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Memoria Política de México

Agustín I, emperador de México, abdica al trono.

Ante las presiones e inconformidad que provoca su gobierno y la sublevación de Santa Anna con el Plan de Casa Mata abandona el gobierno... 20 Mar 1823 Leer mas

Madero, Francisco I. La Sucesión Presidencial en 1910.(Síntesis) PDF Imprimir E-Mail

Principiaré por estudiar las causas que han traído sobre nuestro país el actual régimen de centralismo y absolutismo, a fin de no volver a recaer en aquellas faltas, que tan funestas consecuencias nos han acarreado.

Estas causas no fueron sino las continuas revoluciones, que siempre dejan, como triste herencia a los pueblos, las dictaduras militares. Desde la guerra de independencia han sido funestas para la República las continuas asonadas y revoluciones de insubordinado elemento militarista, que ha sido la verdadera rémora para que el país marche rápidamente a sus grandes destinos, impulsado por las prácticas democráticas.



No es tan difícil que se implanten en un país nuevo las prácticas democráticas, y para que en México y en las demás naciones hispanoamericanas se haya luchado tanto para lograrlo, y ello no ha sido por la ignorancia del pueblo, sino porque después de las grandes guerras siempre les queda a los países victoriosos la pesada carga de sus salvadores, que muy caro hacen pagar sus servicios, y los que aprovechan la situación para explotarla impúdicamente en su favor.

A consecuencia de nuestra larga era de guerras intestinas, en la cual no se conocía más derecho que el del más fuerte, al fin tuvimos que caer bajo el dominio del más poderoso y afortunado de los militares de aquella época, que estableciendo una dictadura bajo las formas republicanas, ha logrado extirpar de nuestro suelo el germen de las revoluciones, pues al militarismo lo ha logrado desprestigiar con 30 años de paz y al pueblo le ha hecho crearse intereses materiales de tal cuantía, que constituyen un factor importantísimo para alejarlo de las revueltas.

Cuando la dictadura se establece en el fondo y no en la forma, cuando hipócritamente aparenta respetar todas las leyes y apoyar todos sus actos en la Constitución, entonces va minando en su base la causa de la libertad, los espíritus se ven oprimidos por una mano que los acaricia y que es pródiga en bienes materiales, y entonces se doblegan. Entonces cunde el servilismo, que es considerado como una de las formas de la cortesía, como el único medio de satisfacer todas ambiciones que quedan cuando se ha matado la noble ambición de trabajar por el progreso y el engrandecimiento de su patria.

El pueblo mexicano que antes era sumamente turbulento, es ahora el más pacífico de todos los pueblos de la Tierra, y no solamente se respeta con gusto la ley, sino que hasta respeta servilmente el principio de autoridad.

Por otra parte, ningún gobierno había llegado a tener la gran estabilidad y duración que ha tenido el actual.

El hecho que quiero resaltar es el relativo a los grandes males que sufren los pueblos por dejarse dominar por un solo hombre, el peligro que corren tan grande de que esto suceda después de guerras en que las armas nacionales resultan victoriosas, la frecuencia con que ha pasado tal cosa en todos los pueblos del mundo, y, por último, que el militarismo ha sido siempre el enemigo de la libertad, y el principal obstáculo para el funcionamiento de la democracia, y no la ignorancia de los pueblos.

Debemos hacer a un lado ese grosero pretexto que han invocado siempre los tiranos para oprimir a los pueblos, que no están aptos para la libertad, y convencernos de que aquí en México hemos sufrido las consecuencias que invariablemente nos presenta la Historia después de las grandes guerras. Una vez vencido el enemigo extranjero, ha sido necesario pagar caramente los servicios a los generales afortunados; por eso pusimos la corona en las sienes de Iturbide.

Por una gratitud más merecida, pero igualmente ciega, se quiso premiar a los demás caudillos de la Independencia con la silla presidencial, o bien ellos lo exigieron con la espada en la mano, como Guerrero y Bravo.

Aprovechando el estado caótico que resultó de las asonadas promovidas por aquellos eminentes patriotas, una turba de antiguos caudillos, muchos de ellos patriotas de última hora, turbaron constantemente la tranquilidad de la República con sus frecuentes asonadas, dando por resultado que el más afortunado, o el más hábil militar, era el que ocupaba la silla presidencial, convocando algunas veces a elecciones para el nombramiento de representantes, pero disolviendo las asambleas que constituían éstas tan pronto como no respondían servilmente a sus miras.

De que un hombre, militar o no militar, toma el funesto camino de las revoluciones para escalar el poder, deben sernos sospechosos todos sus actos, debemos desconfiar de sus promesas, por más halagadoras que nos parezcan.

Al hablar de militarismo y de los males que éste ha causado a la Nación, nos referimos exclusivamente a los militares insubordinados, sin conciencia, que han abrazado la noble carrera de las armas, no con el fin levantado de defender a su patria, sino con el de llegar a dominarla, para satisfacer sus pasiones ruines, su insaciable ambición.

Al término de la intervención francesa, uno de los problemas que de más difícil solución se presentaba al gobierno del señor Benito Juárez, era que una vez terminada la guerra, tenía un ejército demasiado numeroso para las necesidades de la Nación en tiempos de paz, y que era imposible de sostener debido a la escasez de recursos de todas clases.

Para resolver tan arduo problema, el señor Juárez convocó a una junta a todos los generales victoriosos, y en ella se acordó licenciar una parte del ejército, con su oficialidad respectiva.

Este elemento, que inesperadamente se encontraba en la calle, sin recursos para su subsistencia, y después de haber por tanto tiempo vivido en el campamento, tenía que ser un elemento peligroso para la tranquilidad pública, y estaba siempre listo para secundar cualquier levantamiento que le proporcionara los medios de subsistencia a que estaba acostumbrado.

El general Porfirio Díaz, después de retirarse del servicio, lo cual logró por sus reiteradas instancias, porque el señor Juárez no quería privarse de sus importantes servicios, empezó a conspirar contra el gobierno, reuniendo a su alrededor parte de esos oficiales que estaban descontentos porque los habían desbandado. No tardó en levantarse en armas contra el gobierno constituido, proclamando el principio de no-reelección, según podía verse por la proclama que de su hacienda de La Noria lanzó a la Nación en noviembre de 1871.

Los principios que se proclamaban y los cargos que se hacían al gobierno en el Plan de La Noria, sólo eran pretexto para quitar del poder al señor Juárez, porque cambiar la Constitución en el sentido que lo deseaba el general Díaz no se necesitaba apelar a las armas, puesto que ella misma indicaba cuáles eran los trámites legales para reformarla; y el general Díaz y los demás descontentos que lo siguieron, tenían bastante prestigio para haber logrado que triunfara ese principio, iniciando una campaña democrática, enérgica y sincera.

Pero no es a militares ambiciosos a los que se ha de hablar de prácticas democráticas, ni de la fuerza del derecho; para ellos, no hay más derecho que el de la fuerza.

A la muerte del señor Juárez, el general Díaz logró vencer a Sebastián Lerdo de Tejada. Y es que la Nación no tenía aún bastante experiencia para saber cuán poca confianza deben inspirarle los ofrecimientos que le hacen sus hijos, cuando tenían las armas, pues desde que esto hacen, desconocen sus más sagrados intereses hollando los grandes principios de fraternidad y de justicia, ensangrentando sus campos, destruyendo sus ciudades y por todas partes sembrando llanto, luto y desolación.

Observamos que en todos los actos del gobierno del general Díaz, desde que ocupó la silla presidencial, todos han tendido a asegurar su permanencia en ella: pero no ha ido a su objeto brutalmente, con audacia, sino que ha procedido con cautela suma, valorizando con calma la importancia de los obstáculos que se atravesaban en su camino, los cuales procuraba más que vencer, hacer a un lado; en cuanto a las personas que se oponían a su política, siempre ha principiado por intentar seducirlas, atraerlas a su lado, ofreciéndoles puestos públicos de importancia o proporcionándoles el modo de enriquecerse fácilmente; sólo con los irreductibles, con los que no han querido doblegarse, que han rechazado toda capitulación, ha empleado del rigor; a unos los hizo abandonar el suelo patrio, otros lo abandonaron por sí solos; algunos fueron nulificados valiéndose para ello de una paciencia, de un arte en el que nadie le supera; por último, algunos, los menos por cierto, han desaparecido de la escena política y por medio de procedimientos cuya legalidad es muy discutible.

Por este motivo se ha descrito gráficamente la política del general Díaz en dos palabras: "pan o palos".

Como lo que siempre ha importado al general Díaz es que no se opongan a su política personal, ha sido sumamente tolerante en cuestiones de principios, y con los brazos abiertos recibe en sus filas a liberales y conservadores, y ha puesto en vigor la política de conciliación con el clero, la cual ha dado muy buenos resultados en el sentido de borrar odios antiguos, pero en cambio ha sido irreconciliable con los que han seguido siendo partidarios del hermoso ideal que él mismo proclamó en el Plan de Tuxtepec: la no-reelección.

En México se ha instaurado el poder absoluto.

La mejor prueba de que un país está gobernado por un poder absoluto, es que no hay oposición ostensible, que no existen partidos políticos, que la prensa independiente apenas existe y es muy tímida, y por último, la más concluyente de todas, es que los funcionarios públicos resultan siempre electos por unanimidad de votos, y que con la misma unanimidad aprueban las cámaras los actos del gobierno.

Por el contrario, en los países más bien gobernados, donde hay más libertad, donde el progreso es más patente, es donde existen poderosos partidos políticos que hacen oposición a los actos del gobierno que no están de acuerdo con los ideales que ellos persiguen.

Los efectos invariables del poder absoluto han sido sumir a los pueblos en la oscura noche de la ignorancia, del fanatismo, haciéndoles perder la noción de su dignidad, haciéndoles olvidar el amor a la patria.

El poder absoluto es el mayor azote de la humanidad a pesar de que en muchos casos, son hombres verdaderamente notables y bien intencionados los que lo ejercen. Para que el poder absoluto exista, es necesario que no haya libertad, que los pensadores tengan que permanecer silenciosos porque no se les permite publicar el resultado de sus meditaciones.

El resultado de esto es que las faltas que cometen los gobernantes pasan inadvertidas. Esas faltas, al repetirse con frecuencia, llegan a constituir el régimen normal, y a nadie le extrañan; y por último llega a acostumbrarse la multitud, amoldando su criterio, su carácter, al medio en donde se desarrolla. Entonces los que hablan de la verdad son considerados por el público como desequilibrados, y por el gobierno, como conspiradores.

En nuestra patria, tiene su origen el poder absoluto en las guerras intestinas y en las grandes guerras extranjeras, pues, como ya hemos visto, cuando un país sostiene victoriosamente alguna guerra extranjera, le queda la pesada carga de recompensar a sus héroes, así es que, aquí en México, está estrictamente ligada la idea del poder absoluto, a la de militarismo, porque éste ha sido la causa de aquél.

Desde luego, el poder absoluto nos presenta en su abono el gran desarrollo de la riqueza pública, la extensión considerable que ha dado a las vías ferrocarrileras, la apertura de magníficos puertos, la construcción de espléndidos palacios, el embellecimiento de nuestras grandes ciudades, y sobre todos eso la paz de que hemos disfrutado por más de 30 años y que según parece, ha echado hondas raíces en nuestro suelo.

En cambio el actual régimen de gobierno nos presenta un pasivo aterrador, pues ha acabado con las libertades públicas, ha hollado la Constitución, ha desprestigiado la ley que ya nadie procura cumplir, sino evadir o atormentar a sus fines particulares, y por último, ha terminado con el civismo de los ciudadanos.

Si seguimos por el mismo camino y el pueblo no interviene para nada en el nombramiento de sus mandatarios, corremos el gravísimo peligro de que se establezca entre nosotros de un modo definitivo el régimen del poder absoluto, cuyas consecuencias son funestas.

La dictadura del general Porfirio Díaz ha sido una dictadura militar, pero honrada y a pesar de eso, se han cometido grandes abusos y faltas trascendentales; las costumbres se han viciado, el pueblo ha perdido sus energías y la ley su prestigio. ¿Qué sucederá cuando venga la serie de sus sucesores, envileciendo a la Nación con sus vicios y haciendo cada vez más pesadas las cadenas que la oprimen?

No debe fiar el pueblo mexicano sus destinos en manos del general Díaz y debe de resolverse a representar el papel que le corresponde al nombrar su sucesor.

Un partido que se formara actualmente, de acuerdo con las aspiraciones de la Nación, que se encierran en los principios democráticos, tendría la seguridad de triunfar tarde o temprano, pues, si mientras viva el general Díaz este triunfo es difícil, no sucedería lo mismo al desaparecer él de la escena política; porque entonces será el único partido que se encontrará bien organizado sobre bases firmes.

Así, el principal objeto de este libro es hacer un llamado a todos los mexicanos, a fin de que formen ese partido, que será la tabla de salvación de nuestras instituciones, de nuestra libertad, y quizá hasta de nuestra integridad nacional.

Si, por el contrario, se implanta entre nosotros de un modo definitivo el régimen de poder absoluto, nunca podremos prever qué conducta observarán nuestros mandatarios, pues no teniendo compromiso algunos con la Nación, sólo se guiarán por los impulsos de sus pasiones y no reconocerán más ley que sus deseos personales. Con este motivo, nuestra decadencia será segura, ya que el poder absoluto corrompe a los que lo ejercen y a los que lo sufren. La decadencia será cada vez mayor, y México, que necesita ser una nación fuerte para el cumplimiento de sus grandes destinos, tendrá que resignarse a sucumbir bajo el peso de sus vicios, o ante el victorioso invasor que no encontrará más obstáculo que la distancia.

Ese es el triste porvenir que nos espera, si no intervenimos todos los mexicanos resueltamente en la próxima campaña electoral.

Podemos hasta admitir que haya sido necesario para el país que lo gobernara por 32 años con mano de hierro el general Díaz, pero lo que sí rechazamos en lo absoluto, es que sea conveniente que este régimen se prolongue.

Para evitarlo, no hay más remedio que hacer un vigoroso esfuerzo, organizarnos en partidos políticos a fin de que la Nación esté debidamente representada y luchar en las contiendas electorales a fin de sacar al pueblo de su sopor, fortalecerlo por medio de la lucha, hacerlo concebir un amor más grande a la patria, a medida que sean mayores los bienes que reciba de ella, y mayor la participación que él tenga en la cosa pública, pues a medida que esto aumente, aumentará su preocupación por los grandes problemas nacionales, que sabe será llamado a resolver.

Hagámoslo con la ayuda del general Díaz, o sin ella, y aun a pesar de sus esfuerzos en contra; pues primero es cumplir con ese deber sagrado que complacer al general Díaz aunque peligren nuestras propias existencias.

Ante la perspectiva de una lucha tan vigorosa como podrá ser si se organiza poderosamente un partido independiente, como el Nacional Democrático que proponemos, quizá el general Díaz se resuelva a respetar la ley y a emplear los poderosos elementos que el pueblo ha puesto a su disposición, para hacer que se guarde el orden por todos los partidos que luchen, sin favorecer a ninguno.

El pueblo ha demostrado que ya no necesita tutela, que está apto para hacer uso de sus derechos pacíficamente, y el general Díaz cuenta con elementos para hacer que se guarde el orden, siempre que obligara a todas las autoridades subalternas a respetar la ley electoral. En caso de que surgiera algún disturbio en las elecciones presidenciales o locales de los estados, sería fácil restablecer el orden, porque éste sería aislado, pues ya en México nadie piensa en revoluciones, ni las secunda como se demostró en últimas intentonas que fracasaron, porque la Nación permaneció impasible.

A pesar de que todo indica que el general Díaz persiste en su política absolutista, y de que quiere perpetuar ese régimen y que debemos resolvernos a luchar si es preciso contra él mismo, no por eso debemos perder todas las esperanzas de que cambie de derrotero a su política.

El general Díaz está para terminar su carrera y los últimos actos de su vida serán los que le den su aspecto definitivo, pues se encuentra actualmente en el caso de justificar todos sus actos ante la Historia y de atraerse las bendiciones del pueblo mexicano si respeta la ley y se declara su protector o se atraerá el juicio más severo de la posteridad y las maldiciones de sus conciudadanos, en el caso de que siga violándola, de que se siga considerando superior a ella.

Si en rigor puede admitirse que la dictadura del general Díaz haya sido benéfica, es indudable que sería funesto para el país que el actual régimen de gobierno se prolongara con su sucesor, porque nos acarrearía la anarquía o la decadencia, y ambas pondrían en peligro nuestra vida como nación independiente. Si el general Díaz nombra como su sucesor a algunos de sus amigos, quedará establecido de un modo definitivo el régimen de poder absoluto.



Hay que evitar lo anterior. Sin embargo, buscar un cambio por medio de las armas, sería agravar nuestra situación interior, prolongar la era del militarismo y atraernos graves complicaciones internacionales.

Así, el único medio de evitar que la República vaya a ese abismo, es hacer un esfuerzo entre todos para los buenos mexicanos para organizarnos en partidos políticos, a fin de que la voluntad nacional esté debidamente representada y pueda hacerse respetar en la próxima contienda electoral.

Afirmo que el partido que mejor interpreta las tendencias actuales de la Nación será el que proponemos: "El Partido Nacional Democrático", proclamando sus dos principios fundamentales:

LIBERTAD DE SUFRAGIO
NO-REELECCIÓN


Si el general Díaz no obstaculiza ni permite que lo hagan los miembros de su administración, la libre manifestación de la voluntad nacional, y se constituye en severo guardián de la ley, se habrá asegurado la transformación de México sin bruscas sacudidas. Si así ocurre, el porvenir de la República estará asegurado, y el general Díaz reelecto libremente o retirado a la vida privada, será uno de nuestros más grandes hombres.

Cuando el Partido Nacional Democrático esté vigorosamente organizado, será muy conveniente que procure una transacción con el general Díaz, para hacer una fusión de las candidaturas, según la cual el general Díaz podría seguir de presidente, pero el vicepresidente y parte de las cámaras y de los gobernadores de los estados, serían del Partido Nacional Democrático. Sobre todo, se estipulará que en lo sucesivo haya libertad de sufragio y si es posible, desde luego se podrá convenir en reformar la Constitución en el sentido de no-reelección.

Pero si el general Díaz no hace ninguna concesión a la voluntad nacional, será preciso resolverse a luchar abiertamente en contra de las candidaturas oficiales. Esta lucha despertará al país y sus resultados serán asegurar en un futuro no lejano, la reivindicación de nuestros derechos.

El Partido Nacional Democrático tiene algunas probabilidades de triunfar, pues nadie sabe de lo que es capaz un pueblo que lucha por su libertad, sino cuando con sorpresa se ve el resultado.

Aun en el caso de ser derrotado, el Partido Nacional Democrático, como estará constituido por el elemento independiente seleccionado, y como se habrá prestigiado grandemente por haber tenido el valor de luchar contra la actual dictadura, tendrá que ejercer una influencia dominante en nuestro país, por lo menos al desaparecer el general Díaz.

La patria está en peligro, por lo que es necesario el esfuerzo de todos los buenos mexicanos para salvarla.

Yo, que profeso culto por todos nuestros grandes hombres, quiero que en el altar de la patria y en el corazón de cada mexicano, ocupe un lugar preferente nuestro héroe de Miahuatlán y La Carbonera, nuestro gran pacificador, nuestro eximio gobernante; pero para lograr su objeto, para que corone su obra, comprendo que tenemos que ayudarle todos los mexicanos a fin de hacerle oír la voz de la patria en vez de que escuche la del círculo que lo rodea y que, celoso de su herencia, no quiere verla mermada.

Así como para principiar su obra, el general Díaz necesito de la ayuda de sus valientes soldados, para concluirla necesita del concurso de todos los mexicanos, que con su energía y valor civil vayan a las urnas electorales a hacer uso de sus derechos.

Ayudémosle pues, y al hacerlo grande, haremos igualmente grande a nuestra patria querida.

Francisco I Madero González

Acerca del Autor del Libro: Nació en la Hacienda El Rosario, en el municipio de Parras de la Fuente, Coahuila, el 20 de octubre de 1873. Perteneció a una familia acaudalada, por lo que su infancia transcurrió en la prosperidad y en la tranquilidad. Realizó estudios superiores en París, en los que aprendió contabilidad, economía política y sistemas de comercio. Posteriormente pasó a la Universidad de California en Berkeley.

Al regresar a México, se hizo cargo de las haciendas de su padre, en las que implantó modernos sistemas de cultivo. Asimismo, fundó la Escuela Comercial de San Pedro. Asimismo, se le empezó a conocer su afición por el espiritismo.

En 1904 fundó en Coahuila el Partido Democrático Independiente y el Club Democrático "Benito Juárez", que apoyaron a un candidato independiente al gobierno del estado. Sin embargo, las elecciones fueron fraudulentas y ganó el candidato oficial. Esto convenció a Madero de construir un partido a nivel nacional para levantar las banderas de elecciones limpias y de la no-reelección.

Es en 1908 cuando comienza a dar forma a su proyecto con la publicación de su libro La sucesión presidencial en 1910, en el que se pronunció por la formación de un partido político que pugnara por el sufragio efectivo y la no-reelección.

Posteriormente, forma, junto a muchos intelectuales y políticos, el Partido Antirreeleccionista. Es en abril de 1910 cuando en la Convención Nacional Independiente de los partidos Nacional Antirreeleccionista y Nacional Democrático, cuando Madero es postulado candidato a la presidencia de la República. Logró levantar el entusiasmo entre el pueblo mexicano, por lo que fue encarcelado, mientras Porfirio Díaz conseguía una reelección más.

Madero salió de la cárcel y se fugó a los Estados Unidos. Allí, en octubre de 1910 da a conocer el Plan de San Luis, en el que declaró ilegales las elecciones de julio y convocó a un levantamiento armado para el 20 de noviembre de 1910. La rebelión tuvo éxito y en 1911 logró la renuncia de Díaz a la presidencia de la República. Madero entró victorioso a la ciudad de México el 7 de junio de 1911.

Se convocó a nuevas elecciones de Presidente de la República. Madero formó un nuevo partido, el Constitucional Progresista, y participó nuevamente como candidato, acompañado por José María Pino Suárez en pos de la vicepresidencia. Ganó los comicios ampliamente el 15 de octubre de 1911, y asumió la presidencia el 6 de noviembre.

Desde su cargo practicó una política abierta y conciliatoria que no tuvo éxito, ya que tuvo que enfrentar múltiples rebeliones. Un levantamiento militar usufructuado por Victoriano Huerta lo destituyó de su cargo y lo tomó preso, pero no sólo eso, ya que le costó la vida: después de ser obligado a renunciar a la presidencia, fue asesinado a sangre fría por sus captores el 22 de febrero de 1913.


 

Ariel Ruiz Mondragón. Historiador UNAM. Articulista e Investigador del INEP. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

 
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