En la narrativa oficial, la ultraderecha cumple una función: desviar la atención de problemas reales hacia una conspiración externa.
Según la narrativa del gobierno, la “ultraderecha” es culpable de la campaña de desestabilización que se cierne sobre México para derruir su soberanía. La solicitud de extradición de Rocha Moya y las que vendrán serían parte de una estrategia diseñada en Estados Unidos por gente cercana a Donald Trump y con complicidad de la ultraderecha mexicana.
Ojo: no es Trump. Según la Presidenta y López Obrador, se trata de personas malintencionadas que lo asesoran de mala fe. Trump sería, en esta versión, un Presidente fuerte pero manipulable; nacionalista pero mal informado; agresivo pero rodeado de malos consejeros.
¿Qué es la ultraderecha estadounidense? ¿Dónde se atrinchera? ¿Tiene realmente planes malévolos contra México? ¿Y quién es esa ultraderecha mexicana traidora y vendepatrias?
En Estados Unidos, la ultraderecha ha sido una corriente política intermitente desde el nacimiento de la república hace 250 años. Sus obsesiones han cambiado de forma, pero no de fondo: rechazo a la migración no europea, supremacía cultural blanca, nacionalismo religioso, desconfianza frente al gobierno nacional y nostalgia por una nación idealizada robada por élites liberales.
Después del movimiento de derechos civiles de los años sesenta, esa derecha radical resurgió con nuevas banderas: contra la integración racial, el feminismo, el aborto, la inmigración y la expansión del Estado social. Pero su salto más reciente ocurrió con el Tea Party, que se alzó en 2009 tras la llegada de Barack Obama a la Presidencia. Aquella ola combinó enojo fiscal, resentimiento cultural, miedo demográfico y furia contra el primer presidente afroamericano de Estados Unidos.
Donald Trump no creó esa ultraderecha. Se montó sobre ella. La entendió, la explotó y la convirtió en su base política. Luego hizo algo más importante: radicalizó al Partido Republicano hasta transformarlo en un partido trumpista. MAGA es hoy la expresión política más poderosa de la ultraderecha estadounidense, y Trump es su líder indiscutible.
En México, en cambio, no hay movimientos relevantes de ultraderecha. El personaje más visible sería Eduardo Verástegui: actor, productor y activista religioso, critico de la llamada ideología de género y cercano a redes conservadoras internacionales. Pero su fuerza política es limitada. También existió FRENAAA, encabezado por Gilberto Lozano, como movimiento anti-AMLO de retórica estridente y maximalista, pero nunca se convirtió en una fuerza orgánica ni duradera. Y está El Yunque, organización secreta de origen católico, anticomunista y ultraconservador, asociada durante décadas con sectores del PAN. Hoy parece más un fantasma histórico que una maquinaria capaz de operar una ofensiva contra el Estado.
El PAN tampoco es la ultraderecha. Es un partido conservador democrático, de derecha liberal, con raíces humanistas, católicas y empresariales. Y Ricardo Salinas Pliego, hoy uno de los mayores adversarios del gobierno, encaja mejor en un discurso libertario-populista: defensa extrema de la libertad individual, crítica feroz al Estado, rechazo al intervencionismo económico y hostilidad frente al socialismo. Su tono puede ser incendiario, pero eso no lo convierte en ultraderecha.
Tiene razón la Presidenta cuando dice que hay interés político en Estados Unidos en usar a México con fines electorales, sobre todo frente a la caída de la popularidad presidencial y el fiasco de la guerra contra Irán. Pero ese interés nace del propio Trump. Pegarle a los narcopolíticos mexicanos es popular en la base MAGA y también entre demócratas. A diferencia de otros asuntos que dividen, combatir las drogas tiene amplio consenso bipartidista. Así que, aunque Trump perdiera la Cámara en noviembre, la guerra no cejará.
En la narrativa oficial, la ultraderecha cumple una función: desviar la atención de problemas reales -narco-política, inseguridad, corrupción- hacia una conspiración externa. El enemigo deja de ser concreto y verificable para volverse difuso: un fantasma útil, un villano abstracto, una fuerza oscura detrás del poder. El riesgo es confundir propaganda con diagnóstico. México no enfrenta una conjura de ultraderecha; enfrenta a Trump usando nuestra vulnerabilidad como instrumento electoral.
Tomado de: Reforma