 Conciudadanos:
En esta última toma de posesión presidencial del siglo XX dirijamos nuestros
ojos hacia las difíciles empresas que nos esperan en el siglo que se aproxima.
Tenemos la gran fortuna de que el tiempo y la suerte nos han colocado no sólo en
el umbral de un nuevo siglo, de un nuevo milenio, sino ante un nuevo y brillante
panorama del quehacer humano, momento que definirá nuestro derrotero y nuestro
carácter por décadas venideras. Debemos mantener nuestra democracia eternamente
joven. Guiados por la antigua visión de la tierra prometida fijemos nuestras
miras en la tierra de la nueva promesa.
La promesa de Estados Unidos nació en el siglo XVIII de la audaz convicción
de que todos somos creados iguales. Fue ampliada y preservada en el siglo XIX,
cuando nuestra nación se extendió a través del continente, cuando salvó la unión
y abolió el horrible azote de la esclavitud. Luego, en medio de la turbulencia y
el triunfo, esa promesa estalló en el escenario mundial para hacer de éste el
siglo de Estados Unidos de América. Y, ¡qué siglo ha sido! Estados Unidos se convirtió en la potencia mundial más
fuerte del mundo; salvó al mundo de la tiranía en dos guerras mundiales y en una
larga guerra fría; y una y otra vez, llegó a través del mundo hasta millones de
personas que, como nosotros, anhelaban las bendiciones de la libertad.
En el curso de ese período los estadounidenses crearon una gran clase media y
dieron seguridad a los ancianos; establecieron centros de aprendizaje sin
paralelo, y abrieron escuelas públicas para todos; dividieron el átomo y
exploraron los cielos; inventaron la computadora y la microficha; e hicieron más
profundo el venero de la justicia con la revolución de los derechos civiles para
los afroamericanos y todas las minorías, y la ampliación del círculo de
ciudadanía, oportunidad y dignidad para la mujer.
Ahora, por tercera vez, tenemos ante nosotros un nuevo siglo y una nueva
oportunidad de decidir. Comenzamos el siglo XIX con una decisión: extender
nuestra nación de costa a costa. Comenzamos el siglo XX con una decisión: poner
la revolución industrial al servicio de nuestros valores de libre empresa,
preservación de los recursos naturales, y dignidad humana. Esas decisiones
cambiaron todo. Al rayar el alba del siglo XXI un pueblo libre debe decidir ya
darle forma a las fuerzas de la Era de la Información y de la sociedad mundial,
dar rienda suelta al potencial ilimitado de todo nuestro pueblo y, por cierto,
formar una unión más perfecta.
Cuando nos reunimos la última vez, nuestra marcha hacia este nuevo futuro
parecía menos segura que hoy. Prometimos entonces fijar un derrotero claro para
renovar nuestra nación.
En estos cuatro años hemos experimentado la tragedia, nos hemos sentido
estimulados ante el reto y fortalecidos por el logro. Estados Unidos está solo
como el país indispensable del mundo. Una vez más nuestra economía es la más
fuerte de la Tierra. Una vez más establecemos familias más fuertes, comunidades
progresistas, mejores oportunidades de educación, un medio ambiente más limpio.
Los problemas que otrora parecían destinados a intensificarse, ahora ceden ante
nuestros esfuerzos: nuestras calles son más seguras y cantidades sin precedentes
de nuestros ciudadanos han pasado de la asistencia pública al trabajo.
Y una vez más hemos concluido en nuestra época un gran debate sobre el papel
del gobierno. Hoy podemos declarar: el gobierno no es el problema y el gobierno
no es la solución. Nosotros, el pueblo estadounidense, somos la solución. Los
fundadores de nuestra patria lo entendieron bien y nos entregaron una democracia
con la fortaleza suficiente para perdurar por siglos, con flexibilidad
suficiente para enfrentar nuestros problemas comunes y avanzar nuestros ideales
comunes con cada nuevo día.
Así como los tiempos cambian, el gobierno debe cambiar. Necesitamos un
gobierno nuevo para un siglo nuevo, con humildad suficiente para no tratar de
solucionar todos nuestros problemas, pero con fortaleza suficiente para
proporcionarnos las herramientas necesarias para solucionar todos nuestros
problemas; un gobierno que sea más pequeño, que viva dentro de sus medios y haga
más con menos. No obstante, cuando deba defender nuestros valores y nuestros
intereses, y cuando deba facultar a los estadounidenses para que puedan
realmente cambiar su vida cotidiana, el gobierno tiene que hacer más, no menos.
La misión suprema de nuestro nuevo gobierno es dar a todos los estadounidenses
una oportunidad, no una garantía, sino una oportunidad verdadera de mejorar sus
vidas.
Más allá de esto, conciudadanos, el futuro depende de nosotros. Los
fundadores de nuestra patria nos enseñaron que la preservación de nuestra
libertad y de nuestra unión depende de una ciudadanía responsable. Y necesitamos
un nuevo sentido de responsabilidad para un nuevo siglo. Hay trabajo que hacer,
trabajo que el gobierno no puede hacer solo: enseñar a los niños a leer; emplear
a los que dependen de la asistencia pública; salir de detrás de puertas cerradas
con seguros y de ventanas protegidas, para ayudar a reconquistar nuestras calles
de las drogas y las pandillas y el crimen; dedicar parte de nuestro tiempo para
ayudar a otros. Todos y cada uno de nosotros, a nuestra manera, debemos asumir
una responsabilidad personal, no sólo por nosotros mismos y nuestras familias,
sino por nuestro prójimo y nuestra nación.
Nuestra responsabilidad más importante es adoptar un espíritu nuevo de
comunidad para un siglo nuevo. Para que uno de nosotros pueda tener éxito,
debemos tener éxito como una nación unida. El desafío de nuestro pasado continúa
siendo el desafío de nuestro futuro: ¿Seremos o no una nación, un pueblo, con un
destino común? ¿Nos uniremos o nos fragmentaremos?
La línea divisoria de las razas ha sido una maldición constante de Estados
Unidos. Y cada nueva oleada de inmigrantes es nuevo blanco de viejos prejuicios.
El prejuicio y el desdén, disfrazados de convicción política o religiosa, no
cambian. Esas fuerzas por poco destruyen nuestra nación en el pasado. Y todavía
nos atormentan. Alimentan el fanatismo del terror. Y hacen insoportable las
vidas de millones en naciones fragmentadas en todas partes del mundo.
Estas obsesiones debilitan tanto a los que odian como a los que son odiados,
obviamente, despojando a ambos de lo que podrían llegar a ser. No podemos, no
sucumbiremos a los nefastos impulsos que acechan en los remotos rincones del
alma en todas partes. Los venceremos. Y los reemplazaremos con el espíritu
generoso de unos ciudadanos que se sienten cómodos unos con otros.
La rica textura de nuestra diversidad racial, religiosa y política será una
bendición de Dios en el siglo XXI. Grandes compensaciones disfrutarán quienes
viven unidos, aprenden unidos, trabajan unidos, forjan nuevos vínculos que unen.
Al aproximarse esta nueva era ya podemos ver su perfil a grandes rasgos. Hace
diez años la internet era el dominio místico de los físicos; hoy es la
enciclopedia común de millones de escolares. Ahora los científicos descifran el
plan maestro de la vida humana. La cura para las enfermedades que más tememos
parece estar cercana.
El mundo ya no está dividido en dos campos hostiles. En cambio, ahora
establecemos lazos con naciones que en otros tiempos fueron nuestros
adversarios. Contactos crecientes de comercio y cultura nos ofrecen la
posibilidad de elevar la suerte y el espíritu de pueblos en todas partes del
mundo. Y, por primera vez en toda la historia, más gente vive bajo regímenes
democráticos que en dictaduras.
Compatriotas, al repasar este siglo extraordinario, podríamos preguntarnos,
¿podemos esperar no sólo seguir, sino incluso sobrepasar las realizaciones de
Estados Unidos en el siglo XX y evitar el horrible derramamiento de sangre que
mancha su legado? A ese interrogante todo estadounidense aquí, y todo
estadounidense en nuestra patria hoy, debe responder con un resonante, "Sí".
Esta es la esencia de nuestra tarea. Con una nueva visión de gobierno, un
nuevo sentido de responsabilidad, un nuevo espíritu de comunidad, seguiremos la
jornada de Estados Unidos. La promesa que buscamos en una tierra nueva la
encontraremos en una tierra de nuevas promesas.
En esta nueva tierra, la educación será la posesión más preciada por cada
uno de sus ciudadanos. Nuestras escuelas tendrán las normas más altas del mundo,
encenderán la chispa de la posibilidad en los ojos de toda niña y todo niño. Y
las puertas de la educación superior estarán abiertas para todos. El
conocimiento y el poder de la Era de la Información estarán al alcance no de
unos pocos, sino de toda aula, de toda biblioteca, de todo niño. Padres e hijos
tendrán tiempo no sólo para trabajar, sino para leer y jugar juntos. Y los
planes que formulen sentados a la mesa serán los de una casa mejor, un empleo
mejor, la certerza de la oportunidad de llegar a la universidad.
En nuestras calles se oirá de nuevo el eco de la risa de nuestros hijos,
porque ya nadie tratará de dispararles o venderles drogas. Todo el que pueda
trabajar, trabajará, la clase desprivilegiada permanente de hoy será parte de
la creciente clase media del mañana. Los nuevos milagros de la medicina llegarán
finalmente no sólo a los que actualmente pueden obtener atención médica, sino a
los niños y las familias que trabajan duro, por mucho tiempo excluidos.
Protegeremos con todo nuestro poder la paz y la libertad y mantendremos una
defensa fuerte contra la fuerza siniestra del terrorismo y la destrucción.
Nuestros hijos dormirán libres de la amenaza nuclear, de las armas químicas y
biológicas. Los puertos y los aeropuertos, las fincas y las fábricas prosperarán
con el comercio, la innovación y las ideas. Y la democracia más grande del mundo
liderará un mundo entero de democracias.
Nuestra tierra de nuevas promesas será una nación que cumple con sus
obligaciones, una nación que equilibra su presupuesto, pero nunca pierde el
equilibrio de sus valores. Una nación donde nuestros abuelos tienen jubilación y
un sistema de salud garantizados y sus nietos saben que hemos hecho las reformas
necesarias para mantener esos beneficios cuando llegue su turno. Una nación que
fortalece la economía más productiva del mundo, al tiempo que protege la
munificencia natural de nuestras aguas, aire y tierra espléndida.
Y en esta tierra de nuevas promesas, habremos reformado nuestra política, de
manera que la voz del pueblo siempre hable con más fuerza que el estrépito de
intereses estrechos, para que recupere la participación y merezca la confianza
de todos los estadounidenses.
Compatriotas, construyamos ese Estados Unidos de Am,érica, una nación siempre
en progreso hacia la realización del potencial máximo de todos sus ciudadanos.
La prosperidad y el poder, sí son importantes y debemos mantenerlos. Pero no
olvidemos nunca que el mayor progreso que hemos logrado y el mayor progreso que
tenemos por lograr se encuentra en el corazón humano. A la postre, todas las
riquezas del mundo y mil ejércitos no tienen comparación con la fortaleza y la
decencia del espíritu humano.
Hace treinta y cuatro años, el líder cuya vida celebramos hoy nos habló desde
allá abajo, al otro extremo de este parque, con palabras que tocaron la
conciencia de la nación. Como un profeta de antaño, nos narró su sueño, en el
que un día Estados Unidos se levantaría y trataría a todos sus ciudadanos como
iguales ante la ley y en el corazón. El sueño de Martin Luther King era el sueño
de Estados Unidos. Su búsqueda es la nuestra: la lucha incesante para vivir
según nuestro credo verdadero. Nuestra historia se levanta sobre esos sueños y
esas obras. Y con nuestros sueños y nuestras obras redimiremos la promesa de
Estados Unidos de América en el siglo XXI.
A ese esfuerzo prometo todas mis fuerzas y todo el poder de mi cargo. Insto a
los miembros del Congreso a que se unan en esa promesa. El pueblo estadounidense
volvió a escoger a un presidente de un partido y a un Congreso de otro.
Ciertamente no lo hicieron para dar impulso a la política de peleas mezquinas y
partidismos extremos que abiertamente deploran. No, apelan a nosotros en cambio
para que reparemos la brecha y llevemos adelante la misión de Estados Unidos.
Este país demanda y merece grandes cosas de nosotros, y nada grande se produce
cuando se es pequeño. Recordemos la sabiduría infinita del Cardenal Bernardin
cuando se enfrentaba al final de su vida. Dijo: "Es un error malgastar el regalo
precioso del tiempo en asperezas y división".
Compatriotas, no debemos malgastar este regalo precioso del tiempo, pues
todos nos encontramos en ese mismo viaje de la vida y nuestro viaje también
llegará a su fin. Pero el viaje de nuestro país debe continuar.
Así que, compatriotas, debemos ser fuertes, puesto que hay mucho para
reflexionar. Las demandas de nuestro época son grandes y son diferentes.
Enfrentémoslas con fe y coraje, con paciencia y con corazón agradecido y alegre.
Hagamos de la esperanza de este día el capítulo más noble de nuestra historia.
Sí, construyamos nuestro puente. Un puente ancho y fuerte para que todo
estadounidense pueda cruzarlo y llegar a la tierra bendecida de nuevas promesas.
Que las generaciones cuyos rostros no podemos ver todavía, cuyos nombres no
podremos conocer, digan de nosotros guiamos a nuestra patria amada hacia un
nuevo siglo con el sueño estadounidense vivo para todos sus hijos, con la
promesa estadounidense de una unión más perfecta hecha realidad para todo su
pueblo, y con el fuego brillante de la libertad estadounidense propagándose por
todo el mundo.
Desde lo alto de este lugar y desde el pináculo de este siglo sigamos
adelante. Que Dios otorgue fuerza a nuestras manos para la buena tarea que nos
espera y que siempre, siempre bendiga a Estados Unidos de América.
Washington, DC
20 de enero de 1997 |