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Memoria Política de México

Se rebelan los batallones polkos en lugar de luchar a favor de México

Se sublevan contra el gobierno al grito de ¡ Muera Gómez Farías ¡ y ¡Mueran los Puros¡, comandados por Salas y de la Peña Barragán. Habían ido a Veracruz a detener el desembarco inminente de los invasores norteamericanos. 17 Feb 1847 Leer mas

Reed, John. Diez días que estremecieron al Mundo. PDF Imprimir E-Mail

CAPÍTULO I LOS ORÍGENES

Hacia finales de septiembre de 1917, vino a verme en Petrogrado un profesor de sociología extranjero que visitaba Rusia. Algunos intelectuales y hombres de negocios le habían dicho que la revolución estaba declinando. Después de expresar esta opinión en un artículo, se dedicó a recorrer el país, visitando algunas ciudades industriales y «comunas» campesinas, donde, con gran asombro suyo, creyó percibir que la revolución iba desarrollándose. Corrientemente, escuchaba entre los trabajadores de las ciudades y del campo la consigna de reivindicar «la tierra para los campesinos, las fábricas para los obreros». Si el profesor hubiese visitado el frente, habría comprobado que el ejército entero no hablaba más que de paz.

El profesor sentía gran desconcierto: se había equivocado. Las dos observaciones eran exactas: las clases poseedoras se hacían cada vez más conservadoras; las masas populares, cada vez más radicales.

Para los intelectuales y los hombres de negocios, la revolución había ido ya bastante lejos y comenzaba a durar demasiado; era tiempo de que todo volviese al orden. Compartían este sentimiento los grupos socialistas «moderados», los oborontsi [1] , los mencheviques recalcitrantes y los socialrevolucionarios, que sostenían al Gobierno provisional de Kerenski. DESCARGAR LIBRO

El 14 de octubre, el órgano oficial de los socialistas «moderados» [2] decía lo siguiente:

El drama de la revolución tiene dos actos: la destrucción del antiguo régimen y la instauración del nuevo. El primer acto ha durado ya bastante. Es hora ya de pasar al segundo y de representarlo también lo más rápidamente posible. Como ha dicho un gran revolucionario: «Apresurémonos, amigos, a terminar la revolución; aquel que la prolongue demasiado no cosechará los frutos...»

Pero las masas obreras y los campesinos se resistían obstinados a creer que el primer acto hubiese terminado. En el frente, los Comités del Ejército tenían que luchar constantemente con los oficiales, los cuales no podían habituarse a tratar a sus hombres como a seres humanos. En la retaguardia se perseguía a los comités agrarios elegidos por los campesinos, porque trataban de aplicar los reglamentos oficiales concernientes a la tierra. En las fábricas, los obreros se veían obligados a luchar contra las listas negras y el lock-out. [3] Más aún: a los exiliados políticos, que acababan de regresar, se les desterraba de nuevo como «indeseables», y se llegó incluso a perseguir y encarcelar, en sus aldeas, a hombres que habían regresado del extranjero, por actos revolucionarios cometidos en 1905.

Para todas las manifestaciones de descontento del pueblo, los socialistas «moderados» sólo tenían una respuesta: «Esperad a la Asamblea Constituyente, que se reunirá en diciembre.» Esto no satisfacía a las masas. Lo de la Constituyente estaba bien, pero ¿olvidábanse los fines concretos por los cuales se había hecho la revolución y se pudrían sus mártíres en el Campo de Marte? Con Asamblea Constituyente o sin ella, lo que se necesitaba era la paz, la tierra y el control obrero de la industria. Muchas veces se había diferido la convocatoria de la Constituyente y acaso se la aplazaría una o dos más: se esperaba que el pueblo acabara por calmarse y modificar sus exigencias. En todo caso, después de ocho meses de revolución, apenas si se vislumbraba tal cosa...

Sin embargo, los soldados trataban de resolver por sí mismos, desertando, la cuestión de la paz. Los campesinos quemaban las casas señoriales y se apoderaban de las grandes propiedades, los obreros saboteaban la industria y se declaraban en huelga... No hay que decir que los industriales, los grandes terratenientes y los oficiales empleaban toda su influencia para impedir cualquier compromiso democrático...

La política del Gobierno provisional oscilaba entre unas reformas ineficaces y una despiadada represión. Un decreto del ministro socialista del Trabajo prohibió reunirse a los comités obreros durante las horas de labor. [4] En el frente se detenía a los «agitadores» de la oposición, se suspendían los periódicos de izquierda y se castigaba con la pena de muerte a los propagandistas revolucionarios. Se hicieron algunos intentos para desarmar a las guardias rojas. Se envió a los cosacos a las provincias para mantener el orden...

Estas medidas contaban con la aprobación de los socialistas «moderados» y de sus jefes, que formaban parte del gobierno y que estimaban necesaria la colaboración con las clases poseedoras. El pueblo los abandonó pronto, para pasarse al lado de los bolcheviques, cuyo programa era la paz, la tierra, el control de la industria y un gobierno obrero. El conflicto se agravó en septiembre de 1917. Contra el sentimiento de la inmensa mayoría del país, Kerenski y los socialistas «moderados» consiguieron formar un gobierno de coalición con las clases poseedoras: el resultado fue que los mencheviques y los socialrevolucionarios perdieron para siempre la confianza del pueblo.

Un artículo del Rabotcbi Put («El Camino Obrero»), aparecido hacia mediados de octubre y titulado «Los ministros socialistas», expresaba claramente el sentimiento de las masas populares respecto de ios socialistas «moderados»:

He aquí la lista de sus servicios: [5]

Tseretelli: Desarmó a los obreros con la ayuda del general Polovsev, degolló a los soldados revolucionarios e introdujo la pena de muerte en el ejército.

Skobelev: Comenzó con una veleidad, tasando en el 100 por ciento los beneficios de los capitalistas, y acabó... por un intento de disolución de los comités obreros de las fábricas y de los talleres.

Avxentiev: Encarceló a muchos centenares de campesinos, miembros de los comités agrarios, y suprimió docenas de periódicos de los obreros y los soldados.

Tchernov: Firmó el manifiesto zarista ordenando la disolución de la Dieta finlandesa.

Savinkov: Se alió con el general Kornilov y, si no entró en Petrogrado como «salvador de la patria», fue sólo por una serie de circunstancias ajenas a su voluntad.

Zarudni: Encarceló, con la aprobación de Alexinski y Kerenski, a millares de obreros, soldados y marineros revolucionarios, y ayudó a fraguar el «asunto» de los bolcheviques, tan infamante para la justicia rusa como el asunto Beilis.

Nikitin: Se comportó, frente a los ferroviarios, como un vulgar polizonte.

Kerenski: Mejor es no hablar de él; la lista de sus servicios es demasiado larga...

Un congreso de los delegados de la Flota del Báltico, celebrado en Helsingfors, votó una resolución que comenzaba así:

Exigimos que se expulse inmediatamente del gobierno al «socialista» Kerenski, aventurero político, que, con sus vergonzosos chantajes en beneficio de la burguesía, desacredita y hunde la gran revolución y, con ella, a las masas revolucionarias…

Todo esto no podía sino acrecentar la popularidad de los bolcheviques.

Desde febrero de 1917, en que la multitud de obreros y soldados que venía como un mar embravecido a azotar contra los muros del Palacio de Táuride había obligado a la Duma imperial a asumir contra su gusto el poder supremo, fueron las masas populares, obreros, soldados y campesinos, las que imprimieron todos estos cambios .i la dirección de la revolución. Fueron también ellas quienes derribaron al ministro Miliukov, y fue su Soviet quien lanzó al mundo los términos de la paz rusa: ni anexiones ni indemnizaciones: derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. Y en julio, fue el proletariado quien, en una sublevación espontánea, tomó el Palacio de Táuride y exigió que los Soviets asumieran el gobierno de Rusia.

Los bolcheviques [6] que entonces no eran más que un pequeño grupo político, se pusieron a la cabeza del movimiento. Fracasó éste, de manera desastrosa, y la opinión pública se volvió contra ellos. Sus tropas, desprovistas de jefes, se acogieron al barrio de Vyborg, el Fa^lbourg Saint-Antoine petersburgués. Comenzó entonces la caza despiadada de bolcheviques. Se encarceló a varios centenares, entre ellos, Trostki, Alejandra Kollontai y Kaménev. Lenin y Zinoviev tuvieron que esconderse para escapar a la justicia. Quedaron suspendidos los periódicos del partido. Provocadores y reaccionarios acusaron a los bolcheviques de ser agentes de Alemania, y tanto insistieron en ello, que el mundo entero acabó por creerlos.

Pero el Gobierno provisional se vio en la imposibilidad de fundamentar sus acusaciones. Se reveló que los documentos que habían de probar la inteligencia con Alemania eran falsos. [7] Los bolcheviques, uno por uno, fueron puestos en libertad sin sentencia, bajo fianza ficticia o simplemente sin fianza, con excepción de seis de ellos.

La impotencia y, la indecisión de este gobierno en perpetuo reajuste proporcionaba a los bolcheviques un argumento irrefutable. No tardaron, pues, de nuevo, en hacer resonar entre las masas su grito de guerra: «¡Todo el poder a los Soviets!» Y realmente no era la ambición personal la que los impulsaba, ya que, por entonces, la mayoría de los Soviets pertenecía a los socialistas «moderados», enemigos suyos encarnizados.

En seguida lanzaron su programa de acción: satisfacer las reivindicaciones más elementales y evidentes de los obreros, soldados y campesinos. De esta manera, mientras los mencheviques recalcitrantes y los socialrevolucionarios se enredaban en compromisos con la burguesía, los bolcheviques conquistaron rápidamente las masas. Acosados y despreciados en julio, habían ganado en septiembre, casi completamente, para su causa, a los obreros de la capital, los marinos del Báltico y los soldados. En las grandes ciudades, [8] las elecciones municipales de septiembre fueron, a este respecto, muy significativas: los mencheviques y los socialrevolucionarios sólo consiguieron el 18 por ciento de los puestos, contra más del 70 por ciento en junio...

Un hecho ha preocupado a los observadores extranjeros: la oposición extremadamente violenta que el Comité Central Ejecutivo de los Soviets, los Comités Centrales del Ejército y de la Flota [9] y algunos Comités Centrales de Sindicatos, concretamente el de Comunicaciones y el de los Ferroviarios, hacían a los bolcheviques. Ahora bien, estos Comités Centrales habían sido elegidos hacia mediados del verano o incluso antes, cuando los mencheviques y los S. R. contaban con innumerables partidarios, y retardaron o impidieron nuevas elecciones, que habrían modificado su constitución. Según los estatutos de los Soviets de Diputados obreros y soldados, el Congreso debería reunirse en septiembre, pero el Tsik no quiso convocarlo, pretextando que la Constituyente iba a reunirse dos meses más tarde y que en esa época los Soviets deberían entregar sus poderes. Mientras tanto, los bolcheviques ganaban cada día terreno en todo el país, en los Soviets locales, en los sindicatos y entre los soldados y marineros. Los Soviets campesinos seguían siendo todavía conservadores porque en los distritos rurales atrasados, la conciencia política se desarrollaba lentamente y, durante toda una generación, sólo el partido S.R. había hecho propaganda en el campo. Pero, incluso entre los campesinos, se estaba formando una fracción revolucionaria. Tal cosa se hizo visible en octubre, cuando el ala izquierda de los S.R. se separó para formar un nuevo grupo: los socialrevolucionarios de izquierda.

Paralelamente, podían observarse no pocos síntomas de que la reacción iba recobrando su confianza. [10] Así por ejemplo, en el teatro estaba Trotzki, de Petrogrado, cuando un grupo de monárquicos interrumpió la representación de una comedia titulada Los crímenes del zar y amenazó con linchar a los actores por «insulto al soberano». Ciertos periódicos pedían a voces un «Napoleón ruso». Los intelectuales burgueses jamás llamaban a los diputados de los Soviets obreros (robotchie deputaty) otra cosa que «perros diputados» (sobatchie depuiaty).

El 15 de octubre me entrevisté con el gran capitalista Stepan Gueorguievitch Lianosov, el «Rockefeller» ruso, kadete por sus opiniones políticas.

—La revolución —me dijo— es una enfermedad. Más pronto o más tarde, tendrán que intervenir las potencias extranjeras, como se interviene a un niño enfermo para curarlo o ayudarlo a caminar. Evidentemente, no será éste el mejor remedio quizá, pero hay que comprender que las naciones no pueden permanecer indiferentes ante el peligro bolchevique y la propagación de ideas tan contagiosas como la de la «dictadura del proletariado» o la de la «revolución mundial»... Hay una sola posibilidad de que esta intervención no se haga inevitable. En lo« transportes reina la desorganización, cierran las fábricas y los alemanes avanzan: acaso el hambre y la derrota devuelvan al pueblo ruso la razón...

Con particular energía me expresó el señor Lianosov su convicción de que jamás los comerciantes e industriales, ocurriera lo que ocurriese, transigirían con la existencia de los Comités de fábricas ni concederían a los obreros participación en la dirección de las industrias.

—En cuanto a los bolcheviques, no hay más que dos maneras de salir adelante: evacuar Petrogrado y declarar el estado de sitio, para que el mando militar pueda desembarazarnos de estos señores, sin necesidad de inquietarse por la legalidad... o bien, segunda alternativa, dispersar por la fuerza armada la Asamblea Constituyente si manifiesta las menores tendencias utópicas.

El invierno, el terrible invierno ruso, se aproximaba. Yo había oído decir a los hombres de negocios: «El invierno ha sido siempre el mejor amigo de Rusia. Acaso sea él quien nos libre de la revolución». En el frente, helado, los miserables ejércitos seguían padeciendo hambre y muriendo sin entusiasmo. El material rodante se deterioraba, disminuían los víveres, cerraban las fábricas. Las masas, desesperadas, proclamaban que la burguesía estaba a punto de sabotear la causa del pueblo, provocando la derrota en el frente. Riga había sido abandonada después de que Kornilov hubo declarado públicamente: «¿Deberemos sacrificar Riga para que el país retorne el sentido del deber?» [11]

Para los norteamericanos, es inconcebible que la guerra de clases alcance tales extremismos. Sin embargo, en el frente Norte he conocido oficiales que preferían abiertamente el desastre militar a la colaboración con los comités de soldados. El secretario de la sección de Petrogrado del partido kadete me declaró que el hundimiento económico formaba parte de una campaña destinada a desacreditar la revolución. Un diplomático aliado, cuyo nombre he prometido callar, me confirmó el hecho. Sé también que cerca de Jarkov, los propietarios de unas minas las incendiaron e inundaron; que en Moscú, ingenieros textiles, antes de abandonar las fábricas, inutilizaron las máquinas, y que unos obreros sorprendieron a ciertos funcionarios de los ferrocarriles en flagrante delito de sabotaje a las locomotoras.

Una gran parte de las clases ricas preferían los alemanes a la revolución —incluso 'al Gobierno provisional— y no ocultaba estas preferencias. En la familia rusa con quien yo vivía, a la hora de cenar se conversaba invariablemente sobre la llegada de los alemanes, que traerían «la ley y el orden». Una noche, en casa de un comerciante de Moscú, a la hora del té, pregunté a once personas si preferían a Guillermo o a los bolcheviques. Ganó Guillermo por diez contra uno.

Los especuladores se aprovechaban del desorden general para amasar fortunas que dilapidaban en orgías fantásticas o en pagar a los funcionarios. Acaparaban stocks de víveres o de combustibles y los exportaban clandestinamente a Suecia. Durante los cuatro primeros meses de la revolución, las reservas de víveres de los grandes almacenes municipales de Petrogrado fueron saqueadas casi a la vista de todos, hasta el punto de que la reserva de trigo para dos años resultó casi insuficiente a las necesidades de un mes. Según el informe oficial del último rriinistro de Abastecimientos del Gobierno provisional, el café se compraba al por mayor en Vladivostok a dos rublos la libra, y el consumidor lo pagaba a trece en Petrogrado. En todos los almacenes de las grandes ciudades había toneladas de víveres y de ropas; pero sólo los /icos podían comprarlos.

En una ciudad de provincia conocí a una familia de comerciantes, cuyos miembros se habían hecho especuladores merodeadores, como los llaman los rusos—. Los tres hijos habían logrado rehuir el servicio militar, mediante el soborno. Uno especulaba con víveres, otro vendía ilícitamente a misteriosos clientes de Finlandia el oro de las minas del Lena, y el tercero, que había adquirido'grandes interesas en una fábrica de chocolate que aprovisionaba a las cooperativas locales, no las abastecía sino con la condición de que le entregasen todo lo que necesitara. De este modo, en tanto el pueblo sólo recibía, con la cartilla, un cuarto de libra de pan negro, él disponía en abundancia de pan blanco, azúcar, té, pasteles y manteca. Y cuando los soldados, consumidos por el frío y el hambre, no podían sostenerse en el frente, había que escuchar con qué indignación vociferaba esta familia contra los «cobardes», asegurando que sentía «vergüenza de ser rusa» y llamando «bandidos» a los bolcheviques porque le requisaban grandes stocks de provisiones acaparados por ella.

Bajo esta podredumbre exterior, las fuerzas secretas del antiguo régimen, que habían sobrevivido a la caída de Nicolás II, proseguían su intenso y misterioso trabajo. Los agentes de la famosa Ojranat seguían funcionando, por o contra el zar, por o contra Kerenski, a sueldo de quien les pagase. En la sombra, diferentes clases de organizaciones subterráneas, como las «Centurias Negras», se dedicaban activamente a preparar el triunfo de la reacción, de una u otra forma.

En esta atmósfera de corrupción y de monstruosas verdades a medias, sólo se oía una nota clara, el llamamiento de los bolcheviques, más penetrante cada día: «¡Todo el poder a los Soviets! ¡Todo el poder a los representantes directos de millones de obreros, soldados y campesinos! ¡Tierra y pan! ¡Que acabe la guerra insensata! ¡Abajo la diplomacia secreta, la especulación y la traición! ¡La revolución está en peligro, y con ella la causa de todos los pueblos!»

La lucha entre .el proletariado y la burguesía, entre los Soviets y el gobierno, comenzada en los primeros días de febrero, iba a alcanzar su punto culminante. Rusia, que acababa de pasar, de un salto, de la Edad Media al siglo xx, ofrecía al mundo estremecido el espectáculo de dos revoluciones: la revolución política y la revolución social, trabadas en una lucha a muerte.

¡Qué vitalidad la de esta revolución rusa, después de tantos meses de hambre y de decepciones! La burguesía debería haber conocido mejor a su Rusia: sopeñas se veía por ninguna parte aquella «lasitud de la revolución», de la cual se complacía en hablar.

Cuando se echa una mirada atrás, la Rusia anterior a octubre parece pertenecer a otra edad, se la ve increíblemente conservadora. ¡Nos hemos adaptado tan pronto al nuevo y más rápido curso de la vida! Toda la política rusa se inclinó tan violentamente a la izquierda, que a los kadetes se les puso fuera de la ley, como «enemigos del pueblo», a Kerenski se le consideró como «n «contrarrevolucionario»; los jefes socialistas moderados, Tseretelli, Dan, Lieber, Gotz y Avxentiev, parecieron demasiado reaccionarios a los ojos de sus mismos partidarios, y hombres como Tchernov o incluso Máximo Gorki se vieron empujados al ala derecha.

Hacia mediados de diciembre de 1917, algunos jefes socialrevolucionarios visitaron en grupo al embajador británico, sir George Buchanan, al cual le suplicaron que no hiciese declaraciones sobre esta visita, por estar considerados como muy derechistas.


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Reed, John. Diez días que estremecieron al Mundo. (370.34 Kbytes)

 

"Sus artículos [...] me hicieron ver a México", dijo Kipling de John Reed. Grandes avisos en The New York Times anunciaban la publicación de los reportajes de Reed en prestigiosas revistas. Walter Lippmann escribió entusiasmado: "Qué bueno sería que toda la historia se hubiese narrado como Reed lo hace". Los camiones repartidores de los periódicos llevaban en sus costados letreros que lo proclamaban como "el Kipling norteamericano". Fue el más grande y famoso de los reporteros de su época. Sacudió la conciencia de Estados Unidos con sus informes sobre huelgas aplastadas a sangre y fuego. Cautivó a millones con sus hermosas crónicas sobre el alzamiento de la peonada mexicana. Escoció sentimientos narrando las miseria de la guerra en Europa. Finalmente, se erigió como el gran testigo de la primera revolución proletaria en Rusia y Lenin recomendó la lectura de sus páginas a los obreros de todo el mundo. John Reed (Pórtland, Estados Unidos, 1887 - Moscú, 1920).
 
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