III. LA DEGRADACION DE LAS UTOPIAS
Introducción
Las ideologías suelen ser la expresión sintética de planteamientos políticos con múltiples ingredientes utópicos en tanto señalan caminos a construir o reformar en el futuro. En sentido positivo, las utopías parten de concebir transformaciones dirigidas a mejorar la suerte de los hombres a través de la edificación de una sociedad armoniosa, mejor, o al menos a la eliminación de rémoras a su perfeccionamiento. En otra vertiente, las ideologías, sin desprenderse de elementos utópicos, dan razones para preservar sistemas sociales y sostener privilegios, vistos como males menores frente a los riesgos del desorden o la paralización del progreso. También hay tesis que se atreven a violentar los estándares morales internos y de la convivencia internacional en nombre del nacionalismo, el patriotismo o de la supresión de exigencias foráneas, calificadas de opresivas por limitar el bienestar ciudadano.
Cualquiera que sea el caso, las utopías al criticar las imperfecciones de las sociedades reales, contribuyen a enriquecer la conciencia social, las posibilidades de la acción deliberada y con frecuencia a mejorar el entendimiento en las relaciones humanas. Pero también pueden pervertirse, usarse, para justificar el status quo, el escape de la realidad, la falsa conciencia, la manipulación de las poblaciones o hasta crímenes de “lesa humanidad” cometidos en nombre del imperativo de crear un mundo nuevo. El fascismo nazi o el totalitarismo stalinista, son dos claros casos de la capacidad destructiva de utopías descarriadas.
Sea como sea, con fuerza histórica inusitada, la utopía de la Ilustración postuló con énfasis el poder transformador de la razón y la separación entre la tradición y la religión de un lado, y la ciencia, la moralidad y el arte, del otro. Se abraza la libertad de pensamiento en las tres principales dimensiones de la cultura (Weber) como vía de enriquecer la vida cotidiana e imprimir una organización racional a la sociedad. Así abrieron expectativas de que las ciencias perfeccionarían el control de las fuerzas naturales y unidas con el arte y el avance moral, promoverían el progreso humano y, con ello, el bienestar de las poblaciones. No trata de ver pasivamente a la sociedad en el espejo de la reflexión filosófica, sino desarrollarla, eliminar imperfecciones, tornarla más humana. Por eso, la modernidad planteó una ruptura fundamental frente a los valores del dogmatismo y del autoritarismo, a fin de consagrar la libertad subjetiva y la centralidad del ser humano en tanto protagonista de la historia. Y al propio tiempo separa a la ética de la teología y de la metafísica, y al derecho del dogma religioso y del absolutismo estatal.
Valga, entonces, comparar a lo largo de este trabajo los contenidos anchos de la utopía de la Ilustración, con los derroteros angostos del neoliberalismo. Podrá decirse que se compara agua con aceite o que se trae a colación un paradigma envejecido, en cierto modo, anacrónico. Aun así, el cotejo puede resultar instructivo al contrastar las múltiples dimensiones libertarias de la utopía de la Ilustración con los énfasis casi unidimensionales del neoliberalismo.
La ilustración y la crítica postmoderna
Durante más de dos siglos, la Ilustración impulsó con éxito la idea del progreso --con sus valores constitutivos de libertad, razón, ciencia--, considerándolo asequible a la voluntad del hombre, en sustitución del capricho autoritario o de las normas inescrutables propias de las sociedades tradicionales o del espíritu religioso. Pero, como siempre ocurre con la escurridiza planeación del futuro y --sobre todo si es universalista--, no todas las promesas se alcanzaron, otras se desvirtuaron, aunque en general se precisaran caminos civilizatorios dentro de un marco integral de la vida social.
De ahí surgieron, se alimentaron, los grandes relatos ideológicos del liberalismo, el socialismo o de la ciencia puesta al servicio humano que por sendas distintas, a veces contrapuestas, hasta equivocadas, convergen en la idea de que los individuos unidos pueden crear sociedades cada vez mejores y suprimir la miseria o la exclusión. Sin alcanzar y menos imponer un camino único a lo largo de la historia, tales ideas dieron amparo, protegieron y ordenaron a numerosos paradigmas específicos de la Cultura Occidental. Los cánones políticos sobre la libertad individual, la equidad social, los derechos humanos, tienen un origen claramente eurocentrisa y comparten el supuesto de la soberanía todavía no menoscabada del Estado-nación. Tales planteamientos sobrevivieron a múltiples críticas, tanto como a las tensiones reales creadas por las más diversas circunstancias, sean los regímenes coloniales, el fascismo y los avatares de las dos guerras mundiales.
Sin embargo, con el andar del tiempo, los planteamientos de la modernidad casi inadvertidamente fueron colonizados y luego subordinados o pervertidos por una racionalidad instrumental guiada por consideraciones económicas o administrativas, centradas en el interés individual. No siempre el postmodernismo, pero si el postmodernismo neoliberal, intenta recomenzarlo todo, sin memoria, a fin de entronizar en su lugar planteamientos individualistas o relativistas carentes del respaldo de criterios de moralidad colectiva. Además, sus tesis, buscándolo o no, ponen en duda, la capacidad ciudadana de controlar su destino en el intento de congelar la evolución social en los moldes de un implacable conservadurismo.
Por eso, el postmodernismo neoliberal anuncia el fin de la historia, de los grandes relatos filosóficos y sus ideologías e incluso la de Estado-nación con sus responsabilidades sociales y sus empeños en cuidar del bien común y de la soberanía e identidad nacionales. Y en cambio, sitúan las esperanzas en la eficacia de mecanismos automatizados, fuera de la volición humana, como el mercado o el Estado de derecho construido ex profeso en torno al canon neoliberal. Se trata de cumplir reglas, normas, acompañadas de incentivos y castigos que supuestamente alejan a los ciudadanos de decisiones caprichosas, poco inteligentes y los encauzan a la optimización economicista de sus comportamientos, como si ahí se agotaran todos los propósitos humanos.
La crítica postmoderna sostiene --cuestión ciertamente debatible-- que los grandes relatos filosófico-políticos han periclitado, así como las afirmaciones universalistas. Menos controversial, más constructivo, resulta un destacado conjunto de aportaciones filosóficas que subrayan las diferencias entre países occidentales avanzados y el mundo periférico o las que separan a las elites de los grupos excluidos, discriminados o despojados de derechos (mujeres, inmigrantes ilegales, homosexuales, encarcelados). Se trata de relatos críticos de ámbito social restringido que tratan de incorporar lo dejado afuera por la Ilustración. De alguna manera se critican las desviaciones o lagunas del paradigma de la propia Ilustración y sus desajustes frente a los cambios sociales recientes, como la globalización y su acompañante obligado, la ideología neoliberal.
En términos más generales, el sujeto, el hombre creador de la Ilustración, el ciudadano, pierde su posición privilegiada al resultar modelado por los sistemas del mundo circundante al que supuestamente debiera controlar. Así lo atestiguan desde los procesos cambiantes de socialización de la población, el acomodo al orden jerárquico de las grandes empresas, hasta los cambios de las conductas individuales inducidas por la propaganda mercantilista instrumentada a través de la televisión, el radio o la informática. La automaticidad del mercado y el Estado neoliberal de derecho, auspician un funcionamiento de la sociedad donde casi desaparece la acción independiente del sujeto para quedar sometido a las exigencias de un sistema que todo lo subordina.
En la misma vertiente –de pérdida de iniciativa-- se dejan sentir los efectos de la aceptación latinoamericana del Consenso de Washington que trastocó de raíz las estructuras económicas, sociales y políticas de la región. En aras de la adaptación globalizante de los países, se cancelaron impulsos individuales y colectivos enderezados a consolidar las identidades nacionales o fortalecer innovativamente el bienestar colectivo. La subordinación a las reglas del nuevo orden internacional, se manifiestan nítidamente en la sustitución de los grandes objetivos nacionales del empleo, el crecimiento, la industrialización, por las metas de la apertura comercial o financiera externas y de la estabilización de precios y cuentas fiscales.
Y lo que se ha documentado en cuanto al manejo macroeconómico, se transmina por igual a las realidades que configuran los paradigmas sobre la distribución del poder microeconómico de las empresas. Las normas empresariales dominantes en los Estados Unidos y otros países avanzados, reflejan el poder y los intereses casi hegemónicos de los grandes inversionistas institucionales del Primer Mundo que se extiende inexorablemente a otras latitudes. Tales fuerzas toman cuerpo en América Latina por influencia de la avalancha de inversión extranjera, los procesos de privatización o extranjerización de empresas públicas o privadas y la colocación de acciones y deuda de las mayores empresas latinoamericanas en los mercados internacionales de capitales.
De alguna manera, la razón instrumental de los negocios globalizados, suplanta a la razón humanista, equilibradora de la modernidad, transformándola en instrumento de dominación. A escala de las realidades nacionales, la dialéctica política, equilibradora de los conflictos entre clases sociales, ha quedado descentrada, coja, al trascender de las fronteras patrias el “outsourcing” de la mano de obra, la fragmentación geográfica de la producción, la desindustrialización de las naciones avanzadas. El poder de la empresa --sobre todo la transnacional-- asciende, hasta hacerse abrumador y opaca al de empleados, obreros o al de los mismos gobiernos. Los trabajadores pierden ingresos reales y estatus político al generarse desempleo o informalidad, o al emigrar las oportunidades de trabajo, mientras la movilidad y ubicuidad del capital y, ahora, de la producción, refuerza la capacidad negociadora de los empresarios y abre las puertas a los excesos cometidos en nombre del imperativo de crear un mundo nuevo, sin fronteras.
En la vida social ya priva el más acentuado individualismo, importan menos los principios colectivos de equidad frente al interés de los negocios o de manipulaciones políticas incluidos los paradigmas científicos. Baste traer a colación los debates en torno a las tesis del creacionismo y del darwinismo o sobre la realidad del calentamiento global, donde los intereses afectados propugnan la utilización de argumentos pseudo-científicos para defender posiciones frecuentemente retrógradas. Así, se da origen a un proceso acaso perverso que lleva al eclipse de los valores del humanismo en favor de criterios económicos accionados por el mercado.
Y otro tanto ocurre en el campo político internacional. El imperio soviético se derrumba y el mundo pasa abruptamente de una bipolaridad de algún modo equilibradora de poderes, a un sistema unipolar y a un orden económico homogeneizador. El nuevo hegemón, sus normas estandarizadas y sus acompañantes disciplinarios --las instituciones multinacionales, el FMI, el Banco Mundial, la OMC o la OECD-- apuntalan el predominio del individualismo y del mercado, mientras los valores colectivos, las libertades republicanas, quedan empobrecidas a paso y medida que el poder escapa del juego político interno de los países. Se ha dado vida a un sistema económico planetario, pero el mundo permanece segmentado en gobiernos cada vez menos aptos --pero no menos obligados-- a satisfacer las demandas de sus ciudadanos, mientras han de atender antes las exigencias perentorias del nuevo orden internacional. En ese medio, los programas de la izquierda y de la derecha pierden, fuerza para señalar soluciones y orientar la acción cívica cuando emigran más y más hacia el centro del espectro político al punto de resultar casi indistinguibles.
Desde otra perspectiva, la crítica postmoderna señala que ciencia, arte, derecho y moralidad poco a poco se tornan independientes entre sí y se alejan de la comunicación cotidiana de las poblaciones, del lenguaje accesible a los legos, para configurar una cultura fraccionada de especialistas más y más sujeta a incentivos económicos que dificultan recobrar la visión ciudadana de los verdaderos problemas comunes. Conforme a los filósofos postmodernistas, se viven circunstancias donde prolifera la pluralidad de problemas, de comportamientos y de juegos del lenguaje que hacen imposible encontrar denominadores comunes, universales. Asimismo, comienzan a multiplicarse y separarse las concepciones sobre las soluciones a un mundo diverso, unido forzadamente en lo económico, pero fragmentado en lo social, integrado por estados debilitados y sociedades divididas entre grupos de pudientes y de menesterosos, o entre ciudadanos y excluidos.
El escepticismo postmoderno se alimenta de observar que las transformaciones científicas o artísticas quizás no han mejorado el comportamiento del hombre ni ennoblecido sus hábitos, como lo atestiguan los horrores, la barbarie, de la Segunda Guerra Mundial o de la reciente guerra contra el terrorismo. El consiguiente aturdimiento ciudadano y la agobiante propaganda neoliberal --pese al irrealismo de sus promesas y el realismo de sus costos--, trastoca los valores sociales y las instituciones en que éstos solían apoyarse. De aquí entonces, la huida hacia el hedonismo de lo inmediato, el paso de la ética de los deberes a la ética de los derechos, como también en el otro extremo, el decaimiento de las votaciones electorales o el abandono de las responsabilidades cívicas que, incluso critican los propios neoconservadores, defensores a ultranza del libre cambio y de sus instituciones. En consecuencia. se entroniza un individualismo ramplón que olvida la historia del hombre, siempre integrado o miembro de alguna comunidad.
Ya Hegel advertía algunos de los riesgos de la modernidad. La libertad individual separada de todo contenido normativo de orden universal o colectivo, corre el riesgo de transformar las relaciones humanas en relaciones económicas y dar paso a desigualdades distributivas ascendentes, pobreza y tensiones de orden internacional. Los peligros anticipados por Hegel se han materializado en parte por no contarse con el respaldo de ordenamientos de alcance universal o, si se quiere, generados por un gobierno planetario. De otro lado, la debilidad de los estados nacionales, el impacto de la crítica postmoderna y el ascenso globalizado de los consorcios internacionales, lleva en los hechos a la mercantilización de más y más aspectos de la vida ciudadana de los países.
Tales transformaciones inducen cambios paradigmáticos sustantivos que se sintetizan en el intento de desplazar las orientaciones aún vivas de la gran utopía de la modernidad por las de la pequeña y dispareja utopía neoliberal, quizás no en el meollo de los planteamientos, ni en el alumbramiento de diferencias locales, pero sí en la configuración e instrumentación de las políticas públicas. Se ahonda, así, la brecha entre el pensamiento democrático sustantivo y la práctica de las acciones colectivas.
Sea como sea, al combatir los valores restrictivos de la tradición, rechazar el autoritarismo y abrir paso a la libertad de pensamiento y a la tolerancia, la Ilustración gana una batalla emancipadora enorme, pero a la vez crea un vacío que está todavía por llenarse. En efecto, si bien aporta racionalidad formal, no resuelve el problema de imprimir coherencia a la miríada de propuestas del individualismo y del localismo hasta formar consensos democráticos verdaderamente ordenadores de la vida social en los países y en el mundo. O siquiera, convenir sólo el núcleo central de los derechos humanos irrenunciables y aprender a convivir con tolerancia el disenso en otros aspectos de la vida comunitaria. Eso mismo, le impide desembarazarse de la visión eurocentrista de pretensión universal, con inclinaciones a pasar inadvertidas diferencias mayúsculas entre las sociedades. Por eso, la continuidad histórica de la utopía de la Ilustración en mucho depende de que se instituyan algunos criterios reguladores de orden general que reúnan la doble característica de no ser arbitrarios ni impuestos, pero con alcances que debieran rebasar lo nacional. De aquí que la visión opuesta al postmodernismo neoliberal vea al programa de la Ilustración como tarea vigente, valiosa, actual, todavía inconclusa y susceptible de completarse.
La utopía neoliberal
El neoliberalismo está integrado ideológicamente por normas que auspician ciertas políticas públicas y elimina los contenidos de modelos alternativos. Esas normas y sus consecuencias, se dice, justifican alteraciones profundas en la vida de los países, particularmente en la división del trabajo entre Estado y mercado o entre los poderes de los gobiernos nacionales y los de la globalización. Por consiguiente, el neoliberalismo y la globalización postulan criterios de acción que han de satisfacer los gobiernos --singularmente los del Tercer Mundo-- en materia de derecho, finanzas y gasto, política industrial, política comercial y política social, casi siempre con escasa o nula anuencia de los ciudadanos afectados.
El éxito casi universal en la primera fase de la postguerra, al ganarse desarrollo económico con armonía política, descansó en el equilibrio logrado entre la producción y la atención a las demandas sociales; equilibrio político que fue creado por la acción y regulación de los estados nacionales. Y sin embargo, como reconocieron Mitterrand, en Francia, a fines de los años ochenta y más tarde Shöeder en Alemania, tal logro parece irrepetible por cuanto implantar políticas nacionales de corte social-demócrata --expansión monetaria y fiscal para la equidad y el empleo-- resulta extremadamente arduo en mercados abiertos, carentes de la necesaria coordinación internacional dentro de la globalización. Aquí convergen el neoliberalismo y la globalización, al calificar de inviable el proteccionismo --sea social o productivo-- a escala de los países y al sostener a ultranza la apertura mercantil de las fronteras.
El neoliberalismo, en esencia, llevando al extremo a los economistas clásicos, propugna la reducción del intervencionismo estatal y del radio de acción de la política por ser fuente de interferencias generadoras de corrupción, contrarias a la libertad individual. En el orden nacional, el desideratum neoliberal se finca en lograr el funcionamiento automático de la economía y de los mercados, libres de toda distorsión gubernamental. Y en lo internacional, se concibe a la globalización como el proceso de instaurar un orden cosmopolita, económicamente eficiente, también más allá de la política. Junto al abandono del Keynesianismo, el apoyo doctrinario a dichas tesis, entre otras fuentes, proviene de la escuela del “public choice” en el sentido de que el llamado interés público, distinto al interés privado es una ficción. Todo lo que existe son individuos y sus intereses, sean empresarios o consumidores. Los funcionarios públicos no son la excepción, su conducta también está orientada a optimizar beneficios y poder a costa, si necesario, del resto de los ciudadanos. De aquí que se resalte la proclividad hacia los excesos del gasto público, la ineficiencia, la corrupción endémica de las burocracias. La inferencia es obvia, habrá que desconfiar de estados y gobierno, y reducirles a su mínima expresión.
En términos propagandísticos, la ideología neoliberal difundió en el Tercer Mundo la tesis esperanzadora de que el juego libre de los mercados clausuraría la brecha del atraso, al pasar no sólo por la apertura de fronteras, sino por la estabilización de precios y de las cuentas públicas, saneando, por ejemplo, los desequilibrios latinoamericanos de la década perdida de los ochenta. Con algún simplismo, se postuló que el desarrollo exportador erradicaría la pobreza crónica del subdesarrollo, mientras la difusión de las mejores tecnologías elevaría los estándares de vida y, los ciudadanos provistos de sistemas electorales transparentes, se volcarían en favor de la orientación mercantil de las políticas públicas. De la misma manera, se propagó el principio de que el meollo de la democracia se encuentra en la limpieza electoral, como pareció demostrarlo la tercera ola democratizante del mundo, resaltada por Hungtinton.
En síntesis, la utopía neoliberal exalta las virtudes abstractas de los mercados, los premios a los más aptos, la competitividad y la eficiencia, las ganancias, los derechos de propiedad, la libertad de contratación. Critica, en cambio, a la intervención estatal y a la propia política, calificándoles de perniciosas e ineficientes. Así se articulan las tesis y se prepara el salto a la idea de que los mercados constituyen el meollo de un sistema social óptimo, automático, garante del bienestar y de la prosperidad. Si a eso se añade el ingrediente de elecciones limpias, se tiene una combinación ideal de mercados libérrimos y democracia acotada a lo electoral, que se constituyen en los valores supremos de las sociedades neoliberales postmodernas; valores que merecen difundirse por convencimiento y, si éste faltase, por la fuerza de la presión económica-política o incluso de las armas, como lo atestiguan las aventuras de Vietnam e Irak.
Hay, sin embargo, un campo de excepción donde el intervencionismo estatal recibe la bienvenida del neoliberalismo. Desde las elites empresariales, los propios gobiernos o el mundo académico, se organizan embates al Estado benefactor de los países desarrollados y a sus normas de protección social. En el caso de las naciones en desarrollo, se va más lejos, se alienta una especie de revolución institucional encaminada al acomodo interno de los países a las exigencias del orden económico internacional y, en general, a la construcción del Estado neoliberal de derecho. Al efecto, muchas funciones gubernamentales se trasladan ex profeso a instituciones supranacionales o al mercado, ensanchándose los derechos negativos de las personas, mientras se limitan los derechos republicanos a participar en las decisiones de gobierno. Se invierte la idea tradicional de la soberanía al dejar de concebirla en el sentido de condicionar los intereses foráneos a los propios, sino en el de amoldar las economías nacionales a los dictados del mercado global.
Paradójicamente, la ideología neoliberal después de utilizar expedientes políticos hasta lograr de algún modo los acomodos legales e institucionales que le diesen una posición dominante en los países latinoamericanos, ahora abraza el ideal de un mundo sin política, observante escrupuloso del Estado de derecho, compuesto por mercados poderosos y gobiernos acotados por el orden económico internacional. Sin la menor duda, la democracia necesita del respaldo y la observancia de un Estado de derecho. Pero este último ha de surgir, y ser expresión genuina de la voluntad ciudadana. Si sus normas nacen de la imposición autoritaria o de mecanismos legislativos excluyentes, formarán un pseudo-Estado de derecho carente de legitimidad por violentar el principio básico de toda democracia: la soberanía popular.
Algunas consecuencias del neoliberalismo
Con el neoliberalismo se ha transformado el ámbito de lo público y la agenda social. Se han reconfigurado las fronteras entre los sectores público y privado. A través de la privatización de empresas y la desregulación se han eliminado múltiples actividades gubernamentales para cederlas a los negocios privados. El espíritu del servicio público sede inevitablemente terreno que gana el “ethos” de la ganancia.
Sea como sea, el acomodo neoliberal trastocó tanto el orden social interno, de los países, como la autonomía estatal frente al exterior. El paso del proteccionismo al libre cambio fue radical, como también la exclusión estatal de la producción y su renuncia a los objetivos y al uso del grueso de los instrumentos de las políticas públicas tradicionales. Todo ello, alteró de raíz el funcionamiento de las sociedades, de los gobiernos y de la distribución de poderes e ingresos dentro de los países.
En esa vertiente, adviértase como la apertura al comercio internacional y la supresión de trabas a la inversión extranjera, cambiaron radicalmente las libertades, el modo, de ajustar las cuentas externas. Dejó de ser válido comprimir deliberadamente importaciones o subsidiar exportaciones a fin de corregir el déficit de pagos o sostener la prosperidad interna; hoy, los desajustes han de resolverse con financiamiento externo --preferentemente inversión directa--, o comprimiendo la tasa de crecimiento de las economías, como vía de atemperar las compras externas excesivas.
El auge del comercio exterior asociado a la liberación de fronteras ha generado efectos dispares sobre el desarrollo y la distribución. Por ejemplo, las importaciones de México suben dramáticamente del 10% del producto en 1980 al 42% en 2005, con desplazamientos extraordinarios de las fuentes de la oferta que reemplazaron a muchos de los antiguos proveedores nacionales. Por igual las exportaciones crecen del 7% al 42% del producto, dando lugar al florecimiento de las maquiladoras y a nuevas actividades agropecuarias y a que la industria petrolera readquiriese importancia decisiva. En suma, la transición de la sustitución de importaciones a la estrategia de fronteras abiertas, ha impuesto cambios enormes en la composición de ganadores y perdedores del juego económico. En general, los primeros han sido un puñado y muchos los segundos, singularmente los trabajadores y los pequeños y medianos empresarios que no han resistido o que resisten a duras penas la abrupta apertura a la competencia externa y al desamparo gubernamental.
Fronteras y mercados mundiales sin trabas quizás tengan el mérito de suprimir las conflagraciones generalizadas del mundo cuando dan acceso por igual a todas las potencias competidoras en los mercados; pero de alguna manera inducen o alientan la proliferación de tensiones políticas, distributivas, migratorias, regionales, étnicas, asociadas, unas a la pobreza y, otras al terrorismo o al narcotráfico en la medida en que el nuevo orden internacional cobija notorias desigualdades, e incluso, cancela derechos adquiridos por las poblaciones.
Los frutos de las redes productivas y comerciales a escala planetaria, no se han distribuido con mediana equidad en el mundo. Hay grupos de países altamente favorecidos, incluidas naciones en desarrollo, que conviven con otras empobrecidas y atrasadas. La ayuda al desarrollo se transforma en una quimera cada vez menos real para los países pequeños y pobres. Como contraste, en China, junto a un mercado enorme, la combinación heterodoxa de planeación, apertura externa, inversión extranjera y dosis de autoritarismo, explican la intensa prosperidad que ha sacado de la pobreza en pocos años a más de 200 millones de personas, llevando al país a ser la tercera potencia industrial y comercial y a ocupar el segundo puesto como contaminador del mundo.
En otra escala, la inserción de Taiwán, Corea, Vietnam, Irlanda o Finlandia a la globalización ha resultado extraordinariamente exitosa. La lección a desprender de esas experiencias es doble. De un lado, que globalización y neoliberalismo por más que hayan ido juntos no son la misma cosa, no reflejan planteamientos idénticos, ni merecen igual suerte en todos los casos. De otra parte, que encarar a la globalización puede hacerse de distintas maneras, con mayor o menor activismo gubernamental o dejando todo a las reacciones espontáneas del mercado. En muchos de los países exitosos se ha elegido el primer camino, esto es, se ha sostenido una decidida política industrial, combinando el fomento exportador con la sustitución eficiente de importaciones; no se han privatizado ni extranjerizado sus actividades medulares, se fijan prelaciones y se eligen a posibles ganadores, no se ha abandonado la inversión pública, desmantelado los bancos de desarrollo, ni cegado los subsidios a las actividades estratégicas, a la par de reglamentar de manera más o menos estricta los flujos y reflujos financieros. Otros países, en cambio, han abrazado plenamente las tesis librecambistas, rezagándose, por lo general, en el contexto de la globalización del mundo.
En casi toda América Latina, las vinculaciones con el exterior avanzaron con rapidez, dentro de un marco ideológico caracterizado por una escrupulosa ortodoxia. Las ventas al exterior se expanden enormemente, pero otro tanto ha ocurrido con las importaciones, dejando vivos los viejos problemas de la dependencia externa, de la especialización en producciones poco dinámicas, de la desindustrialización o industrialización trunca o del renacimiento de enclaves exportadores sin vinculaciones sólidas con el resto de las economías.
Aparte del comercio exterior, otro de los efectos de la globalización neoliberal se refieren al ensanchamiento de la brecha entre los marginados y los pudientes. En materia social, salvo excepciones, las políticas dejan de buscar la ampliación del mercado interno, el pleno empleo y la universalización de los accesos a los servicios públicos --salud o educación-- para focalizar y privatizar el gasto y las acciones gubernamentales. Se busca antes que nada, satisfacer los objetivos equilibradores de las cuentas fiscales, multiplicar los negocios privados –servicios de salud o fondos de pensiones-- y quizás disciplinar a la fuerza de trabajo que había cobrado demasiada influencia durante los años del predominio del paradigma keynesiano.
En casi todas las latitudes, se observan magros avances en corregir la desigualdad, incorporar a los excluidos en la vida ciudadana, en aliviar el crónico fenómeno de la pobreza. La debilidad de las organizaciones laborales, la falta de representatividad de los cuerpos políticos, las presiones internacionales, están en la raíz de los fenómenos de concentración de poder económico y político en las elites. De alguna manera, imperfecciones de los sistemas democráticos impiden dar voz, participación efectiva, a buena parte de las poblaciones. Hay aquí una fuente de erosión de los paradigmas socioeconómicos y del ejercicio de la democracia sustantiva.
En los Estados Unidos, pese al intenso crecimiento de los años noventa, el número de pobres se mantiene o sube ligeramente (alrededor del 16% de la población) y cerca del 17% registra ingresos inferiores al 50% de los valores de la mediana. Y sin embargo, se han instrumentado recientemente cuatro sustanciales recortes impositivos a favor de los ricos, aunque ello fuese impopular y concite serios desequilibrios presupuestarios. Situación análoga prevalece en Inglaterra (15% de pobres), Japón (11.7%), Alemania (10.5%), Francia (11.1%). De la misma manera, el 10% de la población norteamericana más pobre apenas cuenta con el 2% del producto, mientras el 10% más rico se lleva el 30%. Las cifras para el Reino Unido son 2% y 29%, las de Francia 3% y 25%, Alemania 3% y 22%, respectivamente. En México las cifras son aterradoras, serían del 1% y del 43% (2004), mientras el número de pobres asciende al 38% de la población.
En rigor, con la transición del Tercer Mundo hacia la globalización, hay otros trastornos distributivos brutales entre el sector público y el privado o entre los distintos estratos intermedios, sean de empresas o personas. A título ilustrativo tómese el caso de México. El peso del gasto del sector público consolidado, alcanzaba alrededor del 40% del producto en la década de los ochenta (con puntos máximos del 46% en 1982 y 45% en 1986) para luego comprimirse y estabilizarse a un promedio ligeramente superior al 20% en la presente década. De la misma manera, la inversión pública cae del 10% al 3% del producto entre 1980 y 2005. Hay aquí mudanzas funcionales y distributivas enormes que necesariamente alteraron el poder económico de los sectores públicos y empresarial, la ubicación de la mano de obra, la estructura del empleo y de las remuneraciones, así como las normas antes habituales de los negocios.
El mercado de trabajo, a la luz de la Escuela Neoclásica se entiende o analiza como el de cualquier mercancía, en términos estrictos de oferta y demanda. Se pasa por alto cualquier consideración sociológica referida al tratamiento de los seres humanos. Más aún, las instituciones creadas precisamente para equilibrar el poder de empresarios y trabajadores, son objeto de ataques incesantes por la doctrina neoliberal, sean sindicatos, mecanismos de negociación colectiva o gobiernos cuando otorgan subsidios sociales. Asimismo, suelen fortalecerse deliberadamente los derechos individuales (negativos), sobre los derechos colectivos (positivos), viciando los equilibrios supuestamente óptimos del mercado laboral y de la democracia.
En las naciones desarrolladas, la intensa transferencia de capacidades productivas a países de mano de obra barata, están enrareciendo los empleos mejor remunerados y forzando a la mano de obra a emigrar al sector de servicios, donde salarios y ascensos de la productividad son menores. También, los sistemas de protección social tienden a restringir derechos, a la par que se emprenden reformas limitativas de los beneficios, sobre todo en materia de servicios de salud y de pensiones. En los países latinoamericanos, importaciones de productos agrícolas y de bienes industriales en condiciones de exacerbada competencia internacional, abaten en términos absolutos el empleo agrícola, reducen la capacidad de la industria de crear nuevos puestos de trabajo, dejando a los servicios, a la informalidad, a la emigración o al desempleo, la tarea de absorber los excedentes de la población activa.
El paradigma económico en vigor conduce inevitablemente a la precarización de las condiciones de trabajo. Según la OIT,70 en la región latinoamericana, dos de cada tres empleos creados en la década de los noventa correspondieron al sector informal, de cada 100 nuevos puestos de trabajo 83 se localizaron en el sector de servicios y el 55% de las nuevas plazas de asalariados, carecieron de protección social.
Más aún, junto al decrecimiento de los sectores públicos como fuente de impulsos dinámicos y de empleos --producto de los procesos privatizadores--, se ha creado una relación perversa en el mercado laboral de la región durante las sucesivas fases del ciclo económico. En los recesos, la ocupación cae pero no se recupera por entero durante los auges. En parte, ello obedece a aumentos genuinos de la productividad, pero también a la simple intensificación de la disciplina del trabajo o a la ampliación de facto de las jornadas laborales.
La descomposición del mercado laboral, tiene reflejo en la distribución altamente regresiva del ingreso en el conjunto de países latinoamericanos. Obsérvese sobre el particular que el producto real por habitante creció al 1.3% anual durante el periodo 1990-2005, pero las remuneraciones de los asalariados apenas se expandieron a razón del 0.6% por año.
A escala universal los costos de los acomodos impuestos por el neoliberalismo se han puesto sobre los hombros de los trabajadores, las mujeres y los marginados. Los pactos sociales se angostan o se convierten en letra muerta. Los sindicatos se debilitan, su membresía disminuye, muchos son presa de la corrupción. Las investigaciones con inclinación social en torno al mercado y los derechos laborales son sustituidas por estudios gerenciales sobre el manejo de la mano de obra. En términos económicos y políticos se insiste y logra la instauración de políticas de desregulación y flexibilización de las normas protectoras del trabajo, sin ofrecer casi nada a cambio de la supresión de derechos adquiridos.
Por eso, desde los inicios de la utopía neoliberal, comienzan a aparecer resistencias y trastornos sociales de envergadura que van más allá de los que suscitarían cambios menos drásticos o mejor orientados en las estrategias socio- económicas, entremezclados, además, con imposiciones autoritarias y con los vaivenes de la Guerra Fría y de las crisis financieras. Con variaciones de país a país, a lo largo de América Latina se presentan síntomas de descomposición social no ajenos a la pasividad de muchos gobiernos que se repiten por igual en otras latitudes. Los levantamientos guerrilleros y guerras sociales de Chile, Argentina o Uruguay, así como los de Centroamérica, tipificaron reacciones colectivas a cambios resistidos, a la degradación de las libertades civiles, a la violación de los derechos humanos o a la imposición de estrategias económicas empobrecedoras.
La década perdida de los años ochenta --primer estremecimiento del cambio neoliberal latinoamericano--, se traduce en interrupción de los programas sociales, paralización del crecimiento económico, difusión de la pobreza o el desempleo y acotamiento real de las libertades ciudadanas. Así se gesta un caldo de cultivo proclive a la multiplicación de la inseguridad social, el crimen, los secuestros y el tráfico de drogas que, desde entonces, los países parecen incapaces de erradicar al combinarse con un patrón de desarrollo lento y, además, excluyente.
Inseguridad económica y social, limitada participación política ciudadana, están detrás de la diáspora latinoamericana o africana. Según cifras de la CEPAL, el número de emigrantes de Iberoamérica identificados hasta el año 2000 excedían de los 21 millones de personas (5% de su población),74 de los cuales, aproximadamente la mitad se trasladaron en la década de los años noventa, principalmente por falta de trabajo e ingreso en sus países. En algunos casos, los expatriados suman porcentajes altísimos de los habitantes de sus países de origen, acentuando la ruptura de las unidades familiares: 9.4% de México, 14.6% El Salvador, 8.3% República Dominicana y 15.5% en el promedio de la región del Caribe.
En conjunto, muchas de las esperanzas neoliberales resultaron fallidas, singularmente en los países que se apegaron con mayor ortodoxia a los cánones del Consenso de Washington. La asociación entre el neoliberalismo y los valores de la democracia se ha manifestado en la práctica como una relación espuria o encontrada. Entre 1975 y 2003, la tasa de crecimiento mundial per cápita aparte de polarizarse entre zonas prósperas y regiones rezagadas, cayó en promedio a más de la mitad en relación al período 1950-1975. El desarrollo no sólo se ha bajado, sino se ha tornado más volátil, más propenso a contagios, más proclive a alargar los años depresivos y acortar los de bonanza. Al propio tiempo, se amplía la brecha del atraso de Africa y América Latina. Desde la década de los setenta, los países de la OCDE, crecieron a un ritmo medio del 2% anual, mientras América Latina apenas lo hizo al 0.6% y los países africanos del Subsahara al –0.7%.76 En materia de pobreza, parece que el último cuarto de siglo es período perdido en nuestro continente (1980-2005). La pobreza urbana subió del 29.8% al 34.1% de la población y la rural apenas se redujo del 59.9% al 58.8%, pese a los intensos movimientos migratorios dentro y afuera de los países y los considerables flujos asociados a las remesas de los expatriados.
El desmantelamiento de las fronteras económicas ha ensanchado las libertades, las opciones, de los consumidores e inversionistas institucionales. Pero no ha hecho otro tanto con la capacidad de compra de los propios consumidores y ha deshumanizado, en cambio, la competencia oligopolística entre las grandes empresas internacionales con efectos limitativos de las remuneraciones y beneficios a sus trabajadores, abastecedores y clientes. Esas compañías transnacionales al enfrentar la concurrencia de firmas de dimensión semejante pierden grados de libertad de que gozaban antes en mercados de dimensiones menores y están sujetas a los riesgos de ser adquiridos por otros inversionistas. Los consorcios se hacen más eficientes al paso que por presión competitiva acotan sus responsabilidades sociales.
Aun así, el neoliberalismo ha producido ciertos logros. La inflación en el mundo cayó dramáticamente de compararse las décadas de los años setenta y ochenta, con las cifras subsecuentes y hasta ahora han podido absorberse --sin mayor propagación inflacionaria-- las alzas en los precios de los energéticos y de muchas otras materias primas. De la misma manera, si se exceptúa a los Estados Unidos, los déficit de los gobiernos han tendido a contraerse. De su lado, el comercio internacional registra un ascenso notable, muy superior a la evolución del producto mundial; por igual algunos países y poblaciones han resultado beneficiados, singularmente en el oriente y sur de Asia.
En un sentido tecnológico, se dan también resultados positivos y otros más bien de signo ambiguo. La revolución informática ha transformado y abaratado los sistemas productivos, las formas de consumir, distribuir, transportar, los métodos de investigación; ha hecho viable la intensificación de los procesos de globalización y la modernización e interdependencia de las redes financieras. En sentido inverso, desfavorable, la mercantilización planetaria multiplica la diferenciación innecesaria de productos o intensifica los trabajos de investigación y desarrollo con miras a expandir el consumismo. A la par hace avanzar la productividad empresarial no sólo a través del conocimiento aplicado, si no por la vía descarnada de la competencia en el mercado de factores, no sólo en el de productos. Con tales fines se utilizan las reservas mundiales de mano de obra y de recursos naturales y se emprende la fragmentación geográfica de la producción incorporando partes y componentes fabricados en las localizaciones de menores costos.
La integración de redes transnacionales de producción e intercambio, la formación de mercados de dimensión mundial, son el destino principal de la inversión y de la investigación tecnológica crecientemente privatizada. En contraste, ocupan una jerarquía inferior la atención a los más significativos problemas de la humanidad: el hambre y la desnutrición, la enfermedad, la ignorancia, el abasto de energía limpia, la contención de la destrucción ecológica. En esos últimos temas no se vierten los esfuerzos prioritarios de los gobiernos, de la investigación técnica, ni del financiamiento.
Tómese el caso del calentamiento global, como fenómeno premonitorio de la imposibilidad de que un mundo de recursos finitos, crezca indefinidamente, siguiendo el patrón histórico de dispendios ecológicos de la industrialización de los países hoy avanzados. Hay límites físicos irrebasables que obligan a abandonar los viejos paradigmas sociales. Ciencia y tecnología han progresado lo suficiente para sostener e incluso elevar el bienestar de la actual población planetaria. Sin embargo, lograrlo, obligaría a la adopción de cánones culturales y normas de convivencia distantes de los que prevalecen en los dominios del neoliberalismo. El crecimiento simplemente cuantitativo de la producción, poco a poco deja de ser el principal medio de disolver las tensiones sociales dentro y entre países para hermanarse a soluciones distributivas que acoten la carrera mercantilista de nuestros días y hagan del bienestar general un proceso sustentable.
Reflexiones finales
La utopía neoliberal representa el intento más general y decidido por echar el reloj político atrás, suplantar el viejo programa humanista de la Ilustración y hacer a un lado los impedimentos a su camino que nacen de la historia, de la política, de las responsabilidades del Estado o de la democracia republicana. Aún así, sus tesis se diseminan con extraordinaria rapidez en el mundo si se le compara con cualquier otra experiencia semejante. Premura y presiones internacionales sin cuento, al menos en América Latina y Africa, llevan a los países de modo pasivo a liberar los mercados, reducir el papel del Estado, asimilar desigualdades sociales insospechadas, trastocar el orden, las jerarquías y las prelaciones nacionales, en una palabra a limitar las opciones colectivas.
Buena parte de las mudanzas neoliberales sean institucionales o en el ámbito más específico del derecho, son fruto de un intervencionismo decidido que, una vez consolidado, se quiere mantener sin alteración alguna. Por eso, hoy se ve peligroso dar rienda suelta al juego de la política y se precisa de acotar la esfera democrática del espacio público. El alcance de las estrategias económicas y sociales más que en la participación ciudadana abierta, se convienen en cenáculos cerrados, sujetos a las orientaciones y a las restricciones impuestas por los equilibrios fiscales, de precios o financieros, exigidos por el neoliberalismo y las instituciones internacionales, cualesquiera que sean sus consecuencias en la vida democrática, en la innovación social y en el orden interno de los países. A la democracia apenas se le ofrece limpieza electoral y alternancia política como instrumentos de atender el descontento nacido del nuevo orden económico y de sus disparidades distributivas.
El arrinconamiento neoliberal de la política y del debate democrático es la otra cara del intento de minimizar al Estado-nación, como medio de hacer permanente el nuevo Estado de derecho, con su transferencia de funciones del Estado al mercado interno o al internacional y con sus significativas restricciones a los derechos colectivos. Poco a poco se degrada el papel esencial del Estado en la formación de consensos sobre las metas y orientaciones colectivas, para constituirse en espacio estrecho donde sólo cabe la lucha por posiciones en la distribución del poder político entre partidos contendientes.
Tales hechos concentran privilegios e ingreso, excluyen la voz de las mayorías en las decisiones de Estado, reducen el mercado, el crecimiento económico y crean insuficiencias fiscales crónicas en el abasto de bienes públicos. De ahí la privatización inducida de los servicios gubernamentales, su transferencia del Estado al mercado, que si bien logran aliviar los presupuestos, bifurcan la calidad de los servicios básicos de educación, salud, pensiones, a favor de las clases sociales pudientes.
No es entonces de extrañar que la legitimidad de los estados vaya en declive, frente a su menor capacidad de cumplir con sus funciones básicas las de ofrecer bienes públicos en cantidad suficiente, favorecer el bienestar general y el desarrollo, preservar el orden y poner de acuerdo a las fuerzas políticas en torno a las transformaciones a instrumentar. A la política apenas se le ha dejado el triste y limitadísimo papel de compensar hasta donde sea posible, los costos sociales de las reformas neoliberales, ofreciendo, no soluciones, sino, como se dijo, la simple alternancia en el poder, la democracia formal.
En lo económico, los aportes de la utopía neoliberal en su expresión latinoamericana se circunscriben a la estabilización de precios y tipos de cambio, al equilibrio de las finanzas públicas y al impulso a las transacciones externas, aunque ello se haya logrado al costo de sacrificios sociales sin cuento y de frenar el ámbito de las libertades. En lo político, la utopía neoliberal ha contribuido a construir los cimientos de sistemas mejorados en la transparencia e imparcialidad electoral y la alternancia partidaria en el poder, aunque suscriba restricciones extremas a la participación ciudadana en asuntos sociales fundamentales, en perjuicio de la democracia sustantiva.
No es admisible evadir la cuestión fundamental de moral política. La racionalidad instrumental del mercado, sólo ve la conducta libre e intencional de los ciudadanos en el logro de las metas de su preferencia. Es obvio, que las acciones individuales no pueden quedar sujetas a juicios normativos sobre la bondad de los objetivos que cada quien elija. Pero eso no significa, que hayan de abandonarse los problemas de la moralidad colectiva, cuando constituye la base insustituible de solidaridad en cualquier sociedad. Y sin embargo, los gobiernos agotados por las exageradas transferencias de soberanía y de instrumentos de acción en favor del exterior y del mercado, pierden capacidades para hacer valer códigos éticos que armonicen la razón económica con la justicia. Sea como sea, la utopía neoliberal resulta muda respecto a la equidad y la cohesión sociales, apenas paga tributo retórico al desarrollo, como al cometido de sustentar valores culturales, civilizatorios, excepto cuando están subordinados al mercantilismo.
No hay, en consecuencia, claridad sobre la orientación moral del cambio que se instrumenta ni de sus consecuencias en la distribución de costos, oportunidades, ingresos o en el bienestar colectivo. En todo caso, la incorporación de más y más campos de la vida social al dominio de la utopía neoliberal, acaba reemplazando la acción guiada por normas con criterios sólo congruentes con los intereses privados. La colonización no se limita a influir en el diseño de las políticas públicas de los países, los paradigmas, valores y metodologías economicistas invaden por igual a casi todas las disciplinas sociales (derecho, política, sociología, ética) con el propósito, entre otros, de buscar agarraderas teórico-académicas a la utopía neoliberal. Vaya un ejemplo: la tesis desprestigiada del manejo económico del lado de la oferta (“supply side economics”) se ha utilizado en el diseño de las políticas públicas en varias latitudes con el fin de justificar la reducción de los impuestos a las elites, arguyendo que no daña los ingresos ni los equilibrios fiscales o distributivos y promueve, en cambio, la inversión privada.
Asimismo, los grupos conservadores dominantes en el Tercer Mundo, suelen defender a ultranza estados de derecho diseñados ad-hoc o en acuerdos cupulares excluyentes de amplísimos segmentos de la población. Y al mismo tiempo repudian o critican como populismo inaceptable a las garantías sociales modernas, como el seguro de desempleo, el acceso generalizado a los servicios de salud, el ingreso mínimo garantizado, por considerarlos enemigos de la competitividad, de disciplina del trabajo o constituirse en mecanismos reductores de las utilidades invertibles.
El neoliberalismo tiene otras caras, una de ellas lo presenta como ruptura en el tiempo, como el inicio de una época radicalmente distinta a la organización social anterior. Así, proclama su autonomía del pasado para ganar la libertad de construir a su antojo nuevas formas de vida y nuevas instituciones. Por lo demás, las comparaciones históricas no le favorecen. En términos de crecimiento y distribución de los frutos del desarrollo, el periodo previo a su entronización (1950-1973) resultó mucho más favorable a la población mundial y a muchas naciones en desarrollo que el de su vigencia casi plena (1973-2000). En cambio, las elites de la casi todas las latitudes han sido favorecidas con creces y de manera harto sistemática.
El neoliberalismo rechaza la memoria histórica, aunque las razones de hacerlo sean distintas a las de los filósofos postmodernos. Estos últimos, critican el sentido unitario, no diferenciado de la historia, como construcción ideológica eurocentrista, propensa a convertirse en instrumento de dominación.83 Por ello, dejan de lado a los grandes relatos legitimadores y ponen en su lugar historias concretas, pequeñas, que subrayan las diferencias entre distintas sociedades y grupos, o que buscan dar voz a los derrotados, a los excluidos, a los otros. En contraste, el neoliberalismo postula una utopía universalista, aplicable a cualquier sociedad humana decidida a cerrar su pasado e inaugurar una época de renacimiento economicista. Como las religiones monoteístas, dicha utopía no admite, descarta, toda competencia doctrinaria. Ese es el sentido de la frase “el fin de la historia” que anuncia el triunfo definitivo del capitalismo neoliberal sobre el socialismo y sobre cualquier otro régimen político alternativo.
Poco espacio se deja a la capacidad humana de innovación social, con nítida diferencia con la vieja utopía de la Ilustración que cobijó lo mismo al liberalismo que al socialismo. Quizás la derrota del Imperio Soviético, ha llenado de optimismo sobrado a los triunfadores, mezclado con dosis de irrealismo por desconocerse el desenlace de los experimentos de China, Rusia o la India, como tampoco el de las reacciones políticas ya extendidas en América Latina y otras latitudes; reacciones que rebasan el plano nacional en su crítica al reclamar mayor autonomía frente al exterior. En efecto, el comportamiento de los electorados y de muchos gobiernos latinoamericanos (Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Bolivia) parecen anunciar tanto insatisfacción con el neoliberalismo, como el retorno a políticas públicas más afines a las demandas ciudadanas, análogas --pero no iguales-- a las que explican la historia existosa de muchos países asiáticos o de las pequeñas economías europeas (Irlanda, Finlandia, Noruega).
El debilitamiento estructural del sistema de estados soberanos nacido desde la paz de Westfalia (1648), ha creado complejas interdependencias entre los países con claras dimensiones políticas que van más allá de los gobiernos nacionales y de las tesis neoliberales. Destacan los temas universales asociados a las finanzas, al comercio, a las desigualdades distributivas y al cuidado ecológico. Se trata de cuestiones a las que habrá de dar respuesta colectiva, que anuncian el reinicio de otra larga lucha por los derechos humanos, ahora, a escala universal. Lograrlo dependerá de que se haga mediante mecanismos jurídicos de sujeción de las relaciones internacionales al derecho, no como simple expresión de los intereses de las potencias dominantes o de sus empresas.
En suma, más que seguir prisioneros de reglas que cobijan al poder y los intereses deshumanizados de la utopía neoliberal, habría que abrazar soluciones democráticas, participativas, que junto al mercado, vayan situando mayor poder en manos de los ciudadanos al estilo de las viejas metas de la utopía de la Ilustración. En este tipo de planteamientos se impone estudiar --sin pretensión de copia extralógica-- las experiencias de los países que han sabido sacar provecho de la globalización y preservar una parte mayor de su autonomía política, que han combinado las libertades individuales con derechos protectores de orden colectivo. Las diferencias culturales en grado de desarrollo, en formas de organización, hacen muy difícil, hasta imposible, formar consensos universales sobre la mejor manera de manejar y cambiar los sistemas sociales. Acaso sea mejor erigir instituciones donde conviva, coexista, el pluralismo de enfoques y valores, antes que tratar de uniformarlo todo como antena del neoliberalismo. Adviértase sobre el particular que mientras la democracia puede necesitar de la creación de centros independientes de poder económico, el sistema capitalista puede subsistir perfectamente sin democracia.
Posdata Latinoamericana
Descendiendo a las realidades latinoamericanas, es notoria la subordinación al nuevo orden económico y político internacional que priva a los ciudadanos de la libertad republicana de decidir sus fines colectivos y a los Estados-nación de su soberanía. En materia de macropolítica --con excepción de la limpieza electoral-- se han impuesto criterios que cierran las posibilidades de lograr innovaciones propias. Las personas y los países sólo con grandes dificultades pueden librarse, de un lado, de la tiranía utilitarista del consumismo, o, del otro, de la marginación e inseguridad económicas. Las decisiones socio- económicas fundamentales quedan en alto grado excluidas del escrutinio ciudadano. En particular, la política social resulta esterilizada en el esfuerzo focalizador, ahorrador del gasto público, pero incapaz de curar con mediana eficacia el desempleo formal e informal. Así, la política económica, camina por senderos contrarios a la profundización de la democracia sustantiva.
La aceptación acrítica del decálogo reformador del Consenso de Washington ha producido baja sustantiva en el ritmo de desarrollo, desindustrialización y reversión de los procesos de absorción de los marginados, que todavía representan alrededor del 40% de la población latinoamericana. La macroeconomía en alta proporción se ha dejado librada al mercado, con evasión expresa o tácita a las responsabilidades estatales de ganar prosperidad sostenida y responder a las demandas ciudadanas. Hay aquí aceptación de la primacía de las exigencias de la globalización y renuncia o postergación de las prelaciones propiamente nacionales. En cuanto a los paradigmas microeconómicos, poco a poco dan carta de naturalización a los criterios dominantes entre los inversionistas institucionales del Primer Mundo, mientras se descuida a los apoyos a las pequeñas y medianas empresas que configuran la enorme mayoría de los negocios privados.
En suma, sea en materia política, institucional, social, macroeconómica o microeconómica, México y buena parte de América Latina vienen cediendo al automatismo de los mercados y a los cerrojos del Estado neoliberal de derecho la facultad de determinar la evolución de los países y la suerte de las personas. La utopía neoliberal, a diferencia de la utopía de la Ilustración, quisiera prescindir de la idea vertebral de la libertad humana: la capacidad individual y colectiva de determinar, construir, inventar un mejor futuro social para todos.
INDICE
Introducción y agradecimientos
I. La Reforma Impositiva
Antecedentes
La tributación en México
La reforma
Consideraciones finales
II. Gobierno y poder en las empresas
Introducción
Los paradigmas empresariales
La migración del poder empresarial
La convergencia paradigmática
La situación nacional
III La degradación de las utopías
Introducción
La ilustración y la crítica posmoderna
La utopía neoliberal
Algunas consecuencias del neoliberalismo
Reflexiones finales
Posdata Latinoamericana
Bibliografía