estos discutibles supuestos son aún más dudosos si el premio no se otorga a una actividad cuyo mérito puede medirse con más o menos objetividad, como el deporte o la ciencia, sino al dominio de la cultura, las artes y el pensamiento.
En éste, el mérito parece resistir la medición objetiva. En efecto, parece que, en las artes, el único juicio seguro es el de la posteridad; con ello quiero decir el juicio emitido dos o tres generaciones después de que la obra está concluida y su autor ha desaparecido.
Mueve a la humildad saber que, de todos los libros encomiados, de los libros tenidos por parte genuina de la literatura, y publicados, digamos, en cualquier decenio en particular -nunca más de cinco a diez por ciento de las novelas, la poesía y el ensayo serios publicados en el periodo-, sin duda no más de uno por ciento en efecto perdurarán, es decir, su interés será permanente, parecerán valiosos, aún los disfrutarán las generaciones venideras y merecerá la pena leerlos y releerlos.
Nadie puede predecir el juicio de la posteridad -que en última instancia es el único que cuenta- acerca de una obra literaria o artística en particular. Por lo que en este sentido toda distinción en el ámbito de la cultura sólo puede expresar un reconocimiento condicional que espera su confirmación o refutación posterior. No obstante, esos galardones nos parecen menos problemáticos si pensamos que manifiestan algo más que reconocimiento o fe en los logros de cualquier escritor o artista. Manifiestan una fe en la propia actividad.
Por lo tanto, la mejor reflexión que puede hacerse sobre un premio literario significativo es que afirma la importancia, la gloria (si se me permite una palabra tan grandilocuente), de la literatura misma. Éstas son al menos mis reflexiones en ocasión tan destacada, en la que he sido distinguida como una de las dos merecedoras del Premio Príncipe de Asturias de Letras.
Cuando pienso en la literatura, en la infinitamente diversa aventura de afanarse con el lenguaje para contar historias y transmitir el conocimiento profundo en el que me he anclado, comprometido, durante toda mi vida como persona moral y consciente, pienso en un amplia escala de valores que en realidad son metas o modelos con los cuales juzgo mis actividades personales y literarias.
En un sentido, el empírico o fáctico, la literatura es meramente la suma de todo lo escrito y tenido por literatura. En otro sentido, el ideal, la literatura es la suma de todo lo que mejora, enaltece y hace más necesaria la actividad literaria.
En esta segunda y más valiosa acepción, la literatura honra -y representa- metas ideales en sentido estricto. Es decir, nunca alcanzadas del todo. Sin embargo, son aún más irresistibles y ejercen mayor autoridad como ideales precisamente porque resulta muy difícil mantenerlos.
Alguien podría rechazar, como una suerte de enternecedor disparate, lo que me propongo encomiar aquí. Pero yo no lo veo así en absoluto. Estas normas morales, estos ideales, no son una ilusión.
Imaginemos la literatura como una utopía... un lugar en el que imperan los modelos más encumbrados, casi inaccesibles. Se pueden deducir unas cuantas normas de una interpretación determinada de la literatura, de la que importa, que sigue importando durante decenios, generaciones y, en pocos casos, durante siglos.
Ésta es mi utopía. Es decir, aquí están los modelos que infiero o me parece que sustenta la empresa de la literatura.
Uno. Las actividades literarias (la escritura, la lectura, la enseñanza) son una vocación ideal, una prerrogativa, más que una simple carrera, una profesión, que se sujeta a las nociones comunes de "éxito" y al estímulo financiero. La literatura es, en primer lugar, una de las maneras fundamentales de nutrir la conciencia. Desempeña una función esencial en la creación de la vida interior, y en la ampliación y ahondamiento de nuestras simpatías y nuestras sensibilidades hacia otros seres humanos y el lenguaje.
Dos. La literatura es una arena de logros individuales, de méritos individuales. Esto implica que no se confieren premios y honores al escritor porque representa, digamos, a las comunidades débiles o marginadas. Esto implica que no se hace uso de la literatura o de los premios literarios para respaldar fines ajenos a ella: por ejemplo, el feminismo. (Hablo como feminista.) Esto implica que no se reparten recompensas a los escritores como medio de pagar consecutivo tributo a la diversidad de las identidades nacionales. (Así es que si los mejores tres escritores del mundo son, por ejemplo, húngaros, entonces lo ideal es que los jurados de los premios no se inquieten porque los húngaros reciben demasiados galardones.)
Tres. La literatura es primordialmente una empresa cosmopolita. Los grandes escritores son parte de la literatura mundial. Deberíamos leer a través de las fronteras nacionales y tribales: la gran literatura debería transportarnos. Los escritores son ciudadanos de una comunidad mundial, en la que todos aprendemos y nos leemos los unos a los otros. Si consideramos que cada logro literario significativo es, en última instancia, parte de la literatura del mundo, nos hacemos más receptivos a lo foráneo, a lo que no es "nosotros". El poder característico de la literatura es que nos deja una impresión de extrañeza. De asombro. De desorientación. De que nos encontramos en otro lugar.
Cuatro. Las diversas pautas de excelencia literaria, en el seno de las literaturas en todos los idiomas y en la gama entera de la literatura mundial, son una lección cardinal sobre la realidad y la conveniencia de un mundo que aún es irreductiblemente plural, diverso y variado. El mundo pluralista actual depende del predominio de los valores seculares.
Es posible, desde luego, exponer lo que denominamos modelos de un modo más enérgico (y acaso más controvertido), como antipatías, como negativas. Así es que, para enunciar de otra manera lo que acabo de decir:
Uno. Desprecio a los valores mercenarios.
Dos. Aversión a hacer uso principalmente instrumental de los escritores; por ejemplo, celebrar a los autores sobre todo en calidad de representantes de comunidades que se imaginan marginadas, con el fin de manifestarles su apoyo.
Tres. Cautela ante el filisteísmo cultural que se encubre con la aplicación de los valores democráticos en materia literaria. Desconfianza permanente de las afirmaciones nacionalistas y las lealtades tribales.
Cuatro. Eterno antagonismo contra las fuerzas represivas y la censura.
Estos son en efecto valores utópicos. No se han cumplido. Pero la literatura, la literatura en su conjunto, aún los encarna. Aún estimulan a los escritores. Aún nutren a los lectores, a los verdaderos lectores. Y es también lo que celebra todo premio literario importante.
Por estos valores me honra que la Fundación Príncipe de Asturias me haya elegido como una de las galardonadas con este destacado premio.
Reportaje de Susan Sontag con LA NACION : una mirada sobre la sociedad de EE.UU.
"La gente tiene mucho miedo de tener un punto de vista crítico"
La prestigiosa novelista afirmó que el pueblo norteamericano no sabe lo que significa la guerra * Acaba de publicar "Ante el dolor de los demás", donde indaga en las imágenes de los conflictos bélicos * Dijo que en Irak hubo una manipulación atroz * Lamenta que no exista oposición La escritora norteamericana Susan Sontag no ha bajado un decibel en el tono de sus críticas a George Bush. Un hombre, dice, entronizado en el gobierno "gracias a un fraude electoral", cuyo entorno viene manipulando de manera aberrante a la opinión pública norteamericana. El fin -sostuvo en un diálogo telefónico con LA NACION- no es otro que el afán hegemónico y marcial, madurado durante una década para que el país haga valer, con toda su fuerza de gigante dormido, su predominio indiscutido en el mundo. El concepto no es nuevo. Pero habla de la coherencia de quien ha sido una de las primeras voces en señalárselo al mundo. "Los hombres y, EE. UU. en particular, no saben lo que es la guerra, por eso se precipitan en ellas", es la premisa que emerge de su último ensayo: "Ante el dolor de los demás", una profunda indagación sobre la correspondencia entre las imágenes de guerra y la realidad de los conflictos bélicos. Sontag, que hace un lustro se sobrepuso a un cáncer fulminante -el segundo que ha padecido-, cuenta que esa experiencia la está empujando a escribir una profunda meditación sobre la agonía del cuerpo en la enfermedad. Mientras, concluye también otro trabajo de ficción. Reciente ganadora del premio Príncipe de Asturias de las Letras y autora de "En América", donde expone una mirada desencantada sobre el sueño americano en el siglo XIX, Sontag, de 70 años -feminista, visceral defensora de la libertad, vinculada sentimentalmente con la fotógrafa Annie Leibovitz-se exime de que la sindiquen como intelectual. "Simplemente, soy una escritora de ficción-dice-, la forma más profunda de cualquier forma de escritura". -Usted que vivió en una guerra en Vietnam y en Bosnia, y se sobrepuso a la muerte, ¿por qué reflexiona sobre el dolor a través de las imágenes? -No suelo hablar de mí, pero el origen de este libro es muy personal. Salió de mi propia experiencia de tres años en Sarajevo. Viví y trabajé bajo un bombardeo constante, con su ruido ensordecedor. El hotel destruido, que compartía con periodistas de todo el mundo, a cuadras de un puesto de ataque serbio, no tenía ningún servicio. Los periodistas debían salir de la ciudad para poder transmitir la información. Vívía en una ciudad sin imágenes de lo que estaba experimentando. Uno las veía recién al salir de allí. Empecé entonces a preguntarme qué es lo que uno entiende o sabe sobre cosas que nunca ha experimentado. Y qué se supone que uno debe sentir ante imágenes atroces, como las de la guerra. -¿Cómo la vivió usted? -La guerra es muchas cosas. Como cualquier experiencia fuerte y determinante, es muy diferente a la idea formada por las imágenes que uno ve. De allí mi pregunta sobre qué significa enfrentarse a un bombardeo de imágenes sobre lo que uno no ha experimentado. ¿Cuál es su impacto? ¿ Es la indiferencia, a la larga? -¿Ha sido ésta su forma de crear conciencia sobre el hecho de que los hombres y las naciones se precipitan en sucesos que no logran comprender? -Absolutamente. ¿Cómo se entiende sino que los americanos piensen que estamos liberando Irak?...Este libro es una invitación a estirar la propia imaginación y compasión, a entender una realidad que no es la de uno. Tenemos que vivir nuestra propia vida, pero estar atentos para que nuestro silencio o nuestra falta de entendimiento no convaliden acciones que destruyen al otro. Hay que ser más escépticos frente a lo que uno escucha y piensa que entiende. -¿El pueblo norteamericano extrajo algún aprendizaje de la lección que dejó descubrir ciertas mentiras sobre las causas de la guerra contra Irak? -No. Se necesita mucho más que una mentira para hacer reaccionar al pueblo norteamericano. Ha habido una manipulación atroz. Les han dicho que EE. UU. ha sido atacado, que tenemos enemigos. Para la gente, éste es un gigante herido, que siente pena de sí mismo. La gente siente que criticar al gobierno no es patriótico. -¿Es el dolor del pueblo americano después del 11 de septiembre la razón de la perdida de sentido critico ante la realidad? -No; los norteamericanos no están heridos, no sienten dolor para nada, salvo los que perdieron sus afectos. Hay un grupo de gente que hace diez años se propuso cambiar de manera radical el orden mundial, para que EE. UU. pueda invadir cualquier país que desee. Esto también incluye las restricciones a las libertades civiles de los norteamericanos dentro de su propio país. Esto no es una respuesta al dolor. -¿Los resultados de la posguerra, su propia vulnerabilidad, no debilitaron la adhesión a esta visión imperial? -Para nada. Los norteamericanos todavía no pueden entender que pueden ser peores que el resto, y eso que hay elementos a la vista, como los contratos en Irak. La doctrina hegemónica continúa tan vigente y popular como cuando se la conoció: los enemigos de EE. UU., tarde o temprano, serán eliminados. Ahora, ¿qué podría despertar la conciencia de los norteamericanos para frenar nuestro ingreso en la barbarie? Una oposición, algo peligrosamente ausente. -¿La tradición antiintelectual que usted siempre señala en los norteamericanos se ha exacerbado?¿ Qué margen hay para un disenso como el suyo? -La mía es una voz de la minoría que irrita mucho. Por eso recibo amenazas de muerte por todos los medios. Es verdad que hay mucha menos tolerancia para el disenso. La gente tiene mucho miedo de tener un punto de vista crítico, sobre todos los maestros, y en todos los niveles; un sector estratégico para crear conciencia y pensamiento crítico a futuro. Medios como The New York Times son sólo parcialmente críticos. - Ha dicho que su pensamiento y su trabajo está lleno de contradicciones. ¿Como intelectual cómo enfrenta esa realidad? -No pienso en mí como una intelectual, sino como una escritora de ficción, la forma más profunda de la escritura. Y la vida está llena de contradicciones, sería demasiado artificial tratar de anularlas. Enfrento la vida tal cual es: siempre densa, agobiante y contradictoria. Jamás trato de simplificar las cosas. Intento honrar esa complejidad, respetarla y estar a su altura. Los políticos simplifican; los escritores deben mostrar cuán complicado es todo. Entonces, la contradicición no es mi problema. Es mi desafío. Es bueno poder mostrar que las cosas son más complicadas de lo que la gente habitualmente piensa. -¿Es cómodo vivir con esas premisas? -Es más que placentero. ¡Es un gran privilegio! Porque amo la intensidad en todas sus formas. Por Loreley Gaffoglio De la Redacción de LA NACION
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