En México la más reciente movilidad política ha dejado de ser algo parecido a una confrontación de ideas como lo fue, por ejemplo, el desprendimiento cardenista del PRI o la escisión "forista" del PAN. Lo que hoy presenciamos es un ejercicio llano de transfuguismo por cálculos fundamentalmente personales. Realismo laboral en su estado puro. El gobierno es un botín que alguien ganará y por eso hay que alinearse en las filas del triunfador.
Son legión los políticos que han cambiado de trinchera y cuando son interpelados por su tendencia acomodaticia, invocan lo que ellos llaman "sus convicciones profundas". Ellas, y no otra cosa, los orillan a buscar nuevas playas. Valiente cinismo.
Es llamativo que un senador electo por un partido se presente como candidato a gobernador por otra formación, con una naturalidad digna de mejor causa. Con la misma parsimonia, uno de los hombres más poderosos de un gobierno que emprendió la reforma neoliberal puede pasar a engrosar las filas del candidato de la izquierda. No deja de sorprender tampoco que la número dos de un partido pueda, bajo cuerda, estar formando otro, de nuevo e incierto cuño. Todos ellos enarbolan la coherencia para justificar su comportamiento.
Creo que el transfuguismo, per se, no es lo peor, es síntoma de algo más grave aún: la ausencia de referentes ideológicos mínimos en un país dominado por una cultura desprejuiciadamente pragmática. Una de las grandes ventajas del viejo sistema político es que siendo autoritario carecía de ideología fija, por eso fue menos opresivo y flexible. La ambigüedad ideológica del sistema permitía que Echeverría y Salinas fueran presidentes por el mismo partido. O bien que Zedillo restaurase los principios del nacionalismo revolucionario mientras completaba las reformas que abrían la economía mexicana. Las ideas han sido lo menos importante para la formación de la clase política. En este país el poder ha sido un fin en sí mismo.
El transfuguismo que hoy vemos es una continuación de esa cultura priísta, que en la ausencia de ideas era una ventaja para saltar de un grupo al otro. En la formación de la clase política el compromiso con las ideas fue la excepción. Un día se estaba en contra del GATT y al siguiente tocaba apoyarlo, y en ambos casos se hacía con fervor. Para los cuadros de entonces no había ruptura interna ni remordimiento, porque en el fondo no estaban convencidos ni de una cosa ni de otra. Lo importante era estar en el ajo.
La verdadera enfermedad es que el cambio de trincheras no tiene costo, porque las ideas son algo tan accesorio como la corbata. El dirigente de un partido pudo haber votado el alza del IVA y ahora estar en contra. Los que apoyaron las privatizaciones pueden ser ahora ideólogos del neopopulismo y quedarse tan campantes.
En estos días he visto, con sorpresa, que un precandidato del PAN le tiraba un cable a la profesora y me preguntaba si el precandidato prefiere el apoyo de ciudadanos o de las corporaciones. Para un panista una alianza con la cabeza del magisterio sería contra natura. ¿Cómo puede plantearse un ciudadano una alianza con la encarnación del corporativismo?
Seamos francos, el problema no son los oportunistas, esos los ha habido siempre. El tema central es que los partidos son cascarones carentes de ideas, son oficinas de colocación. El juego político democrático no ha consistido en ganar las elecciones para conducir la historicidad del país, sino para instalarse en el gobierno.
La ausencia de debate teórico-ideológico explica que Roberto Madrazo pueda decir lo que quiera, sin quedar mal con nadie. López Obrador puede subir a su carro a quien sea y el PAN puede cortejar a la profesora o a Castañeda, sin desentonar demasiado; total, todo es igual.
No perdamos de vista, sin embargo, que si el autoritarismo pragmático era un fardo menos pesado, una democracia sin ideas ni referentes deja al país a la merced de una clase política cuya motivación única es apropiarse del botín por la vía que sea.
Analista político.
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