Las ciudades, pues, se hallaban en estado de constante revolución, y las que lo hicieron más tarde, aleccionadas por los ejemplos precedentes, llegaron aún más lejos que las primeras en esta subversión de los valores, tanto por el ensañamiento en los golpes como por la atrocidad en las represalias. Incluso, para justificar su conducta, llegaron a cambiar el sentido normal de las palabras: y así, una audacia irreflexiva pasó a significar valerosa adhesión al partido; una precaución sensata, cobardía encubierta; la cordura, embozo del desmayo; la sagacidad en todo, desidia para todo. La exaltación frenética pasó a considerarse atributo de un hombre de verdad, y toda precaución frente a la intriga, linda excusa para hurtarse al peligro. El vehemente inspiraba siempre confianza, y el que se le enfrentaba se hacía sospechoso. El que urdía: con éxito un complot, era sagaz, y más hábil aún el que lo descubría; por contra, el que buscaba el medio de poder evitar tales prácticas, un traidor a la facción, un aturdido ante el adversario.
En una palabra, se cubría de elogios al que se anticipaba al golpe del contrario y al que lograba instigar a ello a quien no había pensado en tal posibilidad. Más aún, llegó a concederse menos valor a la familia que a la «hetairía», pues ésta estaba siempre dispuesta para un golpe de audacia sin aducir excusa alguna: porque este tipo de asociaciones no funcionaba al amparo de las leyes vigentes para asegurar la salud pública; su finalidad era la conquista del poder al margen de ellas […]
Buscáis, por así decir, un mundo distinto de aquel en que vivimos, sin tener ni idea de la realidad presente. En una palabra: estáis fascinados por el placer del oído, y antes parecéis espectadores sentados ante una exhibición de sofistas que ciudadanos que están deliberando sobre el interés del Estado.
En mi intención de desviaros de esa actitud, declaro que Mitilene es el Estado que más daño os ha hecho. Porque yo concedo cierta tolerancia a quienes se sublevan por no poder soportar vuestro yugo, o a quienes se ven forzados a ello por el enemigo.
INTRODUCCION
A veces... yo pienso que nadie debería ocuparse de política internacional contemporánea sin haber estudiado a Tucídides. A. W. Gomme
En los tratados de ciencia política el nombre de Tucídides no suele aparecer. El hecho podría, en principio, considerarse normal, pues la obra de Tucídides no es, en rigor, un tratado político. Pero la cosa empieza a preocupar cuando en antologías del tipo de la de W. Ebenstein (Los grandes pensadores políticos, Madrid, Revista de Occidente, 1965) se recogen textos de figuras como Polibio, Epicteto y Marco Aurelio, en lo que atañe al mundo helénico, y de Roosevelt y Hoover, e incluso de Freud, en lo que respecta al mundo contemporáneo, y, en cambio, no se menciona a Tucídides. No menos sorprende hallar en un libro como el de Leo Strauss ( ¿Qué es filosofía política?, Madrid, Guadarrama, 1970) sendos capítulos consagrados a Jenofonte y a Alfarabí, en tanto que el nombre de Tucídides es silenciado.
Evidentemente algo funciona mal aquí. Bien es verdad que Tucídides, por vocación, era un historiador. Pero también lo eran Polibio y Jenofonte. Y si se alega que Polibio descubrió un hecho político importante -el secreto del triunfo romano en el mundo antiguo-, replicaremos que, por lo pronto, Polibio era un continuador de los métodos descubiertos por Tucídides, y que, por otra parte, los análisis socio-políticos que realiza Tucídides en su obra están muy lejos de ser inferiores a los que lleva a término Polibio. Muy al contrario de lo que podría hacer pensar el olvido a que hemos hecho referencia, si alguien ha iniciado un método para analizar la patología del cuerpo social, y las leyes del comportamiento de los Estados en sus relaciones violentas entre sí; si ha habido, en la Antigüedad, un espíritu que ha sabido penetrar en la entraña del fenómeno del poder, del imperialismo, del hecho revolucionario, éste ha sido, sin duda alguna, Tucídides en el siglo V a.C. En suma, si hoy contamos, en Occidente, con una historia política, a Tucídides se lo debemos.
Creo que los méritos contraídos por el gran historiador de la guerra del Peloponeso bien merecen ser reconocidos y analizados. Y esa es, precisamente, la intención básica del presente libro. Tucídides se ha planteado, por primera vez en la historia de Occidente, los problemas básicos que hay que intentar contestar a la hora de entender el hecho político, y, sobre todo, a la hora de clarificar las relaciones existentes entre poder y ética, entre fuerza y derecho. Además de ser el primer gran historiador de una guerra contemporánea, vivida por el propio autor con pasión y con inteligencia, la figura de Tucídides aparece como uno de los primeros grandes genios que han intentado comprender las leyes que rigen el inquietante fenómeno del poder.
* * *
La Historia de Tucídides es una de las creaciones más atractivas y problemáticas de la literatura histórico-política. Escrita en un lenguaje difícil, apta sólo para quienes dominan a la perfección la ya de por sí difícil lengua griega, las dificultades de su lectura aumentan porque su autor no pretende ahorrar a sus lectores ningún obstáculo, ningún esfuerzo: es arduo en sus ideas y en la expresión de las mismas. Pero eso hace aún más atractiva su lectura, que, para un lector inteligente, se convierte en un auténtico reto.
Es un verdadero problema determinar las razones últimas que llevaron a Tucídides a moldear sus instrumentos expresivos con estilo tan peculiar, y no es escasa la bibliografía consagrada al tema. La respuesta no puede consistir, sin más, en afirmar que el carácter de unicum que tiene la prosa tucidídea se explica por la falta de modelos áticos, dado que la obra de Tucídides es, prácticamente, el primer monumento de la prosa ática. Tucídides no tendría modelos que imitar —se ha dicho alguna vez— y ello le obligó a buscar sus modelos expresivos en la poesía. Pero esa explicación sólo da cuenta de un aspecto -y no precisamente el más significativo- de su estilo.
El problema más grave que se plantea a todo el que pretende explicarse los orígenes del estilo tucidídeo consiste en determinar si el historiador hace hablar a sus personajes en un lenguaje anacrónico ya en su propio tiempo, superado definitivamente, o si, por el contrario, hay indicios para suponer que los discursos de un Pericles, un Cleón, un Nicias y un Alcibíades reflejan, en cierta medida por lo menos, el estilo de los discursos realmente pronunciados. Es doctrina comúnmente aceptada que hay razones para inclinarse hacia la primera alternativa. Así han resuelto el problema críticos de la categoría de un Blass, un A. Croiset, un Rittelmeyer o un Ros. Del primero de los mencionados críticos son las siguientes palabras, que resumen muy bien la communis opinio que predomina sobre la cuestión: «El discurso fúnebre y los otros dos discursos puestos en boca de Pericles por Tucídides no nos dan ni una verdadera imagen de su espíritu ni de su elocuencia». Y, sin embargo, un crítico contemporáneo, J. H. Finley Jr., ha aportado no pocos argumentos en favor de la tesis contraria. De acuerdo con Finley, no sólo en las ideas, sino en el estilo, hay más de una razón para creer que, antes de la llegada de Gorgias a Atenas, en 427 a.C., se había iniciado ya en ella un tipo de prosa antitética del tipo de la que hallamos en nuestro historiador.
La constatación de Finley confirma, por otra parte, el hecho de que Tucídides no fue un hombre que vivía de espaldas a su tiempo, sino que estaba muy atento a todos los movimientos espirituales y culturales que se manifestaron en su época. Uno de ellos es la cuestión de los elementos constitutivos de la naturaleza humana y las leyes que la rigen. Y, sobre todo, la oposición existente entre fuerza y derecho.
Lo que hoy consideramos como el campo propio. de las ciencias humanas comienza a perfilarse, según lo que sabemos, durante el siglo V a.C. Una vez que la especulación presocrática ha elaborado el concepto de physis 3, la medicina griega se lanza a la difícil empresa de aplicar este concepto al campo de lo humano. Con una metodología estrictamente científica, agudizando hasta el máximo su capacidad de observación y especulación, el hipocratismo realiza la gran hazaña de proporcionar los medios necesarios para comprender las causas internas y externas que provocan los desequilibrios del organismo humano, es decir, la enfermedad. El médico hipocrático descubre que la salud física del hombre radica en un equilibrio de los humores, y que los factores externos -vientos, aguas, situación geográfica, clima son de una importancia fundamental para entender la estructura anímica del hombre. Tucídides, que está en posesión de los postulados básicos de la ciencia hipocrática, da un paso más, y aplica al cuerpo social los principios médicos que se utilizaban para entender al individuo. Surge así una nueva concepción de la historia, de la dinámica social, de las relaciones entre los Estados. Según Tucídides, el impulso primario que mueve a los Estados es su aspiración al poder, al dominio sobre los demás, basándose en una ley natural -analizada por los sofistas-, de acuerdo con la cual «el débil es dominado por el fuerte». Por su parte, el estadista, conocedor de los resortes que ponen en movimiento al cuerpo social; sabe encauzar los impulsos elementales de la masa, dirigiéndolos con su gnome, con su inteligencia política.
Pero si Tucídides ha sabido utilizar parte de los grandes logros de la ciencia médica de·su tiempo, trasponiéndola a un campo hasta entonces virgen, ha sabido, además, enfocar el problema de la guerra desde una óptica nueva también. Ya no son los meros impulsos personales los que explican la conducta de los Estados, como ocurría en Heródoto. Hay un hecho político que el historiador sabe aislar, y que da explicación de la dinámica que preside las relaciones de los Estados: por un lado, la idea de poder, de potencial; por otro, el hecho de que cada pueblo, cada Estado, tiene su propia estructura interna, su propia idiosincrasia, que explica a veces su destino particular. Así, Atenas se caracteriza por su constante y universal tendencia a la expansión imperialista, la polypragmosyné; Atenas es incapaz de saber dormirse sobre los laureles de sus previas conquistas, y debe tender, casi trágicamente, a un todavía más, que a la postre determinará su propia ruina. Esparta, por su lado, es la potencia eternamente remisa, difícil de poner en movimiento; pero, una vez desperezada, su marcha resulta imparable.
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Armado con tales principios y métodos, y con su peculiar capacidad de observación de la realidad más profunda que preside el hecho político y bélico, Tucídides se hace, pues, historiador. Pero al dar ese paso decisivo no seguirá la tradición establecida por Heródoto. Por lo pronto, y ahí radica un aspecto de su originalidad, Tucídides hará historia rigurosamente contemporánea. Los hechos por él narrados han sido vividos, y muy intensamente por cierto, por el propio narrador. Pero narrar una guerra es empresa que puede hacerse desde muy distintos puntos de vista y, desde luego, con criterios muy dispares. Lo que interesa primariamente a Tucídides no es la guerra en sí -aunque descuella maravillosamente en el planteamiento y narración de los hechos bélicos-, sino, especialmente, las causas reales de esa guerra y las consecuencias morales que provoca. Para el historiador, una guerra es comparable a una enfermedad: en el estado normal de salud, las anomalías fisiológicas del cuerpo humano no se patentizan; sí, en cambio, se hacen visibles en el momento de la alteración que significa la enfermedad. Del mismo modo, afirma Tucídides, en la paz y en las situaciones de salud social no se hacen patentes, a los ojos del observador, los desarreglos y alteraciones que surgen en el estado crítico de la guerra. Así como el médico necesita observar cuerpos enfermos para mejor entender qué es la salud, de igual modo el sociólogo penetra mejor en las leyes que rigen la comunidad humana al observar las alteraciones de su normal funcionamiento. Eso queda patente en él, con razón, famoso texto del libro III, 82 y ss.
La guerra, pues, como fenómeno elemental y primigenio, en el que se ponen al descubierto las tendencias, también elementales, de la sociedad; el fenómeno del poder, de la ambición política, del derecho que choca con otros derechos: tal es el centro del interés de la obra tucidídea. Penetrar en esos problemas es penetrar en el núcleo central de la Historia de Tucídides.
Etica frente a interés político
Aprovechando la circunstancia del debate que se abre en Atenas para decidir el castigo que debía imponerse a Mitilene, que se había rebelado, el historiador hace hablar a dos políticos que sostienen puntos de vista opuestos. Cleón defiende la tesis del castigo ejemplar; Diódoto sostiene que el castigo debe adaptarse a los intereses políticos del imperio (Historia, III, 37 y ss.).
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Cleón: «Castigo inexorable a los culpables»
111, 37.-«Ya en otras muchas ocasiones he llegado yo a la conclusión de que una democracia es incapaz de ejercer el imperio, y ahora más que nunca a la vista de vuestra retractación a propósito de Mitilene. Y es que, dado que en vuestras relaciones cotidianas no reinan ni la intimidación ni la intriga, observáis con vuestros aliados el mismo comportamiento, y cuando cometéis un error seducidos por sus razones o cedéis a la compasión, no imagináis jamás que vuestra blandura os pone en peligro sin ganaros a cambio su gratitud. Y todo ello porque no habéis tomado conciencia de que vuestro imperio es una tiranía ejercida sobre unos Estados rebeldes al yugo, sojuzgados contra su voluntad, y que no se os someten por los favores que podáis hacerles en perjuicio propio, sino, sencillamente, por la superioridad que os otorga vuestro potencial, no por su adhesión.
Y lo peor de todo es que no se mantengan ninguno de los acuerdos que tomáis, y que no comprendamos que un Estado con leyes imperfectas pero inamovibles es más fuerte que uno que las tenga perfectas pero inoperantes; que la ignorancia hermanada con la disciplina es más útil que el talento unido al desenfreno, y que los espíritus mediocres por lo general gobiernan mejor un Estado que los hombres de genio. Porque éstos quieren siempre parecer más sabios que las leyes mismas y salir triunfantes en todos los debates públicos, como si no pudieran exhibir su capacidad en cosas más importantes. El resultado de todo ello es que a menudo arruinan a los Estados. Aquéllos, en cambio, al desconfiar de su propia habilidad, se consideran inferiores a las leyes, y menos capaces de criticar las razones del buen político; antes bien, siendo como son jueces imparciales más que meros contendientes, aciertan casi siempre. Es así, en suma, como debemos obrar también nosotros, no dejándonos llevar por la retórica y por la porfía intelectual para aconsejar al pueblo en contra de nuestras propias convicciones.
38.-Pues bien, por mi parte, yo me mantengo fiel a mis principios, y por ello provocan mi extrañeza quienes pretenden volver sobre unos acuerdos ya tomados con respecto a los mitilenios, originando con ello una demora que sólo puede redundar en beneficio de los culpables (pues, en este caso, la víctima se vuelve contra el agresor con indignación atenuada; por el contrario, la reacción inmediata a la ofensa logra una satisfacción proporcionada). Y yo me pregunto: ¿quién podrá contradecirme, quién pretenderá demostrar que los crímenes de los mitilenios nos son provechosos, o que, al contrario, nuestros infortunios causan perjuicio a los aliados? Es claro que el tal, confiando en su elocuencia, intentará mostrar que vuestro unánime acuerdo en realidad no se ha tomado, o bien, apalancado por un soborno, procurará engañarnos con retorcidos sofismas. Lo cierto es, en todo caso, que de esas justas oratorias la ciudad otorga el premio a los demás y para sí se reserva sólo los peligros. ¿Los culpables? Vosotros, por haber dado, sin motivo, ocasión para un nuevo debate; vosotros, sí, acostumbrados a ser espectadores de los discursos y oyentes de los hechos, puesto que consideráis de posible cumplimiento los que aún no han sucedido juzgando sólo por los que hablan de ellos con su elocuencia, mientras que juzgáis los ya aconteciclos por los discursos de quienes brillantemente los critican, sin tomar lo que se ha consumado ante vuestros ojos con más crédito que las meras palabras escuchadas. Sois ideales para dejaros embaucar por la novedad de una propuesta y para rechazar la puesta en marcha de las ya aprobadas, esclavos como sois de toda rareza y desdeñosos de todo lo que es normalidad. Y, sobre todo, cada uno de vosotros pretende poseer el don de la elocuencia, o, cuando menos, que, en vuestra emulación con quienes dicen tales paradojas, no parezca que os adherís tardíamente a su opinión, no: cuando se pronuncia una agudeza, os anticipáis al aplauso: tan rápidos sois en adivinar lo que se está proponiendo como lentos en prever sus consecuencias. Buscáis, por así decir, un mundo distinto de aquel en que vivimos, sin tener ni idea de la realidad presente. En una palabra: estáis fascinados por el placer del oído, y antes parecéis espectadores sentados ante una exhibición de sofistas que ciudadanos que están deliberando sobre el interés del Estado.
38.-En mi intención de desviaros de esa actitud, declaro que Mitilene es el Estado que más daño os ha hecho. Porque yo concedo cierta tolerancia a quienes se sublevan por no poder soportar vuestro yugo, o a quienes se ven forzados a ello por el enemigo. Pero cuando los autores viven en una isla fortificada y sólo por mar podían temer a nuestros enemigos (y aun en este aspecto tampoco estaban del todo indefensos gracias a la protección de las trirremes); si gozaban de autonomía y eran honrados más que nadie por nosotros, ¿ qué han hecho esos individuos sino conspirar y sublevarse? (defección, no, que este término se aplica al que ha padecido alguna violencia). ¿Qué otra cosa sino intentar arruinarnos pasándose al bando de nuestros más encarnizados enemigos? Y eso es aún peor que si, provistos de recursos bélicos, nos hubieran hecho la guerra por sí solos. No les ha servido de ejemplo el destino de otros Estados que se rebelaron contra nosotros y fueron, a la postre, sometidos; no les ha hecho vacilar ante el peligro su actual prosperidad, al contrario: sin temor alguno ante el futuro, acariciando esperanzas más vastas que sus posibilidades e inferiores a sus ambiciones, nos declararon la guerra decididos a anteponer la fuerza al derecho. Pues en el instante en que creyeron poder alzarse con la victoria nos atacaron sin haber recibido ofensa alguna.
Los Estados que obtienen éxitos inesperados y a corto plazo suelen caer en la soberbia. Pero, en general, los éxitos humanos son más duraderos cuando suceden según el cálculo previsto que si sobrepasan toda previsión. Y así resulta más fácil, como quien dice, alejar la desdicha que conservar la prosperidad. Nunca debieron haber recibido los mitilenios, de nosotros, mejor trato que los demás Estados, y así no habrían llegado a un grado tan alto de insolencia. Que en estos casos, como en otros, el hombre, por ley natural, suele menospreciar a aquel que le respeta y halagar al que le atropella.
Sean, pues, castigados ahora como su crimen merece. Y que no se pidan responsabilidades sólo a los aristócratas, absolviendo a los de partido popular. Porque se rebelaron todos sin distinción, a pesar de que éstos tenían, al menos, la posibilidad de ponerse a nuestro lado y, con ello, de continuar ahora viviendo en la ciudad. Pero no; creyeron partido más seguro arriesgarse con los aristócratas y unirse a su rebelión. Tened, además, muy presente, que si imponéis el mismo castigo a aquellos de nuestros aliados que se sublevan forzados por el enemigo y quienes hacen lo mismo por impulso propio, ¿creéis acaso que alguno va a dejar de rebelarse por el más leve pretexto, cuando la alternativa sea la libertad, si triunfa, y ningún castigo irreparable si fracasa? ¿ Cuál será, entonces, el resultado? Que tendremos que jugarnos la vida y el dinero luchando con una ciudad tras otra. Y en caso de victoria, conquistaremos una ciudad arrasada, y nos veremos en el futuro privados del tributo anual (¡la base de nuestra fuerza!); si fracasamos, será un nuevo adversario que añadir a la lista de los que ya tenemos. Y el tiempo que invertimos en combatir a nuestros actuales adversarios tendremos que emplearlo en guerras contra nuestros mismos aliados.
40.-No hay, pues, que darles esperanza alguna ni garantizada por la elocuencia ni por el soborno, de que van a alcanzar el perdón con la excusa de que errar es humano. No nos ofendieron sin querer: conspiraron con plena conciencia; y sólo lo involuntario es excusable.
Pues bien, yo ahora, como antes, sostengo con toda mi energía que no debéis revocar los acuerdos ya tomados y cometer un grave error dejándoos llevar por los tres peligros más perniciosos para el imperio: la compasión, la sugestión de la retórica y la clemencia. Compasión, justo es tenerla con quienes son igualmente compasivos no con aquellos que no la han sentido y son, además, enemigos nuestros para siempre; los que encandilan con su oratoria ya tendrán medio de lucirse en otras ocasiones de menor trascendencia, no ahora cuando nuestra patria va a padecer graves quebrantos por el goce de un momento, mientras ellos obtienen un gran beneficio con su palabrería. La clemencia, en fin, se concede a quienes están dispuestos a ser fieles aliados en el futuro, no a los que persistirán en sernos tan hostiles corno antes.
Resumiendo: si me escucháis, daréis a los mitilenios el trato que merecen, al tiempo que haréis lo que el interés os dicta. Si tornáis otra actitud, os condenaréis a vosotros mismos sin ganaros su reconocimiento. Porque si admitirnos que Mitilene se sublevó con razón, ello significa que no gobernáis con justicia vuestro imperio. Y si queréis conservarlo, aun contra todo derecho, una de dos: o es forzoso que les castiguéis, aunque ello pueda ser injusto, por vuestro propio bien, o renunciar a este imperio, y, a cubierto de todo riesgo, comportaros como hombres sin tacha. Decidíos a imponerles la pena ya acordada y a no mostraros, una vez repelida la agresión, más sensibles que quienes la realizaron. Tened muy presente el trato que ellos os hubieran reservado con toda probabilidad en caso de victoria, tanto más cuanto que fueron ellos los que llevaron la iniciativa de este delito. Que, por lo general, son los que, sin justo motivo, dañan a terceros quienes persisten hasta aniquilarles, recelosos del peligro que para ellos representa dejar con vida al enemigo. Porque aquel que sin motivo es víctima de una ofensa, si consigue salvarse, resulta más peligroso que el enemigo declarado.
No seáis, pues, vuestros propios traidores. Imaginad, por un momento, y del modo más aproximado posible, el daño que os habrían hecho y cómo habríais dado vosotros todo el oro del mundo para conseguir su sumisión. Pues bien, pagadles con la misma moneda, sin enterneceros por las circunstancias actuales y sin olvidar el peligro que un día estuvo suspendido sobre vuestras cabezas. Castigad a los mitilenios como merecen, convirtiéndoles, al tiempo, en un claro ejemplo para los demás aliados de que la muerte será el castigo de quienes se sublevan. Si llegan a·tomar conciencia de ello, no tendréis necesidad de desatender al enemigo para combatir a vuestros propios aliados.»
Diódoto: «No actuemos contra nuestros propios intereses»
III, 41.-En tales términos se expresó Cleón. Después de él, Diódoto; hijo de Eucrates, que ya en la asamblea precedente había sido el que con más energía se opusiera al exterminio de Mitilene, subió otra vez al estrado y pronunció el siguiente discurso:
«No censuro a quienes han propuesto nuevo debate sobre el caso de Mitilene, ni aplaudo a los que desaprueban que se delibere repetidamente sobre asuntos de gravedad: lo que yo pienso es que dos son las actitudes más opuestas a una acertada decisión: la precipitación y el apasionamiento. Y si la primera suele ir acompañada de torpeza, la segunda de incivilidad y de ofuscamiento de la razón.
El que se niega a reconocer que las palabras sean pauta para la acción, o es un insensato o le guía en ello algún interés particular. Insensato si cree que existe otro medio posible de hablar sobre hechos futuros e inciertos; le guía algún interés personal si lo que pretende es inducirnos a un acto vergonzoso, pero imagina que no será capaz de aducir buenos argumentos para sostener una mala causa y que, con el hábil recurso a la calumnia, podrá intimidar a sus oponentes y al auditorio. Y los más peligrosos son aquellos que, por adelantado ya, acusan a un orador de que sólo el dinero dicta sus palabras. Si sólo le acusaran de ignorancia, el que no acertara a convencernos se retiraría de la tribuna dejando más bien la impresión de hombre poco inteligente que de individuo que se ha dejado comprar. Pero si, además, se le imputa un soborno, cuando logra convencer al público se hace sospechoso, y si no lo consigue, aparte de poco inteligente, le creen corrompido. Con ese proceder la ciudad no obtiene beneficio alguno: el miedo la priva de quienes podrían ser sus eventuales consejeros. Gran ventaja fuera para ella que tales ciudadanos no supieran hablar, pues, en este caso, muy raros serían los errores que, arrastrada por ellos, cometería. No; lo que debe hacer el buen ciudadano no es intimidar a sus adversarios, sino, porfiando con armas iguales, mostrarse mejor orador; y el de una ciudad sensata, no acumular honores sobre quien suele darle buenos consejos, mas tampoco arrebatarle los que ya posee; no imponer sanciones, pero mucho menos degradar a quien no consigue imponer su criterio. De este modo, ni el orador triunfante hablará en contra de su propia conciencia, para acumular mayores bazas y adular a la masa, ni el que ha sido vencido lo intentará a su vez, atrayéndose al pueblo con el mismo procedimiento del halago.
43.-Pero nosotros hacemos exactamente lo contrario. Más aún, si respecto de alguien nos invade la sospecha más leve de soborno, por excelentes que puedan ser sus propuestas, al punto lo descalificamos por esa no confirmada sospecha de corrupción, privando así a la patria de un provecho evidente. Y hemos llegado a tal extremo, que los buenos consejos, cuando son dados ingenuamente, devienen no menos sospechosos que los malos. De suerte que el político que quiere convenceros de que votéis una moción execrable se ve forzado a atraerse al pueblo acudiendo al engaño; y quien propone las mejores medidas tiene que obtener, mintiendo, vuestros votos. Con todas esas sutilezas nuestra patria es el único Estado al cual nos cabe beneficiar abiertamente sin recurrir al engaño: porque cuando alguien intenta favorecerla sinceramente, la reacción inmediata es sospechar que busca un tipo u otro de ganancia oculta.
Y bien: ante las cuestiones más trascendentales y en circunstancias como la actual, debéis aceptar el hecho de que los políticos hablamos con mayor conocimiento de causa que vosotros, que dedicáis poco tiempo al tema debatido; y ello tanto más, cuanto que nosotros tenemos que responder de nuestras palabras, vosotros os limitáis a escuchar sin responsabilidad alguna. Si tanto quien logra imponer su criterio como los que se adhieren a él fueran igualmente responsables, vuestras decisiones serían más sensatas. Pero lo que ocurre es que a menudo fracasáis por haberos dejado llevar del humor del momento y os cebáis únicamente en la capacidad de juicio de vuestro consejero, no en la vuestra, a pesar de que, siendo tantos, habéis cometido el mismo yerro.
44.-Pues bien, yo no he subido a esta tribuna con ánimo de contradecir a nadie en defensa de los mitilenios, ni tampoco para acusarles. Lo que aquí, efectivamente, se está discutiendo, si somos personas inteligentes, no son sus delitos, sino lo acertado de nuestra resolución. Y si consigo demostrar que Mitilene es totalmente culpable, no por ello voy a proponer la ejecución de todos si ello no redunda en beneficio nuestro; y si pongo de evidencia que tienen cierta disculpa, no será motivo para que aconseje dejarles sin castigo si no se demuestra útil para nuestra patria. Opino, en suma, que estamos deliberando más sobre el futuro que sobre el presente.
En cuanto al argumento en que Cleón hace especial hincapié, esto es, que la aplicación a todos de la pena de muerte resultará, a la postre, beneficioso, al evitar que estallen menos revueltas, yo, colocándome a mi vez en la perspectiva de un futuro beneficio, insisto en lo contrario. Y no creo justo que el atractivo de su propuesta os haga rechazar la mía. Porque, al ser su tesis más correcta, vista desde vuestra actual indignación contra Mitilene, acaso podría sugestionaros. Pero es que ahora no estamos enzarzados en un proceso contra ella, como para precisar argumentos jurídicos: ahora estamos discutiendo el modo de sacar el máximo provecho de su caso.
45.-Mirad: en numerosos Estados la pena de muerte es la sanción establecida para muchos delitos, no ya tan graves como éste, sino incluso más leves. Y, sin embargo, muchos son los que se arriesgan, sugestionados por un esperanzado espejismo. Y aún no ha existido nadie que se lanzara a una empresa erizada de riesgos convencido, en su fuero interno, que habrá de fracasar.
¿Qué ciudad que prepara una revuelta se ha precipitado jamás a la aventura en la convicción de que no dispone de los recursos suficientes, ya propios, ya procurados por su alianza con otra potencia? Pero es cosa connatural el errar en el hombre, tanto a nivel particular como público, y no hay ley capaz de evitarlo; y eso que la humanidad ha recorrido toda la gama de posibles sanciones, haciéndolas cada vez más duras para reducir el crimen. Y es muy probable que, en la antigüedad, las penas para los mayores delitos fueran más suaves, pero como los crímenes proseguían, al final la mayoría de ellas fueron elevadas a pena capital: pero a pesar de todo se sigue delinquiendo. En consecuencia, o hay que inventar un espantajo más disuasivo, o éste al menos no sirve de contención. Y es que la indigencia, con su imperiosa necesidad, azuza a la audacia; la opulencia, con el orgullo y la desmesura a ellas inherente, a la ambición, y las otras circunstancias de la existencia arrastran a las pasiones humanas según el impulso irrefrenable que impera en cada cual. Y, por encima de todo, planean la esperanza y la apetencia, ésta guiando, aquélla siguiendo; ésta trazando el proyecto, y aquélla sugiriendo el favor de la fortuna, causan siempre grandes daños, y aunque son cosas invisibles, tienen siempre más eficacia que las dificultades que tenemos ante los ojos. Añádase a ello la fortuna, que contribuye no menos a la exaltación: hay casos en que se presenta de modo inopinado, induciendo así a buscar un riesgo con medios desproporcionados, a los individuos como, en mayor medida aún, a los Estados, tanto más cuanto que lo hacen movidos por intereses muy fuertes, la libertad y el dominio sobre otros, y que el individuo, al tener consigo a un numeroso grupo, se valora, sin razón, en más de lo que vale. Dicho lisa y llanamente: es imposible, y, creerlo, delata una enorme ingenuidad pensar que la naturaleza humana cuando, llena de pasión, se lanza a una aventura, pueda verse frenada por medio alguno, sea por el rigor de la ley o por cualquier otra amenaza.
46.-En consecuencia, no hay que tomar imprudentes decisiones confiando en la garantía de la pena capital, pero tampoco tomar una resolución excesivamente severa, dejando a quienes se sublevan sin la posibilidad de arrepentirse y de reparar su falta a corto plazo. Tened muy presente que, tal como están ahora las cosas, si una ciudad se subleva y llega al convencimiento de que no conseguirá su objetivo, puede buscar un acuerdo con nosotros cuando aún dispone de medios para pagar una indemnización y seguir abonando su tributo. En el otro caso, ¿creéis que alguna ciudad va a dejar de prepararse mejor que ahora y de resistir nuestro asedio hasta el último aliento si lo mismo da capitular pronto que tarde? Y, por lo que a nosotros respecta, ¿cómo no va a ser un menoscabo tener que prolongar los gastos de asedio a una ciudad, porque no hay manera de reducirla, y, si al fin la expugnamos, encontrarla arrasada, y vernos así privados en el futuro del tributo que de ella devengábamos? ¡El tributo, en el que se basa nuestra fuerza frente al enemigo!
Por todo ello, no debemos dañarnos a nosotros mismos por pretender erigirnos en jueces severos de quienes han delinquido; más bien procurar que, imponiendo comedidas represalias, podamos en el futuro, contar con ciudades de próspera economía, y ver que nuestra seguridad se apoye no en el rigor máximo de la ley, sino en la previsión de nuestras medidas. Ahora obramos de un modo completamente opuesto: un pueblo, originariamente libre y sometido después, por la fuerza, a nuestro imperio, se subleva (¡cosa muy lógica!) para recobrar su independencia; nosotros logramos reducirlo, y entonces estimamos que hay que tomar contra él terribles represalias. No; lo que tenemos que hacer no es castigar con rigor a los pueblos libres que se subleven, sino montar una celosa vigilancia antes de que lleguen a sublevarse, y tomar previamente las medidas oportunas para que no les venga ni siquiera a las mentes tal idea; y, una vez reducidos, imputar la responsabilidad de los hechos al menor número posible de personas.
47.-Considerad por vosotros mismos el craso error en que ibais a caer prestando oídos a Cleón: hoy por hoy, en todos los Estados, el partido del pueblo os es favorable. O no se adhiere a la sublevación de los aristócratas, o, si se ve forzado a ello, desde el primer momento se muestra hostil a los rebeldes; y, de esta guisa, vais a la lucha contando ya de antemano como aliado al partido popular de la ciudad sublevada. Pero si ejecutáis al elemento popular de Mitilene, que no tomó parte en la rebelión y que, tan pronto dispuso de armas, os entregó espontáneamente la ciudad, en primer lugar cometeréis un crimen al dar muerte a vuestros bienhechores, y, en segundo término, ofreceréis en bandeja a la clase adinerada lo que constituye su más ferviente deseo: en cuanto consigan sublevar una ciudad, automáticamente tendrán al pueblo a su lado, por haber mostrado vosotros que el mismo castigo espera a culpables e inocentes. ¡Si aunque fueran culpables lo que tendríais que hacer sería fingir no apercibiros! De este modo, la única clase que aún simpatiza con vosotros, no se os hará hostil. Y yo creo que es mucho más eficaz para la conservación del imperio sufrir voluntariamente una ofensa que exterminar, aun con toda justicia, a quienes no debéis.
En cuanto a la tesis de Cleón según la cual en este castigo se pueden conjugar utilidad y justicia, no se ve por ninguna parte que, en nuestro caso, las dos cosas sean compatibles.
Reconociendo, pues, que mis palabras son más acertadas, y sin ceder excesivamente a la compasión y a la clemencia, sentimientos por los que yo tampoco quiero que os dejéis arrastrar, sino tomando como criterio los principios que os he expuesto, aprobad mi propuesta: procesad con sangre fría a los mitilenios que Paquete os ha enviado como responsables y, a los demás, dejadles vivir en paz. Esta decisión resultará eficaz cara al futuro y, al tiempo, será desastrosa, ya desde ahora, para nuestros enemigos. Porque quien adopta sensatas resoluciones es más fuerte, frente al adversario, que el que procede irreflexivamente apoyado en la simple fuerza.»
SUMARIO
PRESENTACIÓN
INTRODUCCIÓN
l. HISTORIA Y POLÍTICA: UNA APROXIMACIÓN A TUCÍDIDES
II. ETICA Y POLÍTICA: AYER Y HOY
III. SOBRE LA MODERNIDAD DE TUCÍDIDES
IV. ANÁLISIS DE UN GOLPE DE ESTADO
V. GUERRA ÉTICA Y POLÍTICA: HABLA TUCÍDIDES
VI. LOS CRÍTICOS TIENEN LA PALABRA
APÉNDICE l. UNAS PALABRAS SOBRE LA CUESTIÓN TUCIDÍDEA
APÉNDICE II. BIBLIOGRAFÍA TUCIDÍDEA EN EL SIGLO XX (ENSAYO DE UNA SELECCIÓN)
INDICE GENERAL