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De la MEMORIA… Gustavo Díaz Ordaz.
Si bien Díaz Ordaz declara que “la democracia no es un concepto abstracto y sólo podrá existir cuando haya democracia política, democracia económica y democracia cultural”, que “los más peligrosos agitadores son el temor, la insalubridad, la falta de pan, de techo, de vestido y de escuela”, y expresa su rechazo a la violencia porque “el hombre no debe luchar contra el hombre sino contra el hambre”, no se atreve a arrostrar las consecuencias de una reforma que abra el cauce a la participación institucional más amplia de los sectores marginados y emergentes del desarrollo económico y social alcanzado, como unos años antes lo había demandado el Movimiento de Liberación Nacional, de filiación cardenista.
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Díaz Ordaz asume la presidencia de la República el 1º de diciembre de 1964, en una época caracterizada en el ámbito internacional, por el endurecimiento de la política latinoamericana de los Estados Unidos, tras el triunfo de la revolución socialista cubana y la extensión en América Latina de la guerrilla de liberación nacional apoyada por el bloque soviético y el gobierno revolucionario cubano.
Sin embargo, su gobierno puede sortear el intervencionismo norteamericano que le exige mayores ventajas comerciales y mayor control de las actividades de los grupos de izquierda, y logra sostener cierta independencia en la política exterior de México. Recibe la entrega de El Chamizal, territorio nacional arrebatado en 1864 por una súbita avenida del Río Bravo, conforme al convenio negociado por el presidente López Mateos años antes. Y defiende reiteradamente la soberanía y economía nacionales, por ejemplo, cuando sostiene que para estabilizar los precios internacionales de las materias primas, Estados Unidos debe renunciar al principio de reciprocidad comercial y aceptar que sean los términos preferenciales de intercambios los que rijan el comercio internacional, de modo que al estimular el desarrollo de los países pobres, los alejen del comunismo: “Cuando se acate la regla de que ningún Estado ejerza presión económica o política para forzar la voluntad soberana de otro Estado y obtener ventajas, cuando haya un trato en verdad justo y equitativo en el comercio internacional, entonces, y solo entonces, se estarán poniendo los cimientos del progreso perdurable y de la integración de la América Latina y podrá pensarse en un desarrollo económico equilibrado entre las diversas regiones del mundo y en una mayor tranquilidad y paz social”.
Su reiterada defensa de la soberanía nacional también se expresa, por ejemplo, en su rechazo público a otorgar privilegios que puedan ser lesivos al desarrollo nacional, a los inversionistas norteamericanos: “En otros países, la inversión extranjera directa goza hasta de privilegios en relación con la nacional. Nosotros estamos convencidos de que cuando los intereses del capitalista extranjero van en contra de los intereses de la nación en que invierte, resultan vanas todas las garantías que le otorguen; la realidad de esa incompatibilidad de intereses determinará fatalmente la cancelación de las aparentes ventajas”. Este mismo temor a que los intereses extranjeros actuaran contrariamente al interés nacional lo hace decretar la mexicanización de la banca: "Uno de los sectores claves de nuestro sistema económico, que el Ejecutivo Federal a mi cargo considera que debe ser reservado para los inversionistas mexicanos, es el de las instituciones bancarias, dada su decisiva importancia en el proceso de nuestro desarrollo. El sistema bancario mexicano... ha venido mexicanizándose en forma gradual, gracias a la política financiera adoptada por los gobiernos emanados de la Revolución y a la iniciativa y preparación de los banqueros mexicanos. El Gobierno a mi cargo considera que este proceso histórico no debe revertirse por ningún motivo." De igual modo rescató y consolidó la industria petroquímica para que fuera desarrollada exclusivamente por el estado mexicano.
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