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2024 La democracia resiliente. Informe Latinobarómetro.

INTRODUCCIÓN - TRES SIGLOS EN CUATRO DÉCADAS
Hirschman describe magistralmente los tres siglos que según Marshall se necesitaron para los avances civilizatorios: el siglo XVIII como el siglo de la ciudadanía civil, el siglo XIX como el siglo de la ciudadanía política, y el siglo XX como el siglo de la ciudadanía socioeconómica que lleva al estado de bienestar. Cada uno de estos siglos fue respondido con gigantescas contrafuerzas ideológicas, reaccionarias, que llevaron a retrocesos.

El avance y retrocesos de la libertad han sucedido con destrucción, desmantelamiento de las sociedades en las cuales suceden, cita Hirschman a Whitehead. Whitehead dice que las sociedades han “naufragado” en los cambios. La democracia no llega sin conflicto, es mas bien el resultado después de los conflictos.

En América Latina la llegada de la democracia hace más de cuatro décadas desde que comienza la transición con Jaime Roldós en Ecuador en 1979, Fernando Belaúnde Terry en Perú en 1980 y Raúl Alfonsín en Argentina en 1983, produce, desde el inicio, un avance de la libertad que lleva simultáneamente a la demanda de garantías sociales. Es un buen término para describir el estado de las sociedades y las democracias latinoamericanas, éstas parecieran que están “naufragando” ante los cambios que demandan los ciudadanos por las garantías sociales, que en la región no sucedieron en el siglo XX, sino están recién empezando a ser escuchadas en el siglo XXI. Veremos que a pesar cuatro décadas difíciles, sin embargo, no se produce el naufragio.

A la luz de estos tres siglos que necesitaron los países que hoy son las democracias más avanzadas para estos avances, se puede medir la ingenuidad de las expectativas que produjeron las transiciones a la democracia en América Latina. No han pasado sino apenas cuatro décadas y media y se espera que se alcancen las tres dimensiones de ciudadanía.

La tesis de la “perversidad” donde toda acción que quiera mejorar el orden social, político o económico sirve finalmente para exacerbar lo que quiere remediar, aplica plenamente a América Latina. Una transición llena de perversidad. La tesis de la “futilidad” donde todo intento de transformación social fracasará en hacer una diferencia, aplica asimismo a América Latina. Finalmente, la tesis del “peligro” donde el costo del cambio es demasiado alto y amenaza lo previamente alcanzado.  Estas tres tesis de Hirschman ayudan a comprender el desarrollo de las cuatro décadas y media desde la transición.

Larry Diamond continua la descripción de la evolución de las democracias, en 1989 al inicio de las transiciones en América Latina, éstas ya habían ya aumentado en 40% en el mundo. A mediados de la década del 1990 habían aumentado aún más a 78 democracias. Según el Estudio Mundial de valores las libertades, a pesar de los retrocesos, han ido en aumento, es decir que ninguno de los retrocesos ha vuelto al punto de partida. Al mismo tiempo las reacciones a cada avance de libertad a través de democracias son cada día más débiles. Hoy la reacción son luchas de poder con un piso civilizatorio mayor.

Es efectivo lo que señala Preworski que el poder predictivo de las encuestas es bastante desconocido, es decir preocuparse porque las encuestas dicen que la democracia está en declive no permite anticipar cuál de ellas fracasar, ni tampoco predice su evolución. Sin embargo, en tres décadas de monitoreo de la democracia en América Latina han fracasado varias: Nicaragua, Venezuela, El Salvador, y han habido intentos de golpe varios otros países, así como se ha intentado impedir que asuma el ganador de una elección, asi como se han elegido gobernantes populistas. Los indicadores de opinión no son predictivos de comportamiento, sino más bien delatan el ánimo de las naciones y sus peligros. La democracia en estos 30 años ha estado en peligro en numerosas ocasiones en varios países.

La teoría democrática no está tan desarrollada como para poder determinar con que elemento no democrático es posible decir que un país ya no tiene democracia, o en que comportamiento de la ciudadanía ésta dejara de existir. En general en la región se ha declarado un país no democrático, cuando los síntomas de autocracia son tan evidentes que no necesitan análisis alguno y la opinión pública misma lo declara una dictadura. El caso de Nicaragua por ejemplo, ni los organismos internacionales, ni países extranjeros, se atrevieron a declarar que Nicaragua era una dictadura hasta que el régimen no empezó a tomar presos a disidentes. No lo declararon dictador cuando Daniel Ortega nombra a su mujer como Vicepresidenta y deja importantes empresas estatales a cargo de sus hijos, años antes. Similar problema enfrenta el populismo autocrático. Hoy nadie se atreve a declarar que El Salvador dejó de ser una democracia, pese a su masiva y flagrante violación de los DDHH de quienes detiene. ¿Es la violación a los DDHH de los ciudadanos de un país, suficiente como indicador de que un país ya no es una democracia?

Por eso no debe extrañar que al leer la literatura vemos que hay una gran disputa respecto de cuantas democracias hay, donde empieza una y donde termina otra. Depende como se midan, como se evalúen, pero incluso contando los retrocesos, los avances los superan con creces, es decir la libertad avanza.

 

i. La carrera por la democracia
Esta carrera de la democracia, en efecto, no es una carrera numérica, valga lo anterior como un pequeño recuerdo de lo que enfrentamos, muy por el contrario, es una carrera de contenido de la democracia.

La tercera ola de democracias nos confundió, porque fue fácil, fue rápido, fue simple, no hubo guerras ni masacres masivas: la recuperación de la libertad de expresión que sucedió instantáneamente con la elección democrática de presidentes en la región.

Sin embargo, ello no fue acompañado de la llegada de las garantías sociales que la población esperaba. La lucha por el desmantelamiento de las desigualdades que tiene su espejo en la demanda de garantías sociales está siendo más dura, menos rápida, más compleja que la ola de la llegada de la democracia.

Hay un espacio de tiempo importante que se produce entre la llegada de la democracia (la recuperación de las libertades civiles y políticas) y la dura inelasticidad de la demanda por garantías sociales, la expectativa de que ésta, la democracia, pudiera desmantelar desigualdades centenarias. Pasado ese período de espera hay una clara segunda etapa que podemos ubicar a partir del 2010 que se produce casi al mismo tiempo en todos los países: la podríamos llamar la demanda de transición socioeconómica. Las protestas en 2019 en tres países de la región son un punto de quiebre respecto de esa segunda transición. Ahí se inicia un nuevo período de demandas que interrumpida por la pandemia, retoma su curso, agravado por la crisis económica y las elevadas expectativas de la población con aceleradas demandas de solución.

Los datos de opinión de éstas tres décadas registran desde el inicio desconfianza, mayorías simples a favor de la democracia, importantes quejas contra la institucionalidad y su desempeño, nunca dieron evidencia de una evolución paulatina y continua hacia la consolidación de una democracia liberal como fue esperado en la literatura. Mas bien reflejan una resiliencia democrática que logra salvar tantas tentaciones autoritarias que no sucedieron, mas que las que sucedieron.

Estos datos recopilan las tres décadas desde 1995 sin pretender dar una respuesta a todas estas interrogantes, agregamos información para la toma de decisiones de los actores políticos y sociales. Esto no constituye un ranking sobre la democracia en América Latina, es simplemente un informe de resultados del año 2024 del estudio Latinobarómetro.

Los informes y ranking sobre las democracias en el mundo han aumentado de manera exponencial y se han hecho muy populares. Hay muchas medidas, termómetros, pero hasta el momento no hay remedios para el diagnóstico. La democracia es quizá el tema más diagnosticado. Han aumentado también los informes sobre la democracia hecho por organizaciones multilaterales. Sin embargo, no hay consenso en su diagnóstico si uno mira los rankings, y observa el posicionamiento de países, viendo cómo se ubican en distintos lugares según el ranking que se tome. Hay quienes sostienen que no se puede hacer un ranking, que éstos son parciales. Cuales características se toman para hacer un ranking o una evaluación, determina el resultado de ese ejercicio.

En los últimos informes sobre la democracia en el mundo destaca el de Idea Internacional publicado en 2024. Una evaluación ponderada y completa. Le siguen informes importantes sobre América Latina, como el de CAF. Luego están los rankings de democracias del Economist, el de VDEM, un grupo de académicos que han desarrollado una medida para evaluarlas. Adicionalmente PNUD América Latina está preparando un informe que incluye la evaluación y evolución de la democracia, en la perspectiva del desarrollo y la gobernabilidad. Ello sin considerar la innumerable cantidad de instituciones que hacen ranking de elementos esenciales de la democracia como Freedom House, o sobre los DDHH8, las agencias de gobiernos. El gobierno de EEUU tiene todo un departamento dedicado a la democracia. Otros países como Gran Bretaña o la Comisión Europea dedican fondos y producen informes sobre el estado de la democracia en distintas regiones del mundo. A medida que la democracia encuentra piedras en el camino en distintos países del mundo, aumentan los esfuerzos académicos e institucionales para entenderlas y remediarlas.

Los barómetros del Asia, África, Países árabes miden en un esfuerzo federado en el Globalbarometer, indicadores de opinión en más de 90 países del mundo en sus principales regiones. A ello se le suma el Estudio Mundial de Valores que produce cada cinco años un monitoreo de la evolución de los valores en el mundo. Nunca tanta información había estado disponible para intentar mejor comprender nuestras sociedades.

A la vez se puede decir que mientras los números y diagnósticos aumentan, la teoría se vuelve magra en explicar los fenómenos.

Pero como lo dijo Robert Dahl claramente en su libro Poliarquía, “desde hace 2000 años que estamos intentando definirla…”. Eso nos dice que es un concepto en evolución, todo lo contrario de un concepto estático. ¿Evoluciona el concepto de democracia en éstas cuatro décadas y media desde la transición política? ¿Cómo evoluciona?

Fue el asalto al Capitolio en EEUU el 6 de enero de 2021, el que desató la enorme literatura que hay hoy sobre la democracia, que han escrito no solo sociólogos y cientistas políticos, sino también economistas. Hay un poco de grito desesperado en la búsqueda de soluciones y explicaciones teóricas que nos entreguen una ruta de salida.

Al mismo tiempo en estos últimos cinco años cualquier análisis del desarrollo hoy, incluye pronunciarse sobre la democracia. Eso no ocurría hace 30 años cuando empezamos a monitorear la democracia en América Latina, entonces las metas de desarrollo se tomaban la agenda, hoy no hay metas del desarrollo sin la variable gobernabilidad, que es lo mismo que hablar de democracia.

En 2025 se cumplen 30 años de mediciones de Latinobarómetro y claramente la expectativa de que las democracias se consolidaran no se cumplió. Las democracias latinoamericanas no transitaron hacia una democracia liberal en estos 30 años. No seguimos los pasos de la Europa del Sur.

¿Existe una democracia liberal cuyo concepto domina y es una guía, un modelo para alcanzar? Los estudiosos de América Latina creyeron al inicio de la transición que ese concepto de democracia, la liberal, sería el modelo a seguir y que las democracias latinoamericanas evolucionarían naturalmente hacia ella. A América Latina se la juzgó durante estas más de cuatro décadas contra ese modelo, cuánto se desviaba del modelo y porqué. Literalmente y mágicamente la academia transformó los tres siglos en tres décadas, sin fundamento ni evidencia alguna. Quizás la confusión se produce por los países del sur de Europa, como España, que recibió un plan de apoyo económico de parte de la Unión Europea apenas recuperada su democracia después de la muerte de Francisco Franco. Esto permitió acercar a España al promedio de ingresos de sus países miembros.

Las amenazas a la democracia en otras partes del mundo han puesto en perspectiva el desarrollo democrático en América Latina, para mirarlo como un proceso no evolutivo sino de transformaciones necesarias para avanzar a sociedades más democráticas. La persistente desigualdad es una barrera a quebrar antes de pasar a la siguiente etapa. La región no tiene el apoyo económico de una “Unión Europea”. Muy por el contrario, estamos expuestos a la globalización y el capitalismo financiero sin piedad.

Han pasado más de cuatro décadas desde la primera transición,  lo que tenemos no son democracias consolidadas , ni siquiera democracias en transición, sino más bien unas democracias semi soberanas, malamente consolidadas es decir llenas de elementos no democráticos, que algunos han llamado “democracias imperfectas” (como si existieran las perfectas). La única democracia consolidada en América Latina podría ser la uruguaya. El resto cae en la categoría no consolidada, si la miramos desde la vara de qué no evolucionó, ni alcanzó el modelo de democracia liberal hacia el cual se suponía debía evolucionar. No olvidemos que se han declarado un mínimo de 23 a un máximo de 50 democracias completas (según el raking, autor, el resto serían democracias incompletas). Es decir la mayor parte de las democracias en el mundo serían incompletas. Hasta ese punto el concepto es autoflagelante.

El mundo en 1979 cuando se gatilla la primera transición en la región, estaba en plena guerra fría y muchas de las transiciones se produjeron simultáneamente con la caída del muro de Berlín. Las consecuencias de la caída del muro se están recién viendo en la política europea, con este cambio de época postpandemia, con el aumento de los partidos de extrema derecha y el poder que alcanzan en las urnas, asi como la ausencia de un modelo que reemplace el modelo marxista que sostenía la guerra fría. La caída de los partidos comunistas y socialistas, social demócratas y el hecho que la izquierda no ha diseñado un ideario ideológico post guerra fría, ha sucedido paralelo a las transiciones en la región. No es fácil reemplazar a Carlos Marx, de hecho, nadie está intentando hacerlo. La Tercera Vía que intentaron en Gran Bretaña con Tony Blair no se sostuvo. La izquierda se balancea en un mundo donde solo hay capitalismo, sin un modelo alternativo al capitalismo.

En ese mismo período se esperaba que las transiciones en América Latina fueran como la española, que en el espacio de una década había pasado exitosamente de una dictadura a una democracia consolidada. Solo que España tenía para sostener la construcción de esa democracia, a la poderosa Unión Europea, a la cual pertenecía, con su apoyo institucional, económico y político. El apoyo a la democracia en España al inicio de su transición medida con la misma pregunta Linz Morlino, de “apoyo” ,era superior al 80%. Ninguna democracia en América Latina en ningún momento del tiempo desde que empezamos a medir hace 30 años ha alcanzado esos niveles de apoyo. Nuestro punto de partida fue siempre distinto.

América Latina no solo no logra consolidar sus democracias, sino que por sobre todo no logra desmantelar la desigualdad, si bien logra los equilibrios macroeconómicos y la disminución de la pobreza, así como la formación de clases medias, eso no se traduce en la disminución de las desigualdades. Disminuir las desigualdades no es lo mismo que disminuir la pobreza, no es lo mismo que consolidar las clases medias, no es lo mismo que dar acceso a la educación. Estamos refiriéndonos no a una evolución intergeneracional donde lentamente el acceso a las oportunidades se va produciendo, sino a los cambios producidos por la política pública en las generaciones presentes.

Cuarenta y cinco años después de la primera transición es demasiado poco tiempo para tanto logro, esa es la conclusión obvia de la evolución de la democracia en América Latina. La segunda conclusión obvia es que sin apoyo adicional, ciertas características culturales y socio-políticas de los países pueden tomar varias generaciones en cambiar. La más importante de ellas es quizá la cooptación de la elite por grupos de interés que son una barrera importante a la democratización, a darle la soberanía al voto. ¿Acaso no es cierto que el problema central de la democracia en América Latina es que el votante no tiene la plena soberanía? El voto no decide en demasiadas ocasiones, deciden tantas veces los grupos de interés, decide la corrupción, el poder económico a través de personeros no electos, deciden unos partidos políticos atomizados con poca organización y poder. Eso está más allá de la política, de las instituciones de la democracia. El poder de los privados no electos, lo que se ha llamado “los poderes fácticos”. Países donde hay enorme concentración de poder económico, y un Estado débil, a la democracia le cuesta mucho imponer la ley, porque los que tienen el poder económico tienen demasiados instrumentos para bypasearla.

Esto no excusa, pero si explica parte de los problemas de las democracias en la región, donde el sistema político no tiene todo el poder. La debacle de los partidos políticos, su atomización es un síntoma de esta falta de poder. Nadie abandona una institución poderosa, éstas son dejadas de lado cuando precisamente, pierden poder. En América Latina en las transiciones los partidos no logran consolidar un sistema de partidos que asuma el poder político y de representación. Rápidamente salen al camino otros poderes que no controlan. No son los partidos los que deciden. La búsqueda de nuevos partidos es la búsqueda del poder que no les ha pertenecido del todo.

El otro aspecto que afecta es el poder del Estado. ¿Los funcionarios públicos tienen el poder de parar a un privado con la mera regulación y la ley? ¿Tiene el Estado el poder de parar la acción de alguien por la fuerza de la ley?  ¿Qué hace un funcionario público en la costa cuando llega un poderoso empresario a querer construirse una casa en un lugar en que está prohibido construir? Ese funcionario sabe que, si se opone, habrá una lucha en que el perderá su puesto de trabajo, y el empresario seguirá adelante con su proyecto. Entonces el funcionario, en un acto de supervivencia, hace la vista gorda y no le impide construir. Es posible también que entre medio suceda una coima para que así sea o una prebenda a cambio. ¿Qué hace la autoridad cuando llega una inmobiliaria compra tierras protegidas patrimonialmente y comienza a conseguir que se le quite esa condición para hacer sus torres? Veremos que casi sin excepción la inmobiliaria logra lo que quiere aunque esto sea absurdo urbano, y no se atenga al sentido común. Las ciudades por las cuales ya casi no se puede circular existen, con planificación urbana intervenida por intereses particulares. No, los Estados son débiles, la corrupción es amplia, y los privados logran doblarle la mano al Estado en demasiadas ocasiones: desde un gran proyecto de inversión, conseguido con una sentencia favorable en una corte, hasta la casa en la costa. Las barreras medioambientales son discrecionales, no científicas, los organismos que las controlan no tienen dientes para defenderlas. La discrecionalidad se vuelve también un arma de doble filo porque está sujeta a posible arbitrariedad. Se hace más difícil la defensa cuando se la ataca por ser arbitraria. No menos brutal es la baja moral impositiva del sector privado y de los ciudadanos. Menos de la mayoría es percibida como pagando todos sus impuestos, lo que debilita aún más el Estado. Esto no solo porque los sistemas tributarios son imperfectos y lo permiten, sino también porque hay una cultura de baja moral impositiva. El principio básico de la igualdad ante la ley no se cumple porque incide el poder económico no electo y el Estado no tiene fuerza suficiente.

Pero no son los únicos sin dientes. Los Institutos electorales de la región no tienen tampoco dientes para defender la integridad electoral de un proceso electoral, en toda su extensión. Los institutos electorales terminan al vaivén de los gobiernos, o bien de los parlamentos que no desarrollan las leyes necesarias para su funcionamiento autónomo y financiado. Hay excepciones, como el INE mexicano, que se puede decir fue prácticamente autor de la transición mexicana.

Ni que decir las estadísticas nacionales que están la mayor parte de las veces atrasadas impidiendo una focalización de los escasos recursos públicos, que llegue a quienes verdaderamente los necesitan. Hay mucho fraude social en el uso de subsidios a quienes no les corresponde. Los latinoamericanos han declarado sin miedo durante décadas que usan subsidios que no les corresponde. Si bien los Censos tienen lugar y se están haciendo con mayor regularidad, la estadística latinoamericana es uno de los puntos débiles de los gobiernos. Con datos débiles es más difícil gobernar. Empecemos por el registro correcto de donde vive cada cual para mejor controlar la delincuencia.

El poder del Estado es limitado en América Latina, a lo que se le suma el poder de la autoridad. Uno de los más grandes deterioros de la última década es la pérdida de autoridad. Las protestas de la década de 2010/2020 derrumbaron en muchos casos la autoridad que se vio impotente en responder a las demandas del público. No en vano después de las protestas al final de la década del 2010 comienza una ola de alternancias en el poder no vista desde los inicios de la transición. Esa ola de 19 alternancias recién se viene a revertir en 2024 con el triunfo del oficialismo en las elecciones presidenciales de El Salvador, República Dominicana y México.

Las alternancias llevaron a populismos en algunos países, lo que llevó a su vez a nuevas formas de autoritarismos, lo que llamamos en el informe 2023, “las dictaduras elegidas”. El caso de El Salvador es el más claro, elegido incluso con amplísima mayoría. ¿Cómo son estos nuevos dictadores del siglo XXI que pasan por encima de las leyes cuando así les conviene y son elegidos con amplias mayorías? Nayib Bukele rompe todos los esquemas en ese sentido. ¿Es o no El Salvador una democracia? Pocos se atreven a decir que no lo es.

¿Puede no ser una democracia a pesar de ser el gobernante más aplaudido por los pueblos de la región como veremos más adelante en el informe? ¿Acaso es la masa la que define si un país es o no democrático? Pareciera que hay bastante confusión al respecto pero también falta de coraje de ir contra la corriente de una masa que aplaude.

 

 

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