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Aquellos que renunciarían a una libertad esencial para comprar un poco de seguridad momentánea, no merecen ninguna de las dos. BENJAMIN FRANKLIN

Un Estado injusto es más peligroso que el terrorismo, y demasiada vigilancia fomenta un Estado injusto. ROBERT STALLMAN

 

SINOPSIS
¿Qué tienen en común tu cuenta de Instagram y la pulsera de actividad que llevas en tu muñeca? ¿Por qué te sientes intimidado cuando la policía te identifica por la calle, pero no te preocupa lo que las aplicaciones de tu móvil hacen con tus datos de geoposicionamiento?
Estas preguntas tienen una respuesta en común: cómo se usan los datos que damos, que generamos con nuestra vida, los que facilitamos voluntariamente en algún momento, los que dejamos sin saberlo, y los que se infieren de ellos.

 

Introducción
¿Qué es más peligroso, una Roomba que barre tu casa o dejar el coche abierto? ¿Qué tienen en común tu cuenta de Instagram y la pulsera de actividad que llevas en la muñeca? ¿Por qué, a pesar de no haber impagado nunca una deuda, te deniegan un crédito por haber comprado en una determinada tienda? ¿Por qué te sientes intimidado cuando la policía te identifica por la calle pero no te preocupa lo más mínimo lo que las empresas de aplicaciones de tu móvil hacen con tus datos de geoposicionamiento?

Todo ello está relacionado con cómo se usan los datos que nos rodean: los que damos, los que generamos con nuestra vida, los que facilitamos voluntariamente en algún momento, los que dejamos sin saberlo y los que se infieren de ellos. Estos datos reflejan comportamientos y pensamientos profundos perfectamente identificados e individualizados, que facilitan a las empresas y a los Estados la toma de decisiones sobre nosotros, pues así saben lo que vamos a hacer en cada momento.

En algunas culturas primitivas las personas huían de las cámaras fotográficas con el temor de que éstas les robara el alma. Pero, en el mundo digital, las técnicas de análisis permiten a grandes compañías o instituciones analizar nuestras interacciones digitales y obtener de nosotros una fotografía interna con un enorme grado de precisión. Es una instantánea de nuestro pensamiento político, orientación sexual, filias y fobias, carácter, debilidades y fortalezas...

A finales de octubre de 2018, Tim Cook, CEO de Apple, la empresa estrella de Silicon Valley con unos beneficios anuales difíciles de asimilar por un cerebro humano, alabó con vehemencia las bondades de la regulación europea de protección de datos personales. Cook pidió nuevas leyes de privacidad en Estados Unidos en línea con la norma europea, advirtiendo que la actual recopilación y tratamiento de cantidades ingentes de datos personales por parte de determinadas empresas perjudica gravemente a la sociedad.

Aunque en los últimos años haya sido difícil ver modelos de negocios tecnológicos que no se hayan basado en la prestación de servicios sin precio a cambio de una extracción de datos personales masiva, hay muchas empresas innovadoras que no centran sus beneficios en el mercadeo de los datos. Apple vende hardware caro y aspiracional, y sus beneficios no dependen, en modo alguno, de cuánto y cómo se entromete en la vida de sus clientes. No es de extrañar, por tanto, que Cook cargase contra las empresas extractivas de datos, a las que bautizó como el «complejo industrial de datos que se arma contra nosotros con eficiencia militar». El CEO de Apple fue un fiel defensor de la vida privada y, como alguien que sabe de lo que habla, dejó claro que tenemos un problema real, no imaginado ni exagerado.

No puedo negar que me sentí reforzada cuando dejó claro que los que compartimos su opinión no necesitamos una camisa de fuerza o un sombrero de papel de aluminio. Para Cook, «las plataformas y los algoritmos que prometieron mejorar nuestras vidas están magnificando nuestras peores tendencias... los actores malintencionados y los gobiernos han aprovechado la confianza de los usuarios para profundizar las divisiones, incitar a la violencia e, incluso, socavar nuestro sentido compartido de lo que es verdad y de lo que es falso... En Apple respaldamos plenamente una ley federal de privacidad integral en Estados Unidos. Es hora de que el resto del mundo siga el ejemplo de la UE». Para Tim Cook, regular cómo se recaban y usan nuestros datos no es una barrera para la innovación: «Esta noción no sólo es errónea, sino que es destructiva... El potencial de la tecnología se basa en la fe que la gente tiene en ella».

Tras más de veinticinco años dedicándome al Derecho TI, no puedo estar más de acuerdo con el diagnóstico de Cook. En este tiempo, hemos pasado de tener un contrato con Telefónica, monopolista en la prestación de los servicios de telecomunicaciones, a un entorno competitivo en donde el límite de los servicios de transporte de datos era la imaginación de los prestadores y del regulador. Con la apertura de los portadores de los datos y la generalización del ADSL como alternativa al cable, pudimos dejar de vivir en vilo cada vez que la música de nuestro router no seguía las notas necesarias para engancharse a la red. La conectividad trajo mejoras de las interfaces web y una cierta despreocupación en cómo escribíamos el código. El almacenamiento no era barato, pero los PC venían ya con inteligencia y capacidad mejoradas, lo que no permitía ser menos cuidadoso con lo que se transmitía. El negocio aún no dependía enteramente de los datos aunque las empresas de contenidos empezaban a sufrir la dictadura del clic, tan transparente en cuanto al impacto real de la publicidad.

Eran los años finales de la década de los noventa y la primera mitad de dos mil. Los portales de internet morían ante el imparable avance de Google y su Don’t be evil, y todo el mundo hablaba de comercio electrónico aunque nadie compraba online. La protección de datos se refería a unos ficheros poco dinámicos de empresas que se dedicaban a los negocios tradicionales. El dato personal no era el objeto del negocio sino parte de los elementos necesarios para facturar los servicios. Como abogado asesoré a mis clientes sobre estos cambios con un código civil del siglo XIX, algunas directivas comunitarias, la normativa de telecomunicaciones y un par de leyes de protección de datos: la vieja LORTAD derogada por la LOPD en 1999.

La combinación mortal vino con un inesperado cambio tecnológico: el iPhone. La movilidad absoluta que trajo Apple requirió un almacenamiento en la nube propio de un entorno cerrado de aplicaciones y archivos en remoto. Empezamos a movernos con un espía en el bolsillo permanentemente conectado que nos permitía acceder a las recién nacidas redes sociales. Los datos empezaron a fluir sin control. Contábamos nuestra vida y nuestros dispositivos se chivaban del resto.

A partir de 2008 empezamos a asesorar de manera intensiva a organizaciones que no cobraban en dinero por sus servicios pero que, a cambio, se quedaban con todo tipo de datos de sus usuarios; empresas que miraban al otro lado del Atlántico donde los campos de datos eran más verdes y no había un regulador dispuesto a sancionar por el uso irregular de los mismos. Mientras en Estados Unidos se hablaba sin complejo de la recogida masiva de datos, con una despreocupación típicamente protestante, en Europa no se contaban los pecados de las empresas que los usaban, más allá de lo que el consentimiento del usuario les permitía, lo que no impedía la queja persistente contra una regulación que limitaba la sacrosanta y siempre justificada innovación.

Los datos están en nosotros. Somos productores de datos. Una mezcla de percepción equivocada y conocimiento de nuestros sesgos y adicciones nos ha convertido en productores intensivos de datos, recursos necesarios para que siga funcionando una maquinaria de servicios por los que no queremos pagar con dinero. Los datos cuentan nuestro pasado con una precisión nunca vista hasta ahora, y son los posos sobre los que se lee nuestro futuro con los algoritmos que, en muchos casos, lo convierten en una profecía autocumplida. Frente a negocios extractivos de este nuevo petróleo, se alzan cuestiones sobre quién ha de recibir el dividendo de los beneficios que nuestros dobles, nuestros doppelgänger digitales, generan a las empresas que los usan. Y entre tanto ciberoptimismo, el control de los datos se usa como herramienta de control social en un mundo en el que todo lo que se almacena en un sistema informático es susceptible de ser robado. La cuestión, al final, es que ceder nuestros datos excede de la elección individual, cuestionable, como veremos, al afectar a la convivencia y a los fundamentos de las reglas sociales que nos hemos dado para convivir.

No puedo negar que han sido y siguen siendo años apasionantes para ayudar a las empresas a usar los datos dentro de su negocio, y para tener una postura personal como ciudadana y usuaria crítica con alguno de estos usos... Todo ello me ha creado una cierta «bipolaridad». Por eso he intentado ser objetiva en el relato de cómo los datos afectan a nuestra vida. En Datanomics hay datos, sólo datos, de cómo se recaba y se usa nuestra información personal, y de cuáles han sido las consecuencias indeseadas de estos usos. De cómo hemos sido capaces de pasar de una economía productiva a una economía del dato, y cómo, para mantenerla, la sociedad que conocemos ha mutado con una fe casi religiosa en la que los datos son la solución y no el problema.

He dicho que sólo hay datos, y tal vez he faltado a la verdad. No he podido remediar dar mi opinión final sobre lo que pienso de quien no tiene nada que ocultar. Espero que el lector me disculpe por ello.

 

Índice

Introducción
1. Dataísmo
2. Doppelgänger
3. Todo es percepción
4. Google, el memorioso
5. Casandra
6. Adiction by design
7. Manipulation by default
8. GAFA
9. Familia
10. Sensorium
11. Nuestros cuerpos, nosotros
12. Tracking
13. Dataveillance
14. Data breach
15. La gran mentira
16. Nada que ocultar
Bibliografía
Notas

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