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2009 Jul 12 “Volver a los orígenes”. Santiago Creel Miranda. PDF Imprimir E-Mail

México, D.F., a 12 de Julio de 2009

Panistas:

Los resultados de las recientes elecciones ameritan que hagamos un alto en el camino para reflexionar las causas y las circunstancias de la derrota.

Ese espacio de reflexión necesario se ha puesto en riesgo por la renuncia del Presidente del Comité Ejecutivo Nacional, debido a que se ha desatado un activismo político interno entre los distintos grupos y posibles candidatos para sucederlo, que nos impide llevar a cabo una evaluación serena y rigurosa del estado que guarda nuestro partido.

Si no analizamos qué fue lo que ocasionó el fracaso del 5 de julio; si el diagnóstico no va a la raíz; si no consensuamos los cambios urgentes que deben hacerse en el partido, de nada servirá un nuevo dirigente que repita los mismos errores para, de nueva cuenta, encaminarnos al fracaso. No importa de qué grupo sea el nuevo dirigente, sin un diagnóstico y sin cambios de consenso, los resultados serán los mismos.

En este caso es más importante contestarnos la pregunta de: ¿a qué va el nuevo jefe nacional? más que responder: ¿quién debe serlo?

Lo fundamental es que el nuevo dirigente vaya con un mandato bien avalado por la toda militancia, que le resulte en una amplia legitimidad de origen, para que pueda unirnos a todos en un propósito común renovado.

Tenemos que estar conscientes de que acabamos de pasar por la peor derrota política de la historia de Acción Nacional. Antes habíamos perdido muchas elecciones, pero nunca por las causas y en las circunstancias en que se da este fracaso.

Perder cuando se defienden principios, valores y convicciones democráticas es también, de alguna manera, ganar. Perdimos durante siete décadas y cada una de esas derrotas constituyó un paso en lo que a la postre resultó ser una victoria cultural e histórica con la que dio comienzo la democratización del país.

Sin embargo, esta derrota en nada tiene que ver con las del pasado. Por el contrario, no solamente no es un paso en el camino de la democratización, sino que representa todo lo contrario: la consolidación del viejo sistema autoritario que contradice nuestra lucha originaria que da sentido y dirección a Acción Nacional.

Entramos en esta contienda ya derrotados, hay que reconocerlo. Por eso no podemos quedarnos solamente en buscar a un responsable; sería poco ético hacerlo y no nos llevaría a ninguna parte.

Tampoco el desempeño electoral es adjudicable solamente a la estrategia equivocada que se llevó a cabo en la campaña, o a aquélla que instrumentaron los candidatos y los equipos de campaña, junto con las dirigencias estatales. Por supuesto que en algunos casos estos factores sí explican y –en el caso de algunas designaciones también equivocadas– hacen más evidente el por qué se pierde una elección en lo particular, pero de ninguna manera se puede conocer de manera completa el por qué del desempeño que tuvo el partido a nivel nacional.

Quienes hemos sido gobierno o dirigentes del partido somos corresponsables de todo lo que ha acontecido. Nadie de nosotros podría aventar la primera piedra. Por el contrario, cada uno debemos asumir la responsabilidad que nos corresponde y una parte importante de ella consiste en decir lo que pensamos, en identificar los errores y en contribuir con los medios oportunos para corregirlos.

La gran mayoría impulsamos, contribuimos, consentimos o, cuando menos, toleramos lo que hoy le acontece al partido.

Reconozco –eso sí, para decirlo con justeza– que muchos militantes que no han estado en el gobierno ni en las dirigencias del partido, nos han señalado, una y otra vez, muchos de esos errores y desviaciones de nuestra misión originaria.

Desde antes del proceso electoral ya se perfilaba la derrota; las encuestas no mentían. Por eso, en una doble óptica, habrá que analizar a detalle qué había pasado antes del inicio del proceso electoral y que sucedió durante el desarrollo de éste.

Salimos a competir con una identidad deslavada. Esa mística originaria que hacía que Acción Nacional fuera espejo de sí mismo se fue perdiendo, al punto de que, hoy, a los ciudadanos les cuesta trabajo saber cuáles son las causas y que es lo qué defiende Acción Nacional y, en consecuencia, cómo se distingue del resto de los partidos, especialmente del que representa al antiguo régimen.

Esto no es casualidad, sino consecuencia natural de que lo que antes combatimos como partido de oposición, ahora lo toleramos y, en el peor de los casos, lo defendemos y lo alentamos, al grado de asociarnos con personas y causas a las que antaño no dábamos tregua por su comportamiento antidemocrático y corrupto.

Así, como partido gobernante no siempre hemos sabido compaginar nuestros principios con el trabajo político del día a día. De esta manera, se ha defendido a centrales sindicales, campesinas y grupos de interés económico que eran los pilares corporativos, clientelares y antidemocráticos del viejo régimen.

Se ha protegido también a gobernadores que cometieron actos que el más elemental sentido de ética y de congruencia nos debió obligar a repudiar y, por todos los medios legales, a juzgarlos políticamente.

Hemos dejado en manos de una dirigencia sindical antidemocrática el instrumento más importante para combatir la desigualdad social: la educación. No nos ha bastado mantener una relación institucional con la dirigencia de ese sindicato, sino que además hemos permitido que se entrometa en la propia Secretaría de Educación Pública y que nuestro partido se asocie a su fuerza corporativa, construida en el viejo régimen, y con ella compitamos en elecciones o –en la máxima expresión de contradicción– compitan ellos a la vez en contra de nuestros candidatos.

Con una lógica similar, también se ha mantenido a delegados del gobierno federal que no han hecho otra cosa que alentar las viejas prácticas, no solamente ayudando a nuestros opositores, sino desempeñando un trabajo desleal al propio gobierno federal.

¿Dónde dejamos la tesis de Gómez Morín del dolor evitable?

Tampoco hemos decidido bien qué reformas legislativas debimos haber frenado y, en consecuencia, exhibido a nuestros adversarios políticos, para evitar la pérdida de identidad del partido, a sabiendas de que los efectos de esas reformas serían muy limitados y a muy pocos dejarían satisfechos.

En un autoexamen justo habrá que reconocer que una buena porción del viejo sistema autoritario sigue vigente con plena fuerza; inclusive, algunas veces con vigor renovado o –como dicen nuestros opositores– con una “nueva actitud”.

Todo ello contradice lo que buscábamos como oposición, pero también como partido gobernante, y pone en evidencia las oportunidades que hemos dejado pasar para efectuar un auténtico cambio. Además, provoca el desaliento de quienes han confiado

en nosotros porque, hasta hoy han visto más alternancia que auténtico cambio de régimen.

Esta suma de circunstancias son las que envuelven a nuestro partido y son las que han deslavado nuestra mística originaria.

Lo que más pesa en estas horas difíciles y, a la vez, lo que constituye el gran reto del futuro para nuestro partido, es que no hemos sabido combatir, con inteligencia, al viejo régimen. Al que derrotamos electoralmente en el año 2000, con el que paradójicamente seguimos gobernando y con el que nuestros opositores –fundadores de ese viejo régimen- nos ganan elecciones –en el colmo de las contradicciones– precisamente con los instrumentos del pasado que nosotros mismos hemos apuntalado.

Es hora de cambiar y de cambiar en serio.

Es hora de hacerlo con una unidad que podamos construir razonadamente entre nosotros.

Es hora de volver a los orígenes; de enarbolar las banderas que nos concilien con nuestros valores y con nuestros principios y, también, con los ciudadanos que han confiado en nosotros. Sobre todo, con aquellos que están decepcionados de no ver un PAN distinto al resto de los partidos; a un partido que se separe de los otros por estar en la frontera del auténtico cambio y no en la defensa de antiguos privilegios y grupos de interés que han frenado la consecución del bien común.

No es bien común que la economía no crezca por tener mercados cerrados, dominados por monopolios o cárteles que impiden nuevas inversiones que generen empleos.

No es bien común mantener un sistema fiscal que inequitativamente se recarga en los contribuyentes cautivos y que permite espacios de privilegio para quienes deben pagar impuestos y no lo hacen.

No es bien común permitir que grupos de interés mantengan un poder absurdo y contrario al interés social, que va deteriorando cada día el medio ambiente, impidiendo que nuestra economía alcance un auténtico desarrollo humano sustentable.

No es bien común atender a un orden laboral que obstaculiza el paso a la productividad y a la modernización de las relaciones entre el capital y el trabajo, para así reconvertir y ampliar nuestra planta industrial.

No es bien común tener un sistema de seguridad social que se centra principalmente en los asalariados y en quienes tienen empleo, pero no en los más pobres de los pobres.

No es bien común, que los programas del campo no lleguen directamente al productor en el surco y que se pierdan en las redes clientelares en las que solamente se cosecha la pobreza.

No es bien común consentir que algunos gobiernos estatales operen con opacidad, discrecionalidad y corrupción el manejo de recursos públicos, a la vez que menoscaban las acciones del gobierno federal y llevan a cabo alianzas inconfesables con los medios de comunicación.

No es bien común permitir que algunos medios electrónicos de comunicación construyan y destruyan candidatos, que desequilibren las condiciones de equidad en las contiendas electorales y que distorsionen la realidad o utilicen una concesión publica para realizar campañas punitivas en contra de quienes afectan sus intereses económicos mediante cambios legislativos.

Tampoco es bien común permitir que un viejo sistema político siga operando cuando, de antemano, sabemos que no va a contar con mayorías estables y que va a generar una democracia de minorías con vetos recíprocos que impiden que los mandatos surgidos en la urna se cumplan y, con ello, se debilita la representación y se aleja al ciudadano común de la cosa pública.

Tenemos que recordar, una y otra vez, que nuestro partido debe ser un instrumento de cambio para la consecución del bien común.

La propuesta es volver a los orígenes, asumiendo plenamente nuestra responsabilidad. No porque todo lo anterior haya ocurrido tenemos que padecer un irremediable determinismo y no cambiar de raíz nuestra actitud y el futuro de nuestro partido.

Es tiempo de sacudir y romper los amarres del viejo régimen.

Nuestra obligación también es impedir la conformación de un partido de gobierno y, menos aún, de un partido subyugado ante los poderes fácticos.

Tampoco podemos permitir que nuestro partido se aleje de la ciudadanía, de sus intereses y de sus causas legítimas. Por el contrario, debe abrirse a los ciudadanos, con procesos de afiliación mucho más eficaces y, sobre todo, permitir al militante construir la voluntad del partido.

Debemos volver al partido de ciudadanos. Es ahí donde reside la auténtica fuerza de Acción Nacional, porque son ellos y su reciedumbre lo que ha hecho que nuestro partido haya enarbolado la causa democrática por tantos años.

Mi propuesta concreta hacia el Comité Ejecutivo Nacional de mi partido y hacia la militancia es la siguiente:

Primero: Que antes que tomemos cualquier decisión –incluyendo quién debe ser el próximo jefe nacional– nos concentremos y reflexionemos para llegar a conclusiones compartidas sobre el estado que guarda el partido.

Segundo: Que realicemos ese ejercicio en un espíritu de unidad que se haga cargo de la realidad de los resultados electorales recientes, pero que también se funde en la fortaleza de nuestros principios, en la vigencia del proyecto originario de nuestro partido y, sobre todo, que descanse en el auténtico sentir de la militancia.

Tercero: Que en tanto este proceso de reflexión no concluya, no se elija al nuevo jefe nacional y que, cuando se haga, se considere modificar nuestros estatutos para darle a la militancia el derecho a voto directo y secreto, para que de esta manera elija a quien habrá de ser el máximo responsable de impulsar los cambios que el partido necesita y, a la vez, enfrentar las futuras elecciones, incluyendo las del año 2012.

En este caso, deberemos privilegiar las ideas sobre la persona.

Finalmente, habrá que recordar que los panistas siempre hemos crecido en la adversidad. De ahí es de donde hemos abrevado el espíritu y la energía para cambiar al país.

Nuestros largos años de oposición dan cuenta de esa voluntad inquebrantable y de una convicción democrática a prueba de cualquier reto que podamos tener enfrente, puesto que cuando hemos estado unidos, siempre hemos salido victoriosos.

Les envío un fuerte abrazo solidario, en el espíritu de camaradería castrense que nos debemos todos los militantes y simpatizantes de Acción Nacional.

Santiago Creel Miranda

 
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