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Cambridge, Massachussets.- Nuestro país observado a la distancia se ve como una nación en vilo, convulsionada por unas elecciones que dejan serias dudas sobre la imparcialidad bajo la cual, supuestamente, se deberían haber llevado a cabo; pero también se ve enfermo, debido a la creciente violencia interna a la que concurren por igual, como síntomas preocupantes, las brutales ejecuciones de elementos pertenecientes a la fuerzas del orden, los conflictos sindicales que han derivado en enfrentamientos sangrientos y el resquebrajamiento de la paz social del cual da testimonio cotidiano la prensa internacional.
Aquel liderazgo que México ejerció durante décadas entre los países iberoamericanos y el respeto que ganó entre las naciones del orbe brillan por su ausencia. Ahora la pregunta insistente es ¿qué pasa en México? Un Estado bien constituido que alguna vez fue capaz de garantizar el orden interno y llevar a cabo una política exterior independiente. Una entidad soberana que quiso dejar atrás un sistema político autoritario para asumir la democracia como forma de gobierno plural e incluyente. Una economía que adoptó el modelo del libre mercado como fórmula para efectuar la modernización interna y colocarse en la primera fila de la globalización. Un país que blandía su riqueza petrolera como ariete para alcanzar altos niveles de desarrollo ¿Qué fue de él y de su sueño de grandeza?
Para ilustrar nuestra condición actual viene como anillo al dedo aquella frase que Marx escribió en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: "Todo un pueblo que creía haberse dado un impulso acelerado por medio de una revolución, se encuentra de pronto retrotraído a una época ya fenecida". El desorden imperante nos ha vuelto débiles adentro y afuera. Nuestra democracia parece precipitarse a la anarquía. El neoliberalismo nos ha puesto entre los países con mayores tasas de desigualdad social. La riqueza petrolera se ha convertido en un tesoro para pocos. Por si esto fuera poco ahora tenemos que el fantasma de las irregularidades electorales ronda de nuevo entre nosotros.
Desde la noche del 2 de julio aquí se supo que algo raro estaba pasando en los comicios mexicanos. Las últimas encuestas confiables ponían a Andrés Manuel López Obrador a la cabeza de las preferencias electorales. Es más, los sondeos realizados fuera de las casillas marcaban la misma tendencia. Pero, de golpe y porrazo vino el vacío. Primero el silencio y luego la sospecha de que, una vez más, los resultados podían haber sido manipulados a favor del candidato oficial. Y es que hay motivos para ello: la injerencia del Presidente Vicente Fox en la competencia por el voto ciudadano. El desvío de recursos federales para respaldar la campaña de Felipe Calderón Hinojosa. La intervención de organizaciones empresariales para inclinar la balanza hacia la derecha. Dígase lo que se diga, la competencia no fue pareja y de eso tendrán que tomar cartas en el asunto los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación a quienes les va a tocar, en última instancia, limpiar esta controversia marcada ya, indefectiblemente, por la duda. En ellos quedan depositadas la confianza y la última esperanza para que la naciente democracia mexicana no sufra un golpe demoledor.
Los publicistas de Felipe Calderón hicieron bien su trabajo también en el extranjero: por todos lados corrió la especie de que López Obrador era copia fiel del dictador venezolano Hugo Chávez. El Tribunal Electoral logró frenar esa campaña adentro; no obstante, era imposible detenerla afuera del país. Hay una colusión evidente entre los conservadores de otras partes del mundo y los conservadores-mencionados así, literalmente, por los principales medios de información internacionales-nativos.
Con todo y eso, las estrategias publicitarias y el dispendio de recursos económicos no lograrán resolver el problema de la legitimidad que ya aqueja al presunto ganador. Suponiendo, sin conceder, que cada uno de los pasos marcados por la ley electoral se hubiesen cumplido fielmente y que no hubiese habido trampas en el proceso, aún así, un empate virtual como señalan los resultados oficiales, hace tremendamente complicado gobernar con el respaldo de tan sólo de un poco más de un tercio del electorado. Los otros dos tercios de quienes sufragaron no se sienten identificados con el abanderado panista. La credibilidad no logra alcanzarse ni siquiera recurriendo al llevado y traído principio de mayoría.
Se ha usado y abusado del principio de mayoría como si fuera la única regla de la democracia. Y eso no es cierto. Una amplia literatura sobre el tema indica lo contrario: para que la democracia funcione, y más en casos de empate virtual como es el nuestro, lo importante es incluir a las minorías que, por paradójico que pueda parecer, sumadas y tomadas en conjunto se transforman en una fuerza superior a la pretendida e inicial "mayoría". Dicho de otro modo: existen valores sustanciales de la democracia que no están a disposición de la mayoría. Entre esos valores sustanciales está la gobernabilidad con base en la inclusión. En efecto, la democracia es el régimen en el que mandan todos, vale decir, mayoría y minorías incluidas.
Es aquí donde las cosas, ya de por sí difíciles, se complican aún más porque la propuesta enarbolada por Felipe Calderón es la de seguir e incluso profundizar el modelo neoliberal que ha llevado a la exclusión económica y social de millones y millones de mexicanos al grado de poner a muchos de ellos fuera de las fronteras del país y a otros más en los linderos de la marginación. Es encomiable que Calderón haya llamado a la negociación y a la formación de un gobierno incluyente. Lo que queda por ver es cómo le va a hacer para combinar lo que parece imposible mezclar. Esto es, la aplicación de la ortodoxia del libre mercado y la adopción de una fórmula más cercana a la satisfacción las necesidades sociales. La sospecha de que su propuesta conciliadora no va a funcionar es mayor si se toma en cuenta que los últimos cuatro presidentes de la República han aplicado las recetas friedmanianas a pie juntillas y, por lo que se ve, Calderón, trae la firme intención de hacer honor al decálogo del "Estado mínimo" según lo expuso otro de las gurús del neoliberalismo, Robert Nozick. En varios artículos periodísticos se le menciona, tal cual, como un "tecnócrata".
En contrapartida hay que subrayar que el neoliberalismo está saliendo de la historia rápidamente. Pocos países siguen fieles a esa doctrina. Iberoamérica le dio la espalda. Aún así, en México algunos círculos sociales la siguen viendo como la panacea para solucionar nuestras desgracias. Para otros, tal doctrina significa la continuación de las lacras a las que hacíamos referencia al inicio aderezadas por previsibles disputas poselectorales.
Encaramos un problema muy serio de ingobernabilidad que no podrá resolverse mientras la rigidez y la obstinación por mantener una política elitista y un modelo de desarrollo ya fracasado sigan apoltronados en el poder.
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Director del Centro de Investigaciones en Humanidades del ITESM-CCM
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