En su proclama, el partido se dedica a exaltar las virtudes del general Bernardo Reyes, a quien postula como candidato a la vicepresidencia para las elecciones de 1910. Porque considera innecesario fundamentar su apoyo a la candidatura presidencial de Porfirio Díaz, sólo elogia las características de Reyes, particularmente su apoyo a los obreros de Nuevo León.. 22 Jun 1909Leer mas.
Discurso del Dr. Daniel Reséndiz Núñez al recibir de la UAEH el grado de doctor Honoris Causa.
El honor que hoy se me hace muestra la generosidad de quienes lo otorgan, más que los merecimientos de quien lo recibe. Lo acepto con humildad, sin asumir que lo merezco y con el compromiso de ser digno de él.
Soy ingeniero y a la vez académico, investigador. Para ser lo segundo, los cánones de la ciencia me exigen ser un especialista. Mi especialidad es la geotecnia, que practico con la misma asiduidad y rigor con que hago ejercicios aeróbicos, y con similar propósito. Empero, ser especialista no es estar en la cima del saber, sino en una pequeña porción de él y a profundidades fascinantes que, sin embargo, pueden enajenar de todo lo demás a quien se deja, hasta privarlo de ver el ancho panorama necesario para entender el mundo.
Interesarse en las parcelas que otros cultivan es el modo de librarse de ese riesgo y constituye, creo yo, la primera obligación de quien busca que el saber sirva a la felicidad propia y ajena. Varios hechos afortunados me salvaron de esa enajenación.
Primero, una infancia libérrima, llena de ocasiones para que la curiosidad y la reflexión se saciaran con descubrimientos, dudas y constataciones, y cuyo sedimento fue la convicción de que la búsqueda es tan importante como el hallazgo. Después, desde la juventud, me salvaron y me siguen salvando mis amigos con la multiplicidad de sus intereses. Y finalmente, contribuyó también a salvarme el haber aceptado incursionar, por lapsos expresamente limitados, en la práctica de la ingeniería y en la administración pública, en ambos casos a instancias de maestros a quienes admiré por ser a la vez pensadores y hombres de acción. No me arrepiento de lo que he hecho, pues mi participación selectiva en las más grandes obras de ingeniería del país me ha dado el placer existencial de conocer mejor a México y su gente, mientras la administración pública me sirvió para entender los límites de lo que un profesional puede hacer por su país.
Tras cincuenta años de actividad, nada de lo que he hecho es obra sólo mía; lo es también de las circunstancias que en mi entorno crearon quienes han compartido conmigo la vida: en primer lugar, mi familia; después, mis grandes maestros, amigos, colegas y discípulos; e incluso los laboriosos, visionarios y honestos mexicanos de todas las épocas, tanto ilustres como anónimos, que son autores de todo lo que vale de este país. Guardo honda gratitud a esos mis entrañables personajes y, a la vez, a tres instituciones: la Universidad Nacional Autónoma de México, cuya rica diversidad propició y luego albergó los afanes de toda mi vida adulta; Harvard University, donde recibí, además del afecto del más grande profesor de mi especialidad, la revelación de invaluables sutilezas acerca del saber; y esta Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, que confirmó mi fe en el potencial de nuestras universidades autónomas para regirse y superarse a sí mismas. Si bien no es ésta una universidad a la que haya dedicado yo tiempo o esfuerzo significativos, me satisface reconocer que su exitoso proceso de mejoramiento académico y transformación política es una de las experiencias más gratas y convincentes que he podido observar en la educación superior de México. Tengo el privilegio de haber atestiguado ese largo proceso; de conocer a los protagonistas del mismo, algunos de ellos aquí presentes, y de haber constatado los actos concretos que han hecho de ella una de las mejores universidades del país, una auténtica comunidad de aprendizaje cuya capacidad de autogobierno responsable es otra de sus fortalezas. Las lecciones que esta historia encierra son de altísimo valor para la educación superior del país, porque constituyen un ejemplo a emular. Me alegro de todo ello por su propia comunidad, por la sociedad a la que se debe, por el estado de Hidalgo que la alberga, protege, nutre y necesita, y por las expectativas que esta experiencia, si se multiplica, abre para México.
Y ahora, habiendo expresado mis agradecimientos, pido la venia de este honorable Consejo para compartir con ustedes la obligación universitaria y ciudadana de pensar en el futuro de nuestro país.
La degradación que hoy sufre la sociedad mexicana proviene del pernicioso ejemplo que durante mucho tiempo han dado privilegiados y visibles personajes del poder económico y político. Los hechos no dejan duda de que desde ahí se ha infiltrado el afán de lucro sin medida, ese poderoso corrosivo que hoy contamina a muchos en todos los estratos sociales y da por resultado el espectáculo que a diario nos horroriza. La educación es uno de los medios para salir de esta situación, siempre que estemos conscientes de que educar es necesario pero no suficiente; para que la educación fructifique se requiere el complemento de políticas orientadas a atenuar las terribles desigualdades económicas de nuestra sociedad. 3
Tales políticas son un imperativo de justicia para los desheredados, pero incluso desde una óptica egoísta harían bien a los demás, pues nadie puede sentirse seguro, y menos aún ser feliz, en donde más de la mitad de la población tiene insatisfechas sus necesidades básicas de alimentación, vivienda, salud y educación. Esa persistente injusticia hoy se agudiza por la crisis económica mundial, que aquí no se está enfrentando con la decisión que las circunstancias exigen. Los jefes de familia sin ingresos son millones y su número crece día a día, mientras cientos de miles de jóvenes, que incluyen a decenas de miles de recién graduados de nuestras universidades, están entre los más castigados porque se les priva no sólo de ingresos, sino de esperanzas.
Es entonces evidente que se requiere una política de creación de empleos más ambiciosa que cualquiera de las que están implantándose en países con equidad social mayor que la nuestra. Si soslayar el drama de tantos adultos y sus familias es más que un crimen, hacer otro tanto con los recién egresados de la educación superior es un suicidio, pues se trata del segmento social que más puede contribuir a generar riqueza. De seguir así, la educación ya no producirá movilidad social; durante gran parte del siglo XX la produjo porque a la vez crecía el empleo que hoy más bien se esfuma.
Así pues, lo urgente en el México de hoy es ampliar la educación con calidad y a la vez crear empleos. Si la ausencia de políticas gubernamentales para estos fines se quiere justificar con un dogma macroeconómico, bastan los resultados a la vista para demostrar que ese es un dogma falaz.
Por lo pronto, me uno a las muchas voces que piden poner a las universidades públicas a salvo de recortes presupuestales, cuyas consecuencias equivaldrían a tirar por la borda, con gran costo monetario y anímico, los logros que la mayoría de ellas ha alcanzado. Si no se les protege, se dilapidará la inversión económica y los largos años de laboriosidad que hace poco permitieron integrar en muchas de esas instituciones, por primera vez en su historia, cuerpos académicos con altos estándares: formidable activo del que hoy depende todo lo demás que en pro de la calidad quiera hacerse en la educación superior. Preservar tal riqueza intelectual y proveerla de medios para funcionar a plenitud es lo mínimo que de inmediato debe hacerse. Luego deben venir programas más ambiciosos, tanto en lo educativo como en la generación de empleo, pues de ambos requerimos para no hundirnos.
Ahora bien, debemos reconocer que como ciudadanos también tenemos responsabilidad en el desastre nacional que hoy vivimos. Aunque la degradación moral se haya infiltrado desde ciertas elites y los dogmas falaces hayan sido impuestos desde la insensibilidad tecnocrática, el hecho es que los demás no hemos atinado a crear una fuerza ciudadana que lo impida y salve a nuestra imperfecta democracia. Para que esto sea posible en el futuro próximo, también las universidades deben repensar su quehacer, pues han de contribuir a que sus estudiantes cobren conciencia de que la encrucijada tiene salidas y de que ellos podrán contribuir a que se abran. Sin soslayar otras facetas de su misión educativa y sin caer en la tentación simplista de indoctrinar a sus educandos, las universidades deben plantearse cómo asumir la obligación de formarlos como ciudadanos, pues quienes de ellas egresan constituyen, por edad y potencial, nuestra más cercana esperanza de lograr las transformaciones necesarias. Las universidades tendrán que dotarlos no sólo de conocimientos, sino también de convicciones para no sumarse a quienes, por egoísmo miope, menosprecian y finalmente olvidan a los excluidos de siempre, que son nada menos que la mitad de sus compatriotas; necesitamos formar profesionales poseedores del saber universal y a la vez conocedores de su país, no tecnócratas creyentes en dogmas según los cuales podemos encomendar a expertos extranjeros la solución de nuestros problemas.
Aunque esa misma tecnocracia no parezca entenderlo, cabe recordar que el Estado existe para encabezar las acciones nacionales socialmente requeridas, por encima de cualquier otro designio. Por eso es que el Estado debe ofrecer a las instituciones educativas, sin reticencias, el apoyo que de común acuerdo con ellas haga falta para que cumplan su misión. Con ese apoyo, cada institución, cada comunidad de aprendizaje, habrá de hallar y pulir la manera de lograr esa más plena formación de la juventud, del mismo modo que cada una ha ido encontrando la vía para superarse en muchos otros aspectos.
Hago votos porque así sea, y si no, que la ciudadanía lo demande.