INTRODUCCIÓN
«Y una vez que dejamos de valorar más lo público que lo privado, seguramente estamos abocados a no entender por qué hemos de valorar más la ley (el bien público por excelencia) que la fuerza». Tony Judt.
Como vamos a comentar en este libro, el proyecto político de la Ilustración fue muy tempranamente derrotado por el auge del capitalismo. Comenzó entonces lo que podría llamarse la gran broma de la modernidad, una ciudadanía proletarizada, es decir, contradictoria. Sin embargo, incluso derrotada, como un mero disfraz de un imperio económico, la Ilustración logró que ciertas victorias de la razón se volvieran irrenunciables e inolvidables. Y en todo caso, se convirtieron en una brújula para seguir intentando progresar. Es algo que ya estaba previsto en algunos textos de Marx, citados a menudo en el espectro aceleracionista.
Mientras tanto, todo el universo ideológico de la llamada Ilustración oscura gira en torno a la idea transhumanista del superhombre nietzscheano.
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La cosa se puede resumir en la idea de una democracia bajo el imperio de la ley, siempre y cuando sea verdad que es lo que dice ser, de tal modo que el espacio público detente la soberanía sin que ningún otro poder pueda ni tan siquiera intentar medirse con él. Este anhelo es una vieja cuenta pendiente que los filósofos señalaron ya en la democracia ateniense. Sócrates, es verdad, no tenía ningún respeto por la democracia en sí misma. Pero no porque anhelara una dictadura, sino porque no paraba de pensar en cómo se podía conseguir que el pueblo razonara, es decir, que fuera coherente consigo mismo. El proyecto era inmenso e interminable, pero finalmente fue capaz de progresar con pasos de gigante. Hoy en día aceptamos de forma general la idea más básica: una democracia constitucional, en Estado de derecho.
Ahora bien, para que la democracia acate el imperio de la ley tiene primero que ser una democracia. Y eso es imposible en ciertas condiciones de desigualdad. El último Informe sobre la desigualdad global (2026), coordinado por Thomas Piketty, entre otros (y firmado por más de doscientos economistas, con un prólogo de Joseph E. Stiglitz), arroja unos datos que estremecerían a cualquier pensador republicano, e incluso a cualquier pensador liberal clásico. En estos momentos, el 10 % de la población mundial con mayores ingresos gana más que el 90 % de la población restante. El 50 % más pobre de la humanidad gana menos del 10 % de los ingresos. La cosa empeora en términos de propiedad, es decir, adoptando el enfoque que habrían adoptado Locke o Kant (con vistas, no lo olvidemos, a pensar el concepto de ciudadanía y repartir entre la población la posibilidad del sufragio censitario): el 10 % más rico posee las tres cuartas partes de la riqueza mundial. La mitad más pobre, el 2 %. El 0,001 % más rico, unos 60.000 multimillonarios, controla tres veces más riqueza que la mitad de la humanidad.
Índice
Introducción
1. Dioses terrestres
2. Aceleracionismo
3. Aceleración y progreso
4. «El último hombre» de Nietzsche
5. Ciudadano superhombre
6. La larga marcha hacia la eternidad
7. Cierre
Notas