Sheinbaum tiene que demostrar que su gobierno tiene la capacidad para recuperar el territorio controlado por los criminales.
El alcalde de Tequila, Jalisco, el morenista Diego Rivera Navarro, se dedicaba, junto con al menos tres funcionarios de su administración, a extorsionar a empresarios tequileros y cerveceros locales bajo la amenaza de clausurar sus negocios. En un operativo el jueves, el gobierno federal lo capturó y lo acusó de tener vínculos con una célula del CJNG.
Se requieren dos elementos centrales para poder recuperar el control sobre el territorio tomado por el crimen. El primero, que los delincuentes le tengan respeto a la autoridad. Mientras se sientan cobijados por sus socios políticos, o por alguna organización criminal, seguirán delinquiendo sin rubor. En el caso de Diego Rivera, sus abusos eran públicos y documentados. Se creía impune por ser parte de la coalición gobernante.
El segundo, recuperar la confianza de la ciudadanía en las autoridades. Muchos en Tequila sabían lo que sucedía. Sólo una empresa de gran tamaño, José Cuervo, tuvo el valor de presentar denuncias ante la fiscalía estatal, así como el peso para que el caso cobrara notoriedad nacional.
En este entorno no sorprende que los mexicanos desconfíen de sus vecinos. Según una reciente encuesta del Pew Research Center, en nuestro país el porcentaje de quienes respondieron que se puede confiar en la mayoría de las personas es de los más bajos del mundo: sólo 18 por ciento. En Suecia es 83, en Indonesia 53 y en Sudáfrica 27 por ciento.
Para un policía inglés, su arma más poderosa no es la porra, sino la libreta con la que toma nota de lo que le reportan los ciudadanos. Son quienes saben lo que está pasando en su entorno. Sin esa información, ni la mejor policía puede funcionar bien. Por más que se concentre el poder en la cúpula, salvo en regímenes donde se impone el terror, para imponer la ley un gobierno requiere legitimidad y confianza.
La desconfianza ciudadana tiene otra cara: permite al gobierno imponer a la sociedad casi cualquier cosa. Ese ciudadano desconfiado no está organizado, es pasivo y dependiente; y predominan los liderazgos desgastados. La genialidad de AMLO fue construir una imagen de honestidad y cercanía con la gente, fruto de 18 años de hacer campaña y de innumerables giras por los lugares más remotos del país. Así rompió con el orden político establecido.
Ya en el poder, muy hábilmente AMLO encontró un equilibrio con una parte amplia de la sociedad; transferencias en efectivo no condicionadas a cambio de que el ciudadano no se queje de bienes públicos escasos y malos. También consiguió que los empresarios subieran los salarios. Los trabajadores no se organizaron; él resolvió el problema de presionar a los empleadores. Además, las transferencias permiten a quienes las reciben cierta autonomía para no trabajar con salarios que les parezcan insuficientes.
El gobierno no pide mucho a cambio: participar de vez en cuando en mítines y salir a votar a su favor. Eso sí: h^ una estructura bien organizada desde el gobierno para asegurarse de que esto suceda.
AMLO prometió que bastaban los abrazos para apaciguar al país, pero lo que hizo fue abandonar a la ciudadanía en manos del crimen organizado. Es difícil medirla, pero los datos oficiales señalan que la extorsión aumentó más del 50 por ciento en el sexenio pasado. Los criminales saben qué pasa, quién colabora y quién no, y ejercen una violencia sanguinaria para defender su dominio.
Ahora Sheinbaum tiene que demostrar, en México, pero sobre todo a Estados Unidos, que su gobierno tiene la capacidad y los medios para recuperar el territorio controlado por los criminales. Debe hacerlo, como en el caso de Rivera, sin importar las complicidades ni apoyos políticos que tengan. Una golondrina no hace verano. Tendrá también que mostrar que puede generar gobernabilidad en zonas tan penetradas por el crimen organizado como Jalisco, aun después de apresar a un alcalde que trabajaba junto con ellos.
Tomado de: Reforma