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2005 Ago 06 La plutocracia mexicana. Mauricio A. Rosell PDF Imprimir E-Mail

Los griegos definían a la plutocracia (régimen en el que parece haber degenerado nuestra democracia) como el sistema en el que la base principal del poder es la riqueza. Aunque tal vez la diferencia con aquellos tiempos es que ahora los ricos no necesitan estar físicamente en el gobierno, sino que pueden ejercerlo a través de los políticos.

A falta de reglas claras de la competencia política y la parsimonia de las autoridades (IFE, Congreso y Ejecutivo), el dinero se ha convertido en el principal factor de la lucha política en nuestro país y en la determinante fundamental del éxito en este ámbito, apoderándose de la capacidad decisoria que debiera corresponderle al electorado. Ahí están los casos de los grupos de interés representados por los Amigos de Fox, el Pemexgate, los Bejarano y recientemente de la oscura figura de las "redes ciudadanas" que apoyarán la candidatura del hasta ayer jefe de Gobierno del DF. El dinero y la influencia de grupos como estos se han transformado en factores centrales que definen quiénes, de entre los interesados en asumir un cargo público de elección popular, tendrán verdaderas oportunidades de participar en la contienda y quiénes no. Y son los que determinan quién ganará las elecciones y consiguientemente decretará los temas de la agenda nacional que habrán de impulsarse.

Así las cosas, la competencia por la búsqueda de "buenos patrocinadores" resulta ser la variable fundamental del triunfo político y, por lo mismo, una actividad en la que los candidatos concentran grandes esfuerzos, degradando a la política a un asunto de simples números, de complicidades, incluso de corrupción. Además, este flujo de dinero cada vez con mayores excesos y menor claridad, desvirtúa también lo que debería ser el objetivo central de la contienda electoral: debatir ideas, plantear proyectos de país, mostrar carácter, definir liderazgos. Como decía antes, a los contendientes lo único que les interesa es conseguir apoyos económicos suficientes, aunque ello exija aliarse con poderes económicos y financieros del capitalismo global disímbolos. ¡Qué más da si en el fondo coinciden o no con ellos! Como la visión se agota el 2 de julio del año 2006, lo único que les interesa es asegurar una difusión suficiente de su imagen, hacerse conocidos, asegurarse los espacios más rentables en términos electorales. Después de esa fecha, si consiguen el triunfo, ya verán qué hacer con los rezagos, las inercias y las asignaturas pendientes que afectan al país y cómo pagar los apoyos recibidos.

Los ricos y poderosos grupos de intereses mexicanos y también extranjeros, quienes aportan el dinero para que las aspiraciones de los candidatos puedan hacerse realidad, se transforman así en los verdaderos dueños de la política, en los controladores de la "democracia" mexicana; mientras que los detentadores formales de los puestos públicos fungen como simples administradores, siervos fieles de sus mecenas, a quienes deben obedecer y asegurar fórmulas apropiadas para que recuperen la inversión. De ahí que hablemos de la variación de nuestro régimen a una plutocracia que maneja tras bambalinas la política y el rumbo de la sociedad, escamoteando a los ciudadanos la soberanía política y trazando los objetivos estratégicos de la nación conforme a sus intereses. Y lo peor es que todo ello sucede ante la mirada atónita y expectante del ciudadano común y corriente, a quien, en colusión con los medios de comunicación, se le manipula, se le expropia su capacidad de decisión, se le priva de su derecho a un gobierno representativo y se le coloca como simple espectador de un régimen de corrupción mutua.

Los ciudadanos contamos, sin embargo, con medios para hacer frente a esta realidad abusivamente patrimonialista e individualista. El primer paso es regresar al Estado y a las instituciones electorales el papel que les corresponde y asegurar que los poderes económicos estén sujetos a pautas más democráticas. Asimismo, es necesario que luchemos en contra del desprecio antidemocrático a la voluntad popular, recuperemos nuestro espíritu crítico e iniciemos el camino de la reflexión, del debate público y de la participación cívica para reconstruir el concepto de democracia que compartimos y en el que hemos trabajado por tanto tiempo para, por esta vía, volver a creer en la posibilidad de la evolución colectiva. Los ciudadanos debemos dejar de ser sujetos pasivos, indiferentes, resignados y asumir una actitud más activa de cara a la nueva realidad. Se trata en definitiva no sólo de defender las libertades democráticas, sino incluso de extenderlas y profundizarlas con el fin de asegurar que las instituciones políticas estén efectivamente al servicio de la mayoría.


Por intereses inexplicables de los legisladores no fue posible materializar la tan ansiada reforma electoral que permitiera transparentar el origen y destino de los dineros y rehuir que éstos pudieran servir para comprar la política, reducir el costo de ésta para el erario, evitar que las campañas políticas se convirtieran nuevamente en rehenes de la mercadotecnia, hacer frente a prácticas que pudieran poner en peligro la credibilidad de sus resultados y asegurar un margen mínimo de legitimidad de entrada a los comicios electorales de 2006. Los tiempos se han vencido y ahora no nos queda más que esperar a ver cuáles serán los resultados de esta negligencia. Ojalá no sean tan catastróficos como se pronostica. Los mexicanos tendríamos muchísimo que perder si ello sucede.

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