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En nuestro país todo cambia, menos la estructura de la televisión. Concentración, discrecionalidad y contenidos de baja calidad son las tres coordenadas que describen esta industria. Su poder e influencia crecieron al amparo y en consonancia con las del presidente de la República y el partido gobernante. Ahora no es exagerado señalar que se ha convertido en un poder fáctico con tanta o mayor influencia que las instituciones que la cobijaron. La televisión es la fuente más importante de información, entretenimiento y cultura para millones de mexicanos; generadora y reproductora de valores, expectativas, ilusiones y, sobre todo, de imagen y credibilidad para los políticos instalados en la era del espectáculo y la popularidad.
La población mexicana es cuatro veces más grande que en los años cincuenta, cuando inició sus transmisiones la televisión comercial, pero en la pantalla observamos no sólo los mismos estereotipos, prejuicios y hasta guiones melodramáticos con malas adaptaciones, sino también una disminución creciente en la calidad de sus contenidos, a pesar de su indudable avance tecnológico y de su tímida apertura en algunos renglones antes vedados por la censura o la autocensura comercial.
La sociedad mexicana ha construido una incipiente identidad ciudadana (defiende su voto y sus derechos, impugna la corrupción e incorpora valores democráticos a su cotidianidad), pero la televisión sigue reduciendo la condición de ciudadano a un mero índice de audiencia (rating). Considera la información no un bien público sino una mercancía, un valor de cambio que, ante todo, debe reflejar los intereses de los dueños de la pantalla. Salvo en momentos excepcionales, la televisión ha sintonizado con las demandas democratizadoras y cívicas de sectores de la sociedad, pero nunca se ha colocado a la vanguardia de ellas. Busca legitimidad, pero no mantiene su credibilidad. Construye figuras públicas con las reglas de lo efímero y luego las desecha o las utiliza con buenas dosis de escándalo.
En el lenguaje simbólico de la televisión mexicana predomina la uniformidad por encima de la diversidad y prevalecen la banalidad y lo efímero. Pensar, debatir, contrastar es "aburrido", "no vende", no genera rating. Es mejor dramatizar, inducir, repetir, copiar géneros de moda, como los reality shows, aunque su efecto sea tan fugaz como las demandas del zapping.
Es innegable que los medios en general, y en especial la televisión, son más autónomos frente al poder político que hace tres décadas. Recuérdese todavía la feroz autocensura de Televisa durante el movimiento del 68 o la invisibilidad de las protestas contra los fraudes priístas. Sin embargo, esto no ha redundado en mayor libertad de expresión y en mejor información. Por el contrario, día con día la pantalla comercial exhibe un retroceso preocupante: confunde libertad de expresión con impunidad mediática; no existen fronteras entre la intimidad y el espectáculo, entre el derecho a la privacidad y la especulación que da todo por hecho. En su peculiar estilo, la televisión enjuicia, legisla, condiciona, gobierna.
La televisión constituye uno de los poderes fácticos más fuertes, determinantes e influyentes en la vida social, política, cultural, económica y hasta religiosa del país. Es juez y parte tanto en los partidos de futbol como en las contiendas electorales. La famosa máxima de Emilio Azcárraga, El Tigre: "somos soldados del presidente", opera en sentido inverso: son las figuras públicas los soldados de la pantalla, si es que no sus rehenes, sus financiadores o los concesionarios.
Decir que la televisión nos gobierna dejó de ser una exageración. Marca las pautas que el poder público abandona por "no pelearse" con los dueños de la pantalla. Lo hace informalmente, sin rendir cuentas ni cumplir regulación alguna, pero por eso mismo es más impune, aunque no más eficaz. Nos gobierna aunque nadie haya sufragado por sus dueños, productores, publicistas o comentaristas más destacados. Se escuda en el poder del rating, ese "dios oculto" que domina la pantalla, como definió el sociólogo francés Pierre Bourdieu a los índices de audiencia. "Eso quiere ver la gente", "somos un pueblo analfabeto, ¿qué le vamos a hacer?", "a quien no le guste, que cambie de canal". Estas y otras frases han creado la nueva demagogia de la telecracia. Con ello se justifica todo: desde sus pésimos programas cómicos hasta su apuesta por un falso realismo, como se observa en los talks shows, los reality shows, los infodramas, los programas de marketing y concurso, los teletones y otras campañas de filantropía.
La clave de la televisión no está en la manipulación sino en la concentración. Por ejemplo, en aquellos asuntos que la televisión no sabe o no puede controlar han florecido la capacidad crítica, la comunicación alternativa y la creatividad, de tal suerte que cuando intenta controlar abiertamente, genera el efecto contrario al esperado, como tantas veces se ha visto con los linchamientos y los escándalos.
La concentración es el rostro más antidemocrático del modelo televisivo mexicano. Un poder concentrado no acepta contrapesos, límites, reglas equitativas o pluralidad, ni tolera la diversidad de opciones. Un poder concentrado en dos grandes empresas (Televisa y TV Azteca) distorsiona la competencia real, atenta contra la libertad de expresión y genera expresiones graves de autocensura. Un poder concentrado es enemigo de la rendición de cuentas y la transparencia. Es la lógica implacable de la concentración.
El problema es que la modernización de la televisión pasa no sólo por los cambios tecnológicos, sino también por el conocimiento y la transformación de su estructura. Ésta es la hora de la reforma televisiva. Un cambio que se puede realizar con los propios integrantes de la propia industria, pero no imponerse ni ignorar las demandas de la sociedad. Es hora de una reforma que capitalice el potencial más grande de la televisión: la posibilidad real de crear ciudadanos participativos, críticos, informados.
La clave de la concentración está no sólo en la propiedad de las concesiones en unas cuantas manos, sino también en la discrecionalidad que se ampara en una ley antigua, caduca y proclive a proteger el monopolio. La Ley Federal de Radio y Televisión es uno de los pocos ordenamientos jurídicos que surgió en la cumbre del modelo autoritario del sistema político mexicano, en 1960, y durante más de cuarenta años sólo ha tenido modificaciones mínimas, muchas de ellas contrarias a una genuina modernización. La discrecionalidad asfixia la industria, la convierte en elefante blanco, con muchos recursos, pero también con enormes costos de operación que encarecen el servicio y provocan constantes distorsiones.
La discrecionalidad es el factor más importante del malestar con la televisión que nos gobierna. Este malestar es creciente y no sólo se refleja en las críticas de lo que algunos denominan "el círculo rojo" de la opinión publicada. Los altos índices de audiencia ya no se producen como antes y cada vez son más volátiles y efímeros. Un mal producto televisivo empobrece y caduca más rápido que las antiguas transmisiones.
En esta hora de la reforma a la pantalla mexicana, ningún escenario augura la desaparición de la televisión como principal medio de comunicación. Por el contrario, es claro que conviviremos con ella, aunque también es posible que cada vez se le padezca más si desde los intereses que la determinan se obstaculiza su transformación.
La propia globalización de las comunicaciones representa para el modelo televisivo mexicano no sólo un reto, sino también una enorme posibilidad de desarrollo, modernización y democratización.
Convertirse en un apocalíptico de la televisión no lleva a ningún lado. El desafío es conocerla, observarla, analizarla, estudiar su legislación, identificar los distintos géneros que han hecho de la pantalla un elemento adictivo y seductor para millones de televidentes, participar en el proceso de su democratización porque en esa medida se construye la ciudadanía y se defienden derechos tan importantes como el de la información, la educación, la salud y el acceso a la cultura.
La hora de la reforma televisiva promueve el humanismo, el esparcimiento, la convivencia, pero, sobre todo, la necesidad de la apertura.
El objetivo de este libro es aportar elementos para el análisis crítico. Es una radiografía más que una autopsia. Es más descriptivo que prescriptivo. Plantea muchas interrogantes, ventila las propuestas, compara legislaciones y deja abiertas las respuestas para quienes serán en un futuro inmediato los estudiosos del fenómeno mediático en México.
Pretende ser un instrumento útil para transformar el homo videns, sobre el que teorizaran politólogos como Giovanni Sartori, en un homo zapping informado, que aprenderá el valor de tomar el control en sus manos y hacer de la república de pantalla una república cívica, informada, plural, diversa.
Introducción del libro LA TELEVISIÓN QUE NOS GOBIERNA, Modelo y estructura desde sus orígenes. |