El Mundial es fiesta y emoción, pero conviene recordar que, en el deporte, las mayores alegrías suelen convivir con las peores decepciones.
Justo y necesario es tomar por el mango el ambiente de fiesta en torno al Mundial: la gente requiere y desea una merecida pausa que la aleje del estercolero que representa nuestra política y los problemas sempiternos que nos aquejan como sociedad.
O sea, ¡a otra cosa, mariposa! ¡Que muera el mal Gobierno y que viva la fiesta! Demos paso al jolgorio que brinda el esparcimiento y a la expectativa que imprime en el ambiente un Mundial, justo en nuestro País, tan necesitado de lo bueno y tan harto de lo malo. Nos gusta ver en nuestra gente el ánimo acaparado por el entusiasmo, la algarabía y -desde luego- feliz presa de las expectativas que ha generado un buen inicio de la Selección Mexicana. Seguros estamos de que habrá satisfacciones para los hinchas, pues se lo merecen por entregados, constantes, entusiastas y solidarios.
Dicho lo anterior, mal haríamos en no intentar equilibrar las altas expectativas con una moderada dosis de realismo. En toda contienda deportiva sólo hay UN GANADOR y -en cambio- muchos perdedores. Los genios que conocen de estadísticas y probabilidades han estudiado diferentes permutaciones y concluyen que matemáticamente la Selección favorita, ya sea España, Francia o Argentina, la que ustedes gusten, sólo tiene un 26 por ciento de posibilidades de ganar. Claro está, dejaremos a los notables expertos en nuestra Sección Cancha (excelente, por cierto, en su cobertura) que profundicen en la parte deportiva de la ecuación. Nosotros sólo les manejamos el componente estadístico de acuerdo con la ley de las probabilidades. Y lo hacemos sólo en el espíritu de que, para evitar decepciones y cuidar el ánimo, siempre es conveniente mantener bajo firme rienda las expectativas desmesuradas, no sea que como los corceles briosos se nos desboquen, haciendo que acabe mal lo que debe ser un viaje placentero.
Para ilustrar el punto que queremos subrayar, compartiremos con ustedes dos ejemplos recientes. Imaginen por un instante ser brasileños: por la larga trayectoria de ese país en el fútbol, su Selección es una de las sempiternas favoritas. Debuta la Selección jugando contra un “pichón” (para ellos) que sería Marruecos, que dista mucho de ser considerada una superpotencia futbolera. ¿Y qué acontece? Que el gran Brasil, uno de los prefavoritos, apenas y alcanza a arrancarle un empate, generando no sólo sorpresa, sino una enorme decepción. Llanto en Brasil, tristeza, incredulidad, y la esperanza de que en el siguiente juego los brasileños arrollarán con goleada. Montan así una OLA de esperanza los hinchas que, así como los puede conducir al éxtasis deportivo, también los puede dejar sumidos en la arena.
Así les acaba de suceder -aunque en otro deporte, este el basquetbol- a los hiperentusiasmados aficionados de los Spurs, de San Antonio, Texas. Equipo que llegó a la final de la NBA con uno de los mejores jugadores de la liga, una estrella, el francés Víctor Wembanyama, de 22 años, que mide 2 metros 24 cm: un gigante atlético, mortal en la ofensiva y muralla imbatible en la defensa; y como favoritos sobre los Knicks de Nueva York. En LLANTO y mar de lágrimas acabó el sueño de los sanantonianos, pues los Knicks vencieron a los Spurs dramáticamente CUATRO juegos a uno: en dos ocasiones viniendo de atrás -tanto como 29 puntos- para arrancarles a los Spurs (y a Wemby) el triunfo.
El deporte puede ser -y usualmente es- CRUEL: el gozo de unos frecuentemente es el lamento de otros. Por lo mismo, nos preocupa un tanto ver -afortunadamente no generalizadas- expectativas desmesuradas por parte de algunos hinchas que ven en “su” equipo algo así como identidad propia. Al deporte hay que gozarlo por el deporte mismo, como reza la leyenda olímpica: lo importante no es ganar, sino participar. Obvio, la preferencia le imprime la chispa, exalta el gozo, anima la plática, acentúa la vivencia e impulsa el entusiasmo. Por supuesto que no hay nada malo con ello. Pero, como todo, sin desenfrenos, imprimiéndole prioridad al disfrute más que al resultado, el cual frecuentemente suele ser aleatorio, no siendo ni definitivo ni permanente.
Ganando o perdiendo, la vida continúa: no permitamos que un gol de más o uno de menos la determine.
Tomado de: Reforma