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Resonaron en el Zócalo mensajes obsoletos; mientras el gobierno siga aferrado al pasado, México estará lejos del progreso.
A todos nos queda claro que, aunque estés montado en la vía correcta, si no avanzas te van a atropellar. El domingo escuchamos los mismos términos, frases y promesas, sin dejar la obsolescencia de un divorcio completo entre la arenga y la realidad.

En su oneroso evento, dejó ver la Presidenta que la nueva Ley de Amparo tiene dedicatoria para un “potentado” que no paga sus impuestos. O sea que para poner en orden a UN SOLO MEXICANO, la señora sintió la necesidad de jodernos a todos, restringiendo aún más la protección de los ciudadanos contra los abusos de un Gobierno autoritario. Por otra parte, legislar con dedicatoria es lo más antidemocrático que hay.

Somos los primeros en reconocer que TODOS debemos cumplir cabalmente con el fisco, aunque se trate de un amigo del ex Presidente, a quien colocó al frente de “su” Consejo Empresarial. Pero también somos los últimos en aceptar que, para hacer pagar impuestos a uno, resulte válido vulnerar las garantías individuales de las mayorías. Nos parece totalmente irracional.

De la misma manera, difícil nos resulta comprender cómo reiterar de manera exagerada la lealtad con un pasado inaceptable nos hace avanzar como país. ¿Acaso es loable el “abrazos, no balazos”? ¿Tiene mérito destruir la selva yucateca para montar un tren que nadie quería y que no funciona? ¿O construir una refinería carísima que jamás será rentable? ¿O instaurar en México un clima político de rijosidad y exclusión, de promesas incumplidas, de amplia retórica populista, pero escasos avances económicos?

Cierto: no todo es negro, pero lo escaso blanco no alcanza siquiera para obtener un panorama gris.

Mientras permanezcamos, como nación, anclados a un pasado retrógrado, reñido con el ritmo y la dirección que lleva la modernidad, nos condenan nuestros gobernantes a permanecer estáticos, olvidando que el que no avanza, retrocede. Le urge a este Gobierno establecer su propio sello: IMITAR al pasado no permite al País avanzar.

Seguramente la Presidenta Sheinbaum no quiere pasar a la historia como una extensión del “mucho macho” de su antecesor, del que se instaló a sí mismo como el “investigador” del caso Ayotzinapa y lo dejó más enredado y lejos de la justicia que cuando lo recibió; del mismo individuo al que le valían mádere los derechos de las mujeres, y bajo cuyo mandato, en 2021, el huachicol fiscal alcanzó su ZÉNIT. ¿¡Ese señor es el modelo, el ídolo, el héroe cuyo estandarte debe seguirse!?

¿Dónde están las propias ideas de la Presidenta? ¿Cuál es su SELLO y dónde lo estampará? ¿Qué legado dejará para la historia como la primera mujer Presidenta de México? ¿Aceptará un destino que le otorga un papel secundario,

supeditado a los caprichos de un hombre nada admirable? ¿O acaso se puede negar que, bajo su administración, acontecieron en México hechos sumamente deplorables?

Ustedes, amables lectores, saben bien a cuáles nos referimos: La Barredora en su natal Tabasco; el huachicol fiscal, que no sólo causó un daño económico terrible al erario, sino que manchó la hoja de servicio de la Marina mostrando un grado de corrupción francamente repugnante, y por supuesto el CÁNCER de la inseguridad en casi todo el País.

Por haber sido su padrino, su mentor y haberla dejado en la Presidencia puede entenderse que le esté agradecida, pero más lo debe estar con los ciudadanos que la eligieron. Debe más gratitud a ellos y a México que a nadie más.

Suena muy gastado hablar de “movimiento”, elevándolo al grado de una especie de Islam político, en una era en la que la inteligencia artificial está decidiendo el rumbo del mundo, en una era de avances científicos y tecnológicos sin paralelo. La ciencia no tiene religión, ni sabe de movimientos y no le importan.

Hablar del “humanismo mexicano” como si fuese la invención del hilo negro resulta absurdo y, para algunos, risible. El mundo entero está en otra etapa de desarrollo, mientras nosotros, con este Gobierno, parecemos estar como vaca echada en la mera vía, esperando a que el futuro nos atropelle.

 

 

 

 

 

Tomado de: Reforma