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Esta semana locuaz termina con un episodio que sirve para ejemplificar la estupidez de algunos de nuestros políticos y de sus familiares cercanos, que se asumen como parte de una dinastía reinante. En ellos, la racionalidad no encuentra espacio para ordenar sus ideas.

El reclamo por el retiro de la visa a un hijo del expresidente López Obrador ha provocado uno de los episodios más cómicos en la historia de las relaciones diplomáticas entre México y Estados Unidos, al conocerse una carta de protesta dirigida al presidente americano por Andy López Beltrán.

Para entender la compleja relación entre ambos países debemos comprender primero qué es una visa. Se trata de una autorización que un gobierno otorga a un extranjero para solicitar la entrada a su territorio con un propósito específico y por un tiempo determinado. La decisión de permitir el ingreso corresponde al oficial de migración. El visado es solamente un requisito previo para presentarse ante el funcionario, quien decide si concede el acceso o lo niega.

Hay una cuestión central: la visa es un instrumento del ejercicio soberano de una nación, que ni siquiera requiere ser explicado al solicitante en caso de negativa. Así lo quiso el país y con eso basta.

Por ello resulta de carcajada la indignada misiva con la cual el junior López Obrador reclama, vitupera y finalmente exige su visa, para que luego su problema sea retomado por la presidenta de México, en tono de agravio a la soberanía nacional. ¿Un asunto de un visado extranjero? Se nota extraviada.

Estados Unidos vigila continuamente las 55 millones de visas que ha expedido —dato de Associated Press—. De ellas se infiere un estimado de entre 6.5 y 8 millones de visas de no inmigrante expedidas a mexicanos. La economía más potente del mundo atrae flujos enormes de visitantes. El cuidado que debe tener para resguardar su seguridad nacional convierte la expedición de visas en un instrumento fundamental de control.

Los mexicanos nos interrelacionamos con el gigante norteño de diversas formas, dependiendo de la actividad y la situación geográfica. La frontera México-Estados Unidos es la zona de mayor trasiego fronterizo del mundo. Millones de habitantes de ambos lados van y vienen todos los días. En la Unión Americana habitan cerca de 40 millones de personas con diversos grados de parentesco mexicano.

Un nutrido grupo, conformado por decenas de millones, requiere obtener visa para visitar a sus parientes que habitan en el país del norte. Para las clases medias aspiracionistas, la visa es una certificación de pertenencia social a un estrato pudiente que puede acceder a visitar Estados Unidos. Disneylandia, Marshalls, Target y Las Vegas son signos de riqueza para una medianía a la que no parece importarle mucho que nuestros migrantes, por su fenotipo, sean perseguidos y maltratados por el ICE de forma inhumana. Quienes posean un poco de dignidad deberían frenar su instinto consumidor y no viajar, por ahora, a Estados Unidos.

Obtener la visa americana es un privilegio casi inmerecido, desde la óptica del otorgante. El deseo de visitar al gigante norteamericano y fortalecer a su industria turística es un deseo personal; a los americanos no les emociona nuestra visita, más allá de los dólares que gastemos en sus servicios y compras.

En el pasado, el trámite de visas se desarrollaba dentro del sistema de “colas”, lo que significaba una larga espera que iniciaba a las seis de la mañana a las afueras del consulado y terminaba al mediodía. El trato rayaba en la humillación. Esto ha mejorado mediante la organización de citas.

Hasta ahí llegaba la marea de los visados: indispensables para la vida fronteriza de unos, la estancia como migrantes de otros, los negocios del TEMEC y las vacaciones de mirreyes del resto.

Pero hoy las cosas han cambiado, desde que el gobierno norteamericano dejó en claro un duro criterio para suspender una visa: el peligro para su seguridad nacional.

Esta condición ha tomado una significancia trascendente, ya que se convierte en una especie de certificado de buena conducta ciudadana y, para los políticos mexicanos, en un reconocimiento de un mínimo de decencia. Poseer una visa americana significa un certificado de buena conducta.

Las organizaciones del narcotráfico fueron declaradas terroristas el 20 de enero de 2025. Trump firmó la Orden Ejecutiva 14157 conforme a la Ley de Inmigración y Nacionalidad y la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional.

Ahora la prevención del retiro de visa a cualquier político posee un significado diferente y muy peligroso. Ese es el problema que enfrentan los muchos políticos ambiciosos que pactaron alianzas con el crimen organizado para comprar votos y ganar elecciones.

Se les vino la noche encima, aunque escriban ridículas cartas de reclamo al presidente de Estados Unidos.

 

 

 

Tomado de: https://carlosarcemacias.wordpress.com/