Prefacio: Para leer a Andrés Manuel
Dos episodios neoyorquinos
En un día de invierno de 2017, cientos de mexicanos vestidos con abrigos se agolparon en el auditorio del sótano de Nuestra Señora de Guadalupe. Situada en la calle 14 de Manhattan, la iglesia representa el corazón simbólico de la comunidad mexicana de Nueva York, un lugar de culto y bodas, un centro de networking y ayuda mutua, e incluso un punto focal para el activismo. En los últimos años se habían colgado mantas en las inmediaciones en apoyo al movimiento YoSoy132 y a los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos. El 13 de marzo, lo que atrajo a la comunidad, en tal número que muchos tuvieron que permanecer de pie, fue la visita de un activista y político: Andrés Manuel López Obrador.
Vestido con un abrigo negro y una bufanda larga, se situó ante ellos en un escenario bajo. Le acompañaban algunos de los organizadores locales y dos aliados de confianza, bilingües y con muy buenos contactos, que le habían apoyado en su segunda campaña presidencial y lo harían en la tercera. Se trataba del escritor y diplomático Héctor Vasconcelos y del empresario Alfonso Romo.
"Amigas, amigos, paisanas, paisanos, me da gusto estar con ustedes aquí en Nueva York", comenzó diciendo. Les contó que estaba realizando una gira por la Unión Americana, que hasta el momento le había llevado a Los Ángeles, Chicago, El Paso y Phoenix, y que pronto le llevaría a Washington, San Francisco y La redo.
Continuó:
"El propósito de esta gira es expresar nuestro apoyo, nuestra solidaridad con ustedes, los migrantes, los que por necesidad, no por gusto, han abandonado sus pueblos, sus lugares de origen, para venir a buscar la vida con trabajo honrado en Estados Unidos y que ahora, por lo que todos sabemos, están siendo víctimas del acoso y la persecución, por eso estamos aquí".
López Obrador se vio obligado a esforzarse para que se le oyera, ya que se produjo una conmoción en el escenario a su lado. Varios hombres se habían subido y estaban armando un gran alboroto, agitando pancartas y gritando para pedir justicia para los 43 de Ayotzinapa. Uno de ellos, un hombre bajito con un gorro de lana, era especialmente persistente. Cuando varios hombres con chalecos de Morena intentaron sacarlos, López Obrador interrumpió su discurso: "No, no, no, dejen al señor que hable".
Angélica Galindo, una de las organizadoras del evento, sabía exactamente lo que estaba pasando. Cirujana dental y activista, había visto cómo Morena había roto el tradicional dominio del PRI y el PAN en la organización comunitaria entre los mexicanos de Nueva York. Este hombre del gorro de lana, Francisco Ramírez, era un priista al que ella había expulsado del grupo local YoSoy132 por sus falsas pretensiones. Ahora, el propósito evidente de Ramírez y sus secuaces era utilizar una protesta sobre Ayotzinapa como pretexto para causar disturbios.
En el escenario con su pancarta, Ramírez no paraba. Cada vez que López Obrador intentaba reanudar su discurso, lo interrumpía gritando otra serie de consignas, y a su vez el público le gritaba que se callara y se marchara. Una vez más, los responsables de Morena intentaron sacarlo, pero los manifestantes los empujaron. En un momento dado, López Obrador intervino físicamente: parecía que intentaba proteger a Ramírez con su cuerpo.
Finalmente, López Obrador se rindió: “Aquí lo dejamos". Poco después publicó su discurso en las redes sociales, con el prefacio: "Hace un momento en Nueva York, para no dar motivos a un puñado de provocadores, interrumpí la lectura del texto que comparto con ustedes...".
Aquí estaba López Obrador en su mejor momento. A miles de kilómetros de casa, en este frío día en Nueva York, defendía la dignidad de los migrantes mexicanos y elogiaba su arduo trabajo. {También dijo "no venimos aquí a buscar votos", lo cual, por supuesto, no era cierto, pero todos los políticos mexicanos dicen eso antes de que comience oficialmente la campaña). Cuando lo interrumpieron, su primer instinto fue dejar hablar al impertinente. Cuando surgió la amenaza de violencia física, cruzó el escenario para evitarla. A través de sus palabras y sus acciones, evidenció una profunda empatía por "el pueblo".
Como dice Galindo hoy: "Aquí en Nueva York, todo el mundo ama a AMLO". Ella recuerda haber ayudado a organizar una elección "simbólica”, en 2012, en la que participaron 200 neoyorquinos mexicanos, y "el 99 % de los votos fueron para AMLO". Y recordando ese día de 2017, añade con admiración: "Es muy pacífico”.
Siete años después, cuando se acercaba el final de su presidencia, López Obrador dedicó parte de una conferencia matutina a desacreditar al diario The New York Times y, en particular, a su jefa de buró de Ciudad de México, Natalie Kitroeff.
El 30 de enero de 2024, el veterano periodista Tim Golden, antiguo corresponsal en México del Times, había publicado una extensa investigación sobre López Obrador en la prestigiosa plataforma ProPublica (el mismo sitio que había publicado el relato más detallado de la masacre de 300 civiles en Allende, Chihuahua, en 2011). La investigación de Golden se centró en las afirmaciones de informantes de la Administración para el Control de Drogas (DEA) de que los cárteles habían donado dos millones de dólares a la campaña de López Obrador, en 2006.
El artículo tuvo una acogida dispar. Para algunos, era una prueba más de lo que se venía alegando desde hacía tiempo: la disposición de López Obrador a hacer la vista gorda, mientras los operadores recaudaban fondos de cualquier fuente, por muy dudosa que fuera. Para otros, incluidos varios expertos en crimen organizado, el reportaje ofrecía pocas novedades, carecía de pruebas concretas y era típico de los informes politizados de la DEA sobre México. En las redes sociales, la nota de Golden causó sensación; #NarcoPresidenteAMLO fue tendencia en Twitter, ahora X, durante dos semanas. López Obrador la calificó de "completamente falsa", tildó a Golden de "mercenaria" y exigió una disculpa al presidente Joe Biden.
Kitroeff trabajó en una especie de artículo de seguimiento, que versaba sobre una nueva investigación llevada a cabo por las autoridades estadounidenses (pero suspendida tras tres años) sobre una recaudación de fondos procedentes de los cárteles por "aliados'’ de López Obrador desde que este asumió la presidencia. Cuando su reportaje estaba casi listo, envió un correo electrónico al vocero de López Obrador, Jesús Ramírez Cuevas, con siete preguntas, siguiendo la ética internacional estándar del derecho de réplica. Pero la respuesta que dio López Obrador fue muy diferente a cualquier norma internacional.
En la mañanera del 22 de febrero, el presidente mostró el pedido de Kitroeff, proyectándolo en la pantalla detrás de él. La imagen incluía la dirección de correo y el número de celular de la periodista. A continuación, leyó todo el correo en voz alta, incluido el número de teléfono. Se trata de una práctica conocida como doxxing: la exposición pública de datos personales sin el permiso del individuo. A menudo se lleva a cabo con la expectativa de que el sujeto sufra acoso masivo y, por lo tanto, se vea intimidado y silenciado. López Obrador intercaló comentarios en su lectura: “Ustedes son unos falsarios, los del New York Times y quienes les mandaron a hacer el reportaje" "No cabe duda que este tipo de periodismo está en franca decadencia. Es un pasquín inmundo el New York Times", “son unos calumniadores profesionales de fama mundial".
Al instante, Kitroeff empezó a recibir mensajes de desconocidos en su teléfono: “Eres una puta", "Mereces morir" y cosas por el estilo. Había memes con calaveras y ataúdes. "Aparecía uno nuevo cada 30 segundos", cuenta la reportera.
Pero el régimen de López Obrador aún no había terminado con ella. Esa tarde, el servicio público de noticias SPR Informa publicó un video en redes sociales en el que atacaba la trayectoria periodística de Kitroeff. En él se mostraban una serie de primeros planos del rostro de la reportera, como si fuera una delincuente.
Al cabo de dos días, Kitroeff cambió de número de teléfono, pero el trauma persistió. Kitroeff recuerda: "Fueron diez días de ansiedad, de no dormir bien".
Los comentaristas dijeron que el doxxing violaba las leyes de protección de datos de México; el INAI abrió una investigación; YouTube retiró el video de la mañanera por infringir sus políticas sobre "acoso y bullying".
Todo el contingente de corresponsales extranjeros, la mayoría de los periodistas mexicanos veteranos e incluso algunos simpatizantes pro-AMLO dentro de la prensa nacional se indignaron. Unos 120 de ellos firmaron una carta abierta en defensa de Kitroeff, que se publicó en redes sociales y en El Universal. La carta afirmaba que el doxxing y el video reflejaban "el patrón de acoso y descalificación a periodistas que ha caracterizado los cinco años" del gobierno de López Obrador.
La carta continuaba:
Tales actos de hostigamiento, que con frecuencia han sido emulados a nivel local tienen lugar en el contexto de una epidemia de violencia contra los comunicadores. La alta tasa de asesinatos de periodistas en México, la más alta del mundo fuera de las zonas de guerra a lo largo de las últimas dos décadas, no ha bajado durante el sexenio actual. La tasa de amenazas y agresiones ha subido.
Solicitó respetuosamente a las autoridades mexicanas, federales y locales, que permitieran a los periodistas realizar su trabajo sin temor a represalias.
Cuando Jésica Zermeño, de Univisión, le preguntó al día siguiente en la mañanera sobre la divulgación de datos personales, López Obrador no se arrepintió. Comenzó criticando a Univisión como uno de los diversos medios "en favor de grupos de intereses creados". Dijo que cuando la dignidad del presidente estuviera en juego, volvería a revelar el número de un periodista. Cuando Zermeño insistió en que había infringido la Ley General de Protección de Datos Personales, respondió: "Por encima de esa ley está la autoridad moral, la autoridad política [del presidente]".
Aquí estaba López Obrador en su peor momento. Desde su habitual atalaya matutina en el Palacio Nacional, donde se enfrentaba a filas de periodistas e influencers que en su mayoría le eran afines, donde se dirigía a las decenas de millones que lo veían como su defensor frente a los conservadores, los académicos, los periodistas y otras "mafias", reforzó su narrativa pública de victimismo vilipendiando a una joven reportera. Cuando se le preguntó sobre la legalidad de su acción, respondió primero socavando la credibilidad de su interlocutora y luego afirmando que, como presidente, estaba por encima de la ley. Evidenció una profunda falta de empatía hacia quienes no eran “el pueblo".
Al dejar (a presidencia, López Obrador le dijo a su amiga Gabriela Cámara que lamentaba el incidente; revelar el número de Kitroeff había sido un error. Por otro lado, añadió, no creía que lo que había hecho fuera para tanto.
Un presidente en la historia
Andrés Manuel López Obrador es el presidente que más ha cambiado el rumbo de México en los últimos treinta años. De hecho, bien puede decirse que solo cuatro presidentes han tenido un impacto comparable desde la Revolución: Lázaro Cárdenas, Miguel Alemán, Carlos Salinas y el propio López Obrador. También es el presidente más cautivador y polémico desde el salinato, por ser quien ha despertado mayores pasiones, a favor y en contra.
A estas alturas, casi da la impresión de que López Obrador ha estado siempre entre nosotros. Es un político que logró ocupar los reflectores nacionales, casi sin interrupción, durante un tiempo inéditamente largo: desde su primera campaña para gobernador de Tabasco, en 1988, hasta el fin de su presidencia, después de la cual ha seguido apareciéndose en el ámbito político y la imaginación popular como una presencia implícita o aun mítica. Es decir, su nombre empezó a sonar en los medios nacionales tres décadas enteras antes de que fuera elegido presidente; Salinas, en cambio, solo empezó a lucir unos seis años antes de su elección. Esto no implica que la duración de una trayectoria política antes de llegar a la presidencia sea necesariamente una medida de la grandeza, pero sí es una muestra de persistencia a lo largo de una vida de dramáticos altibajos.
Todo presidente conlleva una influencia importante, pero los que han marcado épocas distintas son una minoría. Lázaro Cárdenas cumplió mucho más que sus antecesores las promesas redistributivas de la Constitución de 1917; gran parte de su obra persistió en sexenios posteriores, a pesar del giro gradual a la derecha de la década de 1940. Miguel Alemán dio un duradero golpe derechista al timón y consolidó la "dictablanda" del PRI. Luis Echeverría, aunque no está a la misma altura en cuanto a influencia duradera, presidió la época de mayor injerencia del Estado en la economía, junto con un notable autoritarismo, populismo, monumentalismo y egoísmo, así reinventando un "estilo personal de gobernar" (en palabras de Daniel Cosío Villegas) que persistiría, si bien matizado y afinado, en el sexenio subsecuente. Salinas acogió plenamente el neoliberalismo para concretar un modelo económico que duraría tres décadas. López Obrador revirtió ese modelo —aunque no tan plenamente como prometió de antemano ni como afirmaba mientras gobernaba— y cambió por completo el estilo presidencial de comunicar.
Las pasiones alrededor de López Obrador, evidentes en el desenfreno de las redes sociales mientras presidía el país, lo han acompañado desde temprano en su trayectoria. Ya en los años noventa, los políticos y los periodistas lo calificaron o como "un radical peligroso" o como un "líder moral". Durante el primer sexenio del siglo XX, el debate giraba alrededor de la pregunta: "¿Es AMLO otro Lula u otro Hugo Chávez?". A partir de 2004, cuando empezó a preparar su primera campaña para la presidencia, los analistas, politólogos y biógrafos tomaron partido de manera similar. Entre ese año y 2018 se publicaron cuatro biografías de campaña, cuya admiración por el sujeto las ubica en el subgénero de la hogiografía (literalmente, la vida de un santo), y otros libros explícita o implícitamente de contracampaña, cuya meta fue socavar sus perspectivas de ganar. Con la excepción de una vida de López Obrador escrita por el politólogo George Grayson, hace veinte años no salió ninguna biografía de tono neutral, con el fin principal ni de alabar ni de denostar, sino de explicarlo.
Allí está la laguna que este libro busca llenar.
***
De los hallazgos que un estudio equilibrado de su vida entera puede ofrecer, quizás lo más llamativo trata de su entendimiento superlativo de que la política más eficaz es la política más teatral. O de que, como aseveró el destacado presidente estadounidense Ronald Reagan: "Politics is just like show business".
López Obrador era un incansable artista de campaña, un genio de la protesta, un líder de marchas de mil kilómetros, un promotor de plantones masivos, un orador que puso a otros políticos en la sombra y —en las palabras de Gabriel Zaid— un poeta del insulto. Además, aunque era austero en su conducta personal, cuidaba muy bien su imagen física. De ahí su preferencia por las camisas blancas; de ahí su renuencia — una vez miembro del pro— a ser visto dialogando con priistas, eso lo delegaba a otros de su partido.
López Obrador no actuó solo para llamar la atención. Lo hacía para obtener beneficios tangibles para los que representaba, ya fueran cargos municipales para los perredistas, indemnizaciones para los afectados por la contaminación, una industria petrolera plenamente en manos mexicanas o gobiernos bajo su liderazgo que brindaran esperanza, dignidad y bienestar a la mayoría —y primero a los pobres—. En otras palabras, su teatralidad formaba parte de su pragmatismo.
Tampoco usaba un discurso explotador o descuidado cuando hablaba del "pueblo". Es notable que cuando documentó sus seis años de trabajo con los indígenas chontales, en un libro pagado por el estado, él no salió en ninguna de las más de cien fotos; que mientras construía el PRD en Tabasco, en el sexenio de Salinas, época que vio asesinadas docenas de perredistas en cada uno de los demás estados donde el partido tuvo sus primeros éxitos (Michoacán, Guerrero, Oaxaca, Puebla), el perredismo tabasqueño sufrió un solo homicidio; que en las marchas contra su desafuero filmadas por Epigmenio Ibarra, el contacto entre López Obrador y sus simpatizantes se percibe como mutuamente afectuoso y genuino.
Si la relación entre López Obrador y lo que le gusta llamar "el pueblo" se pudiera resumir en una sola palabra, probablemente sería "dignificación". Los programas sociales que facilitó o creó, desde la Chontalpa Chica de Tabasco, en la década de 1970, hasta el Distrito Federal, a principios del siglo XXI, y de ahí a nivel nacional como presidente, podrían ser cuestionados, en cuanto a su eficacia económica y en términos de un fin clientelista-electoral. Pero lo que sin duda hicieron todos ellos fue reconocer, afirmar y fortalecer la dignidad de los pobres. Este es un legado a menudo descuidado del liderazgo de López Obrador. Dado que la dignidad no se puede cuantificar, a muchos economistas y politólogos les resulta difícil tenerla en cuenta.
Desde Tabasco hasta el Palacio, de hecho, un análisis de la vida de López Obrador revela una notable coherencia en su pensamiento político. Hoy en día es habitual describir su mandato como jefe de Gobierno del DF como un laboratorio para su presidencia, pero los puntos en común se remontan a mucho antes. Aunque no empezó a repetir la frase "primero los pobres" hasta que lanzó su campaña capitalina en 1999, la idea sustentó toda su carrera, desde su etapa como activista en la Chontalpa. Esta prioridad, y la empatía hacia los pobres y los indígenas que la sustentaba, ayuda a explicar por qué siempre le interesó más redistribuir la riqueza que aumentarla. Y su experiencia trabajando con los indígenas también ayuda a explicar por qué su política combinaba el bienestar social con el conservadurismo social.
A su vez, muchos académicos y columnistas han dudado que López Obrador sea izquierdista. Existe una tendencia entre las élites —especialmente en Estados Unidos, pero cada vez más en México— a confundir el izquierdismo con el liberalismo, como si el desinterés por el feminismo, la diversidad sexual y el ambientalismo descalificara a un político como izquierdista. La historia del socialismo en México, al igual que en Europa Occidental, es muy diferente de la del liberalismo. (Los partidos socialistas del Reino Unido y Alemania mostraron durante mucho tiempo poco interés por el medio ambiente porque uno de sus principales grupos de votantes eran los mineros). El izquierdismo de López Obrador no se basa en los derechos individuales, sino en los derechos colectivos, empezando por los de los pobres.
Este idealismo siempre coexistió con el pragmatismo. En los años setenta y ochenta, tal vez, esto resultaba menos evidente, cuando recorría la Chontalpa como agente del Instituto Nacional Indigenista, con las palabras del poeta Carlos Pellicer resonando en sus oídos: “Algún día el maíz será de todos". Pero, como candidato derrotado del PRD a gobernador de Tabasco, se deleitó en hacer uso de un tesoro de documentos robados del PRI para demostrar que su oponente había hecho trampa. Como presidente del PRD invitó con entusiasmo a varios priistas descontentos a asumir la candidatura de su partido a gobernador. En sus tres campañas presidenciales, acogió a aliados de todos los colores políticos, siempre que pudieran ayudarle a conseguir votos. Como escribiría su aliado intermitente Federico Arreola, tras la salida de López Obrador del Palacio: "Andrés Manuel pensaba que cualquier bandido del viejo régimen prianista se purificaba solo por renunciar a su pasado para apoyar a la izquierda. Racionalmente no era una posición defendible, pero a López Obrador le sirvió para lograr la transformación que buscó durante tantos años", ("AMLO obligó a México a confesar sus pecados" SDP Noticias, 17 de diciembre de 2025).
El pragmatismo de López Obrador aclara varias de las designaciones del gabinete que dio a conocer en diciembre de 2017, algunas de ellas controvertidas a ojos de la izquierda (Alfonso Romo, Víctor Villalobos, Esteban Moctezuma), ya que deseaba convencer a las élites empresariales y a los inversionistas extranjeros de que no iba a gestionar mal la economía. Del mismo modo, ayuda a explicar las espectaculares vueltas en U que siguieron a su victoria de 2018: optar por continuar e incluso profundizar en la militarización de la seguridad del país, y decidir perdonar a los billonarios miembros de "la mafia del poder".
No obstante, aunque el fondo se ha mantenido bastante constante, la forma ha cambiado. Quienes lo conocen desde los años noventa, o antes, atestiguan casi unánimemente que, con el paso de los años, el tabasqueño se ha vuelto más dogmático, menos tolerante con las diferencias de opinión, más estridente en su retórica, menos dispuesto a admitir errores, más autoritario en sus instintos y menos interesado en aliados a los que no pudiera controlar. (Aunque generalmente se trata de cuestiones de estilo, un cambio sustancial que se deriva de este giro es su distanciamiento de los grupos de protesta. El hombre que en su día fundó un diario tabasqueño con el lema “el periódico de la sociedad civil" declararía, ya como presidente —el 19 de febrero de 2019—, que "todo lo que es sociedad civil tiene que ver con el conservadurismo").
Los años decisivos a este respecto fueron de 2003 a 2006, que atestiguaron una serie de golpes personales y profesionales: la muerte de su primera esposa, Rocío; los vergonzosos "videoescándalos", que implicaban a aliados cercanos en recaudación ilegal de fondos y que socavaron su preciada reputación de rectitud moral; la saga de 13 meses del desafuero, que amenazó con descalificarlo como candidato presidencial; las elecciones de 2006, visiblemente injustas y, en su opinión, fraudulentas, y su fracaso a la hora de conseguir la anulación de los comicios, a pesar de su enorme movilización del descontento popular mediante un megaplantón de 48 días.
López Obrador parece haber salido de esta avalancha de golpes como un hombre transformado. Las secuelas no fueron del todo negativas. Su determinación se fortaleció, aunque admitió en privado que 2012 podría no ser un objetivo realista para la victoria. El núcleo de su base también se robusteció; el plantón le había costado el apoyo del público en general, pero profundizó la lealtad de quienes habían dormido en las tiendas de campaña y quienes, en los años venideros, se enorgullecerían de haber acompañado al tabasqueño "en la lucha". Pero las experiencias de 2003 a 2006 también le costarían muchos amigos y aliados; con otros, que seguían dispuestos a apoyarlo o a tratar con él, las relaciones a menudo se volvieron más tensas. Como lo expresa hoy de manera sucinta Carlos Slim: "Como jefe de Gobierno, escuchaba más".
No todo en el comportamiento presidencial de López Obrador puede atribuirse a esos años decisivos. Los biógrafos buscan necesariamente rasgos de personalidad en la juventud y la primera edad adulta de su protagonista, lo que en este caso significa pensar en Tabasco. A primera vista, resulta tentador detenerse en una "cultura política apasionada" forjada en medio de un calor sofocante, como hacen algunos escritores tabasqueños. Al cronista Jorge Priego le gusta citar la máxima local "No hay peor enemigo de un tabasqueño que otro tabasqueño", pero el periodista Víctor Sámano (un inmigrante de Oaxaca) afirma que es más acertado decir que, aunque a los tabasqueños les encanta insultarse entre sí, no suelen guardar rencor. Este último rasgo parece ayudar a explicar la disposición de López Obrador a trabajar con expriistas, incluso con un veterano tan vilipendiado por la izquierda como Manuel Bartlett.
Hay otros dos rasgos característicos de Tabasco que destacan por su valor explicativo. Uno es la cultura de dependencia económica del Estado que impera en la región, y que se acentuó con el auge petrolero de la década de 1970. El apego de López Obrador a un Estado fuerte y a Pemex, en particular, tiene aquí su origen. El otro es el oficialismo del periodismo tabasqueño, que resulta marcante para los estándares de los estados, al igual que la cultura del chayote. Esto generó en la mente de López Obrador una actitud transaccional hacia la prensa: siempre habría un gran número de medios que se opondrían a él (porque estaban comprados por sus rivales) y una minoría que lo apoyaría (porque él los compraba).
A un nivel más personal, Tabasco fue donde López Obrador vivió su primera tragedia, al presenciar la muerte de un hermano, una experiencia cuyo impacto sigue siendo un misterio. Fue allí donde desarrolló su amor por "el pueblo", empezando por los chontales, con quienes vivió y trabajó durante seis sudorosos años. Y fue allí donde desarrolló su fe cristiana, gracias, en primer lugar, a su piadosa madre católica; en segundo lugar, a su maestro Rodolfo Lara Lagunas, quien le enseñó que Jesús era un radical, y, en tercer lugar, a su devota esposa católica, Rocío Beltrán. En algún momento, también cayó bajo la influencia del cristianismo protestante, lo cual no es de extrañar en un estado que alberga una de las mayores proporciones de evangélicos.
El difunto escritor estadounidense Paul Vanderwood, autor de dos impactantes historias sobre la religiosidad popular en México, solía decir que, independientemente de si los historiadores son creyentes, deben aceptar que otros han creído. En otras palabras, debemos tratar la fe como una fuerza motivadora real, no solo como una herramienta para manipular a otros o como una tapadera para intereses materiales. La fe cristiana es probablemente la característica menos comprendida de López Obrador. Cuando acuñó la frase "abrazos, no balazos", cuando estrechó la mano de la madre de "El Chapo" cuando respondió a un reportero oaxaqueño admitiendo que “El narco es el pueblo", estaba pensando y reaccionando como lo haría Jesucristo.
La biografía política asume como su gran principio de fe la idea de que la capacidad de acción del líder importa, lo que a su vez implica que las experiencias formativas, las creencias y el carácter de ese político también importan. Algunos biógrafos exageran este punto, olvidando el dictamen atemporal de Karl Marx: los grandes hombres forjan su propia historia, pero no en circunstancias que ellos mismos eligen. (No hace falta ser marxista para reconocer el acierto de este juicio). Las circunstancias limitan las acciones de los políticos, al igual que las prioridades de sus partidos, los lemas que heredan y que deben afirmar en campaña, y la voluntad popular.
Pero en el caso de López Obrador, la biografía podría decirse que importa más de lo habitual, porque nos permite comprender las múltiples, flagrantes y, a menudo, confusas contradicciones del hombre. Porque López Obrador, como presidente, demostró ser el más sui generis de los izquierdistas. Era un autodeclarado amigo de los pobres que rehusó aumentar los impuestos sobre los ricos; un crítico de Carlos Slim, como beneficiario de la privatización dudosa de Telmex, que pronto se alió con este oligarca en la renovación del Centro Histórico de la Ciudad de México; un predicador contra "la mafia del poder" que invitó a muchos de los mismos “mañosos" a unirse a su Consejo Asesor Empresarial y que otorgó a otros enormes contratos públicos; un nacionalista revolucionario que, a veces, seguía las órdenes de Estados Unidos, especialmente en lo que respecta a la migración; un crítico de la militarización que militarizó a México más que cualquier otro presidente desde la década de 1940; un crítico de la corrupción que se negó a llevar a los más notoriamente corruptos ante la justicia; un defensor de los derechos de los migrantes en Estados Unidos que, ya como presidente, nunca se reunió con ellos en ninguno de sus cinco viajes al país vecino.
(Había otras contradicciones. Era descendiente y beneficiario de inmigrantes españoles, los Obrador, y ya como presidente repetidamente mostraba desprecio por España; era un exactivista contra la contaminación petrolera en Tabasco que mostraba poco interés en el ambientalismo; era un defensor de una política educativa que mejoraría la posición de México entre las naciones, pero como presidente quitó a su país del principal sistema internacional para comparar los resultados educativos. Insistía en una lealtad incondicional, pero, al igual que muchos políticos, no siempre reciprocaba; condenaba al ostracismo a aquellos que ya no le resultaban útiles, si se atrevían a discrepar de él).
Los que creen en la realpolitik, quienes defienden que la política es solo el arte de lo posible, podrían intentar resolver estos enigmas argumentando que López Obrador meramente hizo lo práctico. Pero el pragmatismo, como forma de explicar su liderazgo, tiene sus límites. ¿Dónde estaba el pragmatismo al negarse a usar cubrebocas cuando golpeaba la pandemia de COVID-19? ¿O al crear una agencia federal para brindar servicios médicos a los pobres y nombrar como director a un administrador de zonas arqueológicas? ¿O al poner la Secretaría de Salud en manos de un médico sin experiencia en administración ni políticas sanitarias? ¿O al invertir menos en obras de infraestructura que habrían impulsado la economía de una vez y más en megaproyectos cuyo beneficio tardaría más de un lustro en materializarse? ¿O al demorar cinco semanas en reconocer al vencedor en la elección presidencial de Estados Unidos, país socio principal de México en el comercio y la inversión?
La biografía puede responder a estas contradicciones, o al menos sugerir respuestas, al considerar el lado humano del sujeto: es decir, los orígenes de López Obrador, sus educadores y mentores, sus primeras experiencias profesionales, sus campañas fallidas (dos veces para gobernador, dos veces para presidente) y sus campañas exitosas, sus allegados y sus dos esposas. Y, por supuesto, sus creencias, sus prejuicios y los cambios que ha sufrido su carácter en el transcurso de su vida.
***
El gran biógrafo estadounidense Roberto Caro, que lleva cincuenta años investigando la vida del presidente Lyndon Baines Johnson —con cuatro tomos gruesos publicados y el último por venir— ha dicho que sus libros "también pretenden ser una imagen de Estados Unidos" durante la trayectoria de Johnson, es decir, de la década de 1930 hasta 1969. De manera parecida, la vida política de López Obrador, que va desde 1976, cuando de joven participó en la campana para senador de Carlos Pellicer hasta nuestros días, puede funcionar como una imagen de México durante medio siglo. Por esta razón, por el hecho de que aún es demasiado pronto para evaluar algunos de sus proyectos (sobre todo, el Tren Maya, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, la Refinería Dos Bocas y el Corredor Interoceánico) y por la renuencia de varios de sus aliados a hablar de López Obrador (ya que trabajan en el gobierno de Claudia Sheinbaum), este libro es necesariamente incompleto.
En un libro por venir, que puede requerir más de un tomo, pretendo ofrecer algo mucho más completo.
Anotaciones y una bibliografía completa sobre esta obra pueden ser consultadas en www.andrewpaxman.com.
Los López y los Obrador
30 de octubre de 1952
"Soy mestizo, con mucho orgullo", AMLO. 2017
En una pequeña iglesia improvisada, en un pueblo chico periférico, en uno de los estados más aislados de México, un hombre de piel oscura y una mujer de piel clara intercambiaron votos matrimoniales un jueves por la mañana. Él era Andrés López Ramón, un hombre delgado, de mediana edad y forastero; trabajaba con sus manos; tenía un rostro alargado, una nariz caída, ojos indecisos y una sonrisa amplia. Ella era Manuela Obrador González, hija de un próspero comerciante, baja y robusta, de casi treinta años; tenía un rostro redondo, cejas oscuras y prominentes y una mirada como la de María Félix. Como Manuela dejó claro quién llevaba los pantalones, el matrimonio resultaría largo y feliz.
La capilla era de paja, colindaba con la casa de dos hermanas ancianas, doña Huacha y doña Santita, y no había un sacerdote residente. Tres décadas antes, el gobernador Tomás Garrido Canabal había confiscado o derribado todas las iglesias de Tabasco. El padre de la novia, José Obrador Revuelta, solo esperaba una congregación modesta. El hombre que estaba a punto de convertirse en su yerno era originario de Cosamaloapan, Veracruz; sus familiares habrían tenido que hacer un viaje de dos días, primero en una embarcación por el río hasta la costa del Golfo, luego en barco marítimo desde Alvarado a Frontera, y luego en un tercer barquito hacia el interior de Tabasco, hasta este pequeño pueblo llamado Tepetitán. Además, Obrador Revuelta prefería una boda sencilla, ya que no estaba convencido de que su hija hubiera elegido al marido adecuado. Era el mes de octubre, varios grados más fresco que el brutal verano tabasqueño, pero aún lo suficientemente caluroso como para que una ceremonia matutina evitara a los novios y a los invitados la incomodidad de pasar una tarde sudando en trajes formales.
Era el año 1952, el último del sexenio del "presidente empresario", Miguel Alemán, cuya voraz corrupción se había convertido en objeto de burlas. Pronto sería sustituido por Adolfo Ruiz Cortines, que ya planeaba una renovación moral. Ruiz Cortines irradiaría la austeridad; publicaría una lista detallada de sus bienes; se negaría a dar trabajo a sus amigos; le diría a su chofer que pagara las multas por infracciones de tráfico. "No permitiré que se quebranten los principios revolucionarios ni las leyes que nos rigen", diría en su discurso inaugural. "Seré inflexible con los servidores públicos que se aparten de la honradez y de la decencia". Justo antes de que Ruiz Cortines completara su primer año, los recién casados darían a luz a su primogénito: Andrés Manuel López Obrador.
***
Tepetitán era un rincón bonito pero sin nada especial del Edén, como a los tabasqueños les gusta llamar a su estado infinitamente verde. Como muchos pueblos de Tabasco, se encontraba en la orilla exterior de un recodo del río, en este caso la orilla occidental del río Tepetitán. Sus habitantes cultivaban maíz, criaban ganado, recolectaban naranjas y mangos, y pescaban. Tepetitán significa "entre las colinas" en náhuatl, pero es posible que el nombre fuera otorgado por un azteca con un sentido del humor irónico, ya que no hay ningún cerro a la vista en los alrededores. Al contrario: Tepetitán se encuentra en medio de una amplia y verde llanura. En 1525, el conquistador Hernán Cortés se alojó en el pueblo durante una semana durante su expedición a Honduras, pero no dejó rastro alguno. Tampoco los sucesores coloniales dejaron mucho que fuera reconocible.
Tepetitán sí tenía una característica destacada. En la orilla oriental del río se alzaba una gran ceiba, y cada tarde decenas de cigüeñas se posaban en sus ramas. En verano, las aves eran tan numerosas que su acumulación hacía que aquel majestuoso árbol pareciera cubierto de nieve.
Quizás la ceiba cubierta de cigüeñas fue uno de los signos que convencieron a José Obrador Revuelta de que Tepetitán podía ser su hogar definitivo. José había nacido en Ampuero, en la provincia española de Cantabria, en 1893. Cuando José y sus hermanos entraron en la adolescencia, sus padres los enviaron a América; como muchos de su generación, temían que sus hijos fueran reclutados por el ejército español. Según el conocimiento familiar, lo pasaron de contrabando a bordo de un barco escondiéndolo en un barril. José desembarcó primero en Cuba, luego, después de unos años, se trasladó a Veracruz y, desde allí, a Frontera en el revolucionario año 1917. Junto con dos de sus hermanos montó una tienda de ropa y comestibles. No está claro por qué decidieron establecerse en ese puerto caluroso y anodino, una ciudad de apenas 4 000 habitantes, con tiburones infestando la desembocadura del río y buitres acurrucados en lo alto de las casas. Pero Frontera era modestamente próspera, gracias al auge del comercio de maderas duras, goma y plátanos, y las revoluciones pueden traer prosperidad a aquellos con energía y ambición. La tienda fue un éxito y José pronto se casó. Su esposa era Úrsula González Guzmán, una joven nacida en Campeche, procedente de otra familia española, con orígenes en Asturias. Entre sus seis hijos se encontraba Manuela, la futura novia de octubre de 1952.
Entonces Garrido Canabal complicó las cosas. El caudillo más destacado de Tabasco entre 1919, cuando se convirtió en gobernador, y 1935, cuando el presidente Lázaro Cárdenas se cansó de su lealtad al expresidente Plutarco Elías Calles y lo envió al exilio, Garrido dirigió el estado como su lucrativo feudo y su laboratorio de políticas. De hecho, el propio Cárdenas elogió al estado como "el laboratorio de la Revolución" (estaba en campaña para la presidencia cuando hizo este cumplido) y Tabasco soportó feroces experimentos. Estos incluían tanto promesas hechas por la nueva Constitución, como la inversión masiva en educación, como obsesiones personales del gobernador: su prohibición del alcohol; su intolerancia hacia la disidencia, que se traducía en arrestos y asesinatos; la fundación del Bloque de Jóvenes Revolucionarios, una organización protofascista obligatoria para los jóvenes y conocida como las "Camisas Rojas", y su odio hacia la Iglesia católica. Exilió al obispo, declaró que los sacerdotes debían casarse, destruyó algunos edificios de la Iglesia y convirtió otros en salas de reuniones, escuelas o establos. Prohibió la Navidad y desalentó el uso de "Adiós".
Todo esto era una mala noticia para José, que había desarrollado una devoción por la Virgen de la Caridad del Cobre mientras vivía en Cuba. Peor aún, Garrido utilizó el artículo 33 de la Constitución para expulsar de México a su hermano Félix; los hermanos Obrador habían favorecido a Adolfo de la Huerta sobre Calles para la sucesión presidencial de 1924. Antes de que le ocurriera lo mismo, José envió a su esposa e hijos a vivir con sus parientes en Veracruz, mientras él trasladaba su negocio a un pueblo al otro lado de la frontera con Chiapas. No fue hasta 1938 cuando regresó a Tabasco. Para entonces, los años de bonanza de Frontera habían terminado y el legado de Garrido aún perduraba. Cuando el novelista inglés Graham Greene visitó Tabasco ese año, encontró las iglesias aún cerradas, los sacerdotes aún ausentes y a los católicos aún demasiado temerosos incluso para celebrar misas privadas en sus casas. Un empresario devoto haría mejor en empezar de nuevo en algún lugar lejos de la mirada de las autoridades.
Obrador Revuelta reunió a su familia y los llevó río arriba, en un viaje de medio día, hasta el remoto interior de Tabasco. Se establecieron en Tepetitán, una localidad de 600 habitantes. Allí, el español pudo comprar una casa y echar raíces. Una vez más, montó una tienda y, una vez más, el negocio prosperó. Bajo el nombre jocoso de "La Revoltosa", se volvió la tienda más grande del pueblo: vendía ropa, zapatos, alimentos envasados, pan recién horneado y medicamentos. Como el pueblo carecía de médico, José hacía las veces de farmacéutico, preparando remedios y administrando inyecciones. En 1952, cuando se acercaba a los sesenta años, era uno de los ciudadanos más destacados de Tepetitán. Conocido cariñosamente como "El Gachupín", era famoso por su trabajo duro, su disciplina y, aunque extraño para un español, pero no tanto para alguien que había vivido en Cuba, su amor por el béisbol.
***
Andrés López Ramón afirmaba que "El Gachupín" se oponía a su matrimonio con Manuela porque ella era la última de sus cuatro hijas que seguía soltera y él dependía de su ayuda en la tienda. Probablemente, las razones eran más complicadas. Obrador pertenecía a una oleada de inmigrantes procedentes de España a finales del siglo XIX y principios del XX, y una de sus costumbres comunes era animar a sus hijos e hijas a casarse dentro de la comunidad ibérica. Por supuesto, esto era mucho más fácil de lograr en lugares con grandes enclaves españoles, como la Ciudad de México y Puebla, por lo que, cuando Manuela cumplió 29 años, es posible que su padre hubiera perdido la esperanza.
Además, es muy posible que hubiera cuestiones de raza y clase. Andrés era asalariado pero pobre, y provenía de una familia muy modesta y multiétnica. Su padre, Lorenzo López, era un campesino de raíces mayoritariamente indígenas. Se decía que su madre (llamada Beatriz o Candelaria, las versiones difieren) tenía sangre africana. Murió un año después de dar a luz a Andrés. Una vez viudo, Lorenzo dejó a sus dos hijos al cuidado de sus cuñadas y se convirtió en un padre prácticamente ausente. Según un relato, Lorenzo era tan pobre que "vivía detrás de un arado en Cosamaloapan".
En 1950 o poco antes, se descubrió petróleo en el municipio de Macuspana, al que pertenecía Tepetitán. Andrés trabajaba para un contratista de Pemex como lo que se conocía como "perro de agua". Él y sus compañeros se adentraban en los pantanos para encontrar espacios donde cavar agujeros y colocar dinamita, la forma habitual de prospectar petróleo en esa zona. Este trabajo llevó a su brigada a las tierras bajas y lagunas alrededor de Tepetitán. En la temperatura de 35 grados y con las frecuentes lluvias de las tardes de verano, era un trabajo arduo para un hombre que se acercaba a los cuarenta años.
Un par de años después de su boda, Manuela convenció a Andrés para que dejara su trabajo y se uniera a ella para montar una tienda a orillas del río. La llamaron "Miscelánea Manuelita". Y realmente era de Manuela. Sin duda, su herencia financió los gastos iniciales. Sin duda, su duro trabajo la convirtió en un éxito. Dado que la tienda de su padre era donde la mayoría de los tepetitecos hacían sus compras, Manuela se encargó de ofrecer nuevos productos y encontrar nuevos clientes. En aquellos días, antes de que existieran las carreteras pavimentadas, se levantaba a las cuatro de la mañana para comprar cereales, frijoles, fruta y pescado a los agricultores que llegaban remando en sus canoas por el río. Ella misma despellejaba y destripaba el pescado, incluido el pejelagarto, un pez local muy apreciado, de aspecto delgado y de dientes afilados. La familia también criaba animales y gallinas para el matadero. Manuela compraba sillas de montar, hachas y machetes a los comerciantes que venían de Campeche y otros lugares. Empaquetaba sus mercancías en una larga canoa y, con un empleado, remontaba o descendía el río para vender en los pueblos más pequeños. De vez en cuando, los dos hacían una excursión de un día por el río hasta Frontera para obtener más mercancía.
En cuanto a Andrés López, en Tepetitán era conocido menos como comerciante que como buen conversador, ágil bailarín y ávido jugador. Le gustaba apostar al billar, en lo que era muy hábil, y a las cartas y los dados, en lo que solía perder. Una de sus sobrinas lo describe sin rodeos: "Fue un flojo". Pero demostró ser un compañero leal y un buen padre.
“Fue lo mejor que me ocurrió”, testificaría Manuela Obrador al final de su vida. “Me salió un hombre cariñoso, hogareño y alcahuete con los hijos. ¿Qué más le pido a Dios?".
Los indicios económicos de su infancia —una casa de ladrillo, vacaciones en Veracruz, una educación más allá de la primaria (ya que a los doce años la mayoría de los tepetitecos comenzaban a trabajar en el campo o en el río)— muestran que Andrés Manuel y sus hermanos disfrutaron de un comienzo relativamente cómodo en la vida. Esto se debía principalmente a la rama española de la familia. En primer lugar, estaba el éxito empresarial y el mecenazgo de su abuelo Obrador, que ayudó a Manuela a montar su tienda en Tepetitán, luego a comprar una casa y más tarde a comprar otra casa y abrir otras dos tiendas en Villahermosa. Don José llevaba con orgullo su identidad española. Cada vez que un nieto cumplía años, él y Doña Úrsula organizaban una fiesta para toda la familia: él los entretenía a todos cantando canciones españolas y ella cocinaba un plato español, el potaje de lentejas. En segundo lugar, estaba la ética de trabajo y el ejemplo de Manuela, cuyo consejo seguiría buscando su hijo mayor en la edad adulta.
Sin embargo, una vez que fuera político electo, Andrés Manuel no veía a España como un benefactor, sino como el gran villano de la historia de México. De hecho, sus comentarios antagónicos sobre España contrastaban con su actitud benigna hacia ese otro villano tradicional, Estados Unidos. Lo que comenzó a marcar la diferencia, al parecer, fue el tiempo que pasó como joven funcionario en otra parte de Tabasco, trabajando con pueblos indígenas que soportaban el yugo de cinco siglos de explotación colonial y marginación neocolonial.
Tepetitán: escenas de una niñez edénica
1953-1965
"Esta es mi tierra, mi agua". AMLO. 2021-
Existe cierta confusión sobre el lugar de nacimiento de Andrés Manuel López Obrador en Tabasco. Algunas fuentes dicen que fue en Tepetitán, otras en Macuspana y otras en Belén. Aunque Tepetitán fue donde creció, Belén, un pueblo en las afueras de la cabecera municipal, era donde Andrés y Manuela vivían en el momento de su nacimiento; el trabajo del padre para Pemex lo había llevado allí temporalmente. Pero el parto tuvo lugar en Macuspana. en la clínica del Dr. José Pinzón Escalante, a la que Andrés llevó a Manuela cuando el trabajo de parto se prolongó. Allí, Andrés Manuel —que recibió el nombre de ambos padres— vino al mundo en la madrugada del 13 de noviembre de 1953.
Manuela tendría otros seis hijos: José Ramón (1954), José Ramiro (1956), Pedro Arturo (1957), Pío Lorenzo (1959) y los gemelos Martín Jesús y Candelaria Beatriz (1964, cuando Manuela tenía 41 años). Según sus propios relatos y los de sus vecinos, la suya era una familia unida, con unos padres que adoraban a sus hijos, y Andrés Manuel asumió la tarea de dar buen ejemplo como hermano mayor. Su posición en la familia le enseñó sus primeras lecciones de responsabilidad.
Su compañero de primaria Federico Reyes López lo recuerda como un líder nato. Una vez, durante el recreo, cuando tenían siete u ocho años, Federico y varios otros niños estaban discutiendo por un juego de canicas y quién era el dueño de cada una. Cuando Andrés Manuel apareció y vio el alboroto, sacó sus propias canicas del bolsillo y las repartió entre todos los jugadores. Eso puso fin a la disputa. "No le gustaba que discutiéramos. Nos calmaba", dice Federico. "Era un chamaco muy centrado en las cosas que decía".
Su madre, que al fin y al cabo se había casado con un hombre de ingresos modestos, le enseñó la humildad y la solidaridad con los pobres. A pesar de que su familia era española y relativamente próspera, y aunque vivía en una casa de ladrillo mientras que la mayoría de los aldeanos vivían en chozas de madera con suelos de tierra y techos de palma y guano, Manuela nunca se dio aires de grandeza. Tenía una sonrisa para todos. Era generosa. Dejaba que sus clientes más pobres compraran a crédito. Después de superar su embarazo más difícil, el de los gemelos, dio gracias a Dios por donar una estatua de la Virgen del Carmen a una iglesia en la aldea vecina de Líbano Blandín, que carecía de ella. Animaba a sus hijos a compartir sus juguetes con sus amigos. Una vez regañó a Andrés Manuel por volver del colegio sin su lápiz, y él le respondió que lo había partido por la mitad para compartirlo con dos compañeros necesitados.
Manuela y Andrés fueron invitados a ser padrinos por parejas de todas las clases sociales. En la fiesta local de la Virgen de la Asunción, el 15 de agosto, cuando se celebraban los bailes nocturnos, en lugar de unirse a los demás pudientes en un local cerrado, bailaban con la gente común en la plaza.
"Actuaban como si estuvieran al mismo nivel que todos los demás, como si fueran personas humildes", recordaría una maestra de escuela.
Así es también como el propio Andrés Manuel recordaría su infancia. "No había diferencias sociales, a pesar de que mi familia tiene una tienda y que eran comerciantes. Nosotros teníamos relación con todos los niños. Y nunca nos planteamos ser distintos".
Quizás el joven Andrés Manuel sentía una conexión especial con los niños más pobres porque, al ser moreno claro, se parecía un poco a ellos. Después de que nacieran sus hermanos, todos con la piel más blanca que él, su madre empezó a llamarle "Negrito”. Lo decía con cariño, pero ¿quién sabe cómo esos apodos moldean milimétricamente la psique de los jóvenes?
***
Andrés Manuel era un buen estudiante, pero no destacaba especialmente. Como le admitiría uno de sus hermanos a la biógrafa Blanca Gómez: "No era de dieces”. Algunas de sus tareas le resultaban aburridas, especialmente las de matemáticas. Sin embargo, sus profesores observaron que participaba con entusiasmo en concursos, como los de oratoria y ortografía, porque le encantaba competir. Varios testimonios afirman que siempre terminaba sus tareas escolares antes que el resto de la clase, y es probable que esto se debiera en gran medida a ese mismo deseo competitivo. Terminar primero era una forma de ganar. Y, una vez ganado, ayudaba a alguno de sus compañeros que se había quedado atrás. Al ganar, podía afirmar su liderazgo.
Sus profesores y compañeros de clase lo recordaban como un socializador nato y un líder natural. Incluso a la edad de cinco o seis años, según atestiguó un profesor, Andrés Manuel "formaba grupos y quería estar entre muchos niños, fomentar la amistad".
Probablemente había una segunda razón por la que Andrés Manuel se apresuraba a terminar sus tareas escolares. Cuanto antes terminaran él y sus amigos, antes podrían salir corriendo de la escuela y hacer lo que más les gustaba.
Su primera pasión era nadar. Después de salir de la escuela a las tres de la tarde, él y sus amigos solían correr a El Pucté, un pozo para nadar justo al sur del pueblo, a la sombra de un árbol gigante del mismo nombre. Allí, los niños se desnudaban, se zambullían en el agua y chapoteaban durante horas. Era una actividad que practicaban todo el año, ya que incluso en los meses de invierno la temperatura media por la tarde era de 25 grados. Manuela prohibía a sus hijos bañarse en el ancho río; cuando lo hacían, a veces atreviéndose a nadar hasta la otra orilla, los regañaba gravemente. La piscina natural de El Pucté estaba a casi un kilómetro de la casa de los niños López Obrador, pero al atardecer podían oír la voz atronadora de su madre, de pie junto a la puerta trasera de su casa, en la orilla del río, gritando los nombres de cada uno de ellos para llamarlos a casa para cenar.
El agua estaba por todas partes en Tepetitán y sus alrededores. Llovía durante todo el año y en grandes cantidades entre junio y diciembre, cuando las calles se convertían a menudo en arroyos en los que los niños chapoteaban y jugaban. A media hora a pie, tanto hacia el norte como hacia el sur, había bonitas lagunas. Pero, sobre todo, el río —en algunos mapas llamado Río Tulijá, aunque los lugareños lo llamaban Río Tepetitán— rodeaba el pueblo y definía su identidad. La gente sacaba agua de él y la hervía para beber. Muchos tenían largas canoas llamadas cayucos, talladas en madera dura y utilizadas para el comercio y la pesca. Las aguas del río producían una gran variedad de peces y crustáceos comestibles: róbalo, mojarra, bobo y pejelagarto; jaiba y camarón. Sus orillas albergaban iguanas y pequeñas tortugas conocidas como pochitoques, y ambas formaban parte de la dieta tradicional.
El río y los árboles que lo bordeaban, ceibas y muchos tipos de frutales, atraían a una abundante avifauna. Además de las cigüeñas y los omnipresentes zanates y chombos, había loros y periquitos, pelícanos y muchas especies de patos. La región también era el hogar de zorros y mapaches, conejos y ardillas, tepezcuintles y armadillos. {El armadillo al horno en su caparazón era una de las especialidades culinarias de Manuela). Río arriba, en la orilla oriental, había árboles en los que los monos aulladores descansaban y rebuscaban entre las ramas.
Para la mayoría de los lugareños que no tenían caballos, el río era la vía de salida de la ciudad. Antes de que una carretera pavimentada uniera Tepetitán con Macuspana a principios de la década de 1960, era la ruta principal hacia el resto del mundo. El río se conectaba con el enorme laberinto de vías fluviales de Tabasco. Se podía remar hacia el sur y luego hacia el oeste hasta la sede municipal de Macuspana. Se podía seguir hacia el sur y llegar a Salto de Agua, Chiapas. Se podía viajar río abajo en dirección norte y luego hacia el oeste hasta Villahermosa. Y más al norte se encontraba Frontera y el mar. Desde río abajo llegaban los barcos mercantes más grandes con sus suministros mensuales. También había un barco médico enviado desde Villahermosa, El Mensajero de la Salud, que dos veces al año traía médicos y dentistas, medicinas y vacunas, así como un servicio de desparasitación para los niños.
***
La otra pasión de Andrés Manuel, que en este caso duró toda su vida, era el béisbol. Fue su abuelo español, José Obrador, de más de sesenta años, quien le enseñó a jugar, pero también ayudó el hecho de que Tabasco fuera uno de los pocos estados en los que el béisbol era más popular que el fútbol. Cerca del pozo de El Pucté había un campo, o más bien una gran extensión de tierra con chozas a un lado y vallas para el ganado al otro, donde los niños jugaban todas las tardes. Excepto cuando estaba en la escuela, nadando en El Pucté o ayudando en la tienda de su madre o de su abuelo, aquí es donde Andrés Manuel pasó su juventud y forjó su joven personalidad.
El béisbol encajaba y alimentaba el espíritu competitivo del chico. Para destacar no solo se necesitaba fuerza, sino también reflejos rápidos y juicio táctico. Andrés Manuel no era tan fuerte como su hermano José Ramón, apodado "El Borrego", pero era hábil con el bate. Algunos de los que jugaban con él afirman que era un bateador potente y capaz de golpear la pelota en cualquier dirección que eligiera. Pero su hermano José Ramiro, conocido como Pepín, afirmaba que era un jugador versátil y que destacaba sobre todo en la tercera base.
Detestaba perder. Sus amigos y familiares observaban este rasgo en muchos contextos. Cuando se metía en peleas en el patio del colegio, se mantenía firme y golpeaba fuerte, lo que le valió el apodo de "Piedra". (Por razones desconocidas, también se le conocía como "El Molido", mientras que otros le llamaban "Nesho"). Se enfadaba incluso cuando perdía jugando a las canicas. En el campo de béisbol, se esforzaba por ganar sin importar lo que pasara. Su hermano Pedro Arturo le contó a Blanca Gómez una ocasión ilustrativa en la que Andrés Manuel jugaba como jardinero. "Iba corriendo tras la pelota, logró tomarla con el guante y no la soltó aunque fue a dar con una cerca de alambre de púas que usaban los ganaderos para delimitar sus terrenos. Quedó atorado de la cintura y otros peloteros tuvieron que ayudarlo a salir".
Tampoco era un ganador elegante, según le contó a la misma escritora una de sus primas, Guadalupe Obrador Olán. "Se peleaba con alguien, le ganaba y salía esa sonrisita de burla de 'te gané’", dijo ella. (Esa entrevista se realizó en 2004, cuando López Obrador era jefe de Gobierno del DF. La prima añadió, quizás con una sonrisita propia: "En eso no ha cambiado").
A los 12 años, cuando ya era lo suficientemente bueno como para unirse al equipo juvenil de Tepetitán y jugar junto a chicos de 18 años, Andrés Manuel soñaba con convertirse en jugador profesional. Tepetitán no tenía televisión en los años cincuenta y sesenta —de hecho solo había electricidad durante unas pocas horas cada noche y tampoco había teléfonos—, pero el niño podía escuchar los partidos en la radio de su abuelo. Se convirtió en fanático de los Yankees de Nueva York, lo cual no era una elección inusual, ya que aparecieron en todas las Series Mundiales excepto una entre 1955 y 1964 y eran históricamente el equipo más exitoso del béisbol. Pero sus jugadores favoritos eran Sandy Koufax, lanzador estrella de los Dodgers de Los Ángeles, y Roberto Clemente, un puertorriqueño de los Piratas de Pittsburgh que mantenía un promedio de bateo estelar y daba sus entrevistas en español.
El estilo de juego apasionado y, en ocasiones, agresivo de Andrés Manuel daría lugar —y para algunos, credibilidad— a historias apócrifas, después de que entrara en la política. En 1995, cuando era la figura principal del PRD en Tabasco, un reportaje periodístico afirmó que, cuando tenía siete u ocho años, López Obrador había perdido una pelea con otro jugador y, en venganza, le había lanzado una pelota de béisbol con todas sus fuerzas a la cabeza. Según la historia, el impacto provocó un chorro de sangre, lo que llevó al niño a desarrollar epilepsia y le hizo pasar el fin de su corta vida en estado vegetativo.
Mientras investigaba para escribir una biografía en inglés en 2005, el politólogo George Grayson visitó Tepetitán durante varios días. López Obrador había anunciado su primera candidatura a la presidencia y la historia de la pelea había reaparecido en la prensa. Grayson habló con muchos lugareños y no encontró a nadie que pudiera verificar la historia. Uno de los que la había difundido era Carlos Manuel Rovirosa Ramírez, un compañero de infancia de López Obrador que se había convertido en político local del PRI. Durante la visita, Rovirosa Ramírez invitó a Grayson a su rancho a las afueras de Tepetitán para una fiesta y una pelea de gallos. Pero cuando Grayson sacó el tema del niño gravemente herido, escribe, Rovirosa Ramírez "hizo declaraciones muy vagas sobre el incidente y dio por terminada la conversación”.
La historia de la pelota y el niño herido no sería el único rumor sobre la juventud de López Obrador que se utilizaría en su contra a medida que su estrella política ascendía.
Macuspana y Villahermosa: un niño líder y un primer mentor
1965-1967
“Cuando era niño, se llegaba a la cabecera municipal de Macuspana a caballo, en cayuco —una canoa hecha de un gran árbol hueco— o en lancha. La carretera era una brecha y siempre estaba en mal estado". AMLO, 2024
Conchita Lizárraga tenía doce años cuando empezó a sentirse incómoda con uno de sus profesores. El joven no solo la trataba como su favorita, sino que también la encontraba atractiva, y sus gestos y cumplidos se hicieron evidentes tanto para ella como para uno de sus compañeros de clase, Andrés Manuel.
Un día, durante el recreo, los dos amigos estaban comiendo una especie de ciruela conocida localmente como fondura en el balcón de su escuela, una secundaria en Macuspana, y vieron al profesor abajo. Andrés Manuel pensó que sería divertido lanzarle desde arriba la fruta a medio comer mientras él estaba de espaldas, y luego esconderse detrás de la pared del balcón. Conchita lanzó su fondura y dio en el blanco: justo en la cabeza del profesor. Los dos se agacharon antes de que el profesor los viera.
"¡Quiero saber quién fue!", espetó el profesor cuando se reanudó la clase. Nadie dijo nada. "Voy a castigar a todos con una mala calificación", amenazó. Nadie dijo nada.
Al día siguiente, el profesor había descubierto o adivinado quién era la culpable, porque cuando Conchita recuperó su tarea, vio que, a diferencia de todos los demás, él la había reprobado. Después de clase, Andrés Manuel estudió su tarea y le dijo: "¡Aprobaste! ¡Mereces un 10! Vamos con el director".
Conchita estaba nerviosa, pero Andrés Manuel insistió y la llevó a la oficina del director. Le contó lo que había sucedido. El profesor había reprobado injustamente a Conchita. Sí, ella le había tirado una fruta, pero solo porque él la había estado molestando durante algún tiempo. "La enamoraba". El director aceptó la versión del chico y reprendió al profesor.
Sesenta años después, Conchita sigue agradecida. Añade: "Fue un niño líder".
***
En 1965, cuando Andrés Manuel terminó la escuela primaria, Tepetitán aún no tenía escuela secundaria. No se abriría una hasta cinco años después; después de todo, la costumbre local era que los niños mayores comenzaran a trabajar junto a sus padres. Pero Andrés y Manuela tenían otras ambiciones para sus hijos, por lo que enviaron a su hijo mayor a la cabecera municipal para que continuara su educación. Macuspana se encuentra a 30 kilómetros de Tepetitán, y la pavimentación de parte de la ruta en 1960 trajo consigo un servicio de autobús, pero este a menudo se atascaba en el barro de los tramos sin pavimentar. A veces, los tepetitecos se veían obligados a caminar los 15 o 20 kilómetros restantes. Andrés y Manuela consideraron que lo mejor para su hijo era vivir en Macuspana y volver en autobús, cuando fuera posible, los fines de semana. Andrés Manuel se quedó con sus padrinos, Carmen Domínguez y José Hernández, que eran católicos devotos. Su casa estaba frente a (a iglesia principal del pueblo, dedicada a San Isidro Labrador. El sacerdote, el padre Narváez, se presentaba para todas sus comidas en la mesa de Carmen, por lo que, con eso y la piedad de sus anfitriones, era quizás inevitable que Andrés Manuel fuera reclutado como monaguillo.
El hermano menor de Conchita Lizárraga, José Manuel, también era monaguillo y él y Andrés Manuel se hicieron buenos amigos. Cada tarde, los dos se vestían con casullas rojas, listos para servir en la misa de las 7 en punto. A diferencia de hoy, la iglesia era entonces una construcción improvisada con paredes y techo de lámina. Cuando llovía, como solía ocurrir a menudo, se producía un estruendo terrible y apenas se oía al sacerdote. Y cuando no llovía, de todos modos no podían entender mucho de la liturgia, ya que las misas todavía se celebraban en latín, entonadas por el sacerdote de espaldas a la congregación. No obstante, Andrés Manuel se tomaba muy en serio sus responsabilidades y se llevaba bien con el padre Narváez, tanto que su familia se preguntaba si había encontrado su vocación.
Mientras tanto, la iglesia de San Isidro Labrador ofrecía un atractivo más terrenal: un patio trasero de tierra compacta donde los niños podían jugar al béisbol. "Cuando lo vi por primera vez estaba jugando con una pelota" recuerda José Manuel de su amigo. "Siempre andaba jugando con una pelota, lanzándola al aire y atrapándola con su guante". Los fines de semana, Andrés Manuel tomaba el autobús a Tepetitán para jugar en el equipo de béisbol del pueblo.
José Manuel, que era uno o dos años más joven, admiraba a Andrés Manuel por su seguridad en sí mismo. El chico parecía tener pocas dificultades para adaptarse a su nueva escuela. "Era simpático, amigable y hablador pero a menudo serio. También podía ser terrible, juguetón, tirando de las trenzas de las niñas".
***
Aunque estaba llena de baches y era poco fiable, la carretera a Macuspana trajo cambios a Tepetitán y a las vidas de Andrés, Manuela y su familia. En los meses más secos, llegaban camiones con los materiales para construir un tanque de agua potable con lavaderos y baños públicos junto a él, un centro de salud, un mercado cubierto y una cancha de baloncesto. Antes de 1960, los tepetitecos podían pasar medio día remando en sus cayucos hasta Macuspana; ahora, por lo menos en la primavera cuando llovía menos, el viaje se podía hacer en autobús, con paradas, en un par de horas, y en coche en la mitad de ese tiempo. Las familias más acomodadas comenzaron a adquirir vehículos, entre ellos una camioneta tipo panel perteneciente a Andrés López.
Una vez al mes, el padre de Andrés Manuel conducía hasta Villahermosa para vender los pavos y pollos que había criado. Y durante las vacaciones se llevaba a toda la familia de viaje por carretera hacia el norte, con comida preparada y empaquetada por Manuela para evitar gastar en restaurantes. En Veracruz, el estado natal de Andrés, visitaban a su hermano Pío en Tres Valles y luego se dirigían a la costa; en Viña del Mar, los niños chapoteaban en las olas en calzoncillos, ya que los trajes eran un lujo innecesario. Luego se dirigían a Tampico, donde se había establecido Lucía, la hermana de Manuela.
Quizás con el deseo de demostrarle a su suegro que él también podía tomar la iniciativa, y desafiando los deseos de su esposa, Andrés compró una quesería de segunda mano, con equipos que producían quesos de 25 kilogramos. Los vendedores, una familia de Michoacán, habían llevado este negocio en Tepetitán durante muchos años, obteniendo la leche de los ganaderos locales. Pero entonces una empresa chocolatera se instaló en la región y comenzó a pagar precios más altos a esos ganaderos; al aumentar el costo de la leche, la producción de quesos dejó de ser rentable. Lo que llevó a Andrés López a creer que él, sin experiencia en el negocio del queso, podría hacerlo mejor que los experimentados comerciantes michoacanos, con su mentalidad comercial, sigue siendo un misterio. En cualquier caso, otra de sus apuestas fracasó. Incurrió en grandes deudas. Rendido, expresó su deseo de regresar a Veracruz.
Manuela no estaba dispuesta a aceptarlo. Le dijo que se mudarían todos a Villahermosa y empezarían un nuevo negocio, algo menos arduo que comprar y vender productos agrícolas y menos arriesgado que fabricar quesos de 25 kilos.
Andrés López le respondió a su esposa: "Sí, mamacita".
***
Rodolfo Lara Lagunas estaba a mitad de una clase con sus alumnos de tercer año de secundaria cuando notó que su atención decaía. Dejó a un lado el libro de texto de educación cívica con el que estaba impartiendo la clase, El buen ciudadano, de Francisco Barrera Valdés, y abordó un tema que sabía que resultaría más estimulante para estos adolescentes: la guerra imperialista de Estados Unidos contra el pueblo de Vietnam. ¡Miren cómo Estados Unidos abusaba de su poder para invadir un país de campesinos!, les dijo. Y este no era un caso único. Seis años antes, cuando John F. Kennedy empezaba a enviar tropas a Vietnam, este presidente también patrocinaba una incursión armada en Cuba para intentar derrocar al gobierno revolucionario de Fidel Castro. Ese episodio, conocido como la invasión de Bahía de Cochinos, afortunadamente había fracasado. Lara Lagunas añadió: "Esto muestra cómo un pueblo pequeño puede derrotar a un pueblo grande".
Tan activista como profesor, cuyas desviaciones del libro de texto eran frecuentes, Lara Lagunas podía hablar con credibilidad sobre las luchas de un pueblo pequeño. Él mismo las había vivido, al crecer en un barrio conflictivo de Cuernavaca al que la policía temía entrar. Hijo de un zapatero pobre, consiguió su primer trabajo en una escuela rural, a una hora a pie de su casa, y al regresar cada tarde estudiaba para obtener su licenciatura. Luego obtuvo un segundo título en la Escuela Normal Superior de la capital. Y mientras estudiaba allí, participó en protestas callejeras. La que más le gustaba recordar era la que se organizó en respuesta a la visita de Estado en 1962 del presidente Kennedy y su famosa y bella esposa, Jacqueline. Rodolfo y sus compañeros marcharon por las calles gritando "¡Cuba sí! ¡Yanquis no!", o, cuando se les ponía el ánimo jocoso, "¡Jacqueline sí! ¡Kennedy no!". Más de cincuenta años después, al repetir esa frase en una de sus conferencias matutinas, su exalumno Andrés Manuel todavía la encontraba divertida.
A Lara Lagunas le gustaba inspirar además de enseñar, y no encontraba ningún personaje más inspirador que Benito Juárez. Como escribiría más tarde, ampliando sus enseñanzas en un folleto para estudiantes: "Juárez fue grande, no solo porque superó la pobreza en que vivía, sino porque, además, puso su saber, su capacidad, su voluntad al servicio de los pobres y de su patria". Admiraba a Juárez por superar múltiples obstáculos como huérfano zapoteco; por cómo la discriminación que sufrió solo lo hizo más fuerte; por su determinación de acabar con el poder injusto de las clases privilegiadas; por enfrentar al dictador Santa Anna y a la intervención francesa; por promover la libertad religiosa; por su devoción por la igualdad y su austeridad personal. Lara Lagunas tituló su folleto Juárez: de la choza al Palacio Nacional. Salpicado de signos de exclamación y comentarios inspiradores —"¡Los valientes no asesinan!", "¡Se puede!"—, el folleto puede leerse como una guía para los muchachos provincianos que aspiran a la grandeza nacional.
Juárez ocupaba el primer lugar en el panteón de héroes de Lara Lagunas, y Cárdenas el segundo, pero a finales de la década de 1960 era una época de efervescencia global, en la que los medios de comunicación llevaban las noticias del mundo, junto con imágenes y sonidos extranjeros, cada vez más rápidamente a los hogares mexicanos. Fiel al espíritu de la época, el profesor se inspiró en otras culturas para los debates en el aula. Admiraba a Gandhi por su estrategia pacífica de desobediencia civil y a Castro tanto por derrocar al dictador Batista como por plantar cara a los gringos. También admiraba al antiguo revolucionario y amigo de los pobres Jesucristo. Otro folleto didáctico que Lara Lagunas produciría más tarde lleva por título Jesús, líder de izquierda.
Andrés Manuel, según observó el profesor, no era un estudiante destacado, pero sí atento. Tras trasladarse de Macuspana a la Secundaria Federal 1 de Villahermosa, no parecía haber sufrido ninguno de los problemas o burlas que a menudo afectaban a los niños de origen rural. Su presencia llamaba la atención de las chicas, pero él no se dejaba influir por ello. En mayo de 1968, cuando Lara Lagunas se unió a una huelga de hambre en la Plaza de Armas para protestar por el asesinato de un estudiante universitario a manos de la extrema derecha, Andrés Manuel formó parte de un grupo de chicos que visitaban a su profesor para animarlo.
***
Cuando, ante la insistencia de Manuela, la familia se mudó de Tepetitán a Villahermosa, parte del plan era que todos los niños tuvieran un acceso más fácil a buenas escuelas. Andrés Manuel completaría su educación secundaria en un año y luego se matricularía en la Preparatoria Nocturna Núm. 1 "Manuel Sánchez Marmol", afiliada a la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT), en 1968. Sin embargo, sus años en la preparatoria parecen haberle causado una impresión menos duradera que los de la secundaria, bajo la tutela de Lara Lagunas. Luego, en lugar de inscribirse en la UJAT una vez que se graduó, una tragedia familiar lo llevó a abandonar Tabasco.
Aun así, los cinco años que pasó en la capital del estado convirtieron al chico de campo en un joven urbano. Después de crecer en un pueblo de varios cientos de habitantes, ahora vivía en una ciudad en rápido crecimiento de casi 100 000 habitantes. Y también en un lugar aún más caluroso; en Caminos sin ley, Graham Greene lo describió acertadamente como una ciudad de "calor enceguecedor" y "aire bullicioso de mosquitos". Durante la década de 1960, Villahermosa duplicó su tamaño, acelerando un crecimiento que había comenzado en los años cuarenta, antes de la cual la ciudad apenas había crecido desde la época colonial. El aumento de los años sesenta se debió en parte a una nueva autopista que atravesaba Tabasco y facilitaba el traslado a la capital, y en parte al inicio del auge petrolero que creó puestos de trabajo en la capital estatal.
Era un buen momento para iniciar un negocio y Manuela, siempre emprendedora, abrió dos. Se trataba de una tienda de telas y ropa, "Novedades Andrés", y una zapatería, "La Gota", justo enfrente del mercado Pino Suárez, en el céntrico barrio de El Playón, junto al río Grijalva. Las tiendas estaban a una cuadra de su casa, en la 1a. Cerrada de Pedro Fuentes, que compraron a un amigo adinerado; otros tepetitecos se instalaron en la misma calle residencial. Aún se podían ver vestigios de la antigua Villahermosa, que Greene había visitado antes del crecimiento acelerado. Varias de las casas de la calle eran edificios de una sola planta construidos en madera.
La modernización de la ciudad influyó en algunos de los gustos de Andrés Manuel. Al igual que otros estudiantes de secundaria, siguiendo la moda hippie, se dejó crecer el pelo. Desarrolló un gusto por la ropa de moda importada de Estados Unidos. ¿Significaba esto que estaba adoptando los valores del vecino imperialista del que Lara Lagunas le había animado a desconfiar? Probablemente se trataba de una fa< pasajera, alimentada por la emoción de vivir en lo que, en comparación con Tepetitán, debía de parecer una metrópolis. Unos años más tarde se instalaría en una verdadera metrópolis. Donde viviría frugalmente y leería contentamente las obras de Marx y Lenin.
- López Obrador, La mafia nos robó la presidencia (México: Grijalbo, 2007), 13
José Ramón: la tragedia familiar
8 de julio de 1969
"Y no quiero hablar de eso [...] es lamentable de que se utilice eso. Pero son capaces de todo". AMLO. 2005
"Trágica muerte de un joven en un establecimiento comercial", rezaba el titular a ocho columnas de Presente, uno de los principales periódicos de Tabasco, el miércoles 9 de julio de 1969. El subtítulo añadía: "José Ramón López Obrador recibió un balazo que le atravesó la cabeza".
La tarde anterior, según explicaba el artículo, la policía había alertado a Arnulfo Sánchez Méndez, agente del Ministerio Público, sobre un incidente en la tienda “Novedades Andrés". Un adolescente de Macuspana, José Ramón López Obrador, había perdido la vida. Sánchez Méndez acudió rápidamente al lugar con su equipo y llevó a cabo una inspección. Sus hallazgos, según Presente, fueron los siguientes: un cadáver en la banqueta frente a la tienda; una pistola Colt calibre .38, junto con una pistola de juguete blanca, en el mostrador; un casquillo calibre .38 debajo del mostrador; una bala incrustada en una de las paredes interiores debajo de unos pantalones colgados de ganchos; un charco de sangre en el suelo de la tienda, con un rastro de sangre que conducía desde allí hasta el cadáver, lo que sugería que el joven se había arrastrado hasta el exterior antes de morir, y un orificio de medio centímetro en el lado derecho del cráneo del joven, a la altura del parietal, con una herida de salida en el lado izquierdo, a la altura de la mastoides.
"Extraoficialmente", añadía el informe, en el lugar del incidente se oyó decir a los curiosos que un hermano del fallecido había estado jugando con la pistola y la había disparado accidentalmente, matando a José Ramón. Otro diario, Rumbo Nuevo, señaló una "versión callejera" similar ("los dos hermanos estaban jugando") y añadió el nombre del hermano mayor: Andrés Manuel.
Un tercer periódico, Diario de Tabasco, dio la versión de Andrés Manuel, tal y como se la contó a Sánchez Méndez. Él dijo que estaba solo en la tienda cuando José Ramón entró, cogió la pistola y anunció que iba a usarla para asustar a un joven que trabajaba en una zapatería cercana. Al ver que manejaba el arma de forma descuidada, llegando incluso a amartillarla, Andrés Manuel le dijo que dejara de jugar con ella. "No tengo miedo”, replicó José Ramón. "Guarda esa arma porque se le puede ir un tiro", insistió Andrés Manuel. José Ramón no le hizo caso: "Lo que pasa contigo es que eres un miedoso. De todo te espantas". Andrés Manuel le dio la espalda a su hermano, oyó el ruido de la pistola al caer sobre el mostrador e inmediatamente después oyó el disparo. Corrió hacia su hermano, que yacía sangrando profusamente, y vio que aún daba señales de vida, por lo que lo arrastró afuera con la esperanza de llevarlo al médico, pero pronto falleció. El Diario de Tabasco también señaló que el arma había sido dejada en la tienda por un cliente como garantía de una deuda de 800 pesos.
El artículo de Rumbo Nuevo era más breve e incluía una versión abreviada del relato de Andrés Manuel. Pero añadía dos detalles propios dignos de mención. En primer lugar, había otras tres personas presentes en la tienda cuando se produjo el accidente, ninguna de las cuales había sido detenida para ser interrogada. En segundo lugar, se había redactado un certificado médico en el que se afirmaba que la bala había seguido una trayectoria ascendente, "sin precisar distancia ni sitios de entrada ni salida". En otras palabras, el certificado carecía de los detalles médicos del informe del agente Sánchez Méndez:
El artículo de Presente terminaba con una nota curiosa, como si el reportero ya dudara de que la policía fuera capaz de hacer su trabajo y aclarar lo sucedido. "Es de esperarse que la Policía Judicial investigue el caso, de tal forma que quede aclarado cómo ocurrió la tragedia. Al integrarse la averiguación previa, se supone que se debe haber interrogado a testigos presenciales, incluso a familiares, hasta establecer los pormenores de este hecho de sangre".
Pero el reportero esperaba en vano. Durante los días siguientes, no hubo señales de una nota de seguimiento. Al caso, al parecer, se le dio un carpetazo.
***
Casi veinte años después, cuando Andrés Manuel López Obrador se postuló por primera vez para gobernador de Tabasco, los voceros del PRI difundieron el rumor de que había asesinado a su hermano. Los operadores del PRI reavivaron el rumor cuando volvió a competir en Tabasco en 1994. Y mientras se postulaba para jefe de Gobierno del DF en 2000, el mandamás del PAN, Diego Fernández de Cevallos, sacó a relucir el incidente, con recortes de periódico en mano, en un debate con López Obrador presentado por Joaquín López-Dóriga en Televisa.
El periodista Rafael Loret de Mola, entonces simpatizante, volvió a sacar a relucir el incidente en su libro de 2004, Destapes. Basándose en una entrevista anónima, afirma que los dos niños estaban jugando con el arma. Andrés Manuel no pudo apretar el gatillo y pidió ayuda a su hermano; la detonación no solo mató a José Ramón, sino que también tiró a Andrés Manuel al suelo. Sin embargo, el hecho de que Loret se equivoque en la fecha del incidente ("Mayo de 1965", comienza diciendo con falsa autoridad), además de situar la edad de los niños en 11 y 10 años, socava la credibilidad de su relato.
Otro periodista simpatizante, Jorge Zepeda Patterson, abordó el episodio cuando perfiló a López Obrador en su anticipo de los precandidatos presidenciales, Los suspirantes (2005). Basándose en entrevistas con el hermano de Andrés Manuel, Pepín, y otros miembros de la familia, escribió que Andrés Manuel, que entonces tenía 15 años, y José Ramón, que tenía 14, estaban cuidando la tienda mientras sus padres almorzaban en casa. El accidente ocurrió cuando José Ramón tomó el arma y la giró alrededor de su dedo. Perdió el control, el arma cayó al suelo y se disparó al impactar. La bala entró por la espalda del niño y salió por la sien. Andrés Manuel, que estaba a cinco metros de distancia, junto a la caja registradora, lo vio todo.
Este relato, que reapareció en las versiones de 2011 y 2017 de Los suspirantes, se convirtió efectivamente en la versión oficial de la familia. Pepín, que no había estado presente en el incidente, lo repetiría en entrevistas.
Mientras López Obrador preparaba su primera candidatura presidencial, la acusación de que había matado a su hermano resurgió una vez más, esta vez en internet. Así que cuando Jorge Ramos, de Univisión, sacó el tema en una entrevista, López Obrador dio un paso inusual y abordó la cuestión. "Pues este fue un accidente de mi hermano", le dijo a Ramos. "Estábamos en una tienda que tenían mis padres, él estaba jugando con un arma y se disparó".
"¿Usted estuvo ahí en el incidente?", insistió Ramos.
"Estuvimos ahí. Nosotros lo vimos. [...] Qué bien que tocó el tema de la internet. No es que sea mala la internet, pero [los artículos] no son confiables, no hay pruebas. Es algo muy lamentable, muy íntimo, muy de nosotros, muy de familia. Y no quiero hablar de eso; usted me lo pregunta y ahora lo estoy haciendo. Pero es lamentable que se utilice eso. Pero son capaces de todo".
Dos años más tarde, Grayson investigó la historia. Su versión coincide en gran medida con (a de Zepeda Patterson, pero incluye los relatos alternativos de los testigos. El biógrafo añade varios detalles clave. Según uno de los relatos, la Policía Judicial detuvo rápidamente a Andrés Manuel, le propinó una severa paliza y lo mantuvo bajo custodia hasta medianoche, antes de decidir liberarlo por falta de pruebas de culpabilidad. Según otro relato, un poderoso empresario presionó al gobernador para proteger a la familia de acciones legales. (Hoy en día circula una historia similar en Villahermosa: un notario con buenos contactos llamado Payambé López Falconi, amigo de la familia y padre del futuro gobernador Adán Augusto López, intervino para ayudar a enterrar el escándalo). Finalmente, a Grayson le dijeron que el informe policial del incidente "se extravió" en el sexenio de González Pedrero. Otros afirman la desaparición del informe.
Hoy en Tepetitán, José Ramón es recordado como el tipo duro de los hermanos López Obrador. Por su físico, era el más fuerte. Por su temperamento, era el más travieso y el más enojón. Según cuenta un vecino que estuvo en la primaria con él: "José Ramón era muy atravesado, muy decidido, y eso le llevó a su accidente".
***
Si la inspección inicial del fiscal Arnulfo Sánchez Méndez, publicada en Presente (y más brevemente en Diario de Tabasco y Rumbo Nuevo), fue precisa —y no hay ninguna razón aparente para suponer que no lo fuera—, entonces la versión familiar de la tragedia presenta varias inconsistencias con los hechos. La inspección en sí misma, además, plantea preguntas sin respuesta desde hace más de medio siglo.
Si, como sostiene la versión de la familia, la pistola se disparó al caer al suelo, ¿por qué se encontró en el mostrador? (¿Y por qué la familia modificó la declaración inicial de Andrés Manuel de que el arma se había disparado cuando José Ramón la arrojó al mostrador?) Si José Ramón estaba a cinco metros de su hermano cuando dejó caer el arma, y si Andrés Manuel estaba junto a la caja, lo que a su vez implica que José Ramón estaba en el centro de la tienda, ¿por qué se encontró el casquillo de la bala detrás del mostrador, donde había estado parado el hermano mayor?
Más significativamente, si la pistola se hubiera disparado al caer al suelo, la bala habría tenido una trayectoria ascendente. También habría tenido una trayectoria ascendente, aunque con una inclinación menor, si el arma se hubiera disparado al golpear el mostrador, ya que José Ramón era alto. (Estas posibilidades coinciden con el primer informe médico, que por su falta de detalle parece haber sido redactado con prisa, tal vez tomando al pie de la letra el testimonio oral de Andrés Manuel). Sin embargo, Sánchez Méndez encontró la bala alojada no en el techo, sino debajo de unos pantalones colgados en la pared, lo que sugiere una trayectoria horizontal o descendente. Además, descubrió que el orificio de entrada se encontraba a la altura del parietal del cráneo del chico, mientras que la herida de salida estaba a la altura de la mastoides, lo que más claramente indica una trayectoria descendente. Dado que José Ramón era alto, es de suponer que se había agachado cuando le alcanzó la bala. ¿De qué había tenido miedo?
***
Lo que sucedió el 8 de julio de 1969 —y solo una persona lo sabe realmente— tuvo un efecto devastador en la familia. Andrés y Manuela ya no podían soportar seguir viviendo en Villahermosa. Se mudaron a Aguas Dulces, Veracruz, donde residía Gloria, una hermana de Manuela, y establecieron dos tiendas más. Dejaron a Andrés Manuel en la ciudad. Aún le quedaban dos años para terminar la preparatoria.
Un amigo de la infancia le contó a Grayson que Andrés López nunca perdonó a su primogénito por lo que había sucedido. (Es decir, lo que fuera que hubiera sucedido; como mínimo, Andrés Manuel, el responsable hermano mayor, no había podido evitar la muerte del menor). José Ramón, según el amigo, era el hijo favorito del padre. Antes de que la familia se mudara a Veracruz, Andrés Manuel solía evitar la ira de su padre pasando la noche en casa de amigos. Después de mudarse, visitaba a su familia durante las vacaciones, pero una vez que se graduó, sus padres no supieron nada de él durante más de un año, tiempo en el que se había mudado a Ciudad de México para comenzar sus estudios universitarios. (Andrés Manuel era el hijo favorito de Manuela, y fue ella quien le animó a inscribirse en la UNAM). Otro amigo contó que, mientras estudiaba la licenciatura, Andrés Manuel abandonó los estudios varias veces, en parte debido a episodios de depresión por la muerte de su hermano.
Doce años después de la tragedia, cuando AMLO se convirtió en padre por primera vez, llamó a su hijo José Ramón.
- "Yo no quiero ser mártir" (entrevista), 2 de mayo de 2005. Disponible en https://jorgeramos.com.
El DF y un segundo mentor: Carlos Pellicer
1973-1976
"[Hay] quienes incluso, de manera simplista, quieren saber si estoy más cerca de Chávez o de Lula. De una vez aprovecho para decirles que me considero de izquierda y pelliceriano". AMLO, 2007
Para la década de 1970, Carlos Pellicer era uno de los grandes viejos maestros de las letras mexicanas. Nacido en Villahermosa en 1897, había estudiado en Ciudad de México y Bogotá y había sido secretario privado de José Vasconcelos, entonces rector de la Universidad Nacional. A los veinte años cofundó un grupo de solidaridad con los obreros junto con Vicente Lombardo Toledano, José Clemente Orozco y Diego Rivera; con el último entabló una amistad que duró toda la vida. Pasó tres años en París. Pasó varios días en la cárcel de Lecumberri, por su activismo político. Enseñó literatura en la UNAM y publicó dos docenas de colecciones de poesía vanguardista a lo largo de seis décadas, parte de ella impregnada de su profunda fe católica. Fue nombrado miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. A los cincuenta años, emprendió una nueva carrera como diseñador de museos que mostraban las culturas precolombinas de México, incluidas las de su Tabasco natal. A los sesenta años volvió a ser encarcelado, esta vez por repartir folletos en el Zócalo en protesta por la intervención estadounidense en la República Dominicana. A los setenta años fue presidente del Comité Mexicano de Solidaridad con el Pueblo de Nicaragua, denunciando la dictadura de Anastasio Somoza, respaldada por Estados Unidos.
Siempre estuvo enseñando, tanto en las aulas como de manera informal, a través de amistades con alumnos actuales y anteriores.
Fue así como, en la edad avanzada, Pellicer entabló una amistad con varios jóvenes tabasqueños en la UNAM. El presidente en ese momento era Luis Echeverría, y como parte de una ofensiva de simpatía diseñada para superar su imagen de opresor de los estudiantes, canalizó muchos recursos hacia la educación y la cultura. Una de las iniciativas fue la vivienda gratuita o de bajo costo para los estudiantes universitarios que habían llegado a la capital desde los estados, y Pellicer aprovechó la oportunidad para ayudar a crear una Casa del Estudiante Tabasqueño. El gobierno proporcionó un antiguo convento en la Colonia Guerrero, en la calle Violeta 125-127, que contaba con 18 habitaciones y, con el uso de literas, espacio suficiente para alojar a 80 estudiantes. Pellicer firmó el contrato de alquiler como fiador e inquilino. Luego consiguió que el gobernador de Tabasco, Mario Trujillo, ayudara con los gastos de alquiler y mobiliario, y convenció a otros políticos tabasqueños para que hicieran lo mismo. Él mismo donó los libros para la biblioteca de la casa.
López Obrador se había matriculado en la UNAM para estudiar Ciencias Políticas, tal vez como consecuencia de aquellos días que pasó escuchando a Rodolfo Lara Lagunas. A partir de la primavera de 1973, vivió en la Casa del Estudiante Tabasqueño. Permaneció allí durante tres semestres, compartiendo litera con un estudiante de arquitectura, Carlos Cerino. De vez en cuando veía a Pellicer cuando visitaba la Casa, pero en esas ocasiones el poeta hablaba principalmente con el líder de la asociación de residentes. Más tarde se forjaría una amistad entre ellos.
***
Los años 1973 a 1975 atestiguaron un despertar de Andrés Manuel. Durante sus primeros seis meses en la UNAM, se sintió inquieto, mudándose de un alojamiento a otro, atormentado por el recuerdo de José Ramón, luchando con sus clases, especialmente con todo lo relacionado con las matemáticas. Hizo amigos donde pudo, especialmente con líderes estudiantiles, como si quisiera liderar pero no estuviera seguro de cómo. Poco a poco, sin embargo, fue adquiriendo un sentido de propósito.
Una de las primeras llamadas de atención fue la tragedia del 11 de septiembre de 1973. Mientras escuchaban la radio, como era su costumbre matutina, López Obrador y sus amigos se quedaron horrorizados al enterarse de que se estaba produciendo un golpe militar en Chile. Salvador Allende, el presidente socialista de ese país, había visitado México solo nueve meses antes y había dado un discurso en la Universidad de Guadalajara que impresionó al joven tabasqueño. Allende dijo que un estudiante "tiene la obligación de ser un factor dinámico del proceso de cambio". No obstante, añadió: “La revolución no pasa por la universidad [...] la revolución pasa por las grandes masas".
López Obrador y muchos de sus amigos decidieron no ir a la UNAM ese día. Se reunieron alrededor de la mesa de la cocina y escucharon con atención mientras una voz desde Santiago relataba los acontecimientos, que terminaron con la muerte de Allende en el Palacio de la Moneda. Cuando concluyó el drama, Andrés Manuel se levantó, se dirigió al pizarrón del comedor y escribió: “¡Viva el heroico pueblo de Chile!". Luego salió corriendo a la calle, gritando "¡Mataron a Allende! ¡Mataron a Allende!".
Una segunda llamada de atención vino de su compañero de cuarto. Una tarde de 1974, Carlos Cerino regresó de clase lleno de entusiasmo por cómo podría utilizar sus estudios de arquitectura para mejorar las viviendas del pueblo chontal, el principal grupo indígena de Tabasco. Cerino había crecido en Macuspana, pero su padre era originario de un pueblo cercano a Nacajuca, en el extremo oriental del territorio chontal, que se extendía hasta la frontera con Veracruz. Cuando era joven, su padre lo había llevado a visitar a amigos en comunidades chontales y Carlos vio cómo vivía gran parte de la gente, en chozas sin pisos, estufas ni baños, con los niños vagando descalzos y los campos contaminados con los efluentes de los pozos petroleros.
Cerino inició un proyecto para diseñar mejores viviendas para los más pobres de Tabasco, que incorporaría la costumbre chontal de la ayuda mutua. Esto se convirtió en un tema de conversación recurrente con López Obrador, que estaba dispuesto a ayudar a poner en práctica las ideas de su compañero. Unos años más tarde, en su primer cargo público, presentaría la propuesta de Cerino al nuevo gobernador de Tabasco y comenzaría a ponerla en práctica, empezando por el municipio de Nacajuca. En conjunto, el estimulante ambiente de la Casa del Estudiante Tabasqueño y las conversaciones con Cerino le animaron a tomarse más en serio sus estudios. Se convirtió en un lector voraz: Marx, Nietzsche y mucha historia. Dio sus primeros pasos en el activismo estudiantil, como parte de un grupo dedicado al desarrollo de Tabasco. Investigó cómo el cultivo de poblaciones de pejelagarto podría mejorar el sustento de los chontales. Más tarde, su amigo el periodista tabasqueño Bartolo Jiménez Méndez se enteró del plan y se burló de él. López Obrador se enfadó, levantó los puños y lo retó a pelear.
Sin embargo, lo que más despertó su imaginación fue conocer a Pellicer. Para el otoño de 1975, López Obrador y Cerino se habían mudado dos veces, primero a un austero apartamento en Copilco y luego a un lugar aún más barato, prácticamente como ocupantes ilegales, en una habitación de las oficinas del Centro de Estudios para el Desarrollo Económico de Tabasco A. C., o Cedetac, cerca del Monumento a la Revolución. A Cerino le divertía descubrir que el Cedetac realizaba pocos "estudios"; de hecho, ¡no tenía libros! Su verdadero propósito era permitir a los jóvenes tabasqueños presionar para conseguir puestos de trabajo en el gobierno. El líder de sus miembros era Miguel Luna Cabrera, graduado de la UNAM y burócrata de bajo nivel con talento para la "grilla".
Un día, a Cerino se le ocurrió intentar concertar una visita a Pellicer. Admiraba su poesía y su defensa de los chontales. Compartió su idea con su amigo: "¡Vamos a conocer a Pellicer!", pero López Obrador se mostró desdeñoso.
"¿Por qué le voy a ver a ese soto?", respondió, utilizando la variante tabasqueña de joto.
"¿Cómo?", replicó Carlos. "¡Es un hombre muy importante! Mira la historia y la calidad de este hombre. No solo es poeta, es museógrafo, es activista, está con los sandinistas, estuvo en contra de la guerra de Vietnam...".
"Okey, okey, voy".
Unos días más tarde, gracias a los artilugios de Luna Cabrera, se consiguió una visita a Pellicer. Una docena de estudiantes y jóvenes burócratas del Cedetac cruzaron la ciudad hasta Sierra Nevada 779, en la majestuosa zona residencial de Lomas de Chapultepec.
El escepticismo de Andrés Manuel pronto se convirtió en admiración. Pellicer no tenía nada de los aires y lujos que cabría esperar de un gigante literario que vivía en Lomas. Atendió durante todo el día al variopinto grupo de jóvenes tabasqueños. Mientras conversaban, les sirvió platos tradicionales de su estado natal, como pozol (una bebida de harina de maíz) en jícaras. Calvo, fibroso y musculoso, Pellicer era un entusiasta caminante y nadador incluso a los 76 años. En casa, solía vestir pantalones y camisas gastados. Mientras conversaba, mostraba un sentido del humor sorprendentemente irónico y varias grandes pasiones. Una de ellas era su oposición al imperialismo estadounidense y sus efectos sobre América Latina, con intervenciones militares y apoyo a dictadores de derecha. Despreciaba a los Estados Unidos. Otra pasión era la defensa de los derechos y la dignidad de los pueblos indígenas, especialmente los chontales. Además de numerosos libros y valiosas pinturas de artistas como Rivera, Dr. Atl y José María Velasco, su casa estaba repleta de objetos arqueológicos; parecía un museo. Recuerda Cerino: "Era un espacio mágico".
En lo que se convirtieron en reuniones recurrentes con estos jóvenes de clase media, Pellicer los impresionaba con relatos sobre la civilización que florecía cuando llegaron los conquistadores. Los chontales eran los fenicios de América, afirmaba, y dominaban el comercio a lo largo de la costa del Golfo. En sus gigantescas canoas de caoba, llenas de productos agrícolas y propulsadas por hasta cuarenta remeros, navegaban por la península de Yucatán, hacia el este hasta Cuba y hacia el sur hasta Panamá. Tenían prácticas agrícolas admirables y cultivaban colectivamente. También tenían una jerarquía: una gran clase de trabajadores y agricultores, una clase más pequeña de guerreros, comerciantes y sacerdotes, y supervisándolos a todos un cacique. Pero en 1519, esta sociedad comenzó a ser destruida, cuando Hernán Cortés derrotó a los chontales en la batalla de Cintla. Le siguieron el desplazamiento, la esclavitud y la viruela, y en sesenta años el 90 % de la población había desaparecido. Los que quedaron, incluso después de que la Corona española aboliera la esclavitud indígena, quedaron confinados en las tierras menos productivas. Tras la Independencia de México, las leyes punitivas contra la vagancia los devolvieron a la esclavitud de facto, a manos de los hacendados.
Desde la Revolución, les dijo Pellicer, a los chontales no les había ido mucho mejor, aunque ya no estuvieran sujetos a la servidumbre por deudas. Cuando Cárdenas supervisó su reparto agrario masivo, los chontales recibieron principalmente tierras pantanosas, lo que los obligó a seguir trabajando en condiciones miserables en prósperas ganaderías y plantaciones de azúcar. El reciente auge petrolero de Tabasco tampoco les reportaba muchos beneficios; los pozos de petróleo contaminaban sus campos y las nuevas carreteras alteraban las inundaciones estacionales que contribuían a la productividad de algunas tierras. Y ahora, a pesar de que el último censo había revelado que al menos 34 000 tabasqueños hablaban una lengua indígena, el gobernador Trujillo se atrevía a afirmar que "en Tabasco no hay indios". (Esta es la afirmación habitual; Humberto Mayans escribe que dijo "en Tabasco no había pueblos indios, sino campesinos", una afirmación algo menos racista, pero no menos incorrecta).
En una de estas tertulias, Pellicer invitó al grupo a acompañarle en una visita programada a Leandro Rovirosa Wade, secretario de Recursos Hidráulicos y probable candidato a gobernador de Tabasco. Cuando el grupo llegó, Rovirosa y Pellicer recibieron una llamada privada del presidente Echeverría, y luego todos se apiñaron en la lujosa oficina de Rovirosa. El régimen de Echeverría había continuado con el "Plan Chontalpa", iniciado en la década de 1960, para mejorar la situación de los chontales mediante la coacción: agrupando a las poblaciones dispersas en comunidades planificadas y aplicando nuevas técnicas agrícolas y ganaderas, todo ello con una fuerte dosis de planificación centralizada. Los mayores del grupo estaban ansiosos por discutir los últimos avances del Plan con el ministro. Luego llegó el turno de López Obrador.
"Señor ingeniero", comenzó. Cerino observó a su amigo señalar y gesticular, en un intento por mostrarse audaz, pero su mano temblaba por los nervios. "Todo lo que está usted diciendo sobre el Plan Chontalpa y el granero del país es una gran mentira, y le voy a decir por qué. Van a llegar las compañías extranjeras, van a recibir todo gratis y mano de obra barata. Ustedes están haciendo una fábrica de pobres". Añadió que el Plan no tenía nada que ver con la voluntad del pueblo chontal, ni respetaba sus tradiciones agrícolas.
La sala se quedó en silencio mientras los jóvenes contenían la respiración. Sentado entre ellos en su silla tapizada en cuero, elegante con su traje y corbata, Rovirosa pidió un cigarrillo. López Obrador le dio uno de los suyos. Entonces, otro estudiante se inclinó con un mechero y la llama se disparó, amenazando con chamuscar al secretario. La tensión no podía ser mayor.
Por fin, Rovirosa habló: "Entre gitanos no nos vamos a leer la mano, y entre tabasqueños no vamos a decir mentiras. Lo que dice el señor... ¿cómo te llamas?".
"Andrés Manuel López Obrador, ingeniero".
"Lo que dice Andrés Manuel es verdad".
Todos los jóvenes tabasqueños suspiraron aliviados.
(Rovirosa Wade no estaba siendo simplemente magnánimo. Quince meses después nombraría a López Obrador su principal interlocutor con los chontales).
Al salir del ministerio, López Obrador se disculpó con Pellicer por su arrebato.
"Si hubiera sabido que iba a hacer eso, no lo habría traído", respondió Pellicer. "¡A usted no le vuelvo a traer!".
Luego soltó una carcajada.
***
Pellicer y López Obrador se hicieron muy buenos amigos. Cuando el joven lo visitó justo antes de la Navidad de 1975, el poeta se compadeció de él al verlo tan empobrecido y le entregó un fajo de billetes. Lo único que se le ocurrió decir a Andrés Manuel fue: "¡Próspera Navidad y feliz Nochebuena!".
A veces, Pellicer lo llevaba a él y a otros alumnos favoritos de viaje, cuando lo invitaban a dar una charla en algún estado. En una ocasión, Andrés Manuel sugirió que el poeta y dos amigos suyos se alojaran en un hotel que su madre había establecido a las afueras de Palenque, Chiapas. Desde allí, el grupo de cuatro se dirigió a las cascadas del Baño de la Reina, donde todos se bañaron. De repente, el joven Andrés Manuel se vio arrastrado por la corriente. Fue zarandeado y tragó mucha agua. Temía ahogarse.
Poco después, le contó a su amigo Carlos Cerino que en su mente había gritado: "¡Dios mío, no quiero ir! ¡Sálvame! ¡Tengo muchas cosas que hacer!".
Dios, pensó después, había respondido rápidamente a su oración.
Sonó el teléfono en la oficina del Cedetac. Era Pellicer. Pidió hablar con Miguel Luna Cabrera. “Me han invitado a ser senador del PRI por Tabasco y voy a aceptar. Quiero que ustedes sean mi equipo de campaña".
Siguiendo con su costumbre de invitar a intelectuales a unirse a sus filas en el Congreso, el PRI había reclutado a uno de los mejores poetas de México. El presidente electo José López Portillo, también escritor, era admirador de su poesía. Porfirio Muñoz Ledo, presidente del PRI, le hizo la invitación. Por supuesto, en 1976, la elección era una formalidad (ningún candidato ajeno al PRI entraría en el Senado hasta 1988) y, por supuesto, el partido pretendía que la presencia de Pellicer le diera un toque extra de legitimidad. No obstante, el poeta aceptó porque, aunque tenía casi 80 años, pensó que podría hacer algo bueno. Con la inminente salida del gobernador Trujillo y su sustitución casi segura por Rovirosa Wade, un hombre más comprensivo con la difícil situación de los pueblos indígenas, Pellicer anunció que ejercería como "senador de los chontales".
El joven López Obrador tenía sus reservas, ya que consideraba que el PRI estaba explotando a su mentor, pero decidió unirse a la campaña. Sus amigos estaban entusiasmados con la idea, incluidos Cerino y Luna Cabrera; en mayo habría terminado todas sus clases, por lo que era libre de regresar a Tabasco como pasante y terminar su tesis más tarde. (Le llevaría otros once años). Además, Pellicer le dijo que tenía un plan especial para los chontales con el fin de ayudarles a poner en marcha pequeños negocios, y quería que López Obrador participara en él.
"Campaña" resultó ser una palabra grandilocuente para los esfuerzos desorganizados de Pellicer. Según Juan José Rodríguez Prats, que comenzó su carrera en la política de Tabasco unos diez años antes, es engañoso afirmar —como sostienen algunas versiones— que López Obrador dirigió la campaña de Pellicer por la sencilla razón de que casi no había campaña que dirigir, (Sin embargo, el joven preparó datos sobre los pueblos que iban a visitar). El PRI planeó que Pellicer celebrara mítines junto con su otro candidato al Senado por Tabasco, el economista David Gustavo Gutiérrez Ruiz; aunque aún estaba en la treintena, Gutiérrez había sido gobernador de Quintana Roo y, durante un año, secretario general de la Confederación Nacional de Organizaciones Populares del PRI. Pero al viejo Pellicer no le gustaba hablar ante multitudes; cuando le pasaban el micrófono, se ponía sentimental e incluso se le conocía por llorar.
A diferencia de Gutiérrez, que hablaba primero, él prefería la brevedad. En una ocasión, todo su discurso consistió en la frase: "Cuando el socialismo llegue a México". Otro veterano político de Tabasco, Francisco Peralta Burelo, afirma la disparidad entre los dos candidatos. "Pellicer humildemente se mantenía todo el tiempo rezagado en los actos importantes que se efectuaban. Y ahí andaba Andrés Manuel, pero de manera muy discreta, nada más se dejaba ver, pero no tenía ningún protagonismo en la campaña de él, porque el propio Pellicer no era protagónico".
No obstante, Peralta Burelo añade: "Verlo al lado de Pellicer causaba una impresión".
El único momento de la campaña que López Obrador consideró digno de recordar para su biógrafo Jaime Avilés ocurrió en un mitin en Villahermosa. Mientras Gutiérrez hablaba, era evidente que todos los asientos delanteros habían sido ocupados por las damas de la ciudad, que se sentaban allí abanicándose. Mientras tanto, en la parte de atrás y de pie, había un grupo de mujeres chontales. Cuando le tocó hablar a Pellicer, el poeta dijo: “No voy a hablar si las señoras chontales no se sientan". Luego se sentó, sin decir nada más. Al principio, nadie supo cómo responder. Entonces, la gente de la ciudad dejó sus asientos y dejó paso a las chontales. Solo cuando la última de ellas se sentó, Pellicer se levantó para hablar.
La declaración de campaña más conocida de Pellicer tuvo lugar cuando viajaba por la Chontalpa. En una reunión en Nacajuca, un apicultor se acercó con la sugerencia de que, para ayudar a mejorar la situación de los indígenas, se instalaran colmenas en sus comunidades, para la producción y venta de miel. Pellicer respondió: "Ni con toda la miel del mundo se podría endulzar la amargura del chontal".
Pellicer utilizó parte de los fondos de campaña que le había asignado el PRI para comprar máquinas de coser para los pobres. Compró cuarenta para regalarlas a las mujeres de Huimanguillo, el pueblo natal de su madre. (Treinta años más tarde, durante su primera campaña presidencial, López Obrador utilizaría parte de sus fondos de campaña para comprar material escolar para los niños pobres). Pero Pellicer consideró que no sería ético repartir las máquinas durante la campaña, por lo que las distribuyó unos meses más tarde. Aunque poseía una valiosa colección de arte, carecía de ahorros propios. No le interesaba recaudar fondos. No había ocupado cargos de alto nivel en el sector público con grandes presupuestos, como David Gustavo Gutiérrez Ruiz, lo que le habría permitido desviar fondos para futuras campañas. El politólogo y biógrafo de López Obrador, George Grayson, describió a Gutiérrez como "despiadadamente ambicioso y extremadamente rico".
Geney Torruco, cronista de Villahermosa, recuerda que Gutiérrez utilizaba un autobús con aire acondicionado, al estilo de los de ADO, para su campaña. Pellicer, López Obrador y los demás voluntarios viajaban en cualquier vehículo que pudieran pedir prestado, ya que Pellicer no tenía coche. Una vez, Torruco los vio en un viejo vocho. "¡Se veía del carajo!".
¿Qué aprendió López Obrador de Pellicer? Al reconstruir los fragmentos de una relación que nunca se ha explorado a fondo, se puede deducir lo siguiente:
Un interés más profundo por los chontales. El principal grupo indígena de Tabasco no se encontraba en Tepetitán, apenas estaba presente en la cabecera municipal de Macuspana y solo existía al margen de la vida de Andrés Manuel como estudiante preparatorio en Villahermosa. No hay ninguna mención de ellos en los relatos de su vida antes de mudarse a la Ciudad de México. Cerino le abrió los ojos a la pobreza de sus condiciones de vida, pero Pellicer le abrió los ojos a su noble historia antigua, su repetida marginación y su dignidad. López Obrador pasaría los siguientes seis años de su vida al servicio de ellos.
Un compromiso con la austeridad. Lo que López Obrador describiría más tarde como su ethos de "austeridad republicana" parece tener su origen en las enseñanzas de Rodolfo Lara Lagunas sobre Benito Juárez y en el ejemplo vivo de Pellicer. (En Villahermosa, descubrió que el poeta vivía en una habitación improvisada bajo la escalera de un museo de antropología y, como un campesino, vestía huaraches y ropa hecha de manta). Durante los años que López Obrador vivió solo en la capital de Tabasco, dedicándose al pequeño comercio para mantenerse, había desarrollado un gusto por los coches y la ropa fina importada de Estados Unidos. Sus amigos incluso lo llamaban El Americano. Ya no: el López Obrador que regresó a Tabasco vestía con sencillez. Trabajando con los chontales, a veces dormía en una hamaca en una choza.
La convicción de que el socialismo es compatible con el cristianismo. A pesar de su entusiasmo por Marx en la UNAM, no conservó la opinión de ese filósofo de que "La religión es el opio del pueblo". Sus mentores más duraderos en sus inicios fueron todos católicos devotos: su madre, el maestro izquierdista Lara Lagunas y el poeta socialista Pellicer. (El sobrino de Pellicer, Carlos, dice que no era tanto un "socialista guadalupano", como lo recordaba López Obrador, sino un "socialista franciscano", dada su admiración por San Francisco y su emulación de su abnegación. “Tenía una fe religiosa verdaderamente sencilla, inquebrantable", añade. "La fe de un chiquillo").
La importancia de la esperanza. Uno de los poemas de Pellicer que más admiraba es "Ansia de las rosas". Su último verso comienza así: "Algún día el maíz será de todos...". Pellicer no solo predicaba la esperanza, sino que la practicaba. Tras su elección, planeó vender su colección de paisajes de Velasco, que valoraba en 7 millones de pesos (50 millones hoy en día) para crear un fideicomiso con el que poner en marcha pequeños negocios para los chontales. Sin embargo, en octubre de ese año, unos ladrones entraron en su casa de Lomas y se llevaron todo, dejando intactos los Rivera y los Orozco. Algunos dicen que este acto quebró el espíritu de Pellicer, que moriría cinco meses después. Pero el día de San Valentín de 1977, dos días antes de que falleciera el poeta, Andrés Manuel lo visitó y vio que la esperanza seguía viva. Pellicer le dijo: "Con las pinturas o sin las pinturas vamos a constituir el fideicomiso porque quiero ser senador de los chontales". La palabra "esperanza" se convertiría en un elemento central del discurso de López Obrador. Hablaría de promover la esperanza entre los chontales; sus primeras memorias políticas se titularían Entre la historia y la esperanza; asumiría el cargo de jefe de Gobierno del DF con la promesa de transformar la capital en la "Ciudad de la Esperanza".
La importancia de la acción. Cuando Pellicer impresionó a López Obrador al pedir a las damas de Villahermosa que cedieran sus asientos a los chontales, su petición no fue solo un gesto de simpatía hacia los más desfavorecidos. También fue un acto de teatro político (lo que no lo hace menos sincero). Demostró que la preocupación por los pobres podía dramatizarse. Los pobres podían movilizarse colectivamente —pidiéndoles que se pasaran al frente— y todos los presentes se darían cuenta. Aquí, López Obrador vio que se podía animar a los pobres y marginados a recuperar su dignidad caminando cien metros. Más tarde, se dio cuenta de que se les podía animar a caminar mil kilómetros.
- López Obrador, La mafia nos robó. p. 500.
Una revolución en la Chontalpa
1977-1982
“Fui director de este Centro Coordinador indigenista Chontal de 1977 a 1982 [...] Es la etapa de aprendizaje más importante que he tenido en mi vida pública. Aquí aprendí a trabajar para la gente humilde..." AMLO, 2020-
Alfonso Pérez Romano vivió una existencia bastante típica para un yokot´an, como se llaman a sí mismos los mayas chontales de Tabasco. Cuando era niño, en la década de 1950, su pueblo de Tucta tenía una población de alrededor de 400 habitantes y todas las familias, salvo unas pocas, vivían en sencillas chozas redondas. Las paredes estaban hechas de listones de madera o bambú unidos sin apretar y los techos eran de paja de palma. Los suelos eran de tierra, que se embarraba cuando llovía, por lo que los hombres construyeron plataformas bajas de madera para que sus mujeres se subieran a ellas mientras realizaban sus tareas domésticas. Las familias dormían en hamacas cuando llovía y en petates en el suelo cuando hacía buen tiempo. Los más acomodados tenían grandes camas de palos en las que cabía toda la familia.
Dado que los ganaderos se habían apoderado hacía siglos de las mejores tierras de la región, desplazando a muchos de los chontales hacia los pantanos, la vida era dura. El pescado era bastante abundante, pero la tierra para cultivar era escasa, en parte porque a los indígenas les resultaba difícil resistirse a los tres pesos mensuales por cabeza de ganado que les ofrecían los ganaderos para que les dejaran utilizar sus pastos. Algunos aldeanos tenían que alquilar pequeñas parcelas de tierra cultivable a los ganaderos.
Lo que más se multiplicaba en ese entorno cálido, húmedo y acuoso eran los mosquitos, que por las tardes formaban nubes que zumbaban y molestaban. Dentro de sus chozas, los chontales encendían lámparas de petróleo, y el humo les hacía toser. Los techos se infestaban de insectos y tendían a pudrirse, por lo que había que sustituirlos cada pocos años. A menudo se cocinaba al aire libre, sobre pilas de leña humeante. Se defecaba al aire libre, lo que empeoraba las tasas de enfermedad, ya que las aguas residuales se filtraban en las lagunas. No había agua corriente. No había electricidad.
Incluso en la década de 1970, algunos chontales mayores, incluidas las mujeres, no vestían más que un taparrabos. Los niños solían jugar desnudos. Los jóvenes adultos como Alfonso adoptaron la vestimenta occidental y los sombreros de paja toquilla o incluso gorras de béisbol, pero ellos también solían caminar y trabajar descalzos. A una hora a pie, por un camino de tierra, se encontraba la cabecera municipal de Nacajuca y su mercado. También se podía llegar allí remando en canoa con los productos agrícolas. Pero muchos en Tucta cosechaban muy poco como para tener excedentes que vender.
"Alguna gente no comía todos los días. Comían cada tres días, y con puro pozol", recuerda Pérez Romano.
Para 1977, cuando Pérez Romano tenía 26 años, estaba casado y tenía dos hijos, el estilo de vida chontal apenas había cambiado desde que él tenía memoria. Tabasco se encontraba en pleno auge petrolero, y en Villahermosa el nuevo gobernador, Rovirosa Wade, comenzaba a canalizar parte de esa riqueza hacia un ambicioso plan de desarrollo urbano llamado "Tabasco 2000", que prácticamente duplicaría el tamaño de la capital. Pero a una hora de distancia, en Tucta, apenas se notaban los beneficios del petróleo.
Una excepción era un proyecto agrícola experimental dirigido por una monja de unos cincuenta años, la Madre Muriel. La Reverenda Alma del Carmen Muriel de la Torre, como se la llamaba formalmente, estaba comprometida con la renovación social y espiritual. Con donaciones de Estados Unidos y la experiencia técnica de un centro de investigación federal y una universidad local, Madre Muriel creó chinampas al estilo azteca en el borde oriental de Tucta. Contrató una draga para excavar canales y apilar la tierra en montículos, y con mano de obra local supervisó la creación de media docena de estos campos rectangulares. Lo suficientemente altos como para resistir las inundaciones estacionales, ofrecían un nuevo terreno para el cultivo, y los canales que rodeaban estas chinampas permitían la cría de peces. El proyecto hizo productiva una pequeña parte del pantano y permitió a algunos de los chontales diversificar su dieta. Madre Muriel también enseñó a las mujeres chontales métodos modernos de parto y cocina, fundó clínicas y una escuela, y estableció una alfarería en Nacajuca.
Luego, en la primavera de 1977, un hombre de 23 años apareció en Tucta, llevando una camisa blanca, un montón de propuestas y el respaldo financiero de los gobiernos federal y estatal.
***
Como dijo Karl Marx: "Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre albedrío, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente". Napoleón pudo alcanzar la fama militar gracias a las oportunidades que le brindaron el caos interno y el intervencionismo extranjero provocados por la Revolución francesa. Cárdenas pudo cumplir muchas de las promesas sociales de la Revolución mexicana gracias a las políticas precedentes de Obregón y Calles, al crecimiento económico que por fin se había iniciado tras años de rebelión y depresión mundial, y al hecho de que Estados Unidos se estaba preparando para una posible Segunda Guerra Mundial; lo último significaba que la expropiación del petróleo de 1938 podía llevarse a cabo sin represalias por parte del país más afectado, que buscaba fortalecer alianzas.
López Obrador pudo revolucionar la vida en la Chontalpa Chica —como se conoce a los municipios del este de la Chontalpa, más cercanos a Villahermosa— gracias al auge petrolero de México. La "abundancia" resultante, que el presidente López Portillo dijo que los mexicanos debían aprender a administrar, hizo que los proyectos de obras públicas fueran viables como nunca antes. Dicho esto, algunas personas administraron la abundancia mucho mejor que otras, y una de las que lo hizo bien fue el nuevo coordinador de la oficina de Tabasco del Instituto Nacional Indigenista (INI). Su buena gestión no solo trajo bienestar a muchos chontales, sino que también convirtió a López Obrador en una figura popular a nivel local, lo que a su vez le proporcionaría en los años siguientes su primera base política.
De hecho, López Obrador desempeñaba tres funciones. En febrero de 1977, tras la insistencia de Pellicer para que Rovirosa le buscara un trabajo relacionado con los chontales, el nuevo gobernador llamó a Ignacio Ovalle, director nacional del INI. En la entrevista que siguió, Ovalle le dijo a López Obrador que ya tenía el trabajo, pero que enviaría inspectores en un mes para comprobar su trabajo y, si no quedaban satisfechos, lo despediría. Seis meses después, tras ganarse su aprobación, el director del INI también lo nombró director en Tabasco de la Coordinación General del Plan Nacional de Zonas Deprimidas y Grupos Marginados, un extendido nombre priista que se abrevió sabiamente como Coplamar. Este programa, diseñado por Ovalle, se concibió para canalizar los ingresos del petróleo hacia la mejora de las poblaciones más pobres de México. En tercer lugar, al preferir establecerse en la Chontalpa Chica en lugar de en la oficina existente del INI en Villahermosa, López Obrador optó por utilizar como sede el Centro Coordinador Indigenista Chontal, creado cuatro años antes en Nacajuca. Así, se convirtió también en director del Centro Coordinador. Sin embargo, parece que solo cobraba un sueldo, no tres.
Índice
Prefacio: Para leer a Andrés Manuel
Los López y los Obrador
30 de octubre de 1952
Tepetitán: escenas de una niñez edénica
1953-1965
Macuspana y Villahermosa: un niño líder y un primer mentor
1965-1967
José Ramón: la tragedia familiar
8 de julio de 1969
El DF y un segundo mentor: Carlos Pellicer
1973-1976
Una revolución en la Chontalpa
1977-1982
30 de marzo de 1980
Una renuncia publicada
15 de agosto de 1983
López historiador
Agosto de 1986
Un salto cardenista al vacío
Julio de 1988
Tabasco 88: la primera campaña
9 de noviembre de 1988
La prensa tabasqueña
24 de abril de 1991
Éxodo por la democracia: lo sagrado y lo mundano
23 de noviembre de 1991
Rocío: la fuerza en casa
24 de abril de 1994
El carnaval de las cajas
9 de junio de 1995
La camisa maculada de sangre
7 de febrero de 1996
Cárdenas victorioso, AMLO eficaz
6 de julio de 1997
El DF elige a un tabasqueño
2 de julio de 2000
La pensión alimentaria para mayores
25 de febrero de 2001
El amanecer de las mañaneras
51 de mayo de 2001
Con Slim en el Centro
14 de agosto de 2001
Rocío: partida y parteaguas
12 de enero de 2005
López escritor
11 de octubre de 2004
El megaplantón y el movimiento
50 de julio a 16 de septiembre de 2006
Beatriz Gutiérrez Müller
16 de octubre de 2006
La mafia del poder: evolución de un lema electoral
18 de mayo de 2009
¡Morena!
2 de octubre de 2011
¡Ruptura con el PRD: adiós a los Chuchos!
9 de septiembre de 2012
Desigualdad: adiós a Piketty
Noviembre de 2014
Una miscelánea de ministras y ministros
14 de diciembre de 2017
Llovizna de estrellas: el cierre en el Azteca
27 de junio de 2018
¿Una vuelta en U sobre la militarización?
22 de agosto de 2018
Un rechazo para la mafia del poder: cancelan un aeropuerto
29 de octubre de 2018
Un abrazo para la mafia del poder: el Consejo Asesor Empresarial
15 de noviembre de 2018
Suben el salario mínimo
17 de diciembre de 2018
El orador y la prensa afín
21 de enero de 2019
Un góber inconforme: Martín Orozco y el Insabi
30 de abril de 2019
Un coordinador ambivalente: Alfonso Romo
7 de mayo de 2019
¿Es AMLO un protestante?
27 de junio de 2019
Urzúa y Levy buscan impulsar la economía
9 de julio de 2019
La pandemia: los discursos y los hechos
11 de marzo de 2020
Mr. López Goes to Washington
7 a 9 de julio de 2020
Sellos negros en el supermercado
1 de octubre de 2020
En el vigésimo segundo viaje a Oaxaca
19 de marzo de 2021
"Me voy a radicalizar”
6 de junio de 2021
Contra las armas del Norte
4 de agosto de 2021
Mr. López Returns to Washington
11 a 13 de julio de 2022
Es Claudia
6 de septiembre de 2023
Adioses en la mañanera: una crónica
27 de agosto de 2024
Soñando con Dinamarca: la salud del pueblo
1 de septiembre de 2024
Epílogo: La Chingada y las preguntas que quedan
Agradecimientos