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PREMISA
De joven leía mucho. Y leí en su momento Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley. Era una distopía, o sea una contrautopía, proyectada en el año 2540 de nuestra era.
De entrada el libro me resultó muy estimulante, pero por divertido, por las cosas que inventaba. En aquellas páginas la reproducción humana se vuelve totalmente extrauterina y los seres humanos se dividen en castas.

La casta Alfa está constituida por los individuos que ocupan las posiciones de mando y la casta Beta por los individuos que realizan tareas administrativas. Luego están las tres castas inferiores (Gamma, Delta y Épsilon), en orden decreciente de capacidades cognitivas. Para combatir cualquier eventual infelicidad hay una droga llamada soma, que es una especie de opio.

He vuelto a pensar en ese libro al leer la noticia de que la población de nuestro planeta ha superado los siete mil millones de personas. Y como en estas páginas no hablo de la superpoblación, aprovecho para recordar aquí que este es hoy el problema número uno.

Originariamente tenía en mente como título de este libro «En marcha hacia el colapso». Para expresar que estamos avanzando en medio de la tontería y la extravagancia costosa, pero sin ninguna idea ya de cómo seguir siendo tantos, demasiados. Entre estos dos títulos, que el lector escoja.

 

CAPÍTULO 8
LA ÉTICA DE LA INTENCIÓN Y LA ÉTICA DE LA RESPONSABILIDAD
El islam árabe conquistó rápidamente los países mediterráneos adentrándose en buena parte de España, pero se desinteresó de la India. Durante siglos los sultanes árabes (o también turcos) miraron hacia el norte y llegaron, después de haber conquistado parte de los Balcanes, hasta Viena. El último asedio de la ciudad, en 1683, fracasó y entonces empezó la decadencia del sultanato, que fue definitivamente abolido en 1922.

Pero volvamos a la India. Ejércitos árabes no, pero comerciantes sí, y muchos. La India en cambio fue invadida varias veces desde el norte, por los mongoles. El nombre que todo el mundo conoce al respecto es el de Gengis Khan, que ocupó el poder entre 1206 y 1227, un guerrero mercenario famoso por su crueldad pero también un habilísimo guerrero que conquistó la mayor parte de Asia Central. El imperio creado por Gengis Khan se desmoronó rápidamente después de su muerte. Pero el protagonista central de la historia de la India y del poder mogol fue Akbar, que reinó desde 1556 hasta 1605. Akbar (al que definiríamos como un déspota ilustrado) formuló la doctrina de la «paz general», basada en el principio de la tolerancia hacia todo el mundo. La solución de Akbar era aceptable tanto para los hindúes, que son politeístas, como para los musulmanes; pero después de su muerte la propuesta fue rápidamente arrinconada y, en el momento en que accedió al trono su hijo, era ya letra muerta.

La nueva época fue la del dominio colonial británico, que se desarrolló en el siglo XVIII. A su vez los musulmanes fundaron la Liga Musulmana en 1903 y, desde entonces, las tensiones entre hindúes

y musulmanes no pararon de crecer.

Cuando los británicos abandonaron la India, en la segunda posguerra, la división entre hindúes y musulmanes no entraba en sus planes. Ni siquiera Gandhi la quería, pero los musulmanes prefirieron tener su Estado (Pakistán), que luego generó Bangladés al otro extremo del subcontinente. Pese al traslado increíblemente sangriento de las poblaciones musulmanas indias a Pakistán y Bangladés, aún quedan en la India catorce millones de musulmanes, que representan el grupo étnico-religioso más numeroso después de los hinduistas: el 1,80 por ciento. Estos musulmanes, que son extremadamente pobres y muy maltratados, resisten y no se integran. Después de más de mil años siguen siendo islámicos y enemigos de los hindúes.

Esta experiencia ejemplar deberían estudiarla nuestros «izquierdistas», pues contrasta con el «facilismo» con el cual nosotros hablamos de integración.

Max Weber formuló la distinción fundamental entre «ética de la intención» (Gesinnungsethik) y «ética de la responsabilidad» (Verantwortungsethik). La primera persigue el bien (tal como lo ve) y no tiene en cuenta las consecuencias. Aunque el mundo se hunda, la buena intención es lo único que vale. La ética de la responsabilidad, en cambio, tiene en cuenta las consecuencias de las acciones. Si las consecuencias son perjudiciales, debemos abstenernos de actuar.

Es obvio que la moralidad debe contemplar ambas características. Sin buenas intenciones (las cosas que se hacen por deber, porque son buenas) la ética no existiría. Pero sin el control de las consecuencias, sin el control de los efectos, la Gesinnungsethik sería autodestructiva. Si veo en el mar a una persona que se está ahogando, me tiro al agua y trato de salvarla, cueste lo que cueste. Pero si luego me ahogo yo también, el resultado será que tendremos dos muertos en vez de uno. ¿Es igualmente buena mi acción? No. La ética de las buenas intenciones, que está hecha toda ella de fines y no de medios, de por sí solamente puede ser destructiva. Perjudica a todos y no le sirve a nadie. Un aspecto de la cuestión que no suele considerarse es el de quién paga los costes. Una vez derrumbado el mito comunista y, con él, el mundo soviético, la izquierda se echó en brazos de la «globalización». Así (en alegre compañía del timo de los derivados y de una economía financiera que ignora la economía productiva), se dedicó a gastar desenfrenadamente. Hoy en día más de la mitad de los Estados europeos no tienen ni un céntimo y están endeudados hasta las cejas.

Por no movernos de Italia, que después de Grecia es el Estado europeo más endeudado y tiene una tasa escalofriante de desempleo juvenil, ¿quién paga?, ¿quién puede pagar? En mi opinión, el «gran magnate» que más gasto provoca, dado que fomenta una inmigración prácticamente ilimitada, es la Iglesia católica.

El Vaticano posee muchísimos conventos casi vacíos, iglesias cerradas porque no tiene suficientes sacerdotes para mantenerlas abiertas y una colección de estatuas, cuadros y obras de arte de todo tipo que se vendería como el pan por centenares de millones de dólares. ¿No somos «católicos», es decir, universales? Si todo puede circular por todas partes, y si nosotros los italianos no tenemos «tesoros» sino un nuevo agujero de cinco mil millones de euros, el Vaticano podría echar una mano. ¿Es una buena ida?

Veremos.

 

ÍNDICE

Premisa
1. La parábola del bípedo implume
2. Revoluciones verdaderas y revoluciones falsas
3. El sistema electoral perfecto existe
4. Guerra terrorista y guerra al terrorismo
5. Cristianismo e islam, laicismo y religión
6. Jus sanguinis, jus soli y residencia
7. Integración, asimilación y rechazo
8. La ética de la intención y la ética de la responsabilidad
9. El alma no está en el espermatozoide
10. El embrión y la persona
Nota del autor
Obras citadas

 

 

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