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Le Goff, Jacques. Memoria (Selección) PDF Imprimir E-Mail

 

[…] los psicólogos y los psicoanalistas han insistido, ya a propósito del recuerdo, ya a propósito del olvido […], sobre las manipulaciones, conscientes o inconscientes, ejercitadas sobre la memoria individual por los intereses de la afectividad, de la inhibición, de la censura. Análogamente, la memoria colectiva ha constituido un hito importante en la lucha por el poder conducida por las fuerzas sociales. Apoderarse de la memoria y del olvido es una de las máximas preocupaciones de las clases, de los grupos, de los individuos que han dominado y dominan las sociedades históricas. Los olvidos, los silencios de la historia son reveladores de estos mecanismos de manipulación de la memoria colectiva […].

 

[...] El concepto de memoria es un concepto crucial. […] La memoria, como capacidad de conservar determinadas informaciones, remite ante todo a un complejo de funciones psíquicas, con el auxilio de las cuales el hombre está en condiciones de actualizar impresiones o informaciones pasadas, que él se imagina como pasadas.

Bajo este aspecto, el estudio de la memoria penetra en la psicología, en la parapsicología, en la neurofisiología, en la biología y, para las perturbaciones de la memoria --en las que la principal es la amnesia-, en la psiquiatría [véase Meudlers, Brion y Lieury, 1971; Flores, 1972].

Algunos aspectos del estudio de la memoria, dentro de una u otra de esas ciencias, pueden denunciar, ya de modo metafórico, ya de modo concreto, aspectos y problemas de la memoria histórica y de la memoria social [véase Morin y Piattelli Palmarini, 1974].

El concepto de conocimiento, importante para el período de adquisición de la memoria, lleva a interesarse por variados sistemas de educación de la memoria existentes en las diferentes sociedades y en épocas diversas: la mnemotécnica.

Todas las teorías que, cual más cual menos, apuntan a la idea de una actualización más o menos mecánica de las huellas mnésicas, han sido abandonadas en favor de concepciones más complejas de la actividad mnemónica del cerebro y del sistema nervioso: “El proceso de la memoria en el hombre hace intervenir no sólo la preparación de recorridos, sino también la relectura de tales recorridos”, y “los procesos de relectura pueden hacer intervenir centros nerviosos complicadísimos y gran parte de la corteza cerebral”, con la condición de que exista “un cierto número de centros cerebrales especializados en fijar el recorrido mnésico” [Changeux, 1972, pág. 356].

En particular, el estudio de la adquisición de la memoria en el niño ha dado un modo de constatar la gran función que tiene la inteligencia [véase Piaget e Inhelder, 1968]. En la línea de esta tesis, Scandia de Schonen afirma: “La característica de los comportamientos perceptivo-cognoscitivos que nos parece fundamental es el aspecto activo, constructivo de tales comportamientos” [1974, pág. 294]; Y agrega: “He aquí por qué podemos concluir auspiciando que tuvieron lugar ulteriores investigaciones que tienen por objeto el problema de la actividad mnésica, que se dirigen hacia el problema de las actividades perceptivo-cognoscitivas, en el ámbito de las actividades dirigidas ya para organizarse de modo nuevo dentro de una misma situación, ya para adaptarse a situaciones nuevas. Quizá sólo pagando este tributo lograremos un día captar la naturaleza del recuerdo humano, que tan admirablemente pone en situación difícil nuestra problemática” [ibid., pág. 302].

De aquí derivan varias concepciones recientes de la memoria, que ponen el acento sobre los aspectos de estructuración, sobre las actividades de autoorganización. Los fenómenos de la memoria, ya en sus aspectos biológicos, ya en los psicológicos, no son más que los resultados de sistemas dinámicos de organización, y existen sólo en cuanto la organización los conserva o los reconstituye.

De ese modo algunos estudiosos han sido inducidos a apoyar la memoria en los fenómenos que ingresan directamente en la esfera de las ciencias humanas y sociales.

Pierre Janet, por ejemplo, “sostiene que el acto mnemotécnico fundamental es el ‘comportamiento narrativo’, que él caracteriza ante todo basándose en su función social puesto que es una comunicación de una información, hecha por otros a falta de acontecimiento o del objeto que constituye el motivo de éste” [Flores, 1912, pág. 12]. Aquí interviene el “lenguaje, también producto social” [lbid.]. Así Atlan, estudiando los sistemas autoorganizadores, pone en contacto “lenguajes y memorias”. “El empleo de un lenguaje hablado, Y luego escrito, representa en efecto una extensión formidable de las posibilidades de alcance de nuestra memoria, la cual, gracias a eso, está en condiciones de salir fuera de los límites físicos de nuestro cuerpo para depositarse ya en otras memorias, ya en las bibliotecas. Esto significa que, antes de haber hablado o escrito, un dato lingüístico existe bajo forma de alarma de la información en nuestra memoria” [1972, pág. 461].

Aún más evidente es que después de las turbaciones de la memoria que, junto a la amnesia, pueden manifestarse también a nivel del lenguaje con la afasia, en muchos casos deben explicarse también a la luz de las ciencias sociales. Por otra parte, a nivel metafórico pero significativo, la amnesia no es sólo una perturbación en el individuo, sino que determina perturbaciones más o menos graves de la personalidad y, del mismo modo, la ausencia o la pérdida, voluntaria o involuntaria de memoria colectiva en los pueblos y en las naciones, puede determinar perturbaciones graves de la identidad colectiva.

Los lazos entre las diversas formas de memoria pueden, por lo demás, presentar caracteres no metafóricos, sino reales. Goody, por ejemplo, observa: “En todas las sociedades, los individuos retienen un gran número de informaciones en su patrimonio genético, en la memoria a largo alcance y, al mismo tiempo, en la memoria activa” [1977a, pág. 35].

Leroi-Gourhan considera la memoria en sentido muy lato, distinguiendo de ésta tres tipos: memoria especifica, memoria étnica y memoria artificial: “La memoria, en esta obra; está entendida en un sentido muy amplio. No es una propiedad de la inteligencia, sino la base, cualquiera que sea, sobre la que se registran las concatenaciones de los actos. Podemos a este respecto hablar de una ‘memoria específica’ para definir la fijación de los comportamientos de las especies animales, de una memoria ‘étnica’, que asegura la reproducción de las comportamientos en las sociedades humanas, y, del mismo modo, de una memoria ‘artificial’, electrónica, en su forma más reciente, que procura, sin deber recurrir al instinto o a la reflexión, la reproducción de actos mecánicos concatenados” [1964, 1965].

En época muy reciente, los desarrollos de la cibernética y de la biología han enriquecido considerablemente, sobre todo metafóricamente, en conexión con la memoria humana consciente, el concepto de memoria. Se habla de memoria central de las calculadoras, y el código genético es presentado como una memoria de la herencia biológica [véase Jacob, 1970]. Pero esta extensión de la memoria a la máquina y a la vida, y paradójicamente a la una y a la otra en conjunto, ha tenido una repercusión directa sobre las investigaciones llevadas a cabo por los psicólogos en torno a la memoria, haciéndolas pasar de un estadio eminentemente empírico a un estadio más teórico: “A partir de 1950, los intereses giraron radicalmente, en parte por la influencia de ciencias nuevas como la cibernética y la lingüística, para desembocar en un camino más decididamente teórico” [Lieury, en Meudlers, Brion y Lieury, 1971, pág. 789].

Por último, los psicólogos y los psicoanalistas han insistido, ya a propósito del recuerdo, ya a propósito del olvido (en particular sobre la guía de los estudios de Ebbinghaus), sobre las manipulaciones, conscientes o inconscientes, ejercitadas sobre la memoria individual por los intereses de la afectividad, de la inhibición, de la censura. Análogamente, la memoria colectiva ha constituido un hito importante en la lucha por el poder conducida por las fuerzas sociales. Apoderarse de la memoria y del olvido es una de las máximas preocupaciones de las clases, de los grupos, de los individuos que han dominado y dominan las sociedades históricas. Los olvidos, los silencios de la historia son reveladores de estos mecanismos de manipulación de la memoria colectiva.

El estudio de la memoria social es uno de los modos fundamentales para afrontar los problemas del tiempo y de la historia, en relación con lo cual la memoria se encuentra ya hacia atrás y ya más adelante. […]

El valor de la memoria

La evolución de las sociedades en la segunda mitad del siglo XX esclarecerá la importancia del papel representado por la memoria colectiva. Saliendo de la órbita de la historia entendida como ciencia y como culto público -hacia arriba en cuanto depósito (móvil) de la historia, rico de archivos y de documentos/ monumentos, y al mismo tiempo hacia abajo, eco sonoro (y vivo) del trabajo histórico-, la memoria colectiva es uno de los elementos más importantes de las sociedades desarrolladas y de las sociedades en vías de desarrollo, de las clases dominantes y de las clases dominadas, todas en lucha por el poder o por la vida, por sobrevivir y por avanzar.

Más que nunca son veraces las palabras de Leroi-Gourhan: “A partir del homo sapiens la constitución de un aparato de la memoria social domina todos los problemas de la evolución” [19641965]; además, “la tradición es biológicamente indispensable a la especie humana, como el condicionamiento genético a las sociedades de insectos: la supervivencia étnica se funda sobre la rutina, - el diálogo que se establece crea el equilibrio entre rutina y progreso, donde la rutina es el símbolo del capital necesario para la supervivencia del grupo y el progreso la intervención de las innovaciones individuales por una supervivencia siempre mejor” [ibid.]. La memoria es un elemento esencial de lo que hoy se estila llamar la “identidad”, individual o colectiva, cuya búsqueda es una de las actividades fundamentales de los individuos y de las sociedades de hoy, en la fiebre y en la angustia.

La memoria colectiva, sin embargo, no es sólo una conquista: es un instrumento y una mira de poder. Las sociedades en las cuales la memoria social es principalmente oral o las que están constituyéndose una memoria colectiva escrita permiten entender mejor esta lucha por el dominio del recuerdo y de la tradición, esta manipulación de la memoria.

El caso de la historiografía etrusca es quizá la ilustración de una memoria colectiva tan estrechamente ligada a una clase social dominante que la identificación de tal clase con la nación ha tenido por consecuencia la desaparición de la memoria juntamente con la de la nación: “Conocemos a los etruscos, sobre el plano literario, sólo por la mediación de los griegos y los romanos; aun asumiendo que las relaciones históricas hayan existido, no nos ha llegado ninguna de éstas. Quizá sus tradiciones históricas o parahistóricas nacionales han desaparecido junto con la aristrocracia que parece que fuese la depositaria del patrimonio moral, jurídico y religioso de su nación. Cuando esta última cesó de existir como nación autónoma, los etruscos perdieron, parece, la conciencia de su pasado, esto es, de sí mismos” [Mansuelli, 1967, págs. 139-40].

Veyne, estudiando el “evergetismo” (enriquecimiento) griego y romano, ha mostrado muy bien cómo los ricos han “sacrificado una parte de su fortuna con el propósito de dejar un recuerdo de su rol” [1973, pág. 272], y cómo, en el imperio romano, el emperador ha monopolizado el “evergetismo” y, al mismo tiempo, la memoria colectiva: “Él solo hace construir todos los edificios públicos (con excepción de los monumentos elevados en su honor por el senado y por el pueblo romano)” [ibid., pág. 688]. Y el senado a veces se vengó llevando a cabo la destrucción de esta memoria imperial.

Balandier suministra el ejemplo de los betas de Camerún, con el propósito de aclarar la manipulación de las “genealogías”, cuya función es conocida en la memoria colectiva de los pueblos sin escritura: “En un estudio inédito a los betas de Camerún meridional, el escritor Mongo Beti refiere e ilustra la estrategia que coloca a los individuos ambiciosos y osados en condición de ‘adaptar’ las genealogías con el propósito de legalizar un predominio de otro modo discutible” [1974, pág. 195].

En las sociedades desarrolladas, los nuevos archivos (archivos orales, archivos audiovisuales) no se han substraído a la vigilancia de los gobernantes, aun cuando éstos no son capaces de controlar esta memoria tan estrechamente, como en cambio logran hacerlo con nuevos Instrumentos de producción de tal memoria, tal como la radio y la televisión.

Compete, en efecto, a los profesionales científicos de la memoria, a los antropólogos, a los historiadores, a los periodistas, a los sociólogos, hacer de la lucha por la democratización de la memoria social uno de los imperativos prioritarios de su objetividad científica. Inspirándose en Ranger [1977], quien ha denunciado la subordinación de la antropología africana tradicional a las fuentes elitistas y, particularmente, a las “genealogías” manipuladas por las clases dominantes, Triulzi ha propuesto desarrollar investigaciones sobre la memoria del “hombre común” africano; ha auspiciado que, tanto en África como en Europa, se recurra “a los recuerdos familiares, a las historias locales, de clan, de familias, de aldeas, a los recuerdos personales..., a todo aquel vasto complejo de conocimientos no oficiales, no institucionalizados, que no se han cristalizado todavía en tradiciones formales... que representan de algún modo la conciencia colectiva de grupos enteros (familias, aldeas) o de individuos (recuerdos y experiencias personales), contraponiéndose a un conocimiento privado y monopolizado por grupos precisos en defensa de intereses constituidos” [1977, pág. 477].

La memoria, a la que atañe la historia, que a su vez la alimenta, apunta a salvar el pasado sólo para servir al presente y al futuro. Se debe actuar de modo que la memoria colectiva sirva a la liberación, y no a la servidumbre de los hombres.

Le Goff, Jacques. El orden de la memoria. El tiempo como imaginario. II parte. Capítulo I. Barcelona: Paidós, 1991.

 
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