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La democracia burguesa permitía gozar a toda la ciudadanía de todos los derechos y libertades individuales, garantizaba al pueblo la libre elección de las instituciones legislativas y, a través de estas, el control de la administración pública. Si bien en ella también mandaba la burguesía, su dominación estaba limitada por el peso del electorado proletario y la fuerza de las organizaciones obreras. El fascismo anula todos los derechos y libertades individuales, suprime las elecciones libres, destruye las organizaciones obreras, con lo que la clase trabajadora pierde todos los derechos y todo su poder. La dominación, limitada por las instituciones democráticas es sustituida por la dominación de clase totalitaria, es decir, por la dominación de clase ilimitada, la dictadura.

El fascismo /1. Otto Bauer
2026 Mar 9. Viento Sur
En este artículo el dirigente del Partido Socialdemócrata Obrero de Austria desarrolla un análisis del surgimiento del fascismo en Italia y Alemania como ofensiva de la burguesía ante la debilidad de la clase obrera.

A las revoluciones de 1918 les siguió la contrarrevolución que no siempre adoptó los rasgos característicos del fascismo. En Polonia, la democracia fue relevada por la dictadura militar de Pilsudski. Un absolutismo dinástico-militarista del viejo estilo derribó la democracia en Yugoslavia. El movimiento Despierta Hungría de la contrarrevolución húngara de 1919, así como los grupos terroristas enviados por el Gobierno búlgaro de Zankoff contra el derrotado partido campesino y contra los obreros, tuvieron ya características semejantes a las tropas de choque de tipo fascista. Pero al cabo de poco tiempo, la vieja oligarquía de antigua escuela recuperaba el poder en ambos países. Fue en Italia y en Alemania donde triunfó por primera vez la nueva forma del despotismo fascista. Hoy día se ha convertido, lógicamente, en el sistema dictatorial por excelencia de las clases capitalistas, cuyos métodos van siendo imitados también por gobiernos contrarrevolucionarios de otras procedencias.

El fascismo es el resultado de tres procesos sociales íntimamente relacionados entre sí. En primer lugar, la guerra, que expulsó de la vida burguesa y desclasó a grandes masas de combatientes. Éstas, incapaces de regresar a los modos de vida burgueses, y nostálgicas de los hábitos e ideologías adquiridos durante la guerra, formaron después de esta las milicias fascistas, las juntas de defensa patrióticas con una peculiar ideología militarista, antidemocrática y nacionalista.

En segundo lugar, las crisis económicas de posguerra, que sumieron en la miseria a grandes masas de pequeños burgueses y campesinos. Estas masas depauperadas y resentidas abandonaron las filas de los partidos de masas democrático-burguesas, en las que habían militado hasta entonces, y se alzaron llenas de odio y decepción contra la democracia que antes les había servido para representar sus intereses, encuadrándose en las milicias y juntas de defensa nacional-militaristas.

En tercer lugar, y a causa de aquellas crisis, la merma de los beneficios de la clase capitalista, que quiso resarcirse aumentado el grado de explotación, para lo cual era preciso romper la resistencia de la clase obrera. Como la clase capitalista dudaba de conseguirlo bajo el régimen democrático, se sirvió primero del movimiento rebelde de las masas pequeño-burguesas y campesinas agrupadas en las milicias fascistas y nacionalistas para sembrar el terror en la clase obrera y obligarla a pasar a la defensiva, y luego para destruir la democracia. Empezó por ayudar con medios financieros a los fascistas, por inducir al aparato estatal para que aprovisionara de armas a las milicias fascistas y asegurase impunidad a sus acciones de castigo contra la clase obrera, y finalmente por ceder el poder estatal a los fascistas. Consideremos con mayor detenimiento esos tres procesos sociales relacionados entre sí.

En Italia, fueron los oficiales de la reserva, desmovilizados después de la guerra, quienes constituyeron los núcleos del partido fascista. Estos hombres, que habían disfrutado del mando durante largos años, no encontraban en la vida burguesa una posición adecuada a sus pretensiones y ambiciones. Alrededor de ellos se agrupaban las huestes de los arditi, las tropas de choque de la guerra, orgullosos de sus condecoraciones y sus heridas, resentidos porque la patria por la que habían dado su sangre no podía ofrecerles una posición suficiente, al menos según sus aspiraciones. No querían dejar los hábitos contraídos durante la guerra: deseaban dar y recibir órdenes, llevar uniforme y desfilar al paso. Comenzaron a formar organizaciones paramilitares.

Este grupo social fue aún más numeroso en Alemania. Por el tratado de paz firmado en Versalles, este país estaba obligado a licenciar a la mayor parte de sus oficiales de carrera, y éstos formaron el núcleo dirigente de los cuerpos de voluntarios y juntas de defensa militaristas que empezaron a constituirse después de la guerra. Las convulsiones políticas de postguerra dieron a estas milicias fascistas en ciernes la oportunidad de consolidarse y aumentar su propio vestigio: en Italia, la aventura de Fiume; en Alemania, las luchas del Báltico y de la Alta Silesia.

Fueron estas células primordiales del fascismo las que desarrollaron su ideología general. Como producto de la guerra, se trata de una ideología militarista sobre todo: exige la disciplina de las masas frente a la autoridad de mando de sus jefes. Es absolutamente contraria al derecho de autodeterminación de las masas, a las que considera llamadas únicamente a obedecer; por consiguiente, es enemiga de la democracia. Desprecia el afán burgués de paz, bienestar y comodidad, propio de la vida civil, y le opone un ideario vital heroico. Está animada del nacionalismo que la guerra contribuyó a exacerbar. Intenta provocar la rebelión de las masas contra el Gobierno liberal de Italia, al cual se acusa de haberse dejado estafar el precio de la victoria, o contra el Gobierno republicano de Alemania, por su humillante sumisión a la voluntad de las potencias vencedoras.

Por ser típicamente pequeño-burguesa se dirige tanto contra el gran capital como contra el proletariado; los oficiales odian al estraperlista y a los nuevos ricos que se han beneficiado de la guerra, y desprecian al proletario. Claro está que su anticapitalismo solo va dirigido contra las formas más específicamente parasitarias del capitalismo de la época de posguerra y de inflación. El oficial aprecia la industria de guerra, aunque odie al estraperlista; es el capitalista especulador, y no el capitalista creador, el objeto de su enemistad.

En cambio, es absolutamente incondicional su animadversión contra el socialismo proletario, que luchó denodadamente contra la intervención de Italia en la guerra y por eso mismo vio muy acrecentado el número de sus partidarios durante ella; que en Alemania ocupa el poder después de la derrota, apareciendo así como beneficiario de la misma y agente de las potencias vencedoras. Durante la época de máxima atracción del socialismo sobre las masas, aquella ideología presenta su ideario como el de un nacionalsocialismo, opuesto como tal al socialismo proletario: el verdadero socialismo nacional, dice, no consiste en la explotación egoísta de las consecuencias de la guerra por parte del proletariado, sino en la subordinación de todo interés particular al interés común, de todas las fuerzas económicas y sociales a la tarea de consolidación nacional frente al enemigo exterior.

Ese nacionalismo va unido a ideas antiburguesas: la democracia burguesa occidental, dice, no es más que la dominación de clase de los estratos capitalistas más ricos y poderosos; los capitalistas ingleses, franceses y americanos le robaron a Italia, la gran proletaria, el fruto de su victoria; en cuanto al pueblo alemán, es la oligarquía financiera del judaísmo internacional quien le hace pagar tributo, escudada en la democracia occidental y sirviéndose de la democracia alemana. Ante las masas populares, presenta su lucha como el combate contra la dominación de clase de la burguesía; ante los capitalistas, como el combate contra la tiranía de la plebe proletaria; ante la intelectualidad nacionalista, como una lucha de solidaridad de todas las fuerzas nacionales contra el enemigo exterior.

Ahora bien, las fuerzas militares de choque, portavoces iniciales de la ideología fascista, necesitan ganar el refuerzo y el apoyo de masas amplias para tener verdadera potencia. El primer estrato social que hizo suya la ideología fascista originada por la guerra fue la intelectualidad. En Italia y Alemania, la democracia parlamentaria era una institución reciente. En Italia, el régimen gubernamental parlamentario era antiguo, pero no fue hasta 1913 que se eligió Parlamento en base al sufragio universal único, pero no fue hasta 1918 que el Parlamento dispuso de autoridad sobre el Gobierno. La joven democracia decepcionó muy pronto a la intelectualidad de ambos países, que no veía en aquélla sino una plutocracia disfrazada, por una parte, y por otra parte una dictadura de las masas: masas creadas por la sociedad capitalista, incultas, brutales, propicias a la violencia en los momentos de irritación.

Arruinada a su vez por la devaluación y las crisis económicas, la intelectualidad odia a los arribistas del proletariado que han conseguido ocupar los escaños gubernamentales; no entiende las luchas alrededor de problemas sociopolíticos, que dominan la vida pública bajo la presión de las masas. Pero era sobre todo su nacionalismo, exacerbado por la guerra, lo que situaba a la intelectualidad en oposición frente a la joven democracia.

Al comienzo de la guerra, Italia permaneció neutral. Durante meses tuvo lugar en el seno de la burguesía italiana una lucha encarnizada entre los partidarios de la neutralidad y los de la intervención. Luchaban a favor de la neutralidad los socialistas, los católicos, la burguesía liberal encabezada por Giolitti y, con ésta, la mayoría parlamentaria. Los partidarios de la guerra contra Austria formaban un movimiento de masas patrocinado por la industria pesada y los terratenientes, y dirigido por una intelectualidad educada en la tradición del Risorgimento. Este movimiento forzó la intervención, contra la voluntad del Gobierno y de la mayoría parlamentaria. En todas las demás naciones beligerantes de Europa, tal vez pudieron creer las masas populares que la patria había sido avasallada por el enemigo y que la guerra era inevitable; para Italia, evidentemente, la guerra fue consecuencia de una libre elección.

Este hecho influyó de modo decisivo en la posterior evolución del país. El socialismo había luchado contra la guerra; cuando las masas populares experimentaron los sinsabores de la misma, se pasaron al socialismo en masa. En los primeros años de la postguerra, las masas populares italianas se vieron sacudidas por un tremendo movimiento revolucionario. Del otro lado quedaban los intervencionistas, los que habían impuesto en 1916 la beligerancia de Italia. Ya en 1915 habían luchado contra liberales, católicos y socialistas a la vez. Ya entonces difundieron la filosofía heroica de la vida, frente al neutralismo, frente al mercantilismo liberal y pacifista, de un lado, y frente al socialismo preocupado únicamente del bienestar prosaico de las masas, del otro. Ya en aquel tiempo impusieron su voluntad al Parlamento, que se resistía a la guerra. Fueron sus tropas de choque las que forzaron la decisión desde la calle. Después de la guerra, la intelectualidad intervencionista formó los cuadros alrededor de los cuales se integraron luego las organizaciones militares del fascismo.

Alemania se enfrentó durante la guerra a todo un mundo adversario, y realizó proezas militares inauditas; finalmente sucumbió bajo la aplastante superioridad de sus enemigos. La derrota dio lugar a la revolución, que implantó la República…, una República nacida en medio de la más amarga miseria, impotente frente al orgullo de los vencedores, deudora de ruinosas indemnizaciones, humillada mil veces por las potencias aliadas, cayendo de una conmoción económica en otra. El nacionalismo de la intelectualidad se rebeló contra la indigna situación del país. ¿Acaso no fue la revolución la que puso fin a la guerra? ¿No demostraba esto que únicamente la puñalada por la espalda pudo poner fin a la resistencia del ejército alemán? Los que ahora gobernaban, ¿acaso no eran unos proletarios, incapaces de comprender la grandeza y el honor perdidos, unos traidores que habían apuñalado a su patria por la espalda, unos aventureros que se habían servido de la derrota nacional para escalar posiciones, unos republicanos que se sometían humillantemente a todas las exigencias de los vencedores?

Las consecuencias de la guerra mundial contribuyeron así a fomentar el nacionalismo alemán; la intelectualidad nacionalista, educada en la tradición prusiana y de los Hohenzollern, se identificó con el activismo de las juntas de defensa. La intelectualidad nacionalista fue intermediaria entre las formaciones de choque fascistas y nacional-militaristas y la gran masa pequeño-burguesa y campesina. Pero era necesario que se produjeran hondas conmociones económicas y sociales para que las grandes masas pequeño-burguesas y campesinas se apartaran de su afiliación tradicional a los partidos de masas democrático-burgueses y pasaran a formar parte del fascismo.

Durante la postguerra, las naciones que habían sido beligerantes vieron presidida por la inflación su situación económica y social. La rápida devaluación del dinero mermó los ahorros de la pequeña burguesía, consumió el capital de los pequeños comerciantes y artesanos, arruinó a grandes sectores de la clase media. Al mismo tiempo, la devaluación monetaria era origen de reivindicaciones salariales cada vez más importantes, cada vez más violentas, que paralizaban continuamente los transportes y las empresas públicas.

El pequeño burgués, incapaz de defenderse frente a la devaluación, asistía disgustado a las luchas salariales entre capital y trabajo, que perturbaban su tranquilidad una y otra vez. Los aumentos de salario conquistados por la clase obrera como consecuencia de la devaluación monetaria, le parecían a él causa principal de la misma. Le indignaba que algunos sectores de la clase obrera lograran mantenerse a cubierto de la devaluación arrancando una y otra vez nuevos aumentos de salario, mientras él no podía hacer nada para mejorar sus rentas en la misma medida. Le sublevaba contemplar cómo su nivel de vida llegaba a ser más bajo, incluso, que el de esos sectores de la clase obrera; cómo la distribución de la renta nacional iba desfavoreciéndole gradualmente. Aunque odiaba a los explotadores de la inflación, odiaba todavía más a aquellos obreros insumisos.
Traducción de un capítulo de la obra Zwischen Zwei Weltkriegen? Die Krise der Weltwirtschaft, der Demokratie und des Sozialismus [¿Entre dos guerras? La crisis de la economía mundial, de la democracia y del socialismo], de Otto Bauer (Bratislava, 1936).
11/06/2025 Diario Red Traducción: Albert Portillo

 

 

 

El fascismo /2. Otto Bauer
[En esta entrega del escrito de Otto Bauer, el autor expone cómo se desarrolló el movimiento fascista en Italia y Alemania durante la posguerra hasta conquistar el poder en ambos países.]

Por toda Italia se expandió en 1919 una ola de huelgas que lograron arrancar muchas concesiones de las pequeñas y grandes empresas. La ola de huelgas culminó con la ocupación armada de fábricas en agosto de 1920. El gobierno liberal de Giolitti no se atrevió a enfrentarse a la rebelión, que había movilizado tanto a la clase obrera industrial como a los y las trabajadoras del campo, con los instrumentos de coerción del Estado. Trató de apaciguar al movimiento a base de negociaciones, acuerdos, concesiones y compromisos.

El parlamento, fragmentado en partidos antagónicos, no lograba constituir un gobierno fuerte y estable ni resolver de forma clara y rápida ninguna de las cuestiones económicas que urgía afrontar, pues siempre requería largas y laboriosas negociaciones. En esta situación, amplios sectores de la pequeña burguesía italiana dieron la espalda a la democracia. Abrazaron la idea de que solo la voluntad de hierro de un líder fuerte sería capaz de disciplinar al proletariado, de poner fin a las encarnizadas luchas de clases que interrumpían constantemente el desarrollo apacible de la vida económica y a las rencillas paralizantes entre los partidos y relanzar una economía nacional destrozada.

En Alemania también surgió el movimiento patriótico fascista en los primeros años de posguerra y cobró una fuerza inquietante en los tiempos de la inflación. Cuando en 1923 la ocupación del Ruhr desató las pasiones nacionalistas, cuando por entonces la devaluación total del marco depauperó a las masas populares, cuando juntas de defensa patrióticas se concentraron en la frontera norte de Baviera y amenazaron con marchar sobre Berlín, Alemania ya estaba entonces en grave peligro de caer en manos del fascismo patriótico.

Sin embargo, en aquel periodo la democracia burguesa todavía logró rebatir el embate del fascismo. La ocupación del Ruhr había demostrado que era imposible ofrecer resistencia a los países del bando vencedor. Los burgueses y campesinos alemanes necesitaban en aquel entonces la ayuda de las potencias occidentales ricas para estabilizar la moneda, ponerse de acuerdo con ellas con respecto a las reparaciones de guerra y sobre todo para obtener créditos para la reconstrucción de las empresas alemanas. Por eso rechazaron esta vez cualquier aventura nacionalista y fascista.

Una vez estabilizado el marco, en el periodo de rápido aumento de precios de las mercancías alemanas y de la gran afluencia de créditos extranjeros, la avalancha patriótica perdió fuerza rápidamente. La pequeña burguesía y el campesinado volvieron a votar de buena gana a los partidos democráticos. El Partido Nacionalsocialista de Hitler fue en tiempos de prosperidad un grupúsculo sin importancia. No obstante, cuando en 1929 irrumpió la crisis, el fascismo patriótico se revitalizó. La democracia fue incapaz de proteger a la pequeña burguesía y al campesinado de la depauperación producida por la crisis; ambos sectores dieron la espala a la democracia. Dado que los partidos democráticos eran incapaces de ayudar a las masas empobrecidas, estas pasaron a apoyar a los nacionalsocialistas. Estos las conquistaron sin gran esfuerzo.

Si el movimiento fascista se convirtió primero en un movimiento de masas de pequeñoburgueses y campesinos, para llegar al poder tuvo que esperar a que la clase capitalista decidiera utilizarlo a fin de derrotar a la clase obrera.

En los dos primeros años de posguerra, Italia llevó a cabo una verdadera revolución agraria.  Los movimientos impetuosos de aparceros y colonos contra los terratenientes, de los jornaleros contra los terratenientes y los aparceros, transformaron de arriba abajo la economía agraria. La terzeria, el derecho de los terratenientes a quedarse con dos tercios de la producción del aparcero, fue abolida, se forzó a los terratenientes a suministrar simientes y abonos y el despido de los aparceros quedó sujeto de la aprobación de una comisión paritaria.

Los jornaleros de la llanura padana arrancaron aumentos salariales y la garantía de un mínimo de jornadas de trabajo al año. Ocuparon por la fuerza terrenos de terratenientes y el gobierno tuvo que aprobar por decreto las ocupaciones de tierras. Finalmente, los terratenientes se rebelaron, y en 1921 pidieron ayuda al fascio. Cuando un terrateniente llamaba a los fascistas, estos ocupaban la aldea armados hasta los dientes, destituían al consistorio y nombraban a otro alcalde, quemaban la sede de la unión de jornaleros, maltrataban y desterraban a sus dirigentes y asesinaban a quienes se resistían. Con estas “expediciones de castigo” quebraron la fuerza del proletariado rural.

La burguesía urbana siguió el ejemplo de los terratenientes y pronto se produjeron “expediciones de castigo” en las ciudades: los fascistas ocupaban las ciudades, obligaban a los alcaldes rojos y los consistorios a dimitir, destruían los locales de los sindicatos y desterraban, maltrataban o asesinaban a los y las representantes de la clase trabajadora.

La clase capitalista había hallado los medios para repeler la impetuosa ofensiva de la clase obrera y para someter a los y las trabajadoras. Todavía no pensaba en entregar el poder a los fascistas, de momento solo quería utilizarlos como instrumento para derrotar a la clase obrera. Puso grandes cantidades de dinero a disposición de los fascistas para que pudieran mantener y pertrechar a sus grupos de asalto y tenerlos preparados para intervenir en todo momento contra los trabajadores rebeldes. Aseguró que el poder de Estado fomentara las acciones de los fascistas.

En octubre de 1920 el general Badoglio, jefe del Estado Mayor del ejército, ordenó a los comandantes de división que apoyaran el movimiento fascista. De los arsenales militares salieron armas que fueron entregadas a los fascistas. Cuando estos emprendían “expediciones de castigo” contra los trabajadores, la policía solo intervenía para requisar las armas de estos últimos y detener a sus líderes, con la excusa de evitar los choques violentos.

Las fáciles victorias que consiguió el fascismo gracias a este apoyo del Estado atrajeron a sus filas a crecientes multitudes. En las “expediciones de castigo”, quienes vestían una camisa negra podían asesinar impunemente, pegar fuego a locales, saquear; esto hizo que el lumpenproletariado se acercara al fascismo. Los miembros de los grupos de asalto fascistas recibían ropa y un salario gracias a las generosas subvenciones de los capitalistas y terratenientes; esto hizo que los desempleados engrosaran sus filas.

El fascismo avanzaba rápida y victoriosamente, lo que le permitió atraer a gente de todas las clases que siempre se sitúan en el lado vencedor. La milicia fascista se convirtió en lugar de confluencia de la gente desclasada de todas las clases. Gracias a la ayuda que recibía de la burguesía, adquirió demasiada fuerza como para servir únicamente de instrumento de la clase dominante. Aspiraba a quedarse con el poder. La burguesía solo tenía la opción de aplastar violentamente el ejército privado fascista que había financiado y armado, liberando con ello al proletariado sometido, o de entregar todo el poder al fascismo.

En esta situación, la burguesía dejó en la estacada a sus propios representantes en el gobierno y el parlamento, prefiriendo la entrega del poder al fascismo. La lucha entre capital y trabajo, en cuyo transcurso la burguesía había utilizado a las hordas fascistas violentas, pareció concluir así con el hecho de que dichas hordas violentas, después de haber aplastado al proletariado, expulsaron entonces también a los representantes de la burguesía del gobierno y del parlamento, disolviendo asimismo los partidos burgueses, pudiendo erigir así su régimen dictatorial sobre todas las clases sociales. “La lucha parece apaciguada una vez todas las clases, impotentes y silenciadas, se arrodillan ante la culata 1/.”

La historia se repite en Alemania. También aquí la burguesía y su Estado promovieron el fascismo patriótico durante el periodo de devaluación de la moneda. Los terratenientes alojaban en sus fincas a los cuerpos de voluntarios que regresaban del Báltico y de la Alta Silesia. La industria pesada subvencionaba las juntas de defensa patrióticas. El Estado constituyó con ellos la “guardia negra”. En gobierno aprovechó en 1923 el estado de ánimo de las masas creado por el crecimiento del movimiento patriótico para debilitar a la clase obrera, atemorizada por el fascismo patriótico y en actitud defensiva, para deponer desde el poder central los gobiernos obreros de Sajonia y Turingia y para introducir excepciones a la jornada de ocho horas. Sin embargo, esta alianza entre el capital y el fascismo se rompió una vea concluida la ocupación del Ruhr.

Cuando al término de dicha ocupación la burguesía alemana necesitó cuantiosos préstamos del extranjero para estabilizar la moneda recién restablecida y pagar los plazos de las reparaciones de guerra, y cuantiosos créditos para sus bancos y empresas industriales a fin de renovar el capital circulante destruido por la inflación, cuando por tanto necesitaba la “política de entendimiento”, retiró el apoyo al movimiento patriótico. En el periodo de prosperidad, la burguesía alemana dio su apoyo a los partidos democráticos burgueses. El Partido Popular participó en el gobierno democrático, y los nacionalconservadores se acercaron a la democracia.

Solo tras la irrupción de la crisis de 1929, los capitalistas comenzaron a acercarse de nuevo al fascismo. Cuando el movimiento nacionalsocialista, que vio muy menguadas sus filas durante el periodo de prosperidad, conquistó rápidamente a las masas pequeñoburguesas y campesinas depauperadas por la crisis, los barones de la industria pesada y los terratenientes reconocieron pronto en él el instrumento para parar los pies a la clase obrera, reducir la influencia de los partidos obreros y de los sindicatos, eliminar los obstáculos que oponían las instituciones democráticas al deseo del capital de incrementar la tasa de explotación y recuperar los beneficios.

Los nacionalconservadores, bajo la dirección de Hugenberg, se aliaron con Hitler en el llamado “Frente de Harzburg”. Los grupos parlamentarios burgueses, que apoyaban a Brüning, aprovecharon el miedo de la socialdemocracia y de los sindicatos ante una dictadura fascista para conseguir mediante chantajes que estos toleraran la dictadura capitalista de Brüning, que redujo rápidamente el nivel de vida de las masas populares mediante una política deflacionista y sus decretos de emergencia. Los grupos de asalto nacionalistas resultaron útiles para chantajear a las organizaciones obreras y lograr que estas apoyaran el descenso del nivel de vida y la transformación de la democracia en una dictadura capitalista; de ahí que dichos grupos recibieran las cuantiosas subvenciones de la industria pesada. El ejército, la burocracia y el poder judicial, satisfechos con que la marea nationalsocialista atemorizara a los marxistas, garantizaron a las hordas violentas que en la calle aplastaban a las milicias republicanas y al Frente Rojo, un trato benevolente por parte del Estado.

¿Se habían convertido al fascismo la clase capitalista y los terratenientes? De ninguna manera. En el fondo despreciaban al “pintor de brocha gorda” que aspiraba a tomar el poder, a todo ese movimiento plebeyo, formado por pequeñoburgueses, campesinos, desclasados de todas las clases, e impregnado de un anticapìtalismo utópico pequeñoburgués, al que apoyaban. Sin embargo, del mismo modo que Giolitti en Italia pensaba poder servirse del fascismo para atemorizar, repeler y apaciguar a la clase trabajadora rebelde, también en Alemania los capitalistas y terratenientes pensaban servirse del movimiento nacionalsocialista para anular la influencia de los socialdemócratas y de los sindicatos y quebrar la resistencia de la clase obrera a la reducción de los salarios, al desmantelamiento del sistema de protección social y del seguro de desempleo, a la política deflacionista de una dictadura del capital y de la gran propiedad agraria.

No obstante, en un país y otro el fascismo no tardó en ganarles la partida a las clases. En Alemania también llegó el momento en que los terratenientes y capitalistas solo podían optar entre someter al fascismo y alterar de este modo la correlación de fuerzas a favor de la clase obrera, o entregar el poder del Estado a los fascistas. En esta situación, el entorno terrateniente de Hindenburg se inclinó por la entrega del poder a Hitler. Al igual que en Italia, los representantes de los partidos burgueses históricos se integraron en el primer gobierno fascista, pensando someter a los fascistas en el gobierno y asimilarlos. Pero el fascismo alemán tardó menos que en Italia para aprovechar el poder conquistado para expulsar del gobierno a los partidos burgueses, disolver los partidos y organizaciones de la burguesía e instaurar su dictadura “totalitaria”. Al igual que en Italia, la lucha de clases parecía concluir con el establecimiento de la dominación de las hordas fascistas violentas sobre todas las clases.
Traducción: viento sur. 14/03/2026
Marxists.org
Notas:
1/ Karl Marx, El 18 brumario de Luis Bonaparte.

 

 

 

El fascismo /3. Otto Bauer
El fascismo suele justificarse ante la burguesía alegando que la ha salvado de la revolución proletaria, del bolchevismo. En efecto, en su propaganda el fascismo ha tratado de asustar a intelectuales, pequeñoburgueses y campesinos agitando el espectro del bolchevismo. No obstante, en realidad el fascismo no ha triunfado en un momento en que la burguesía estuviera amenazada por la revolución proletaria. Ha triunfado cuando el proletariado ya estaba muy debilitado y a la defensiva, y la marea revolucionaria ya estaba retrocediendo.

Capitalistas y terratenientes no entregaron el poder a las bandas fascistas para defenderse de una revolución proletaria inminente, sino con el fin de bajar los salarios, anular las conquistas de la clase obrera, destruir los sindicatos y los instrumentos de poder de la clase trabajadora, o sea, no para aplastar un socialismo revolucionario, sino para destruir las conquistas del socialismo reformista.

“El revolucionarismo grandilocuente de los maximalistas“, dice Silone, “solo pone en peligro las farolas de alumbrado y a veces los huesos de algunos policías. Pero el reformismo con sus cooperativas, sus aumentos salariales en épocas de crisis y su seguro de desempleo pone en peligro algo mucho más sagrado: las ganancias del capital… El capitalismo se defiende frente al maximalismo retórico, que se pasa todo el día cantando Bandiera rossa y la Internacional, con leyes, y si estas no bastan, promulga nuevas; frente al reformismo, que altera por la vía pacífica, democrática y legal el equilibrio entre las clases, el capitalismo se pone violento y llama al bandido fascista… El reformismo no corre peligro mientras sea débil, sino cuando es fuerte, es decir, cuando llega al límite en que, si lo cruza, utiliza la democracia y la legalidad contra las ganancias del capital.” 1/1/

En la democracia burguesa manda la clase capitalista, pero lo hace bajo la presión constante de la clase obrera. Continuamente ha de hacer concesiones a los y las trabajadoras, concesiones cada vez más amplias. Claro que la lucha continua del socialismo reformista y de los sindicatos por aumentos salariales, reducción de jornada, ampliación de la legislación y administración social no perturba el desarrollo del capitalismo en periodos de bonanza económica; al contrario, eleva el nivel técnico, social y cultural del sistema.

Sin embargo, en las graves crisis económicas que hubo después de la guerra mundial, la clase capitalista consideró que las conquistas del socialismo reformista eran obstáculos que alteraban el proceso normal de producción y circulación que viene determinado por las fluctuaciones de la tasa de beneficio. Está decidida a denegar cualquier otra concesión y a revocar las concesiones del pasado a la clase trabajadora.

Las instituciones democráticas se lo impiden y por tanto se vuelve contra ellas. La legalidad democrática no le permite utilizar las fuerzas del orden del Estado contra el socialismo reformista, que lucha con instrumentos legales; así que emplea las fuerzas privadas ilegales de las bandas fascistas que ha movilizado paralelamente a su aparato del Estado legal. Pero si dan rienda suelta a las bandas fascistas para que ataquen al proletariado, ella misma pasa a ser prisionera de dichas bandas. Ya no puede acabar con esas bandas fascistas que ha movilizado contra el proletariado sin exponerse a la revancha del proletariado. Por tanto, también los capitalistas han de someterse a la dictadura de las bandas fascistas y dejar en la estacada sus propios partidos y organizaciones frente a la violencia fascista.

De este modo, la dictadura fascista es el resultado de un curioso equilibrio de fuerzas entre las clases. En un lado está una burguesía que controla los medios de producción y circulación, además del poder del Estado. La crisis económica ha anulado las ganancias de esta burguesía y las instituciones democráticas impiden a esta burguesía imponer su voluntad al proletariado hasta el punto que considera necesario para restablecer sus ganancias. Esta burguesía es demasiado débil para imponerse con los medios mentales e ideológicos con los que controla en la democracia burguesa al electorado. Condicionada por la legalidad democrática, es demasiado débil para aplastar al proletariado con los medios legales y mediante el aparato de Estado legal. Pero es suficientemente fuerte para financiar y equipar un ejército privado ilegal y no limitado por las leyes y soltarlo contra el proletariado.

En el lado contrario hay una clase obrera dirigida por el socialismo reformista y los sindicatos. El reformismo y los sindicatos han cobrado más fuerza que la que tolera la burguesía. Su resistencia frente al aumento del grado de explotación obstaculiza la política deflacionista. Esa fuerza no puede quebrarse más que con la violencia. Cuando el socialismo reformista es atacado violentamente en virtud de su fuerza, de sus grandes logros y de la solidez de su resistencia, por otro lado, es demasiado débil para repeler el ataque.

Actuando sobre la base de la democracia burguesa existente, aferrándose a la democracia como el territorio y la fuente de su lucha, aparece ante las amplias masas pequeñoburguesas, campesinas y proletarias como un partido del sistema, como partícipe y beneficiario de esa democracia burguesa que no es capaz de protegerlas de la miseria que comporta la crisis económica. Por eso no es capaz de atraer a las masas revolucionadas por la crisis, sino que estas acuden a su enemigo mortal, el fascismo. El resultado de este equilibrio de fuerzas o más bien de debilidades de ambas clases, es el triunfo del fascismo, que aplasta a la clase obrera al servicio de los capitalistas, pero que se crece, financiado por los capitalistas, hasta el punto de que estos finalmente han de reconocerlo como dueño y señor de la nación entera, incluidos ellos mismos.

Del mismo modo que el absolutismo de la época del capitalismo temprano, del siglo XVI al XVIII, se desarrolló sobre la base del equilibrio de fuerzas entre la nobleza feudal y la burguesía, y que el bonapartismo del siglo XIX fue el resultado del equilibrio de fuerzas temporal entre la burguesía y la nobleza por un lado, y entre el proletariado y la burguesía por otro, fruto de las luchas revolucionarias de 1848, también el nuevo absolutismo fascista se deriva de un estado de equilibrio pasajero en que ni la burguesía es capaz de imponer su voluntad al proletariado con los viejos métodos legales, ni el proletariado ha podido librarse de la dominación de la burguesía y por tanto ambas clases están ahora sometidas a la dictadura de las bandas violentas que la clase capitalista han utilizado contra el proletariado hasta que finalmente ella misma ha tenido que subordinarse a su dictadura.

Sin embargo, si la dictadura fascista surge a partir de un equilibrio de fuerzas entre las clases, con su establecimiento y su estabilización se supera este equilibrio. Claro que la clase capitalista, al entregar el poder al fascismo, ha tenido que sacrificar sus propios gobiernos, partidos, instituciones, organizaciones, tradiciones y todo un elenco de hombres que gozaban de su confianza y estuvieron a su servicio. En cambio, la capa dominante de la burguesía, los grandes capitalistas y terratenientes, consigue rápidamente, una vez establecida la dictadura fascista, transformar el nuevo régimen dictatorial en un instrumento de su dominación de clase y convertir también a los nuevos gobernantes en sus servidores.

No cabe duda de que dictadura fascista se comporta al principio, incluso frente a la clase capitalista, de modo más independiente y más prepotente, incluso más fuerte que el poder gubernamental de la democracia burguesa. El terror fascista también amenaza a los capitalistas. La dictadura fascista también disuelve organizaciones capitalistas o cuando menos las coloca bajo su tutela. Igualmente somete a la prensa capitalista. Transforma los órganos de prensa del capital en órganos de prensa del poder gubernamental y de este modo priva también al capital de la libre disposición del principal medio que tiene para influir en las masas populares. No obstante, por mucho que la dictadura fascista ejerza su poder también sobre la clase capitalista, inevitablemente se convierte en órgano ejecutor de las necesidades, los intereses y la voluntad de la clase capitalista.

En nuestra descripción de la democracia burguesa hemos examinado el mecanismo económico-ideológico mediante el cual la clase capitalista pone al electorado, a los partidos y los gobiernos de la democracia burguesa al servicio de sus necesidades, de sus ganancias y de su voluntad. Todo este mecanismo sigue funcionando plenamente bajo la dictadura fascista. Bajo esta dictadura la evolución de la economía nacional sigue dependiendo de la tasa de beneficio y por tanto todos los intereses de la ganancia pueden disfrazarse de intereses de la población. También bajo la dictadura fascista el Estado y la economía nacional dependen de los créditos y por tanto todos los intereses de las altas financias se presentan como intereses del Estado y la economía nacional. También bajo la dictadura fascista los altos dignatarios de la propiedad pueden imponer sus intereses como intereses de la masa de pequeños propietarios.

Pero cuando los capitalistas y terratenientes ejercen su dominación de clase bajo la dictadura fascista, con el establecimiento de esta desaparecen los obstáculos y contrapesos que en la democracia burguesa limitan su poder de clase. En la democracia burguesa, la clase capitalista solo podía ejercer su dominación por medio de los grandes partidos burgueses de masas, que en las elecciones se comprometen ante las masas de ciudadanos y ciudadanas, del campesinado y de los trabajadores de cuello blanco y compiten por sus votos, y que por tanto han de tener en cuenta los intereses, opiniones y estados de ánimo de estas masas.

Bajo la dictadura fascista los capitalistas y terratenientes pueden influir directamente, mediante su poder sobre la economía nacional, sobre la marcha de los negocios y sobre el crédito público, en los dictadores no menos que en la democracia burguesa; en cambio, las masas de la burguesía y del campesinado no pueden expresarse debido al sometimiento de sus organizaciones, la abolición de la libertad de prensa y de la libertad de las campañas electorales, de manera que ya no pueden defender sus intereses. Si en la democracia burguesa gobernaba toda la burguesía, aunque fuera bajo la dirección del gran capital, en la dictadura fascista solo gobiernan el gran capital y la gran propiedad agraria, mientras que la masa de burgueses y campesinos carecen de poder.

En el periodo en que luchaba por conquistar el poder, el fascismo se apoyó precisamente en las masas pequeñoburguesas y campesinas, masas que a causa de la crisis económica se habían empobrecido y estaban revolucionadas y a las que se habían inculcado ideas anticapitalistas. No obstante, una vez tomado el poder, el fascismo se ve sometido inevitablemente a la influencia determinante de los poderes sociales capitalistas y por tanto ha de erradicar el radicalismo utópico pequeñoburgués de su propia base.

En Italia esto se produjo en forma de arduas luchas internas dentro del partido fascista en el año 1923. En Roma, el partido se partió en dos fracciones. En Livorno y en Bolonia unos grupos de oposición atacaron la sede local del partido. En muchos lugares se produjeron revueltas con la consigna de una “segunda marcha sobre Roma”. Los dictadores respondieron a esta rebelión pequeñoburguesa expulsando del partido a decenas de miles de camisas negras, prohibiendo todos los congresos provinciales y purgando las direcciones intermedias y los comités. Entre 1923 y 1926, el partido fascista pasó a ser un instrumento dócil del Estado, y en su seno dejó de haber debates abiertos, elecciones internas libres y la libre expresión de la voluntad colectiva. Con ello culminó la pérdida de poder de la pequeña burguesía; la dictadura que queda, influenciada por los grandes capitalistas y los terratenientes, gobierna sobre la pequeña burguesía y el campesinado.

El mismo proceso se desarrolló en Alemania. Hitler aplastó la rebelión pequeñoburguesa de las violentas SA (Sturmabeilung, secciones de asalto), que clamaban por una “segunda revolución”, con los asesinatos del 30 de junio de 1934, y convirtió el partido, con la proclamación de que “el caudillo es el partido”, en un mero instrumento de dominación de la dictadura, quebrando con ello las resistencias pequeñoburguesas frente a la dictadura capitalista. Para contentar a la pequeña burguesía deja que se desate el odio contra la población judía.
Traducción: viento sur
13/03/2026
1/1/ Ignazio Silone, Der Faschismus, Zúrich 1934, p. 70, 71.
https://www.marxists.org/deutsch/archiv/bauer/1936/zwischen/faschismus.html ; https://vientosur.info/el-fascismo-3/

 

 

 

El fascismo /4. Otto Bauer
La democracia burguesa permitía gozar a toda la ciudadanía de todos los derechos y libertades individuales, garantizaba al pueblo la libre elección de las instituciones legislativas y, a través de estas, el control de la administración pública. Si bien en ella también mandaba la burguesía, su dominación estaba limitada por el peso del electorado proletario y la fuerza de las organizaciones obreras. El fascismo anula todos los derechos y libertades individuales, suprime las elecciones libres, destruye las organizaciones obreras, con lo que la clase trabajadora pierde todos los derechos y todo su poder. La dominación, limitada por las instituciones democráticas es sustituida por la dominación de clase totalitaria, es decir, por la dominación de clase ilimitada, la dictadura. La contrarrevolución fascista comporta así la transición de la dominación de clase del conjunto de la burguesía, limitada por las instituciones democráticas, a la dictadura ilimitada de los grandes capitalistas y terratenientes.

El orden social es más fuerte que la constitución del Estado. El poder económico del capital se impone sobre todos los poderes del Estado mientras los resortes de la economía permanezcan en manos del capital. La democracia burguesa no es fruto de la voluntad de los capitalistas; fue el resultado de las luchas de clases de los y las trabajadoras, de la pequeña burguesía y del campesinado contra la clase capitalista. Sin embargo, una vez estabilizada, se ha convertido en instrumento de dominación de la clase capitalista.

Con todo, precisamente las luchas en su terreno han elevado el capitalismo a un nivel técnico, social y cultural más alto, han convertido los partidos pequeñoburgueses, que antaño habían crecido en la lucha contra la clase capitalista, en instrumentos de la dominación capitalista, han puesto fin a la efervescencia revolucionaria entre las masas obreras y han apaciguado a la clase trabajadora mediante reformas.

Tampoco la dictadura fascista era en su origen el régimen deseado por la clase capitalista. Un movimiento plebeyo, rebelde, imbuido de ideas anticapitalistas, protagonizado por de las masas desclasadas a causa de la guerra y de las crisis y expulsadas de la vida económica, ha logrado arrastrar a la multitud de pequeñoburgueses y campesinos empobrecidos a raíz de las convulsiones sociales y económicas de la posguerra, motivados por la rebeldía y veleidades anticapitalistas.

La clase capitalista utilizó este movimiento plebeyo rebelde, pero al principio no pensaba en modo alguno en entregarle el poder, aunque al final tuvo que hacerlo, no sin reticencias y preocupación: cuando esta rebelión pequeñoburguesa destruyó la democracia y con ello anuló los derechos del pueblo y le privó de todo poder, mientras que el poder económico y con él la influencia ideológica y política del gran capital y de la gran propiedad agraria quedaron intactos, precisamente de esa rebelión plebeya de las masas desclasadas de todas las clases, precisamente de la rebelión anticapitalista de la pequeña burguesía y del campesinado, precisamente del equilibrio de fuerzas momentáneo entre las clases surgió la dictadura ilimitada del gran capital y de la gran propiedad agraria.

Sin embargo, cuando la clase capitalista ejerce su dominación mediante la dictadura fascista, tanto en esta dictadura como en los anteriores regímenes del capitalismo la clase dominante no es idéntica con la casta gobernante. En la época del Estado liberal, la clase capitalista dominante cedió en muchos países las tareas parlamentarias y la gestión de los asuntos gubernamentales a los sectores liberales de la nobleza rural y los altos funcionarios: en Inglaterra los whigs, en Austria los “terratenientes constitucionalistas” y la burocracia “josefinista”, en Rusia los autogobiernos locales.

En la democracia burguesa la clase dominante ha ejercido su dominación por medio de la casta gobernante de los políticos profesionales de los partidos de masas burgueses. Bajo la dictadura fascista el gran capital y la gran propiedad agraria ejercen su dictadura recurriendo a la casta gobernante que ha accedido al poder gracias a la victoria del fascismo. Al igual que en el Estado liberal democrático, también en este nuevo régimen se producen a veces tensiones, desavenencias, conflictos entre la clase dominante y la casta gobernante. Estos choques, ocasionalmente broncos en el periodo inicial de la dictadura fascista, después atenuados una vez el fascismo ha sofocado el radicalismo utópico pequeñoburgués en sus propias filas, se repiten continuamente; la “economía dirigida” surfida de la crisis económica y desarrollada por el fascismo obliga a la dictadura fascista a tomar decisiones económicas que lesionan los intereses de un sector u otro de la clase capitalista dominante y enfrentan de este modo la casta señorial gobernante con sectores de la clase capitalista dominante.

Ahora bien, en la primera fase de su evolución, la dictadura fascista no solo puede reunir en torno a ella al conjunto de la clase capitalista, sino también, más allá de ella, amplias masas populares. La férrea voluntad, rotunda e implacable, de la dictadura es capaz de lograr objetivos que la democracia, desgarrada por las luchas internas, avanzando entre trompicones de consenso a consenso, poco útil para imponerse sin miramientos frente a particularismos que se oponen, no había conseguido. El espíritu castrense de los dictadores comporta autoridad y disciplina en la administración pública; toda Europa está encantada porque en Italia los trenes llegan más puntuales que antes.

La intervención implacable acobarda al corrupto; así, la dictadura puede impedir la evasión de moneda nacional al extranjero, reduciendo su oferta en los mercados extranjeros y de este modo mantener sus tipos de cambio, por mucho que destine enormes fondos a la creación de puestos de trabajo y al rearme, lo que favorece la inflación. En menor medida que la democracia burguesa, no se ve frenada por los intereses particulares de tal o cual sector capitalista, por las tradiciones y prejuicios en materia de política económica, la dictadura es capaz de desarrollar la economía dirigida con mucha mayor rapidez y frenar sin demora el desempleo a base de una política económica inflacionista y superproteccionista.

La dictadura presiona despiadadamente sobre los salarios y elimina las cargas sociales; así es capaz de restablecer las ganancias. Obliga cruelmente a los parados a realizar trabajos forzados; esto le permite hacer gala de grandes obras públicas. Surgida de un movimiento nacionalista-militarista, sofoca violentamente todos los particularismos regionales y establece así la unidad nacional, sigue una política exterior temeraria e impulsa el rearme, mostrando una agresividad que asusta a los Estados democráticos y los coloca a la defensiva; de este modo obtiene éxitos que aumentan su prestigio.

Sin embargo, en el curso ulterior del proceso se reduce la base social de la dictadura fascista. Mediante la regulación de los pagos al extranjero logra mantener durante mucho tiempo los tipos de cambio de la moneda nacional, por mucho que en el interior esta se devalúe debido a la inflación generada por el gasto en la creación de puestos de trabajo y la política de rearme; no obstante, la tensión entre el tipo de cambio y el poder adquisitivo se convierte en obstáculo para la exportación, mientras que la devaluación inflacionista de la moneda afecta a los bolsillos de las masas en forma de aumento del coste de la vida.

De ideología militarista-nacionalista, la dictadura desarrolla la economía dirigida con vistas a preparar la economía de guerra y con ello no solo impone grandes sacrificios a las masas populares, sino que también choca con poderosos intereses capitalistas. Los elevados costes del rearme que impulsa no solo recaen sobre las espaldas de las masas populares, sino también del capital. Su agresiva política exterior nacionalista enreda al país en conflictos que amenazan con desembocar en una guerra.

Su deseo de establecer una dominación totalitaria de la vida entera de la nación, incluida su vida espiritual, choca con tradiciones e ideologías de numerosos sectores de la burguesía. De este modo, gran parte de la clase capitalista dominante pasa a oponerse a la dictadura de la casta fascista gobernante. Únicamente los sectores capitalistas más propensos a la violencia y que más la necesitan para mantener en raya al proletariado y que consideran que una política exterior temeraria y belicosa bien vale todo sacrificio económico e intelectual, siguen respaldando a la dictadura: son sus amos y sus apoyos al mismo tiempo. La dictadura capitalista de la casta señorial surgida del movimiento militar-nacionalista de quienes participaron en la guerra se reduce a una dictadura del sector belicoso de la clase capitalista.

Los elementos pacíficos de la clase capitalista, la industria de productos acabados, que depende de la exportación y del intercambio pacífico de bienes entre los países; el comercio, incompatible con la economía de guerra; la clase rentista, que teme la caída de las cotizaciones bursátiles en caso de guerra, todos ellos se ven relegados a un segundo plano. Los elementos belicosos de la clase capitalista, sobre todo las industrias de armamentos y la aristocracia terrateniente emparentada con el cuerpo de oficiales del ejército, imponen su voluntad.

Puesto que el capital ejerce su dictadura por medio de la casta guerrera dirigente, surgida del movimiento nacionalista-militarista de quienes participaron en la guerra, en el seno de la clase capitalista se imponen las tendencias belicosas. La política agresiva y expansionista ‒opuesta al reparto del poder resultante de la última guerra‒ de las potencias fascistas altera las relaciones de poder en todo el continente, siembra la desconfianza mutua entre todos los Estados, impulsa de nuevo la carrera de armamentos y amenaza con desembocar en una nueva guerra.

Claro que no es casualidad que este tipo de dictadura belicosa del capital haya triunfado primero en Italia y Alemania. En ambos países su victoria se vio favorecida por su particular situación política nacional: en Italia por la configuración particular que había adoptado la lucha de clases bajo la influencia de la lucha a favor y en contra de la intervención de Italia en la guerra; en Alemania por las consecuencias de su derrota en la guerra. Una vez el fascismo ha triunfado en dos Estados grandes y estabilizado su régimen, su ejemplo puede hallar seguidores en otros países y en otras circunstancias en que no se dan las mismas condiciones políticas nacionales.

El fascismo ha enseñado a la clase capitalista de todos los países que una minoría decidida de intrépidos hampones puede bastárselas para privar al pueblo entero de todas las libertades y derechos, de todas las instituciones democráticas y de todas las organizaciones independientes, para aplastar por completo a la clase obrera y establecer una dictadura capitalista-militarista. Este ejemplo también atrae a imitadores en donde las condiciones del triunfo del fascismo no son las mismas que en Italia y Alemania. Un caso característico de esto es el surgimiento de la dictadura fascista en Austria.

Austria se vio afectada por la derrota en la guerra mundial mucho más gravemente que Alemania. El gran imperio se desmembró y no quedó de él más que un pequeño país, políticamente inane y económicamente impotente. Su industria, privada de sus antiguos mercados cautivos, se contrajo. Sus habitantes fluctuaban entre la esperanza de unión con Alemania y el ansia de restablecimiento de la monarquía austrohúngara. También en este país surgió un movimiento fascista, pero encerraba desde el principio la semilla del cisma entre los elementos de ideología germanonacionalista y los de espíritu austropatriótico; entre quienes aspiraban a la unión con Alemania y quienes tenían por objetivo final el restablecimiento de la monarquía de los Habsburgo; entre el nacionalismo fascista subvencionado por la industria pesada, dominada por el capital alemán, y la reacción monárquica encabezada por la aristocracia terrateniente.

Cuando venció el nacionalsocialismo en Alemania, la marea fascista arrastró a gran parte de la población austrogermana, mientras que el separatismo clerical nostálgico del viejo imperio de los Habsburgo se opuso a la anexión en ciernes del país por el Tercer Reich. La burguesía austrogermana, desgarrada por la antigua oposición entre su germanofilia y su austrofilia, no era capaz ya de mantener su dominación con medios democráticos. Su sector austroclerical, si quería parar en seco el auge del nacionalsocialismo sobre el terreno de la democracia, tendría que buscar la complicidad de la clase obrera, con lo que pasaría a ser presa de ella; esto es lo que menos deseaba, en un momento en que el triunfo de Hitler sobre la clase trabajadora alemana reforzó su voluntad de quebrar también en Austria la fuerza del movimiento obrero.

Así que el sector clerical, austropatriótico, contrario a la unión con Alemania, de la burguesía austrogermana decidió utilizar los poderes del Estado para erigir una dictadura a fin de repeler violentamente tanto el fascismo nacionalista alemán como a la clase obrera. Hacia fuera empleó los métodos del fascismo, adoptando la ideología fascista combinada con el clericalismo católico, aunque en realidad su “frente patriótico” no surgió, como el partido fascista italiano y el partido nacionalsocialista alemán, de un movimiento de masas popular, sino que fue un invento y una creación del gobierno, que se impuso a la población con los medios coercitivos del Estado. En realidad, el fascismo en Austria no es el fruto natural de movimientos de masas y de luchas de clases elementales, sino un artefacto impuesto por el Estado a la fuerza.
Traducción: viento sur
https://vientosur.info/el-fascismo-4/

 

 

 

El fascismo /y 5. Otto Bauer
Los avances de la tecnología armamentística han reforzado enormemente el poder del Estado frente a las masas populares: con sus ametralladoras, su artillería, sus trenes blindados, aviones de guerra y gases venenosos, el Estado puede aplastar a cualquier pueblo, privándole de su libertad, sus derechos y sus instituciones democráticas. El desarrollo de la economía dirigida incrementa fuertemente el poder del Estado sobre todas las empresas y por tanto sobre las masas populares que trabajan en ellas; este enorme poder del Estado puede convertirse en un instrumento de dominación política, y así ha sido.

La tecnología moderna, sobre todo la radio y el cine, monopolizan en manos del Estado medios efectivos para influir en la opinión de las masas populares. El fascismo ha transformado todos los medios de organización de masas y las manifestaciones masivas, desarrollados por los partidos políticos sobre la base de la democracia, sobre todo la organización de la infancia y de la juventud, la utilización política del deporte, el efecto sugestivo de las concentraciones masivas, de instrumentos de lucha de las masas populares en medios de su dominación.

Al disponer de todos estos medios de poder militar, poder económico y dominación ideológica, la clase capitalista puede utilizar los resortes del Estado para desarrollar con rapidez y fuerza los gérmenes de movimientos fascistas que surgen en todas partes siguiendo los ejemplos de Alemania e Italia, y utilizarlos para establecer su dictadura. Así, el poder legal del Estado ha imitado los métodos del fascismo italiano y alemán para instaurar la dictadura en Austria y en los países bálticos. En todos los países capitalistas se afanan actualmente grupos fascistas por tener una oportunidad para aliarse con las instituciones legales del Estado y hacerse con el poder a través de ellos.

No obstante, las expectativas de victoria del fascismo no son las mismas en todos los países. En países cuya economía capitalista ha sufrido descalabros particularmente graves son mayores que en países con un capitalismo fuerte y resistente. En países que han conocido importantes procesos revolucionarios en tiempos no muy lejanos son mucho mayores que en países que desde hace muchos decenios no han conocido guerras ni revoluciones. En países cuya democracia viene de lejos y está profundamente arraigada en el ideario popular son menores que en democracias jóvenes. Pero apenas existe algún país capitalista en que no haya la posibilidad de que la clase capitalista, en un momento de graves perturbaciones económicas y sociales, en un momento de fuerte agudización de los conflictos de clase, decida utilizar el poder del Estado para destruir la democracia y establecer su dictadura.

Claro que la burguesía, que los distintos miembros de la clase capitalista han de superar fuertes escrúpulos antes de decidirse por el fascismo, escrúpulos que tienen sus raíces en toda la historia de la burguesía, en toda su tradición y su ideología. No en vano la dictadura fascista destruye las conquistas jurídicas y culturales más valiosas de todo el periodo de desarrollo del capitalismo, desde la reforma hasta la democracia burguesa, pasando por la revolución burguesa. Destruye instituciones del Estado de derecho que ya el absolutismo concedió, bajo la influencia de la Ilustración, seguridad y protección jurídica a la ciudadanía. Destruye derechos y libertades que el liberalismo burgués arrancó del absolutismo y aniquila organizaciones y corporaciones democráticas construidas por la burguesía y por medio de las cuales ha defendido sus intereses. Elimina la libertad de pensamiento, sin la cual no podría haberse desarrollado la ciencia burguesa.

Somete al individuo a la arbitrariedad ilimitada de los poderosos, expone la existencia física de cada persona al maltrato y la eliminación por parte de bandidos fascistas y la existencia económica de la ciudadanía al poder omnímodo del Estado. Todo esto hace que la sociedad retroceda a un estado de barbarie que se había superado hace siglos. Sin embargo, a la hora de elegir entre sus ganancias y sus tradiciones, sus ideologías, las conquistas de su propia historia, la clase capitalista elige sus ganancias. A la hora de elegir entre la pérdida de sus ganancias y la barbarie, elige la barbarie.

La potente marea del fascismo que invadió Europa tras la crisis económica mundial alcanzó su apogeo en los años 1933 y 1934. Después de la victoria fascista en Alemania, Austria y los países bálticos, en todos los países democráticos se han reforzado sendos movimientos fascistas. No obstante, a raíz del proceso de recuperación económica de los años 1934 y 1935, estos movimientos no han llegado a desarrollarse. Allí donde la situación económica ha mejorado notablemente, como en Gran Bretaña, en los países escandinavos y en Bélgica, la marea fascista ha empezado a retroceder. Tan solo en Francia, que se vio afectada por la crisis económica más tarde que los demás países, donde la crisis tocó fondo más tarde, donde la burguesía combatió la crisis por medio de la deflación más tarde, el fascismo sigue siendo una amenaza actual para la democracia. Claro que con ello sigue siendo un peligro para todos los países democráticos del continente, porque si venciera en Francia, apenas alguna de las democracias del continente podría estar a salvo.

Sin embargo, incluso si con la superación paulatina de la crisis económica mundial desaparece de momento el peligro fascista en los países todavía democráticos, vendrán nuevas oleadas fascistas tan pronto el relanzamiento económico experimente graves reveses, tan pronto la sociedad capitalista se vea sacudida de nuevo por grandes luchas de clases, por amenazas de guerra y por guerras efectivas. Si ya bastó la amenaza para las ganancias del capital a causa de la crisis económica mundial para que la burguesía se lanzara a brazos del fascismo, la burguesía buscará refugio en la dictadura con tanto más ahínco si ve amenazada incluso su propiedad y todo su orden social.

Esta experiencia destruye la ilusión del socialismo reformista de que la clase obrera puede utilizar las instituciones democráticas para llenar pacífica y paulatinamente las formas democráticas con contenidos socialistas sin un salto revolucionario, convirtiendo el orden social capitalista en uno socialista. Cuando la clase obrera ha visto cómo la agudización de las contradicciones de clase revienta la democracia para instaurar la dictadura fascista del capital, ha de reconocer que solo se podrá asegurar una libertad del pueblo plena y duradera cuando hayan desaparecido las mismas clases y las contradicciones de clase propias del orden social capitalista. Si esperaba que utilizando la democracia se podía llegar a un orden social socialista, ahora ha de reconocer que primero tiene que luchar por la conquista del poder y construir con él un orden social socialista antes de que sea posible una democracia plena y duradera.
Traducción: viento sur
https://www.marxists.org/deutsch/archiv/bauer/1936/zwischen/faschismus.html
Parte 1: https://vientosur.info/el-fascismo-1/
Parte 2: https://vientosur.info/el-fascismo-2/
Parte 3: https://vientosur.info/el-fascismo-3/
Parte 4: https://vientosur.info/el-fascismo-4/
https://vientosur.info/el-fascismo-y-5/

 

Tomado de: Viento Sur