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En la actualidad mexicana, 502 años después de que al futuro país llegaran los primeros 12 frailes franciscanos a iniciar la propagación de la religión católica entre la población originaria, más o menos evangelizada aunque sin ampliar su visión de la vida, ha y por lo menos dos iniciativas ciudadanas para legalizar la muerte digna o para despenalizar y legalizar la eutanasia y el suicidio asistido, e incluso pronunciamientos favorables de instituciones cautelosas como la UNAM.

¿Por qué los gobiernos de la mayoría de los países se resisten a legalizar tan “espinosas” cuestiones? Una respuesta prudente sostiene que ello obedece a “una compleja combinación de dilemas éticos, presiones políticas, riesgos legales y tradiciones culturales”, omitiendo los considerables factores económicos que en el fondo condicionan esa obstinada prohibición. Imaginemos una pancarta proeutanasia con la inscripción: “médicos y curas no; autonomía individual sí”.

Polvos de aquellos lodos evangelizadores en el continente inventado (Edmundo O’Gorman), el continente encubierto (Germán Arciniegas) o el tropezón de Colón, (este descreído), iniciados hace cinco centurias, son: una religiosidad celebratoria en la que prevalecen dogmas, creencias y festividades más que valores que refuercen conciencia, autoestima y autonomía, y un sometimiento tan ancestral como irreflexivo a divinidades y jerarquías. De ahí las similitudes, por encima de las ideologías invocadas.

Los notarios en la CDMX se ufanan, gracias a sus módicas tarifas, de que de enero de 2008 a la fecha, la Ley de Voluntad Anticipada ha permitido, en 18 años, algo más de 27 mil inscripciones del Documento de Voluntad Anticipada, es decir, mil 500 por año, 125 al mes, ¿cuatro al día? Pero ni los notarios de la capital, ¿o ya no se dice así?, ni la Secretaría de Salud informan de la utilización oportuna del documento ni de otras estadísticas. El colmo es que hay notarías que se niegan a dar este servicio por objeción de conciencia.

Bienvenido el entusiasmo por la despenalización de la eutanasia, pero intereses, burocratismos y moralinas añejas impiden ser demasiado optimistas, ya que donde la muerte digna ha sido legalizada se carece de un protocolo homogéneo, muchos padecen obstinación médica o familiar, hay improvisación, prejuicios, etcétera.

 

 

 

Tomado de: La Jornada