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El fantasma de Salinas recorre México (2002). Jorge Fernández Menéndez PDF Imprimir E-Mail

Ya no camina por las frías calles de Dublín, tomado, aferrado en realidad, a la mano de su segunda esposa, Ana Paula Gerard, con una mirada esquiva, el rostro marcado por la desconfianza y una gorra calada hasta las orejas. Tampoco suele residir ya en la cálida casona de la zona residencial de Miramar, en La Habana. Hoy, el ex presidente de México, Carlos Salinas de Gortari comparte su tiempo entre una buena y cómoda residencia en Roma y la ciudad de México, de donde había partido hace siete años a un exilio virtual. El exilio de Salinas de Gortari terminó pero su reinserción en México aún tiene que esperar. Salinas fue un presidente poderoso y temido, respetado y odiado, un presidente que reformó la constitución, restauró las relaciones entre la iglesia y el estado y metió de lleno a México en la integración económica, social y política con Estados Unidos y Canadá a través del Tratado de Libre comercio de América del Norte, pero que terminó siendo calificado, incluso por él mismo como “el villano favorito” para todos los males del país.

Pero para ese hombre de inteligencia viva, con accesos depresivos, que sabía manejar como pocos los medios, que fue elogiado por Margaret Thatcher, George Bush y Mijail Gorbachov, que concentró tanto poder y generó tantas expectativas que nadie pudo comprender cómo en el último año de su mandato perdió el control de su gobierno, la posibilidad de regresar a México sin ninguna causa penal en su contra es insuficiente: Salinas de Gortari quiere recuperar aunque sea sólo una parte (aunque muchos, la enorme mayoría, lo consideren imposible), el reconocimiento, la legitimidad que alguna vez tuvo.

Salinas de Gortari había apostado, y muy alto, a que su sucesor, Luis Donaldo Colosio, jugara la única carta que él no había querido o podido colocar sobre la mesa: la posibilidad de la reelección. Supo que, con la muerte de Colosio, con un poder que se le fue de las manos, esa opción era imposible. El primero de diciembre del 94, le dejó el gobierno a su sucesor, Ernesto Zedillo, y le dijo al oído, al entregarle la banda presidencial, “Ernesto: mis enemigos serán tus enemigos”. Salió del palacio legislativo de San Lázaro, con una pequeña escolta y un puñado de colaboradores. No fue a su casa en el sur de la ciudad donde lo esperaban algunos amigos y su familia. Pasó primero a visitar la tumba de su madre, Margarita, muerta año y medio atrás. Fue hasta la reja que rodea el sepulcro y, a solas, lejos de los pocos que lo acompañaban, habló, lloró, golpeó la reja con el puño cerrado. Su madre había sido su apoyo, su impulsora y quienes conocieron bien a la familia dicen que fue su consejera y ancla en la realidad. Su padre, un prominente político de los años 50 y principios de los 60, siempre había puesto los ojos y expectativas en su hermano mayor, Raúl, a quien Carlos estaba unido por una relación fraternal, cercana, estrecha pero también de una dura competencia personal. Raúl había sido “un compañero de mil batallas” como le escribió Carlos en alguna oportunidad pero sería también su punto más débil, el hermano mayor que, detenido por el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, terminó hundiendo políticamente a Salinas a un nivel que jamás imaginó, incluso en aquella mañana de profunda tristeza a minutos de dejar el poder y cuando estaba llorando frente a la tumba de doña Margarita.

Hoy, casi ocho años después, Salinas parece estar de regreso en México. Su hermano Raúl sigue preso, su padre, don Raúl, delicado de salud, vive en Acapulco; el ex presidente se ha casado con quien fuera una de sus más cercanas colaboradoras, Ana Paula Gerard, y ha tenido otro hijo. Y regresa buscando reinsertarse en un país que no lo quiere, enfocando todas su baterías contra su sucesor, Ernesto Zedillo.

¿Qué tanto poder puede conservar Carlos Salinas? Todo indica que menos del que se supone: han pasado muchos años y el hombre que realizó un proceso de privatización que generó negocios por 46 mil millones de dólares, que literalmente creó una nueva generación empresarial y financiera desde el poder, ha podido comprobar cómo muchos de sus amigos y aliados están hoy mirándolo de lejos. En el penúltimo día de gobierno, le dijo a un periodista que a sus amigos y colaboradores los “revelaba de la lealtad política, pero no de la amistad”: la mayoría de ellos renegaron de una y de la otra. En México probablemente sobrestimamos el poder que puede tener Salinas, que es ya un personaje del pasado, y de un pasado que se ve, con la evolución que ha tenido el país y la vida política en los últimos años, como muy lejano. Pero esa verdad también hay que matizarla: Salinas de Gortari ya no es el hombre que fue a lo largo de su sexenio, pero su grado de influencia aún persiste y quizás se amplía, por un elemento involuntario: en la administración Fox, muchos tiene una suerte de fascinación, en algunos legítima, en otros morbosa, por la capacidad de operación desde el poder que se mostraba en aquellos años.

En realidad el poder de Salinas no se resquebrajó cuando dejó el poder sino un año antes: cuando no pudo prever el levantamiento zapatista a pesar de contar con la información precisa y suficiente, cuando no pudo poner orden en la sucesión presidencial, cuando se dieron los grandes asesinatos políticos del cardenal Posadas, Colosio y Ruiz Massieu. Allí comenzó su debacle. Lo sucedido después, con el telón de fondo de la crisis de diciembre de 1994 que Zedillo adjudicó a Salinas, de las acusaciones contra Raúl, con el descubrimiento de sus cuentas secretas en Suiza y las máscaras de Salinas en la calle, fueron en parte consecuencia de esos errores previos, en parte cosecha de sus propias responsabilidades, y también, como el propio Salinas dice, de una campaña orquestada en su contra que magnificó sus propias debilidades.

Si Salinas quiere reinsertarse primero debe recuperar legitimidad. La debilidad de muchos de sus enemigos internos dentro del propio priísmo podría beneficiarlo en ese sentido: Salinas y el candidato presidencial perdedor de los comicios del 2000, Francisco Labastida fueron colaboradores muy cercanos del ex presidente Miguel de la Madrid, pero fueron distanciándose hasta convertirse en enemigos. Con Labastida de presidente, Salinas jamás hubiera podido pensar en regresar. Por el contrario, el triunfo de Fox y ahora la llegada de Roberto Madrazo a la presidencia del PRI, el desarrollo de las investigaciones sobre el llamado Pemexgate (una operación que, aparentemente, permitió transferir cientos de millones de pesos de la empresa estatal Petróleos Mexicanos a la campaña electoral del PRI en el año 2000), en el plano internacional el retorno de sus amigos, los Bush, al poder en Estados Unidos, son buenas noticias para el intento salinista de legitimación.

La pregunta es si ello resultará suficiente, si Carlos Salinas está en condiciones de reinsertarse en la vida política de México, no para operar grandes parcelas de poder (que ya no tiene ni tendrá) sino para reivindicar un espacio sobre todo histórico. Lo que busca, es un regreso similar al que realizó en su momento Richard Nixon, defenestrado después del caso Watergate y que, con el tiempo y, como dirían los Beatles, con una pequeña ayuda de sus amigos, terminó siendo aceptado y revalorado incluso por alguno de sus adversarios en Washington. Nixon quería ser recordado como el presidente que se reunió con Mao, que firmó el tratado de limitación de armas estratégicas con la URSS y comenzó a sacar a su país de Vietnam, no por ser el mentiroso, paranoico y tramposo que mostraba Watergate. Salinas quiere ser recordado como quien firmó el TLC y transformó la estructura económica (y en buena medida jurídica e incluso política) de México, no como el responsable de la crisis del 94, o del asesinato de sus aliados políticos. No es sencillo, ni será fácil.

Salinas, que lo sufrió en carne propia, sabe lo voluble que puede ser la opinión pública y parece tener identificados dos aspectos como fundamentales para realizar esa operación: por una parte, deslindarse de responsabilidades en la crisis financiera de diciembre del 94, por la otra, lograr la libertad de su hermano Raúl de la acusación de ser el autor intelectual del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. Sabe que otras acusaciones y otros rencores son insuperables, pero que le sería imposible reinsertarse en la vida nacional e internacional si queda como único responsable de la mayor crisis financiera de la historia contemporánea en México y si su hermano mayor está condenado por el asesinato de su ex cuñado y uno de sus más cercanos aliados políticos.

La crisis del 94, en términos estrictos, tiene responsabilidades compartidas: Salinas y su secretario de Hacienda, Pedro Aspe Armella, dejaron la economía sostenida con alfileres pero Ernesto Zedillo y sobre todo, su efímero secretario de Hacienda, Jaime Serra Puche, operaron tan mal que se los quitaron. El 20 de noviembre del 94, Salinas y Zedillo, Aspe y Serra, se habían reunido para analizar la situación económica diez días del cambio de poderes: el presidente entrante quería que Salinas devaluara, que asumiera esa responsabilidad; Salinas dijo que no, que se debía deslizar bruscamente la cotización del peso para evitar una catástrofe, que se debía mover la cotización suavemente, propuso que quedara Aspe de secretario de Hacienda para operar ese proceso. Zedillo que se consideraba mucho mejor economista que Salinas o Aspe, dijo que no, que sería Serra Puche (el hombre que había negociado el TLC pero cuya experiencia financiera era por lo menos escasa) se haría cargo de la política económica. En realidad, Zedillo pensaba que él sería el responsable de la política económica y sólo quería para esa posición un operador. El 18 de diciembre, exactamente un mes después, el peso y la economía mexicana se derrumbaban. Esa noche, Serra se había reunido con los hombres del dinero y les anunció que al abrir los mercados habría un “deslizamiento” del peso, que se movería la “banda de flotación”, en realidad les decía que habría una devaluación que esperaban que no fuera superior al 30 por ciento. En su libro, Salinas de Gortari acusa a Zedillo y Serra de haberles dado esa información a los principales empresarios del país para que estos se aprovecharan de la situación. Alguna vez Adolfo Bioy Casares escribió que “el mundo atribuye sus infortunios a las grandes conspiraciones y a las maquinaciones de grandes malvados: entiendo que subestima la estupidez”. Y eso es probablemente lo que ocurrió: una estupidez. Serra informó a los empresarios y los mantuvo en un salón hasta que abrieran los mercados, pero les dejó algunas horas por delante y los celulares en sus bolsillos y todos los usaron. Al día siguiente, en cuanto abrieron los mercados, se fugaron miles de millones de dólares. Zedillo siempre ha pensado que el derrumbe financiero fue una maquinación del salinismo para acotar su gobierno. La verdad tampoco es esa: Salinas había generado enormes expectativas que al derrumbarse arrasaron con él mismo. Zedillo, no asumió su parte de la responsabilidad y le echó toda la carga social de esa crisis a Salinas, pero finalmente también se debe aceptar que logró dejar a su sucesor una economía mucho más sólida y estable que la de 1994. Por eso será difícil que Salinas logre revertir la opinión pública sobre el tema, aunque tenga buena parte de la razón si se analizan objetivamente sus argumentos. Pero Salinas, en este aspecto, no busca convencer de sus argumentos a la gente, que no lo absolverá jamás de esa crisis, sino a las élites: por eso la presentación de su libro en Harvard, en Stanford, en Austin.

El otro tema, por el contrario, tiene como objetivo directo a la opinión pública. El proceso penal contra Raúl Salinas, por el asesinato de Ruiz Massieu estuvo preñado de irregularidades, que terminaron en una telenovela política con la participación de la amante española de Raúl, María Bernal, la confidente de la señorita Bernal, una bruja, apodada La Paca, que decía saber dónde estaba el cadáver del principal operador del asesinato de Ruiz Massieu, el desaparecido diputado, Manuel Muñoz Rocha. Allí fue, a una finca llamada El Encanto, propiedad de Raúl Salinas, el fiscal del caso, Pablo Chapa Bezanilla y allí, efectivamente, descubrieron un cadáver, cuya calavera paseó el fiscal ante las cámaras de televisión apoyada en una bandeja, pero luego se descubrió que los huesos encontrados eran los restos del consuegro de La Paca y que ésta lo había hecho enterrar allí con complicidad de alguno de loss investigadores de Chapa.

María Bernal, la Paca y Chapa terminaron en la cárcel, hoy todos están ya en la calle. Pero Raúl Salinas continúa preso. Hay un punto en el que los Salinas tienen razón: el proceso se construyó sobre un cimiento casi imposible de sostener: el gobierno le pagó 500 mil dólares a un participante material en el asesinato de Ruiz Massieu para que, en una declaración, realizada a seis meses de los hechos y rectificando una docena de declaraciones previas, dijera que la orden la había dado Raúl Salinas. Hasta ahora, se han comprobado o se tiene conocimiento de muchos delitos reales o supuestos de Raúl Salinas (utilización de pasaportes falsos para abrir cuentas secretas en Suiza, negocios no lícitos o éticamente reprobables, se lo ha tratado de involucrar en otros ilícitos más graves aún como el lavado de dinero o el narcotráfico) en los que la justicia deberá establecer su grado de responsabilidad (la opinión pública en todo caso ya lo castigó) pero lo cierto es que en el caso Ruiz Massieu la acusación es endeble. Y si ambos hermanos logran en el futuro que en la última instancia de apelación que les queda por ese proceso, un amparo definitivo, se le otorga la libertad a Raúl, se generará la plataforma para esa legitimación que desea Salinas.

Pero a Salinas le será difícil ajustar sus cuentas con Zedillo: primero, porque Zedillo no se subirá a ese ring, ni tampoco parece estar demasiado interesado en pelear por espacios políticos en el país; segundo, porque Zedillo no despierta pasiones, ni para bien ni para mal, en la sociedad mexicana pero se le reconoce haber organizado unas elecciones limpias en el 2000 y haber entregado el poder a sus adversarios, y puede andar por las calles sin que nadie lo moleste; tercero, porque en el plano internacional tiene un espacio, un reconocimiento, que le dan un margen de maniobra relativamente amplio. Ha sido incorporado a las juntas de administración de empresas estadounidenses importantes como Procter & Gamble o Unión Pacific, en instituciones como la ONU y, más recientemente en uno de los principales institutos de su alma mater, la universidad de Yale.

Pero Salinas parece estar confiado, quizás porque cree poder revertir las cosas, quizás porque confía en tener aún espacios propios de poder, quizás porque no tiene casos penales en su contra (y por ello se dio el lujo de romper con su abogado a lo largo de esos años difíciles, Mariano Albor). Quizás, dicen sus adversarios, porque no comprende que él es ya, para bien o para mal, luego del cambio de régimen del año 2000, un personaje del pasado.

 

Publicada en Revista Gatopardo - Abril 2002

 
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