La historia de Morena es, al menos en parte, la de un movimiento que se forjó en la protesta, pero que una vez en el poder se ha dedicado a deslegitimar a quienes protestan en su contra. Es, a su manera, un ejemplo –menor, pero ilustrativo– de aquel diagnóstico con el que Hannah Arendt resumió el problema de las revoluciones victoriosas: “el revolucionario más radical se volverá conservador al día siguiente de la revolución”.
Digamos que el proyecto de la “transformación”, al hacerse gobierno, también se transformó. No es que repudie abiertamente los métodos que utilizó cuando estaba en la oposición, es que se ha dedicado a descalificar sistemáticamente a quienes los utilizan; no es que niegue el derecho a la protesta, es que le niega validez a las personas que salen a protestar. Nunca son grupos con un agravio verdadero ni ciudadanos que están ejerciendo su derecho: son opositores, la derecha, los conservadores de siempre, títeres del extranjero, violentos, falsos…
Claudia Sheinbaum se dice “hija del 68”, pero su discurso contra las multitudes que protestaron el domingo pasado parece sacado del libreto de Gustavo Díaz Ordaz. Más preocupada por estigmatizarlas que por escucharlas, ni siquiera supo reconocer en ellas el clamor popular que demanda romper con la corrupción y el contubernio criminal de sus correligionarios. Era una oportunidad extraordinaria para demostrar que ella –aunque sean sus compañeros de partido– no está con ellos. En la oposición era contestataria; en el poder, es sorda. Más que como la presidenta de todos los mexicanos, se asumió como la custodia del statu quo, como la defensora de una coalición incapaz de reconocer que el problema no está afuera sino adentro, entre sus propias filas. Obligada por las circunstancias a posicionarse, optó por mostrarse más combativa contra quienes protestan por la violencia que contra quienes la generan, contra quienes gobiernan con la delincuencia o contra quienes le siguen garantizando impunidad. Parafraseando la célebre frase de una obra de teatro de los años noventa, parece estar diciendo que “entre obradoristas podemos despedazarnos, pero jamás nos haremos daño”.
Tras los recientes escándalos –de Rubén Rocha en Sinaloa, del huachicol fiscal en Tamaulipas, de La Barredora en Tabasco o del asesinato del alcalde Carlos Manzo en Michoacán– hay motivos de sobra para protestar legítimamente, para exigir justicia y seguridad. Para la jefa del Estado mexicano, sin embargo, no son más que meras provocaciones. Su respuesta no deja lugar a dudas: “¿creen que nos van a debilitar por lo que gritan? ¡No! Más fuerte, soy más fuerte”. Pero no: entre más se perpetúen los pactos de su coalición con la criminalidad, y más insista Sheinbaum en no escuchar la protesta social, más débil será su gobierno y más conservadora su actitud.
@carlosbravoreg
Tomado de: El Heraldo de México