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CAMINA sobre zancos una de las especies humanas más poderosas del planeta. Insegura se asoma a ver el futuro y presiente que las cosas no le vendrán tan boyantes como en otros tiempos. Con sus cortos 25 años de existencia, mira hacia delante y teme por el lejano día en que llegará su extinción. Es por ello que el homo neoliberabilis anda de mal humor, hoy oscila entre el nerviosismo y la arrogancia.
Aunque a lo largo de la historia moder-na se pueden encontrar antecedentes de esta especie, no fue sino hasta los años 80 que tomó el destacado lugar que hoy ocu-pa. Los primeros ejemplares aparecieron en tierras sajonas, para ser más precisos: en Gran Bretaña y Estados Unidos. Dos de ellos son los más señalados como funda-dores de toda una época. Una era dama de hierro y el otro un mal actor de películas de vaqueros. Sin embargo, a su lado, otros muchos ejemplares mutaron hacia esta expresión de la humanidad.
Lo hicieron en los territorios de la aca-demia, particularmente en las ciencias económicas, y también entre los especialistas de la guerra. Con el tiempo ocuparon altísimos lugares en el escalafón de los organismos financieros internacionales. Y desde ahí contagiaron con sus atributos y convicciones a incontables gobiernos nacionales, a partidos políticos, a legislatu-ras, y también a jueces y magistrados. Su arribo al poder se convirtió en toda una moda global.
Para principios de los años 90, el homo neoliberabilis asumió que, de entre todas las especies huma-nas, la suya era la más in-fluyente. Una vez avisados de este hecho, los países menos beneficiados entendieron que su sobrevivencia dependía de contar con ejemplares de esa especie al frente de sus respecti-vos gobiernos. Se convencieron, por ejemplo, de que sostener unas finanzas sanas era sinónimo de colocar a un homo neoliberabilis al frente de sus ministerios de hacienda. Y, alrededor suyo, al mayor número de sus pares.
Una de las principales características de esta especie es que suele hacerse pa-sar por científico. Cree que por conocer algunos principios básicos de la econo-mía ha de ser el único que tome decisio-nes de importancia. Sin embargo, no está dispuesto a reconocer que su experiencia cognitiva tiene algo de primitiva. Ésta corresponde más a los tiempos en que se descubrió la penicilina que a la era de la física cuántica. Es por esta falta de humil-dad que el homo neoliberabilis ha llenado sus muchas dudas y lagunas con fastuosos e ideológicos artefactos de fe.
Otro rasgo de su genética es que tiene una gran fascinación por la empresa privada. Por ello es que gusta tanto de ser su empleado. Luego desprecia todo lo que tenga que ver con el Estado. Es un privati-zador incansable. Un demoledor de todo lo que huela a público. Y aunque este ejemplar se asume como un demócrata, el ho-mo neoliberabilis prefiere la democracia de los muy pocos. Los muchos le provocan urticaria. Mientras que para él la voluntad de los más es sinónimo de populismo, la voluntad de los menos es tomada como un paraíso del liberalismo.
Este ejemplar, como lo hace la cabra, suele jalar para el monte donde viven los excluyentes. Sus normas morales y mapas mentales son consistentes con ello: desde el monte se mira muy bien para abajo. Sólo así es posible tomar distancia con lo antiestético o con lo genéticamente desafortunado. El lenguaje que usa desde las alturas para referirse a los otros se constituye de una cerca triplemente electrificada. Y en sus muy variadas expresiones, este lengua-je tiene por virtud señalar el lugar justo donde se encuentran los plebeyos.
El homo neoliberabilis está condescendientemente convencido de que su forma de vida es toda una civilización. Y también de que quien no la comparte permanece en la barbarie. Se trata de un sujeto que pien-sa mucho en términos geográficos, pero sobre todo es un ejemplar que vive muy al pendiente del código postal.
Por su intermitente actividad depre-dadora, en fechas recientes el homo neoli-berabilis está generando grave resentimiento a su alrededor. Sociedades que nunca creyeron o que recientemente han dejado de creer en su superioridad, se han dispuesto a retarle en formas muy diversas. Se han fatigado de su enorme capacidad para la exclusión y también de sus actitudes soberbias y majaderas. Los indios, los nacos, los latinos, los árabes y otros tantos plebeyos ahora presienten que su condición no es algo por lo que se deba pedir perdón. Se trata de una toma de conciencia sobre el parco futuro que le espera a la humanidad de seguir dejando que esa sola especie gobierne al mundo.
Es por estos síntomas de malestar que el ejemplar en cuestión anda tan preocupado. Le agobia, sobre todo, el tema de su seguridad. Le ha agarrado mucho cariño a los muros altos, a las púas, a los carros blindados, a las armas a distancia, a las policías privadas y a los mercenarios. Por ello también es que acusa de criminales a todos los venidos de otras tierras, o de populistas a quienes gobiernan pueblos que poseen ideas distintas.
Es en este contexto que el muy despreciable terrorismo le otorgó la coartada perfecta. Se ha convertido en el pretexto inapelable para espiar a todo ser humano que no comparta su visión del mundo. Para vetar expresiones políticas que no le sean afines y también para sabotear economías que no cumplan con sus sacros mandamientos.
Por el poder que durante las últimas décadas tuvo entre sus manos, el homo neoliberalibis contó con una de las mejores oportunidades que la historia haya ofreci-do para transformar la realidad humana. Y, sin embargo, la desperdició. Tal cosa no le convierte, por lo pronto, en una especie en extinción. Lo único que anuncia es el fin de su hegemonía. Y por tanto, las crecientes expresiones de rebeldía habrían de ser leídas como el iniciático anuncio de una nueva era.
Profesor del ITESM
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