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2005 Nov 14 La democracia en "tiempo real". José Fernández Santillán PDF Imprimir E-Mail

EN uno de los estudios más agudos de los últimos 10 años sobre la democracia contemporánea, Gustavo Zagrebelsky, profesor de la Universidad de Turín, afirma que ese régimen político no proporciona una garantía cierta respecto de las decisiones que se toman en él. Para este intelectual italiano la democracia puede ser un régimen sin calidad. En vez de que produzca la mejor opción, es factible que caiga en la peor de las determinaciones. De hecho, la acusación no es nueva: durante siglos la democracia fue considerada como la peor de las constituciones porque, según se decía, era el sistema de la masa irreflexiva.

No es que Zagrebelsky se sume a la lista de pensadores antidemocráticos como Platón, Hobbes o Nietzsche, sino que desde las propias filas de los intelectuales democráticos lanza la voz de alerta contra las formas actuales de degeneración del también llamado gobierno popular. Para esto, toma como tema de debate uno de los momentos más polémicos en los que se ha aplicado la democracia: el proceso contra Cristo (en Argomenti per il dissenso, No. 1, Turín, Celid, 1994, pp. 15-27).

Teniendo como fiel de la balanza a Poncio Pilatos, de un lado se puso a Jesús, un ser que se dedicó a hacer el bien entre sus semejantes, de otro a Barrabás, uno de los delincuentes más temibles de la época, para que la chusma decidiera a quién dejar libre. El resultado a favor de Barrabás es un desafío para quienes se planteen la defensa del sistema democrático. Muestra que la democracia no contiene en sí ningún anclaje que la mantenga inmune frente a su propia degeneración.

Por ese motivo, el autor lanza la pregunta: ¿se puede criticar a la democracia sin por esto ser acusado de antidemocrático? La respuesta es un contundente sí. Es más, no sólo se debe criticar la calidad de la democracia, sino tenemos el deber de hacerlo. Precisamente, porque defendemos a la democracia tenemos que develar las desviaciones a las que está expuesta.

Aquel tumulto creyó hacer un acto de justicia, pero en realidad incurrió en una de las más grandes aberraciones de la historia. Supuso actuar libremente, pero fue instrumento de una operación planeada meticulosamente. Hoy hubiéramos dicho que era una turba "manipulada".

No hubo, como lo quiere la democracia, una autonomía del juicio individual, sino una influencia externa que definió el comportamiento del gentío.

Los enviados del Sanedrín azuzaron con mentiras y promesas a los reunidos frente al palacio de Pilatos para que la decisión tomara el rumbo que los jerarcas deseaban. Y aquí viene una de las afirmaciones más impactantes de Zagrebelsky: la elaboración de decisiones autónomas "en primer lugar concierne a la condición que guarde la información política; es decir, la posibilidad de madurar decisiones autónomas presupone la posibilidad de discutir y confrontar una pluralidad de argumentos de parte de cada uno de nosotros, o sea, de hacer opinión pública". Cuando la falsedad toma el mando, la democracia comienza a decaer porque ésta se nutre del conocimiento de hechos ciertos y de la rectitud de los juicios.

Proyectando aquellos acontecimientos, registrados el año 33 de nuestra era, a lo que actualmente sucede con la democracia, Zagrebelsky resalta que ésta necesita tiempo. Momentos de reflexión para valorar los acontecimientos y discutirlos. Cuando la masa decide sin tener idea de lo que está en juego e inmediatamente, por lo general, es guiada por las pasiones y no por la razón. A esa inmediatez irreflexiva hoy se le denomina actuación "en tiempo real".

Pues bien, una democracia en tiempo real no es una democracia, sino una demagogia: "La democracia `en tiempo real` es el régimen en el que la muchedumbre es interrogada y responde inmediatamente… La forma actual de esta seudodemocracia que se inclina a la demagogia es la de las encuestas de opinión". Es la democracia electrónica, la del teléfono o de la votación instantánea que ha eliminado de la agenda pública el tiempo, la pausa, y con ello la capacidad de pensar y decidir horizontalmente entre los ciudadanos.

La democracia electrónica pone en contacto al individuo con el poder político y los medios de comunicación sin algún elemento que amortigüe el impacto del mensaje. Así, el poder y los medios se adueñan de la opinión pública. "Con esto el círculo que se autoalimenta, se cierra con resultados que poco tienen que ver con la democracia".

La paradoja del juicio de Jesús es que pocos días antes de su crucifixión la misma masa lo alababa. Esperaban de él la recompensa material en forma de milagros; cuando Jesús decidió no hacer más milagros le dieron la espalda. Ante esto Zagrebelsky se pregunta: "¿Cuál puede ser el futuro de un sistema como el que rige hoy en Italia (y agrego yo, también en México) en el que el reclamo a las ideas generales vale cada vez menos respecto del intercambio (do ut des) material?".

Aquí radica, precisamente, la distinción entre el voto de opinión y el voto de intercambio. El primero está basado en la reflexión; el segundo en el interés. Uno es el del ciudadano, el otro el del cliente. La información política imparcial y la deliberación pública nutren al primero; el paternalismo y el marketing hacen del segundo su platillo favorito.

Director del Centro de Investigaciones en Humanidades del ITESM-CCM.

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