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Roosevelt, Franklin Delano. 1933 Discurso toma de protesta PDF Imprimir E-Mail

4 de marzo de 1933.

(...) Animado de este espíritu y confortado por el de ustedes, afrontamos nuestro problemas comunes, los cuales, gracias a Dios, son exclusivamente materiales. Los valores han mermado hasta alcanzar niveles fantásticos; los impuestos han aumentado; nuestra capacidad de pago ha disminuido; el manejo de todos los negocios confrontan una seria reducción de ingresos; los medios de trueque se encuentran congelados en el tráfico comercial, hojas marchitas de la industria yacen por todas partes; los agricultores no encuentran mercado para sus productos; se han esfumado los ahorros que hicieron durante muchos años millares de familias.

Y, lo que es más importante, una multitud de ciudadanos sin empleo encara el inflexible problema de la existencia, y un número igualmente voluminoso trabaja con un salario ínfimo.

(...)

Lo anterior acontece, principalmente, porque los administradores del intercambio de bienes de consumo para la humanidad, debido a su propia obcecación e incompetencia, han fracasado y, al admitir su fracaso, se han retirado. Los métodos que acostumbran usar los corredores de moneda, faltos de escrúpulos, están enjuiciados en el tribunal de la opinión pública, y son rechazados por los corazones y las mentes de los hombres.

En verdad ellos han intentado la solución, pero sus esfuerzos están fundidos en el molde de una tradición ya muy gastada. Ante la falta de crédito, sólo se les ha ocurrido proponer más dinero en préstamo.

Despojados del cebo de la utilidad, por el cual inducen a nuestro pueblo a seguir su falsa orientación, han recurrido a ruegos, suplicando lastimosamente que se restablezca la confianza. Lo único que conocen son las reglas de una generación de egoístas. Carecen de visión y, cuando ésta falta, el pueblo sucumbe.

Los cambistas de dinero han huido de sus altos sitiales en el templo de nuestra civilización. Ahora podemos reinstalar en ese templo, las verdades antiguas.

La medida de esa restauración depende del grado en el cual apliquemos valores sociales más nobles que la simple humanidad monetaria.

Ya no deben subordinarse la felicidad y el estímulo moral del trabajo, a la loca persecución de beneficios que se desvanecen. Estos días lúgubres valdrán todo lo que nos cuestan si nos enseñan que nuestro verdadero destino no nos va a servir sino para administrarnos y administrar a nuestro prójimo.

Sin embargo, la restauración no sólo clama porque se hagan cambios en la moral. Este país demanda acción y acción inmediata.

Nuestra tarea primordial y máxima consiste en poner a la gente a trabajar. Esto no es un problema insoluble si lo afrontamos con prudencia y valentía.

Esa labor puede ser auxiliada si se hacen esfuerzos definidos con el fin de elevar los precios de las cosechas agrícolas y, con esa fuerza económica, adquirir la producción total de nuestras ciudades.

Puede remediarse también impidiendo en la realidad la tragedia que significa la pérdida creciente, por remates hipotecarios, de nuestros pequeños hogares y granjas.

Se puede contribuir a ella si se insiste en que los gobiernos federal, estatal y local impongan una reducción inmediata y drástica en sus gastos.

Puede ayudársele unificando las actividades de socorro que, a la fecha y con frecuencia, son dispersas, antieconómicas y desiguales. Puede ser auxiliada mediante la planificación nacional y la supervisión de todas las formas de transporte y comunicaciones así como de otros servicios de naturaleza netamente pública.

(...)

Por último, en nuestro camino hacia la reanudación del trabajo, necesitamos dos garantías para impedir que vuelvan los males anteriores: debe haber una supervisión estricta de todas las operaciones bancarias, así como de los créditos e inversiones; hay que poner término a las especulaciones que se hacen con el dinero de la gente y contar con una disposición que establezca una moneda corriente, adecuada y firme.

(...)

 
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