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El hecho de que la libre empresa permanezca como el método más exitoso de estimulación del crecimiento económico no significa que requiera un sistema de gratificación creado y sustentado en una creciente y grotesca acumulación de fortunas familiares. Las acumulaciones empiezan a tener una influencia negativa en la operación eficiente de nuestra economía. Tienen el potencial de ser peligrosas políticamente. En una sociedad democrática, se están convirtiendo en socialmente injustificadas.
Vance Packard, The Ultra Rich (1989)
El dinero no sólo determina quién es electo, determina quién se postula para un cargo. Al final, determina qué logra el gobierno o en qué falla. El Congreso, con excepción de momentos muy inusuales, escucha a los 900,000 americanos que aportan 200 dólares o más a sus campañas por encima de los 259, 600,000 que no lo hacen. La verdadera reforma de la democracia, una reforma tan radical como las de la era Progresiva y tan profunda para que el gobierno se vuelva a poner en movimiento, debe iniciarse con el completo rompimiento de la conexión entre el dinero y la política.
Bill Bradley, Senador de Estados Unidos, 1996
¿De qué otra forma describir la nueva (2001) agenda legislativa de la Administración -eliminación del impuesto a las herencias, la revisión de las leyes sobre bancarrotas, el rechazo a las regulaciones de seguridad en los centros de trabajo, el relajamiento de las restricciones sobre monopolios, etcétera– si no es como una acción de la guerra de clases?
No es la agresión que Kart Marx o tal vez Ralph Nader tengan en mente, no es el saqueo de las mansiones de los ricos por parte de los pobres enojados, sino los agraviados ricos quemando las chozas de los pobres presuntuosos y creadores de problemas.
Lewis Lapham, Harper’s (2001)
Los siglos nuevos han sido puntos de estrés en la sicología, si no en las fortunas inmediatas, de las potencias económicas mundiales. Como sus predecesores, los Estados Unidos vieron sus incertidumbres incrementarse a medida que el calendario daba la vuelta.
Los ingenuos puntos de vista de una Nueva Economía se estrellaron con el extenso colapso del Nasdaq y del valor de las acciones tecnológicas acompañadas de las bajas en la productividad, en las ganancias corporativas y en la actividad de los negocios. Por su lado, la indecidida elección presidencial del 2000, alimentó el escepticismo sobre el sistema electoral de Estados Unidos. Los eventos del 11 de septiembre aumentaron la preocupación sobre el futuro de la seguridad americana interna y externa.
Antes de esto, entre líneas y en forma destacada en las elecciones del 2000 –las agudas críticas de corrupción y de las excesivas ganancias corporativas hechas por los derrotados precandidatos reformistas republicano y demócrata, McCain y Bradley, y el principal contendiente del tercer partido, Nader– habían insinuado una reforma en común. El hecho de que una tercera parte del electorado haya apoyado a uno de estos tres críticos impactó a algunos observadores como un augurio de un mal aún por venir.
La ausencia de catalíticos explosivos como Fort Sumter (N.T.Alusión al episodio que dio inicio a la Guerra Civil) y Pearl Harbor ha hecho que la movilización de la opinión pública de los Estados Unidos haya sido lenta. El único catalítico explosivo del 2000-2001 fue el ataque terrorista, el cual desencadenó una movilización muy diferente: mitad patriotismo, mitad temor. Las reacciones contra las corporaciones, el sector financiero o los ricos generalmente se han dado al sobrevenir el colapso del mercado accionario o muy severos trastornos económicos. De otra manera han sido difíciles de enfocar.
Esta lentitud ha sido evidente. La Revolución Americana (N.T.Guerra de Independencia) y su soporte la “revolución” política de 1800 dejaron fija en la mente de varias generaciones el desechar cualquier prospecto de una aristocracia de la riqueza. El legado de 1776 y la abolición de las leyes británicas sobre herencias y primigenia habían sido considerados como protección suficiente hasta que el público fue lentamente despertando después de la Guerra Civil. Hasta entonces los votantes empezaron a comprender cómo las ganancias que arroja la guerra, el poder del ferrocarril, la corrupción gubernamental, el surgimiento de las corporaciones, y el engrandecimiento de la fortuna Vanderbilt en cinco veces los 20 millones de la riqueza de Astor , un récord en 1848, habían establecido un campo totalmente nuevo de acción.
A pesar de que Mark Twain acuñó el término de “Época Dorada” en 1873, sólo hasta después de 1880 los periodistas y reformadores establecieron líneas conectoras entre la excesiva riqueza, el surgimiento de la corporación, las monumentales mordidas, y lo irrelevante de las ya centenarias reformas sobre las herencias. El General James B. Weaver –héroe de la Guerra Civil, miembro Greenback (N.T. Partido que proponía que los billetes verdes impresos por los bancos nacionales desde 1862 fueran los únicos instrumentos monetarios con validez) y futuro candidato presidencial populista– observó en 1880 que los fundadores de la nación abolieron la primigenia y las leyes sobre herencia “para que la riqueza del país se difuminara entre la gente de acuerdo a leyes naturales beneficiarias. Ellos no contemplaron la creación de esas corporaciones que son entidades tan reales como los individuos”. A través de los 1890 y los tempranos 1900, la preocupación pública creció hasta convertise en una masa crítica.
Un siglo después podemos fácilmente asociar la lentitud de la estimulación pública en los 1980 y 1990 a otra creencia subsistente: la política del New Deal y la Segunda Guerra Mundial habían asegurado la ética democrática para el futuro previsible. Sin embargo, para el 2000, estos logros bajo la administración de Franklin D. Roosvelt, tenían más de 50 años y la persistencia de esa ética tan confortable, era cada vez más y más una ilusión.
1. LOS ENSUEÑOS DEL PROGRESIVISMO
Atajar las nuevas concentraciones de riqueza y poder ha sido una empresa engañosa. No obstante, el éxito de Theodore Roosvelt en los inicios de 1900, después del fracaso del radicalismo llanero de Bryan, a través de los años, pasó de ser historia a convertirse en una leyenda, y durante la campaña del 2000 estos asuntos volvieron a ser la inspiración de párrafos y líneas centrales de McCain, Bradley, Nader y sus aliados.
Bradley, quien terminó en el segundo lugar de la contienda para la nominación del partido Demócrata, describió la renovada corrupción de los 1990 como “una historia americana ya escuchada. Es la historia de fines del siglo XIX, la era del sistema de botín y los constantes escándalos, cuando la política se convirtió en el rehén del poder económico de los financieros de Wall Street, de los dueños del sistema ferroviario y los industriales, donde cada senador era propiedad del magnate que había maquinado su postulación… En ese tiempo el teólogo Walter Rauschenbach escribió que en la vida política uno ve constantemente que la causa de la vida humana implora largamente y en vano por el cambio, como la viuda ante el injusto juez; de repente se escucha la voz de la propiedad y todos los hombres se ponen de pie con el sombrero entre las manos”.
McCain, quien también terminó en segundo lugar pero por la nominación Republicana, abiertamente modeló su propia combatividad en Theodore Roosevelt. Sus descripciones se convirtieron en gritos de batalla. Además de condenar el sistema de financiamiento electoral como “un esquema muy elaborado de regateo en donde ambos partidos han conspirado para obtener los cargos vendiendo el país al que más pague” el senador por Arizona, como hemos visto, condenó la enmienda de impuestos de su partido en 1999 por negarse a eliminar el bienestar corporativo y ofrecer “otro cuerno de la abundancia para los grupos de interés y la cámara del terror para los causantes”.
Como el primer Roosevelt, McCain prometió usar a la Casa Blanca como un albergue público para ejecutivos desobedientes de las corporaciones. Hablaba de convocar a los medios de comunicación televisiva de la nación y decirles “ustedes se embolsaron 70 billones de la manera más fraudulenta desde el escándalo del Teapot Dome” ( N.T.En 1920, la administración del Presidente Harding se vio envuelta en un problema de corrupción al concesionarse la explotación petrolera de unos yacimientos de la Secretaría de Marina a particulares) y urgirles a establecer un sistema uniforme de clasificación de la programación televisiva. También prometió decirles a los ejecutivos de las compañías farmacéuticas “tenemos personas de edad avanzada que no pueden adquirir sus medicamentos, por lo que tenemos que hacer algo para ayudarles”.
Ralph Nader, el nominado por el Partido Verde, se asemejaba más a Robert La Follette, el chico malo republicano de Wisconsin quien, al principio del siglo XX, con sus ataques verbales logró que los titanes de los negocios y la industria fueran más dispensadores con su perdón de Theodore Roosevelt. En Iowa, donde Nader argumentaba que “los dos partidos se habían morfológicamente integrado en un partido corporativo con dos cabezas y distinto maquillaje” fue presentado por el antiguo activista progresista demócrata y ex comisionado de la Agencia Federal de Comunicaciones, Nicholas Johnson, donde expresó, como una excusa sobre su propia relación, “la corrupción corporativa que ha envuelto a ambos partidos ha llegado a tal grado que no podemos esperar más”. Las manifestaciones de los simpatizantes universitarios de Nader, más que cualesquier otra, recordaron a los que denunciaban los escándalos de corrupción cien años antes.
Lo que el republicano McCain y el demócrata Bradley no hicieron fue trazar las líneas conectoras en forma directa y atrevida entre el gobierno corrupto, la política corrupta, la venalidad corporativa y las dos décadas sin precedente de creación de riqueza. Nunca se discutió sobre los especuladores de alto nivel, los asaltantes corporativos, los donadores políticos de cien mil dólares, los especuladores con información privilegiada, los directores corporativos ostentadores de serruchos y los megacabilderos de Washington. Cómo el uno por ciento de los de arriba acumuló más de la mitad de las ganancias en Estados Unidos a finales del siglo nadie tomó nota de ello; la expansión de los haberes combinados de la lista de los 400 de Forbes que pasaron de varios cientos de billones de dólares en 1982 a tres trillones en el 2000 permaneció sin analizarse, un engrandecimiento nunca relacionado a los donativos, transacciones y la purga de las fuerzas de trabajo.
Declaraciones bien cuidadas, como lo muestra el capítulo 7, también han sido frecuentes tanto con Rooseveltianos e incluso con Bryan. Los políticos raramente asumen pleitos aparentemente innecesarios. Parte de la confusión descansó en el torpe populismo de los noventas: millonarios de Internet con camisas de cuello abierto, banqueros autocráticos globales alabando la democracia de los mercados, el líder del Congreso Newt Gringrich y otros voceros de las finanzas y los negocios en el Congreso proclamándose a sí mismos como populistas y en contra de lo establecido. El derrumbe en el 2000-2001 del mercado accionario ofreció una imagen más nítida.
En el ejemplo previo sobre el pregresivismo, una atrayente claridad emergió entre 1906 y 1912 cuando Roosevelt y otros dieron la vuelta para acusar a los excesos de la propia riqueza y auspiciar la curva de gravación de las herencias y los ingresos personales. La sequía ideológica siguió en 1912, cuatro décadas después de que Mark Twain acuñó el término Edad de Oro. Pueden parecernos muy apropiadas estas remembranzas en el 2000, sin embargo, nuevas circunstancias desde la globalización al terrorismo les dieron la apariencia de ensueños.
2. LA INCERTIDUMBRE SOBRE LA GLOBALIZACIÓN LIDEREADA POR ESTADOS UNIDOS
El dios romano de los inicios Janos, tiene dos caras para que pueda ver en dos direcciones. Lo mismo podría decirse de los milenarios Estados Unidos después de más de medio siglo de dominio global. Su cara interior fue vista por los trabajadores americanos con un perfil de preocupación por la clase media, las iglesias y los centros comerciales y la mezcla de economías de primer y tercer mundo en ciudades como Nueva York y Los Angeles. La segunda, vista internacionalmente, fue la de una economía envejecida, con los estragos de su poder reflejados en púrpuras venas por los años de un alto nivel de vida, los labios fruncidos con la insolencia de la gran riqueza, los ojos irritados por los desvelos de la frecuencia creciente de las crisis financieras.
La mayoría de los americanos conocía la cara interior; pocos la global. Pero muchos extranjeros sí y algunos hasta se hipnotizaron a sí mismos con exageración, incluyendo aquellos que diseñaron los ataques terroristas contra las instituciones financieras y gubernamentales de Estados Unidos.
Desafortunadamente, la cara global, examinada de una forma realista, es más reveladora. A pesar de que las expresiones triunfalistas de los noventas se han ido disipando en el 2000 y 2001, la visión externa americana recordó los excesos de otras potencias en su última etapa. Esta imagen, en contraste con las correcciones de los reformistas a la Edad de Oro está menos abierta a una solución únicamente de carácter nacional. El recuerdo de Theodore Roosevelt es, en un sentido, irrelevante. Lo nuevo que sí es relevante –el lento declive y la trayectoria de hundimiento de la potencia líder de la economía mundial– no es conocido por los americanos, a pesar de los distantes recuerdos que aún subsisten en Ámsterdam o Londres.
Sin embargo, no se puede juzgar fácilmente las trayectorias. A finales de los mil novecientos ochentas los Estados Unidos eran vistos deslizándose, en parte porque muchos americanos consideraban a Japón como la potencia económica emergente. Pero, en lugar de superar a los Estados Unidos, como estos habían hecho con Gran Bretaña, Japón empezó a descender lentamente después de la implosión en 1990 de la burbuja de su mercado accionario. El temor a Japón se enfrió en 1993 y 1994 y desapareció en 1996 al darse una nueva recuperación en Estados Unidos. El triunfalismo americano se volvió a acentuar, y la preocupación de Estados Unidos sobre su posible declive nacional se regresó al ámbito académico (con excepción de una moderada preocupación sobre el actual déficit el cual creció a unas dimensiones semejantes a las peores de Gran Bretaña). El grito de que hay viene el lobo de 1988 y 1989 inhibió las discusiones una década después.
En su lugar, el debate se centró sobre la globalización, un término que se convirtió en una mancha de Rorschach tanto para seguidores como para detractores. Activistas laborales y liberales de izquierda criticaron precisamente lo que muchos bancos y empresas multinacionales buscaban, esto es, transferir del ámbito de los gobiernos locales y nacionales algunas de las regulaciones económicas, financieras y comerciales a entidades transnacionales simpatizantes del mandarinato como el TLC y la OMC. A pesar de la atención puesta por Nader, los candidatos presidenciales republicano y demócrata en el 2000 ignoraron una compleja serie de asuntos como el incremento de la brecha entre los aliados occidentales que prosperan con la globalización y la disminución de los ingresos de los billones menos favorecidos en Africa, el Sudeste Asiático y América Latina, la financiación y polarización de los ingresos en Estados Unidos, y el “déficit democrático” o la erosión de la soberanía popular que tratamos en el capítulo 5.
Las raíces de la aprehensión en los Estados Unidos era algo que debería ser ignorado, no debatido seriamente. Por ejemplo, una encuesta del Wall Street Journal en 1999, mostró que, incluso en tiempos relativamente buenos, el 58% de los americanos consideraba el comercio exterior como “malo para la economía de los Estados Unidos porque las importaciones baratas dañan los salarios”. El 10% de los americanos con más altos ingresos en contraposición habría estado en desacuerdo en la proporción de 2 a 1, el 1% más alto probablemente de 5 a 1, cuya voz era más alta en un sistema más a tono con la riqueza. Propuestas comerciales controvertidas frecuentemente se convirtieron en ley durante los noventas a través de métodos limitantes del debate como el “fast track” y el sostener votaciones durante momentos de gran debilidad en las sesiones del Congreso por haberse concluido un periodo electoral.
Los historiadores económicos podrían haber arrojado algo de luz sobre las divisiones. En 1999 el New York Times publicó una provocativa verdad: “tal vez el más grande mito sobre la globalización sea el que es nueva”, asentó el reportaje.
“De acuerdo con ciertas medidas, el punto más alto ocurrió hace un siglo”. Así es, el comercio y la movilidad internacional del capital sólo recuperaban en los 1980 y 1990 los niveles de fines de los periodos victoriano y eduardiano. Así pues, “aunque se alude que la globalización es irreversible, hay pruebas que sí fue reversible a principios del siglo”.
Lejos de ser “irreversible”, la globalización se ha dado en forma de olas. Como se elaboró en el capítulo 4, su cresta en los periodos victoriano y eduardiano fue apoyada por el propio interés y la ideología británica durante su periodo de auge económico. La previa apertura del comercio europeo de 1649 a 1690, a su vez, reflejó el zenith de los holandeses. De nuevo, a finales del siglo veinte, dependía, en forma similar, de la influencia de las élites ricas dominantes de los Estados Unidos y de sus aliados.
Las potencias económicas líderes se volvieron tan arrogantes que acuñaron tanto resentimiento interno como del exterior. Para el 2000, la mayoría de los de altos ingresos y de las mayores fortunas de los Estados Unidos oscilaban mundialmente, directa o indirectamente, en profesiones como derecho, contaduría, ingeniería y economía y en sectores como el petrolero, farmacéutico, tecnológico, aeroespacial, químico, tabaco, comunicaciones, entretenimiento, bancario y financiero. En contraste, el 60 o 70% de los americanos tenían ligas más estrechas con los perdedores de la globalización, una relación confirmada en las encuestas de opinión, por la pérdida del trabajo de los varones, y por la persistente inhabilidad de contar con salarios reales resarcibles entre los trabajadores en cargos que no fueran de supervisión y alcanzar los niveles de los años sesentas, especialmente en la industria manufacturera.
La insistencia de Washington en el siglo XXI sobre las virtudes económicas globales de Estados Unidos probablemente va a ser desechada por los asiáticos, tal como los rivales europeos desecharon las insistencias de los holandeses y británicos. Gran Bretaña y Estados Unidos, después de todo, crearon su inicial moméntum industrial con el apoyo de años de proteccionismo económico gubernamental.
Por lo que se refiere internamente a la política, estas mismas controvertidas prioridades pueden enarbolarse en la bandera de Estados Unidos cuando terroristas extranjeros destruyeron el World Trade Center, un comercio y una economía abiertos son buenos, por lo que sus oponentes son de mentes cerradas y malévolas. Por otro lado, los críticos han distinguido las vulnerabilidades que la dependencia financiera y la globalización han impuesto a Estados Unidos, vulnerabilidades que no existían en los adormecidos años cincuentas.
3. LAS CAMBIANTES POLÍTICAS DE LA ASCENDENCIA CORPORATIVA
Los esfuerzos de las élites económicas y que moldean la opinión pública de los Estados Unidos para con el cambio de milenio, construir un nuevo gobierno y un sistema legal global, fueron más allá de los anteriores niveles de transnacionalismo, expansión que descansaba sobre el marco marítimo, naval y colonial de los españoles, holandeses y británicos. En contraste, bajo la bandera americana, las corporaciones han ido al frente porque, desde el siglo XIX, ha sido su papel –como los mayores vehículos de ingenio y adquisición– jugar muchos de los roles expansionistas previamente asociados a la iglesia española, la marina mercante holandesa y la marina británica. Esto podría menospreciar la importancia de las casi gubernamentales compañías holandesa y británica de las Indias Orientales, pero ninguna otra nación ha igualado a los Estados Unidos en centrar en las corporaciones privadas (incluyendo bancos) su crecimiento económico y su vida política.
Que las corporaciones hayan ocupado los reflectores como los antiguos conquistadores, sólo que ahora parlantes del inglés, convirtiéndose en los Magallanes de la tecnología, los Cortes de los bienes de consumo, los Pizarro del entretenimiento, refleja la cosmopolitización de sus ganancias, en parentesco con la cosmopolitización de las inversiones de los anteriores holandeses y británicos. A finales de los mil novecientos noventas, muchas de las compañías de Fortune 500 estaban relacionadas en un tercio, la mitad o dos tercios a ventas, ganancias, plantas o empleados internacionales. Algunos directivos administrativos esperan no procesar o manufacturar nada en los Estados Unidos, simplemente importar y distribuir bienes, muy parecido a la fallada compañía Enron que se transformó de ser una empresa productiva en una de intercambio financiero.
El corolario –igualmente la provocación política–descansa en la declinante contribución a la creación de empleos y al bienestar comunitario en los Estados Unidos. Los teóricos administrativos entusiasmados con las corporaciones virtuales que eran pura cabeza –para funciones financieras, legales, de mercadotecnia, de diseño, de desarrollo e investigación– y poco o nada de cuerpo en el sentido de una capacidad de manufactura fija. La cabeza puede estar en Estados Unidos, ocupada por 2 o 3 mil empleados, profesionales de mediano alto y alto nivel ( no necesariamente americanos). El empleo de asalariados normales, sin embargo, se traslada a otro lado, como la información del capítulo 3 ilustra. Las ventas de las 500 empresas más grandes del mundo se septuplicaron entre 1980 y el 2000, pero durante ese lapso su empleo dentro de Estados Unidos se contrajo en una tercera parte.
Las ganancias infladas de las corporaciones fluyeron al capital y a los accionistas a costa de los trabajadores y las comunidades. En el 2000 alrededor del 40% de las acciones individuales en los Estados Unidos eran propiedad del 1% de los de más altos ingresos, lo que representa un enriquecimiento parroquial y estrecho al lado de la ampliación del empleo, los beneficios comunitarios y el compromiso nacional de Estados Unidos con el capitalismo democrático de los mil novecientos cincuentas.
Con la llamada de atención que ofreció el colapso de Enron, las corporaciones van a tener que dar una explicación sobre estas transformaciones. Su vulnerabilidad política es que el surgimiento la moderna corporación en los Estados Unidos siempre ha dependido de la política. El mercado puede ser adorado o los discursos sobre el laissez-faire ser muy aplaudidos, pero sólo el gobierno puede cambiar la reglamentación. Muchos de los más famosos presidentes de Estados Unidos, como hemos visto, han tratado de bloquear a las corporaciones. Algunos lo lograron. El crecimiento y moméntum corporativo después de la Guerra Civil se dio no por el laissez-faire, sino en gran medida por los ferrocarriles y otros behemoths (N.T.En el sentido de otras grandes obras) que eran tan grandes que en forma metódica tomaron y dominaron las legislaturas estatales, por medio de lo cual controlaron el Senado y muchos de los poderes judiciales estatales y federal.
El poder corporativo se retrajo durante las eras progresiva y del New Deal como ya lo hemos visto, y de nuevo a mediados de los sesentas y finales de los setentas. A principios del siglo XXI se debe ver otra lucha, porque el engrandecimiento de las corporaciones en los ochentas y noventas fue más allá del de la Época Dorada –en cuanto a corrupción y concentración de la riqueza- al distinguirse por abandonar a los trabajadores americanos, las comunidades y las lealtades. No es difícil imaginar un debate del siglo XXI sobre una forma más sofisticada de la versión económica de la vieja ofensiva de la Alemania del Este de republikflugt o vuelo de la nación.
La erosión dentro de los Estados Unidos de la soberanía popular y nacional, algo de ella producto del comportamiento corporativo, también cristalizó como una preocupación entre 1995 y el 2000. La influencia pública también se redujo a medida que expertos no electos se convirtieron más prominentes en el proceso decisorio nacional. Los jueces y la Junta de la Reserva Federal ampliaron su papel mientras la influencia corporativa y bancaria sobre el Congreso y la Casa Blanca ascendió a la par que los dólares contribuidos a las enormes campañas electorales federales y al gasto en cabildeo. Los votantes empezaron a entender que se encontraban en un sube y baja, donde la influencia popular caía y la influencia de las élites económicas ascendía.
La pérdida de la soberanía nacional se ha convertido en una preocupación popular. La pequeña porción de jurisdicción concedida a las organizaciones internacionales antes de los mil novecientos noventas nunca se convirtió en un asunto nacional, salvo para el grupo político. Eso cambió entre 1993 y 1995 al entrar en vigor el Tratado de Libre Comercio y después el marco y la mecánica de la Organización Mundial de Comercio aparentó empujar a un lado los preceptos democráticos. Como anteriormente se anotó, el término “déficit democrático” emergió en los artículos académicos y en la cobertura de los medios de comunicación, al darse las deliberaciones sobre el TLC, la OMC y la Unión Europea comenzaron a emitir fallos que hacían a un lado las legislaciones locales y nacionales y decisiones regulatorias de Norteamérica al Sudeste Asiático. En Washington, el bien reconocido Centro para Estudios Internacionales y Estratégicos ha cuestionado la legitimidad de las reglas promulgadas por “élites” muy alejadas del proceso político.
El reacomodo de las capas gubernamentales para su propio beneficio, algo que las corporaciones de Estados Unidos hicieron durante la Época Dorada, ayudó a disparar la respuesta Progresiva y su era. Confirmó cómo las corporaciones, permitiéndoseles su gran crecimiento y poder, podrían convertirse lo que asentó Henry Demarest Lloyd en su libro Wealth Against Commonwealth (La riqueza contra la comunidad). Un siglo después, la globalización como punto central de las corporaciones se está convirtiendo en un nuevo darwinismo social. La sobrevivencia del más apto había brincado al escenario internacional. Ahora, la legislación y regulación globales, no la sobre interpretación local de la Constitución de Estados Unidos, se esperaba favoreciera a los leones económicos y suprimiera las prioridades sociales y ambientales, una reescenificación de las técnicas maldecidas por los críticos progresivistas un siglo antes.
Paralelamente, a finales de los mil novecientos noventas el despertar público se dio de golpe semanas antes del fin de siglo. El gran número de funcionarios de comercio y ejecutivos de las corporaciones reunidos para “La Ronda del Milenio” de la Organización Mundial de Comercio en Seattle en diciembre de 1999 fueron sorprendidos cuando miles de activistas bloquearon las entradas al salón de reuniones canturreando “No los queremos. No los elegimos. Y no queremos sus reglas”.
El déficit del “debate democrático” incide particularmente en los Estados Unidos y Europa. Sin embargo, tanto el movimiento hacia un gobierno de funcionarios no electos como la ansiedad que crea, son globales.
4. EL DÉFICIT DEMOCRÁTICO Y EL SURGIMIENTO DE LOS NO ELECTOS
En el invierno del 2000-2001, cuando los americanos veían a la Suprema Corte de los Estados Unidos determinar los resultados de las elecciones presidenciales de noviembre y la Junta de la Reserva Federal hizo sus juicios críticos sobre el destino de la economía de Estados Unidos, lanzó un intrépido alivio a la migración de la autoridad política. Dos ramas no electas del gobierno, el judicial y los banqueros del centralizado Sistema de la Reserva Federal, estaban asumiendo las decisiones más vitales. La aquiescencia pública y las respuestas desafiantes revelarían algo sobre la evolución de la democracia.
Y no sólo en los Estados Unidos. El surgimiento mundial durante los mil novecientos ochentas y noventas de los banqueros centrales, todos no electos y operando con personal de élite, atrajo creciente atención, especialmente en Europa, Japón, Taiwán, Singapur, Canadá y Brasil. El llamado “Concierto de Europa”, el cual mantuvo el equilibrio de poder en Europa después de las guerras napoleónicas, había sido orquestado por los diplomáticos de las grandes potencias; el Concierto Occidental de la crisis económica que envolvía el milenio, fue un ensamble de banqueros centrales, su líder, el bautizado por un libro del 2000 como Maestro, Alan Greenspan.
Debe enfatizarse que la creciente independencia del banco central era producto de regímenes nacionales electos (o en el caso del Banco Central de Europa, supranacional). En resumen, independencia de los políticos. Nadie era tan tonto para pensar que los banqueros centrales de Washington, Londres, Bruselas o Tokio eran independientes de las extensas, sin fronteras, redes internacionales de banqueros que velan sólo por sí mismos, de las empresas accionarias, de los fondos blindados, de los economistas, de las burocracias de los bancos centrales y las tesorerías, de las agencias económicas internacionales. Estas cien mil abejas, élite entre los billones de humanos, en forma colectiva moldean la oferta de dinero, de los mercados accionarios, los patrones de crecimiento y las recesiones; sin embargo, los banqueros centrales, los jefes de la colmena financiera, operan fuera del proceso electoral.
Simplemente, los votantes del Occidente estaban perdiendo gobernabilidad pública y política sobre la economía. Si el XX había sido el siglo de la democracia, el XXI apostaba a ser algo diferente. La democratización del dinero en Estados Unidos argumentada con el crecimiento de los fondos mutuos y los planes 401(k) (N.T.Son planes de retiro o jubilación individuales) podría asentarse como la “des-democratización” en términos de control sobre la oferta de dinero que pasa por la no electa Reserva Federal y sus constituyentes financieros. Bajo su patrocinio, la liquidez –el anzuelo tangible de la expansión de la oferta monetaria– tendía a encontrar su camino en el sector financiero más que en el de la producción de bienes o de básicos. En un nivel más mundano, hasta los cronistas simpatizantes dudaban sobre la amplitud de la dependencia de la prosperidad de la economía del mundo –finalmente sobre la estabilidad de la sociedad democrática– de un puñado de expertos tecnócratas.
Los políticos de los ochentas y principios de los noventas, con sus críticas, en ocasiones han sido atemorizados por el cambio. Como hemos visto, los presidentes Reagan y Clinton se quejaron, y un grupo de senadores demócratas propuso en 1993 terminar con la participación en la Junta de la Reserva Federal de las decisiones sobre la oferta de dinero de los presidentes regionales del Banco de la Reserva Federal, los cuales “rinden cuentas no al público o sus representantes electos, sino a sus juntas de directores, las cuales están dominadas por la banca comercial”.
En el 2000-2001, no obstante, la mayoría de los políticos candidatos y de los inversionistas, estaba deteniendo la respiración para ver si Greenspan lograba su objetivo de tener un aterrizaje suave de los índices de la economía nacional y del mercado de valores. La reputación de la Reserva Federal colgaba de los resultados de la nueva década; entre mayor dolor, un más cercano escrutinio y un debate de mayor alcance.
Ocho años antes, el presidente de la Reserva Federal afirmó que estaba en contra de limitar el crecimiento para evitar la liquidación de activos financieros tal como se hizo en las recesiones previas a la Segunda Guerra Mundial. En aquel entonces, “en efecto, la riqueza cambió de manos. Pero dicha situación es inaceptable social y políticamente. Tenemos estabilizadores automáticos que le ponen un piso a los niveles de actividad económica. Pero no podemos eliminar la necesidad de reducir los desequilibrios. Por lo tanto, tratamos de quitarles fuerza sin una contracción abrupta. No obstante, esto produce un crecimiento económico lento”.
El “efecto de la riqueza” implícito en estas políticas más que igualan las otras consecuencias de la riqueza de finales de los noventas que preocupaban a Greenspan – el estímulo dado al gasto, al crecimiento económico y a la inflación por las ganancias en más de 1.3 trillones por año en la valoración del mercado accionario entre 1996 y 1999. Su decisión de de proteger a la riqueza acumulada a través de un lento crecimiento, la cual requiere minimizar los incrementos salariales, ha sido una fórmula para favorecer a los tenedores de activos financieros y aceptar el concomitante incremento de la inequidad económica y la polarización.
Políticamente, esto marcó una especie de regreso a la alineación y oposición de Nicholas Biddle y el Segundo Banco de los Estados Unidos a finales de 1820 y 1830(N.T.El financiero Biddle hizo que el Segundo Banco de Estados Unidos fuera en efecto el primer banco central. El Presidente Jackson objetó al banco, ya que consideró que concentraba demasiado poder económico y fuera del control público. Al ganar las elecciones Jackson en 1832, ordenó que no se depositaran más fondos gubernamentales en el banco y los depósitos existentes se consumieron con el pago de gastos gubernamentales. Finalmente, en 1841, el banco dejó de operar). Biddle fue derrotado por Andrew Jackson, y algunas de las acusaciones de Jackson en su famoso mensaje de veto de 1832 igualan la posterior beligerancia de Theodore Roosevelt en su potencial relevancia para el debate político del siglo XXI.
Además de que la gobernabilidad del comercio y las finanzas se hayan globalizado y pasado a manos de los no electos, otra transferencia similar de poder involucró el incremento de determinaciones judiciales y administrativas de los asuntos políticos y sociales, antes decididos por las legislaturas electas popularmente. Aquí, de nuevo, los Estados Unidos con el vigoroso despliegue de formulación de políticas por los jueces, ha puesto el ejemplo. Otras naciones le siguieron durante los noventas, en particular Europa y la Unión Europea.
Anteriores oleadas de asunción de poder y activismo judicial en los inicios de Estados Unidos generalmente eran un reflejo de los rezagos de las transiciones partidarias –los jueces y otras posiciones judiciales nombradas por los federalistas violentaron los nuevos objetivos Jeffersianos; aquellos nombrados por los presidentes demócratas antes de la Guerra Civil bloquearon a Lincoln; y un aparato judicial nombrado por los republicanos desechó grandes partes del New Deal de Franklin Roosevelt. En contraste, el extenso alcance del poder judicial al inicio del siglo XXI reflejó la expansión de los procedimientos lagaloides para enfrentar la materia de asuntos especializados.
La ascendencia de los jueces, aunque menos examinada que el ascenso paralelo de los banqueros centrales, fue catalogado en una encuesta de 1995, The Global Expansion of Judicial Power (La Expansión Global del Poder Judicial), el cual detalló la judicialización de la gobernabilidad en Gran Bretaña, Australia, Canadá, Israel, Italia, Suecia, incluso Francia y Alemania. Dado que el poder judicial tiende a servir a los intereses de la élite, una importante minoría de contribuyentes expresó su preocupación sobre las invasiones a la democracia.
En Gran Bretaña, donde el escepticismo sobre la Unión Europea abundó, uno de los libros más populares en el año del milenio, Democracy in Europe (Democracia en Europa), del conferenciante de Oxford, Larry Siedenntop, acusó que la regulación de las oficinas centrales en Bruselas de la Comunidad Europea –muy fuertes en materia de comercio multilateral, banca central, restricción presupuestal, aplicación antimonopólica y adjudicación constitucional– amenazaba con despotismo burocrático mientras que el “triunfo del lenguaje económico” había “empobrecido” el discurso político europeo. Los euroescépticos británicos se aprovecharon de la floreciente brecha de legitimidad para relacionar la alienación pública y el marcado declive en las votaciones y cómo la autoridad y prácticas de la Unión Europea estaban acelerando la declinación de la soberanía y el prestigio parlamentario nacional.
De estos dirigentes no electos, sean burocracias transnacionales, poderosos e independientes bancos centrales, inspectores económicos de la Unión Europea o del FMI y, más aún, formuladores de política en el poder judicial, una parte importante de su evolución parece que traslapa -y posiblemente refleja– la financiación, globalización y polarización de la riqueza de los ochentas y noventas. Cuál se dio primero, es difícil de decir. Ciertamente, mucho del apoyo más fuerte para este desarrollo parece haber provenido de las comunidades de las corporaciones financieras y multinacionales.
Esta simultánea erosión de la soberanía nacional, declinación de la participación de los votantes occidentales e incremento en la alienación popular de la política -resumida como el “déficit democrático” o brecha de legitimidad– hubiera originado una contrafuerza popular en los Estados Unidos de 1950 o 1970. De hecho, en 1992, fue testigo de los componentes de la democracia directa en la campaña presidencial de un tercer partido, el de Perot. Si esto permanece vigente representa una importante prueba en sí misma para el siglo XXI.
5. MERCADOS Y DEMOCRACIA: ¿UNA TENSIÓN DEL SIGLO XXI?
Podemos iniciar con una simple premisa: la economía del mercado y la democracia no son la misma cosa. Peor aún, los intentos por confundir y combinarlos como equivalentes sobresalieron en el milenio como un aspecto destructivo de la política de Estados Unidos. Como se ha señalado, la reducción de la democracia trazada en estos capítulos ha ido acompañada con el encumbramiento de los mercados –el establecimiento del TLC, la Unión Europea (presentada como un mercado común) y la OMC, el ascenso de la Junta de la Reserva Federal como protectora y proveedora de liquidez de los mercados financieros y accionarios.
Washington, Jefferson, Lincoln y los dos Roosevelts probablemente se hubiesen horrorizado. La política y el gobierno, a través del tiempo, frecuentemente brutales o crudamente deficientes han sido materia para Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Maquiavelo, Locke y algunos notables personajes americanos. Los mercados, en contraste, descienden de las ferias de la Europa medieval, de las válvulas de seguridad permitidas por la iglesia para el juego, la usura y otras acciones a licenciar. La idea de que se han convertido en un vehículo para la gobernabilidad humana carece de cualquier base, fuera de la ocasional publicación financiera.
La riqueza ha sido producto de los dos: mercado y política. Para los historiadores Will y Ariel Durant, “la concentración de la riqueza es el resultado natural de la concentración de habilidad, y ocurre regularmente en la historia. La tasa de concentración varía (siendo los factores iguales) de la libertad económica permitida por la moral y la ley…
La democracia permitiendo la mayor libertad, la acelera”. Pero también inevitablemente, agregan, la riqueza es parcialmente redistribuida, ya sea en forma violenta o pacífica. Así, la innata tensión entre el alabar la riqueza, lo cual favorece su concentración, y la democracia, que promueve la distribución.
En Estados Unidos, a la vuelta del siglo, la riqueza se ha concentrado gracias a la corrupción de la política, por un lado, y a la persuasión de la idolatría del mercado y el darwinismo económico, por el otro. La gracia salvadora es que parece que las sociedades tienen su propio ritmo, su amplio patrón de auge y declive, tal como Toynbee y otros historiadores han sugerido.
La política en los Estados Unidos ha sido más cíclica que en otros lados, y Arthur Schlesinger ha ofrecido una interpretación filosófica –la necesaria alternancia de ciclos de propósito público y aquellos del interés privado. Otros han enfatizado las inevitables tensiones entre los valores de la capitalización –propiedad, ganancias y mercados- y el énfasis de la democracia en igualdad, libertad, responsabilidad social y, en general, bienestar. Los sondeos fueron inequívocos, afirmaron los científicos políticos, John Zaller y Herbert McClosky en 1984, mientras que ninguno de los lados abiertamente busca la abolición del otro, aquellos que más apoyaron los valores democráticos apoyaron en menor medida los principios capitalistas y viceversa.
El mérito de la alternancia de ciclos registrada en Estados Unidos descansa en que ha permitido a la nación tener ambas, riqueza y democracia, la habilidad de pasar de una a otra siendo una genialidad de la política americana. Por lo tanto, la flaqueza de la era progresivista insistida por el futuro magistrado de la Suprema Corte de Justicia, Louis Brandeis de que “podemos tener una sociedad democrática o una gran concentración de la riqueza en las manos de unos cuantos, pero no podemos tener ambas”. En los puntos de transición hemos tenido ambas.
Ciertamente, la misma ciclicidad se ha mofado del absolutismo del mercado. La “mano invisible” amada por los teólogos del mercado periódicamente se tuerce su muñeca en colapsos especulativos, hartazgos de sobreoferta o distorsiones monopolísticas privadas.
Por ello, el prerrequisito de que capitalismo y democracia, aunque fácilmente se traslapan y alían, deben mantenerse separados. No deben ser confundidos. El candidato Bradley, en los inicios de su campaña presidencial, se preocupaba que la inhabilidad de liberar a la política de Estados Unidos del dinero surgía de esta confusión “el fracaso para comprender que democracia y capitalismo son dos partes separadas del sueño americano, y que el mantener vivo ese sueño depende de evitar que uno corrompa al otro”.
Mucho del fracaso de finales del siglo XX, por supuesto, fue deliberado: el continuo y fuertemente financiado esfuerzo de más de dos décadas de exaltación del interés privado, para desplazar de la arena republicana la virtud cívica y el compromiso político de los fundadores (de la nación) por el mercado del auto interés económico. Hemos visto los discursos y metáforas de los políticos, banqueros y periodistas conservadores alabando a los mercados como máquinas económicas votantes y las corporaciones como elegidas democráticamente por el mercado. Un notable republicano consideró que la política estaba subfinanciada (por contribuciones privadas) porque los americanos gastan más en antiácidos.
Dichos coros se incrementaron durante los mil novecientos noventas como la versión económica del Mesías de Handel. El mercado y la gente son uno y lo mismo.
Aleluya. Comprar, vender y consumir son la verdadera democracia. Aleluya. La voluntad popular se expresa a través de la ley de la oferta y la demanda. Aleluya. El populismo es economía de mercado. Aleluya. La oposición al fallo del mercado es elitismo. Aleluya. Regocíjense Naciones y Pueblos. Aleluya. Aleluya.
En dicho ambiente, la insistencia del mercado empezó a invadir al gobierno representativo. La OMC, por ejemplo, está estableciendo estándares para el acato legal que enfatizan el desinhibido flujo de capitales y bienes, la exaltación de los mercados por sobre el criterio legislativo, incluyendo las prioridades democráticas locales.
Finalmente, los pilares guía de una sociedad de mercado nunca progresan más allá de la tautología: las políticas que hacen que los mercados avancen son buenas y eficientes porque hacen avanzar los mercados. La cruda lógica de la borrosa separación entre mercado y política, sin embargo, se resume en una preocupante simplicidad: un dólar, un voto. La desigualdad es la ley natural de un mercado dirigido por el dinero. Entre más tienes, más puedes comprar. El comprar es bueno. Entre más puedas comprar, tus actos serán más válidos.
El siguiente salto es más perverso. Fusionar la política con el mercado y el comprar se convierte en el juego: un dólar, un voto, diez dólares, diez votos. Incluso en Estados Unidos, la votación en el siglo XIX con frecuencia tuvo una calificación en base a la propiedad. Si no tienes, no votas. Los propietarios algunas veces tenían una franquicia plural, tenían el derecho a votar en varias localidades. El billonario texano, H.L. Hunt, publicó, en los mil novecientos cincuentas, un libro defendiendo el poder de los ciudadanos de votar en forma proporcional a los impuestos que pagaran.
Tan absurdo como suena, darle forma a la política para morfológicamente integrarla al mercado es simplemente abrir una puerta trasera a la casa que Hunt deseaba construir. Si la esencia de la democracia es el vender, comprar o consumir, entonces las contribuciones políticas son expresiones protegidas (no están tan alejadas algunas de las insistencias en el debate de los congresistas en el 2000-2001). No obstante, como Charles Lindblom escribió en Politics and Markets (1977) (Política y mercado), debido a que la adquisición es un acto esencial del mercado, los negocios gozan de una posición privilegiada, lo mismo que la riqueza. La política democrática, en contraste, proporciona un marco donde el votar para la gente común y corriente es el acto esencial, no la adquisición, la cual representa un poder desproporcionado para el dinero organizado.
Esto nos regresa al inicio de nuestro capítulo: la analogía entre el mercado Darwinista actual y el Darwinismo social de la Edad de Oro. “No hay nada que decir, observó Theodore Roosevelt, para un gobierno de plutócratas, para un gobierno de hombres muy poderosos en ciertas líneas y dotados con un ‘toque para el dinero’, pero con ideales que en esencia son aquellos de los muchos glorificados prestamistas”.
Si es que los norteamericanos del siglo XXI podrán revitalizar la política, bloquear a la plutocracia, y confinar la teoría del mercado al comercio dependerá en qué tan exitoso pueda ser el regreso a la distinción crítica entre capitalismo y democracia como asunto central. Los mercados, en resumen, deben reestablecerse como asuntos adjuntos, no como definitorios de la democracia y el gobierno representativo.
6. ¿LA RENOVACIÓN DE LA POLÍTICA O EL FIN DEL EXCEPCIONALISMO AMERICANO?
Las analogías Progresivas tan atrayentes para una minoría en las elecciones del 2000 hicieron conexión, en su cimiento, con un optimismo básico en el sentido de que la democracia americana y el excepcionalismo (N.T. Concepto originalmente formulado por Rousseau, y se refería a las virtudes que los ciudadanos necesitaban para servir al Estado. Posteriormente, el sociólogo norteamericano Robert N. Bellah en el siglo pasado, encontró en los Estados Unidos un fuerte sentido de “excepcionalismo americano” y una reverencia a elementos seculares como la bandera nacional, la Constitución, los Padres Fundadores y los conceptos de individualismo y confianza en sí mismo. Es una especie de religión secular) continuarían, que nuestra cultura cívica no se encontraba en algún peligro global o histórico. Los dudosos vieron unas posibilidades más pesimistas: la congregación de una era no democrática, el encumbramiento de las élites con riqueza, incluso la posibilidad de un capitalismo estadounidense -sin arrepentimiento en casa y engreído internacionalmente– convirtiéndose en otro ejemplo de élite inflexible y vulnerable.
En la superficie, y dadas las analogías, otra movilización tipo Rooseveltiana era posible. Movilizándose contra la corrupción, la polarización, el Darwinismo de mercado –pero sobre las formas específicas de vida no contra grises abstracciones– la política puede recuperar la relevancia y el apoyo popular que perdió en el siglo XX. Parte de ella, debe incluir una aproximación más democrática al sistema impositivo, el dinero y la banca. Una reforma exitosa no sólo prolongaría el ritmo, tan esencial para la política de los Estados Unidos, la alternancia entre el propósito público y el privado, sino que prolongaría el excepcionalismo americano, probando que continúa vigente la habilidad nacional para regresar a sus raíces vitales.
Ninguna de las anteriores potencias pudo. En efecto, las reacciones populares, a mediados del siglo XVIII en Holanda y principios del XX en Gran Bretaña, en contra de de la opulenta aristocracia y las élites financieras provocó una posibilidad diferente: el surgimiento durante el primer tercio del siglo XXI (sic) de un radicalismo estadounidense sembrado por pesimismo económico y político. Hemos visto cómo una parte del pueblo danés, en busca de un regreso a los valores perdidos montó una “Revolución Patriótica” (N.T.Movimiento político holandés surgido a mediados del siglo XVIII, en oposición al rígido conservadurismo de los príncipes de Orange; estaba fuertemente influido por las ideas de la Ilustración francesa, sin embargo, sus raíces esenciales se encontraban en las tradiciones holandesas, fundamentalmente republicanas. Fue apoyado por un amplio espectro de la sociedad; al final del siglo los Patriotas tomaron el poder y Guillermo V huyó a Inglaterra). Importantes elementos de la población británica encolerizados contra la riqueza y la inequidad, usaron al nuevo Partido Laboral para construir el estado benefactor británico –con la consiguiente mejoría de las condiciones de los trabajadores y empleados de ingresos bajos y medios– a través de un sistema impositivo que crearon las condiciones bélicas y políticas y que grava con tasas más altas a las clases alta y media alta.
Los economistas Kevin O’Rourke y Jeffrey Williamson, en su obra, Globalization and History (La globalización y la historia) asientan que la pre-globalización de 1914 terminó cuando se desarrolló un contragolpe político como respuesta a los reales o percibidos efectos distributivos de la globalización. Tres o cuatro décadas después de 1918 se desarrolló una tendencia de control de capitales, restricciones migratorias, tarifas y el abandono del oro como patrón, aunada a una liberación democrática y el surgimiento del estado benefactor actuando para inclinar la economía hacia la desglobalización e incrementar el énfasis en la igualdad. La desigualdad sí dio marcha atrás en las naciones ricas, y los dos autores proponen que dichas fuerzas pueden estarse congregando nuevamente. “Los registros sugieren que a menos que los políticos se preocupen sobre quién gana y quién pierde, el electorado los puede forzar a detener el fortalecimiento de los vínculos económicos globales, y hasta, quizás, desmantelarlos”.
La creencia de que los norteamericanos, ante las evidencias de declive, no serían radicales ignora tanto la polarización y la concentración de la riqueza de los ochentas y noventas y la veta de hostilidades recurrentes anotada en el capítulo 10. La quiebra del 2000-2001 añadió una nueva capa de potencial recriminación popular: de los individuos, por igual, contra las corporaciones y el sector financiero por manejos de información privilegiada y falsas garantías, acompañada por nuevas políticas sobre finanzas personales que demandan recompensas y salvaguardas reguladoras. Los abusos eran identificables mucho antes de la implosión del mercado de valores.
Más allá de las propuestas para gravar la riqueza y frenar los salarios corporativos, también señalados en el capítulo 10, el potencial radicalismo puede responder a situaciones norteamericanas peculiares. De inicio, mayores impuestos a los bienes, ingresos o patrones de consumo de los ricos – o a los tres – podrían usarse en el siglo XXI para costear las promesas de finales del siglo XX de derechos como el Seguro Social y Medicare (N.T.Prestaciones de jubilación y asistencia médica). Los impuestos a las herencias más que desaparecerlos, pueden ser reformulados para disminuir la concentración de la riqueza en una nueva forma: gravar a los individuos sobre sus herencias acumuladas después de cierta cantidad, más que recolectar de lo heredado por los descendientes. Algunos grupos inclinados hacia la izquierda han propugnado porque el otorgamiento de los permisos constitutivos de corporaciones sea hecho por autoridades federales y no estatales, así como terminar con las interpretaciones que, bajo la Constitución de los Estados Unidos, permiten a las corporaciones ser protegidas como personas individuales. En Gran Bretaña, cambios que parecían imposibles en 1902 o 1904 fueron seriamente discutidos en 1909, promulgados como ley en 1913, y abrogados por disposiciones más duras en 1919 o 1938.
El nacionalismo económico, por su lado, puede buscarse para hacer de nuevo a los Estados Unidos autosuficiente, imponiendo aranceles a las importaciones, para lograr recapturar el mercado interno de Estados Unidos en beneficio de los productores y trabajadores locales. A pesar de los pobres prospectos para el éxito prolongado, los intentos pueden encontrar su recompensa en las votaciones. Los Estados Unidos, como una dominante potencia continental, con un amplio y rico mercado doméstico, está mejor posicionado para seguir dicha estrategia que naciones marítimas como Holanda y Gran Bretaña.
Si el trauma económico ha estimulado el radicalismo, también la guerra, tanto directa como indirectamente. Los efectos inmediatos usualmente han sido el desviar la reforma, sumergir las divisiones en patriotismo y una unidad temporal. Pero en cierto momento de la historia, a la potencia económica mundial líder, como hemos visto, alguna guerra mayor se le hace muy costosa, los prospectos económicos y las divisiones empeoran, y la política de la frustración da un crítico salto hacia delante.
Al inicio del siglo XXI, el desequilibrio entre la riqueza y la democracia en Estados Unidos es insostenible, al menos con las unidades de medida tradicionales. La teología de mercado y el liderazgo de los no electos han desplazado la política y las elecciones. O se renueva la democracia, trayendo de nuevo a la vida la política, o la riqueza va a cimentar un nuevo y menos democrático régimen - plutocracia con otro nombre. En las décadas venideras, el excepcionalismo americano puede enfrentar su más grande prueba, simplemente tratando de convencer al pueblo norteamericano de que continúe creyendo con confianza y con comodidad.
Tomado de Phillps Kevin. Wealth and Democracy. Broadway Books. New York. 2002. 472pp.

Traducción de Antonio Bayona Diego.
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