Morena evita la ruptura y opta por la componenda, mientras sus viejas alianzas exhiben las grietas del poder.
Ansían ruptura, avizora componenda. El Rochagate reventó por donde menos se esperaba las tensiones entre morenistas. La unidad en ese Movimiento está construida de sospechas. Acostumbrados al discurso de la conspiración permanente, los morenistas cohesionan con una mano en el estatuto y otra con una daga para amagar al de junto.
La irrupción de Rubén Rocha desarmó el frágil entramado de la “unidad del movimiento”. Ocurrió por la desconfianza que él tenía de lo que sus colegas de partido pudieran hacer en su contra. Los de la Fiscalía General de la República con la detención de Fausto Corrales, los ex funcionarios de su gobierno que se ofrecieron para colaborar en Estados Unidos, y la inminente decisión del candidato morenista a la gubernatura que sería en contra de su corriente.
Rocha irrumpe porque advertía la “traición”. La Presidenta Claudia Sheinbaum, que tanto lo arropó, se sintió a su vez traicionada.
Pero en Morena no rompen. Remiendan. Se protegen unos a otros con la construcción delirante de un enemigo externo. En nombre del adversario retuercen sus conflictos internos.
La decisión de 17 candidaturas a gobernador, la de diputados federales y de candidatos a alcaldes en ciudades estratégicas pone a prueba el endeble sistema morenista de encubrir con premiar o de solapar en nombre de la unidad suprema. En 2019 y en 2021, las candidaturas a gobernador y las principales para legisladores frieron definidas por AMLO. Ninguno de los candidatos a gobernador fue ajeno a su preferencia. Por el contrario. Ahora, esa camada es el dolor de cabeza de la Presidenta, la punta de la fractura del Movimiento, la hebra de la madeja de las sospechas y las mega- transas que remecen.
Rocha, desde luego, Américo Villarreal, Marina del Pilar Ávila, Mara Lezama, Alfredo Ramírez Redolía por decir algunos, son parte de la generación encumbrada en 2019 que constituye la franja expuesta más allá de visas y mal gobierno. Ninguno de ellos debe a Sheinbaum su poder. Pero le han transferido la factura de sus abusos y sus delitos.
Para el Movimiento -lo que ello signifique- son mal necesario. Aunque sean, en realidad, la parte podrida.
La definición de sus relevos está en manos de la Presidenta. Desde ahí no nacerá la ruptura, sino la componenda.
Se especula que ahora se abre la oportunidad para que la Presidenta sea diferente, enarbole un proyecto propio, un sello o una estampa que la distinga. Ella, al fin y al cabo, es producto de un movimiento político no originado hace una década sino histórico aunque permeado, envuelto, por las peores expresiones del pasado.
Desde friera del gobierno, y sobre todo en el entorno opositor, se augura una ruptura con AMLO, el líder predecesor. Incluso, dentro del equipo de Sheinbaum los “claudistas” lo anhelan. Pero no son la mayoría.
Sheinbaum no quiso adelantar su propia depuración y eso provocó que el gobierno de Donald Trump pasara lista y exigiera los castigos.
El “Movimiento” no acepta que la propia descomposición es interna. No lo ven. Pero el huachicol no incubó en oficinas del priismo. Fue el delito mayor del sexenio pasado y los operadores frieron altos funcionarios del gobierno morenista. Las connivencias con el crimen organizado que antes ocurrieron con gobiernos priistas o panistas se reanimaron en distintas localidades con autoridades morenistas.
La ruptura, en todo caso, no es con el liderazgo de AMLO. La Presidenta puede romper otras ataduras. La ruptura es con las prácticas delictivas soterradas en el nombre de la unidad, de la lucha contra el enemigo conservador, de las amenazas externas.
Aunque la decisión en Sinaloa indica que no hay ruptura, hay componenda.
Porque para Morena ése no es un tema de encuestas electorales. Mientras el poder no esté en riesgo dado el control electoral, suponen, lo demás es anécdota.
Sheinbaum designará (porque será ella) las candidaturas de gobiernos estatales para remendar los estropicios y delitos de la Generación del 19. No para romper y reestructurar de fondo. Pero esa fórmula no aguanta mucho. Hasta el zurcido invisible se desgarra.
Tomado de: Reforma