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2005 Abr 16 Ascenso y caída de la meritocracia, 16 de abril. Ralf Dahrendorf PDF Imprimir E-Mail

MERITOCRACIA" es una palabra llena de ecos positivos. Significa el gobierno de quienes tienen mérito. Por lo general, se entiende que este mérito consiste en logros académicos, una combinación de talento y formación, que se miden mediante grados académicos, los que a su vez se califican según el mérito: A, B, C, D, o como primero, segundo superior, segundo inferior y tercero.

¿Quién no desearía vivir en una meritocracia? Ciertamente es preferible a una plutocracia, donde la riqueza determina el estatus, o una gerontocracia, donde la edad lo lleva a uno a la cima, o incluso una aristocracia, en que lo que cuenta son los títulos heredados y las propiedades.

De modo que la meritocracia, al menos a primera vista, parece preferible. Sin embargo, al hacer un examen más detallado, las cosas no son tan simples.

Para muchos, Francia ha sido durante largo tiempo el arquetipo de la meritocracia. La mayoría de quienes ocupaban cargos de alto nivel, no sólo en el servicio civil y en el Poder Judicial, sino también en la política, los negocios y el mundo académico se habían graduado en las famosas grandes écoles. Muchos de ellos se sometían luego a una rigurosa formación para convertirse en inspecteurs des finance, autoridades estatales de alto nivel.

No obstante, en la actualidad parte de la población ve con cada vez más suspicacia a las elites francesas, incluso las rechaza activamente.

Cierto, los líderes franceses no son inmunes a la corrupción. La incómoda relación entre el dinero y la política ha dado origen a varios escándalos de alto nivel en los últimos años. Ya no parece tan claro que los altamente educados líderes de Francia sean capaces de administrar los asuntos del país de manera más eficiente y honesta que otros.

La burocracia japonesa, seleccionada meritocráticamente, también enfrenta el mismo oprobio público. De hecho, a menudo se la culpa por la rigidez del país y su estancamiento actual.

En Gran Bretaña, un gobierno que se encamina a su tercer periodo ha dicho más de una vez que desea que el país sea "meritocrático". El ministro de Hacienda, Gordon Brown, aparente heredero de Tony Blair, parece particularmente ansioso de seguir ese camino.

No obstante, fue un cientista social británico (y político del Partido Laborista), Michael Young, quien hace 40 años escribió un libro muy debatido, titulado El triunfo de la meritocracia.

La suya no fue la descripción del camino a la tierra prometida, sino una visión antiutópica de dimensiones casi orwellianas. La meritocracia era el "1984" de Young.

Dos preguntas centrales planteadas por Young siguen teniendo actualidad. Primero, si los logros académicos son la llave de entrada al poder y al estatus, ¿qué pasa con el resto? ¿Qué hay de los que no llegan a la universidad? ¿Cuál es la suerte del otro 50% en un mundo meritocrático?

Young argumentaba que estas personas quedarían confinadas, incluso condenadas, a trabajos de menor nivel, sin oportunidades de lograr prominencia o siquiera un puesto de responsabilidad satisfactorio. Según Young, quienes tienen al menos algo de talento formarán un "batallón de avanzada" de plomeros, constructores y otros trabajadores calificados. Quienes ni siquiera logren esa calidad permanecerán en un "batallón de apoyo doméstico" de trabajadores no calificados.

La sombría profecía de Young tiene una extraña semejanza con el mundo de hoy en día. La nueva clase inferior es la contracara de la elite meritocrática. Los inmigrantes, en particular, están privados de la igualdad de oportunidades sugerida por la palabra "mérito".

En efecto, la meritocracia actual parece ser simplemente otra versión de la inequidad que caracteriza a todas las sociedades. De hecho, puede tratarse de una forma particularmente cruel de inequidad, puesto que quienes fracasen no pueden argumentar que no tuvieron suerte o que quienes tienen las riendas del poder pusieron trabas a su ascenso. En lugar de ello, deben concluir que fracasaron en lo personal y que ningún esfuerzo podrá salvarles.

A esto hay que agregar otra característica descrita por Young: la meritocracia significa simplemente que otro grupo dirigente cierra las puertas tras de sí, una vez que ha logrado su estatus. Aquellos que llegaron a la cima gracias a su "mérito" ahora quieren tener todo lo demás, que admiraron en otros: no sólo poder y dinero, sino la oportunidad de determinar quién entra y quién queda afuera.

Tarde o temprano, argumentaba Young, las elites meritocráticas dejan de estar abiertas; se cuidan de que sus hijos tengan mejores oportunidades que la prole de los "batallones de avanzada" o los "batallones de apoyo doméstico". Como todas las elites antes que ellas, también se asientan sólidamente y usan todos los medios a su alcance para mantener ese status quo.

No es necesario seguir el argumento de Young hasta llegar a la revolución final. Sin embargo, sí es necesario un saludable escepticismo frente a quienes plantean una meritocracia basada únicamente en los logros académicos. Una sociedad así no es la mejor respuesta a nuestras súplicas por que haya decencia y ecuanimidad, o siquiera buenas decisiones tomadas con sentido común.

Es mucho mejor recordar que, cuando se trata de gobernar, entran a jugar muchas cualidades aparte de un grado académico de primer nivel.

Por lo que toca a las instituciones, no debemos permitir que un único criterio determine quién llega a la cima y quién no. Esto encierra diversos riesgos, como el de limitar la creatividad individual y colectiva, latente en el ser humano. La diversidad es incluso una mejor garantía de apertura que el mérito, y la apertura es el verdadero sello de un orden liberal.

Miembro de la Cámara de Economía de Londres ©Project Syndicate

El Universal
Sábado 16 de abril de 2005

 
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